¿Es ese el jardín de Melibea? ¿Existió realmente la celosía de Los ojos verdes de Bécquer? ¿Ahí entregó Boabdil las llaves de la ciudad?
Sonrío cuando insisten en ¿por qué?, ¿quién lo dice?, ¿estaba allí?
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| Foto de JOE Planas en Unsplash |
Fotos y fotos de la lontananza que se pierde y se mezcla, cielo y mar, en un sábado apaciguado por las temperaturas cálidas del norte.
Gijón desde la altura, quietud que empieza a despertarse, poco a poco, sin prisa y con la calma de esas horas de fiesta y ocio. Alcanzar la “cima de la villa” a través de sus cuestas, levemente empinadas: la orografía del enclave, manda…
Empedrado, comercios locales y mercadillo, bares y cafetines. Momento de descanso para conversaciones. Y silencios que llenan la vista de instantes placenteros. Así, como estamos, la ciudad nos recibe acogedora y nos invita a caminarla y a quedarnos. A vivirla.
Una y otra visita más que no es una más: son muchas y diferentes. Algo tiene que atrapa y sorprende; quizá sea el recuerdo de aquellas lecciones de geografía que estudiábamos y que la imaginación, tan tramposa siempre, evocaba escenas de industria pesada, altos hornos, humaredas y chimeneas ennegrecidas que emborronaban esos cielos de hace décadas… la conversión industrial. La economía de una centuria no tan lejana.
Mientras paramos en la plaza del Ayuntamiento rodeada de soportales y con puestos callejeros, comercios de proximidad, escuchamos la melodía del himno asturiano.
Puerto deportivo y algunos veleros, que han madrugado, vuelven a su recinto de amarre.
Los bañistas despliegan toallas y todo el aparataje playero. Hay que aprovechar el clima de bonanza que promete este sábado. Del mar a la mesa, publicitaban años atrás: ahí está el edificio de la antigua pescadería, mudo testigo, hoy clausurado, de ese anuncio: tan certero.
Y muy cerca las termas, aprovechando el recodo del espacio y la salubridad de aguas saladas. San Pedro en su iglesia bendice bodas y bautizos: invitados engalanados acuden puntuales a su cita sacramental.
Los yeyés de los setenta dieron paso a los modernos de la movida de Gijón, famosos bajistas y músicos cuya impronta rememoran hoy con nostalgia los del lugar.
Mezclarse con la población autóctona por calles señoriales, nuevos edificios, tiendas en pleno auge, ciudad próspera, más que habitable… No hay prisa y algunas sombras moderan el incipiente calor del día.
Buenos ratos debió pasar antaño Melchor Gaspar de Jovellanos (algún día habrá que hablar de su hermana Josefa), inspirándose para su obra entre rejas, con los sonidos del mar norteño, rival del Mediterráneo.
Pasear y mirar, mirar y pasear: tanto monta, en los bancos de reposo, los chillout y las terrazas que recorren las principales avenidas.
Festivales, certámenes, cine, novela de detectives y policías… una semana muy “negra”, unos días muy fílmicos, horas musicales.
Todo eso y mucho más: un mosaico auténtico y genuino. Una visita… más.
la inquietud de la calma nórdica
En nada hará cinco años, publiqué en El Obrero estas reflexiones, casi "un pensar en alto", que hoy traigo a Palabradas blog.
El libro de Andersen sí, y las adaptaciones filmográficas también, en animación o con humanos de carne y hueso. Y no me producen placidez, hay algo desasosegante en esas imágenes, en esas líneas.
Y creo que ya lo he descubierto. Es la ciudad, la capital de Dinamarca.
Me advirtieron que poco accesorio en mi indumentaria y colores neutros, sin estridencias. Aquí todo el mundo es muy igual e igualitario, que no se noten distingos ni que uno destaque más que otro.
La visité por primera vez hace 18 años y a partir de entonces habré repetido viaje en ocho o en nueve ocasiones más. Por trabajo, de negocio que dirían los ejecutivos, a conferenciar preferimos los académicos.
Mercados al aire libre, calles peatonales, torres, tejados, plazas, flores y restaurantes, biblioteca, ópera, canales, anticuarios, Tiger, tranvía. Frío y viento. Calor, poco, y solo a ratos: tímidos rayos de sol que se cuelan por Copenhague.
Y bicis… riadas de bicis. No se necesita mucha atención por parte del turista al movimiento ondulante de la “serpiente monocolor” que se maneja con una gran pericia por la ciudad; sin titubeos para esquivar al peatón extranjero poco avezado en las reglas del carril ad hoc tan protegido en esos lares… ¡¡cuánto tiempo hace ya!!
El Tívoli y… Legoland muy cerca: hay que desplazarse para llegar hasta allí y montarse en las piezas gigantes de esas construcciones plastificadas que nos recuerdan nuestra infancia.
La Gliptoteca Ny Carslberg: mi edificio favorito, no me canso de recorrerlo. Llego pronto por la mañana y me siento en medio de la rotonda cubierta por una claraboya impresionante: según como luzca el día, el juego de colores más o menos matizados es un espectáculo.
Me animo a pasear por sus salas: historia y más historia; antigüedad y clasicismo hasta el presente. No suele haber mucha gente: a veces, grupos de párvulos, algunos señores mayores y yo, la guiri. Los vigilantes, siguen impertérritos nuestros pasos.
Es una preciosidad todo lo que alberga este museo.
Los daneses son altos, más altos que los mediterráneos y de ojos azules...Hay algo de tristeza en ellos.
Se ven muchos cochecitos de bebés empujados por padres: padre y padre. Niños y más niños por las aceras… Silencio. Se ríen bajito. Parques y jardines. Fuentes. Pura naturaleza urbanita. Patos y bancos.
Escuelas y colegios llenos de policromía en las paredes, móviles y figuritas infantiles, huertos y plantas, todo al tamaño reducido de sus moradores.
Campus universitario original con aularios de muros brillantes, cristaleras y cortinas de macramé (hand made); la sensación del chill out presente… algo de jipismo permanece.
Estación de tren antigua y organizada: ir y venir de gentes pero en orden, sin mucho estruendo; la atracción más llamativa: muchas lámparas que cuelgan del techo e iluminan el ladrillo y el acero de dicho enclave.

Y yo sin ver la sirenita: que si la estaban restaurando, que si la habían movido de lugar, que si habían derramado pintura sobre ella o la habían decapitado… es el símbolo del país y el ejemplo de los avatares sociales y políticos: como si de una pantalla se tratara, refleja ideas e ideologías más o menos vigentes.
Me aseguran que es más pequeña de lo que nuestra imaginación le concede: suele pasar con muchas esculturas del pelo y la sorpresa por el tamaño (menguado) está garantizada.
En los buses hay mucho espacio; suben y bajan con lentitud personas mayores. Bolsas destinadas a periódicos que se leen durante el trayecto: en danés, ¡ni torta! Jóvenes madres acceden por una rampa con sus bebés en unos carritos muy anchos y amplios. Se lleva eso de “my space please”.
Todo está ordenado, reglamentado. En una de mis visitas, el acontecimiento que conmocionó la capital fue que un grupo de jóvenes habían ocupado una casa dedicada a actividades culturales y la policía no sabía qué hacer ni con el edificio asaltado ni con los usurpadores. Rodeaban el local mañana, tarde y noche: movimiento, ninguno.
Todo tiene sus consignas y si algo se sale del excel o de la cuadrícula, susto mayúsculo.
Tanto orden y concierto garantizan ciertos derechos, pero yo me sentí muy alejada de un pueblo frío (y es verdad porque hasta en verano, lo hace) y sin expresividad.
A pesar de esa suerte de turbación personal, siempre me gusta volver a Copenhague tan “abarcable” y tan a mano. En invierno te cubres las piernas en las terrazas con mantas y sientes algo de calorcito con estufas que rodean las mesas a la intemperie. Un ratito para tomar el café y ya atosigan con un si vas a tomar algo más: “el negoci es el negoci”.
Comercios pequeños en bajos dedicados a artesanía, puestos callejeros de frutas, golosinas… Iglesias y credos protestantes, cánticos.
Negro y gris. A mí me gusta el diseño nórdico: más para verlo en otros que para lucirlo sobre mi anatomía.
Nada ha cambiado y me dicen que a los daneses les gusta ese aire de perdurabilidad, de inmovilismo, no sea que la metamorfosis por leve que parezca les trastoque sus parámetros mentales, sus comportamientos tan bien delineados y por supuesto, aprendidos. Inquietante…
Bofetada de calor nada más
aterrizar a mi destino: Maroua. Ruidos, bocina y motos, carreteras si asfaltar.
Chilabas blancas y celestes, trajes occidentales. Y yo. Parece que en ese
momento soy la única europea en la ciudad.
Hace algunos años… mi viaje a
la Universidad de Maroua en Camerún a finales de septiembre y principios de
octubre.
Más motos. Muchas y veloces.
Propias y ajenas a modo de taxi y medio de locomoción, como si fueran minibuses
porque encima de ellas se encaraman hasta cinco personas…y tan a gusto y tan
cómodos. ¡Qué pericia!
Y los baches y el polvo. Gente
y más gente por la calle principal y por las aledañas.
Voy con las ventanillas del
coche de mi anfitrión, abiertas, y a paso de tortuga en pleno atasco de más
motos, bicis y gente andando… saco el brazo para que me dé el aire. Los niños
caminan a nuestro lado y me saludan “¡¡Madame, madame!!” Soy la gota de leche
en medio de esta población risueña, bulliciosa, feliz y festiva.
No hay carriles ni separación
en la vía transitada por una masa colorida que se dirige con calma, una no sabe
bien hacia dónde. Se escucha música atronadora que escupen transistores de
puestos ambulantes, con voces chillonas que mercadean yuca, plátanos…
Cosmogonía temporal. A mí me
da la impresión de que los minutos se espesan, que las horas se han paralizado.
El tiempo no pasa, se deja pasar, está y existe pero no tiene medida.
Me invitan a tomar la cerveza
más típica, la 33. Sentados y sin prisa, una tras otra. Pasa la
tarde calurosa. Algunos piden refrescos, depende de la confesión religiosa de
los parroquianos que hoy me agasajan con un rato de ocio después de mis clases.
¿Un rato?
Anochece y la lamparilla de
nuestra mesa nos ilumina levemente, me cuesta ver sus caras, adivino sus ojos.
Continuamos al aire libre, sin tiempo.
Calor, mucho calor aquel final
de septiembre y principios de octubre.
Charlas y parloteo, la palabra
proferida, debajo o no del baobab, de tan larga tradición africana: hablar y
hablar… Paciencia, “el destino manda”, me aseguran, “si la vida no depende de
uno, ¿para qué preocuparse?” Filosofía pura en el corazón africano tan lejos de
mi tierra.
Maroua me parece un desierto,
muy próximo a Nigeria, limítrofe con este país tan convulso y peligroso. Se
mezclan en sus parajes, planos y yermos, los colores amarillo dorado y verde
pálido. Arbolitos escuálidos en las márgenes de la carretera, poca sombra
prometen a escasas cabras raquíticas.
Amabilidad a raudales,
cercanía, apretujones en el mercado, me aturullo con tanto hableteo, tanta
cháchara: todos se deshacen en sonrisas, mezcla de olores y aromas
indescifrables para el olfato occidental; cerca la mezquita y la fiesta del
sacrificio del cordero. Me cubro la cabeza y me ubican en la explanada separada
del lugar asignado para los varones que ocupan espacios delanteros. Sí, la
única europea en un país al que nuestros misioneros y monjas iban a catequizar…
Conforme pasan los días ya no percibo la coloración epidérmica. Han conseguido que me sienta una más, la profesora que va a impartir unas lecciones de español.
Los días comienzan con
temperaturas apacibles y viento suave hasta que al mediodía se arranca un
tormentón tropical que bambolea peligrosamente las ramas de los árboles. El
tiempo sigue dilatándose…
Se va la luz. Sistema
eléctrico, out of service. “No pasa nada”, me dicen, “comme
d’habitude”. Esperamos y dentro de un rato vuelve la luz y con ella la energía
artificial porque la solar pega de lo lindo. La arena de las calles ha sorbido
con fruición la lluvia torrencial de hace unos minutos.
Abanico, gafas y fular,
sombrero… no hay duda, no soy de Maroua, muy foránea.
Lo que siempre hemos visto en
imágenes y en visitas tridimensionales tras la pantalla, ahora lo perciben mis
sentidos. Estoy ahí en medio de ese mapa tranquilo y quieto a pesar del
movimiento urbano. No advierto prisa. De nuevo el tiempo se ensancha tanto que
llega a desaparecer. Para mí es un mundo inhóspito, exótico por lo diferente y
desconocido.
Pruebo la “soya” y aprendo a
comer con la mano ese plato típico envuelto en papel. Me cuesta, pero me fijo
en cómo lo hacen quienes me rodean. Y siempre la 33. Toque de queda
a las 8 para las motos y a las 9 para los coches. Ni entrar ni salir de la
ciudad. Se oye a lo lejos rezar, la voz que llama a la oración… Silencio en la
ciudad. A mí me pilla un día en un bar, otro en el hotel, siempre vigilada por
policías apostados a la entrada, no son tiempos para andarse con tonterías:
Boko Haram, al acecho.
Son entusiastas, agradecidos,
tienen la ilusión de salir de su ciudad, de su país y viajar a España que les
atrae como los cantos de las sirenas. Tertulieo y más descanso. Compartir sus
ansias de futuro, sus conversaciones más personales: siempre con la mirada
puesta en el continente europeo.
Y más calor, polvo y gente.
Mucha animación.
Resulta que en mi burbuja
“intelectual” soy la única autoridad, indiscutible para ellos. Mantienen una
actitud de casi servilismo y sumisión. Un respeto acendrado que me impresiona y
una distancia en el aula que me asombra.
Poseen unos profundos y
sólidos conocimientos de lengua y literatura. Yo he ido para sacudirles un poco
el estilo libresco en sus conversaciones, relajar el idioma que están
aprendiendo y hacerlo más familiar, sin ir pegado a lo literario.
Delgadísimos y muy oscuros. Me
han enseñado las distintas tonalidades del negro con una naturalidad
apabullante, como no podía ser de otra manera. Otros mundos otros parámetros.
Otra cultura. Ya no siento el paso del tiempo. Me ha atrapado y ahí estoy.
(Colaboración de M. Regalado)
"Allá en la vieja Castilla / un rincón se me olvidaba,
Zamora había por nombre, / Zamora la bien cercada;
de un lado la cerca el Duero, / del otro, Peña Tajada;
del otro veintiséis cubos, / del otro la barbacana.
Quien os la tomare, hija, / la mi maldición le caiga.
Todos dicen amen, amen, / sino don Sancho, que calla."
(Del romance de Doña Urraca – Romancero Viejo)
Cuando en su lecho de muerte en 1065, Fernando I de León pronunciaba estas palabras dirigidas a su hija Urraca, que le reprochaba el reparto de sus reinos entre sus hermanos varones "y a mí, porque soy mujer, dejaisme desheredada”, no podía imaginar el auge económico que aquel “rincón” tomaría en los siglos XII y XIII, ligado al paso de peregrinos hacia Santiago y al consecuente asentamiento de artesanos y comerciantes, entre otros aspectos.
La repoblación de la ciudad y la distribución de sus barrios en parroquias, hicieron que cada uno de ellos construyera su propio templo. Y así, nos llega hasta hoy la fortuna de poder contemplar hasta 23 iglesias románicas en el casco urbano de Zamora, 14 de ellas en su zona histórica, lo que la ha hecho ser merecedora del título de “Capital Mundial del Románico”.
Desde la más monumental, su Catedral de El Salvador, hasta la más humilde extramuros de la ciudad, la de Santiago de los Caballeros, donde cuenta la ¿historia? ¿tradición? ¿leyenda? que fue armado caballero el Cid Campeador.
Pero es la de Santa María la Nueva, esa pequeña joya, la que con más
frecuencia suele ser el objeto de mi mirada ad-mirada. No es la
más grande, ni la más antigua, ni la más espectacular, pero… quizá me atrae su
historia, sus leyendas…
Quizá esta mente fantasiosa mía conduce mi imaginación hasta hacerme sentir casi testigo, de los hechos que en ella ocurrieron en 1158: el llamado Motín de la Trucha (una de las revueltas burguesas que se sucedieron en el norte de la península en el Siglo XII)
La Iglesia de Santa María era el lugar de reunión de los
nobles de la ciudad para cualquier asunto a tratar sobre sus intereses
colectivos.
Y cuando me acerco a Santa María la Nueva, mi imaginación
viaja en el tiempo hasta el año 1158 y “veo” a los nobles de la ciudad que se han reunido en el interior de la iglesia para discurrir la forma de castigar al osado mozo plebeyo,
hijo de un zapatero (y a cuantos se pusieron de su parte) que tuvo la insolencia
de quedarse aquella mañana con la última trucha del mercado y no se avino a
cederla al criado del noble que también la pretendía, esgrimiendo que su señor
tenía preferencia sobre un simple zapatero.
Y puedo “ver” al pueblo indignado revolviéndose contra los
desmanes de la nobleza local y prendiendo fuego a la Iglesia de Santa María con
todos los nobles dentro, reunidos para discurrir sobre el castigo ejemplar que darían a la
plebe. Y me dejo llevar por la parte de leyenda, que cuenta que murieron buena
parte de los allí reunidos, pero se salvaron del incendio las Hostias
consagradas, que salieron volando por una grieta de la pared hasta el cercano beaterio
de Las Dueñas, en cuyo convento aún se encuentran,
al parecer, hoy día.
Y de ahí su apellido de “la Nueva”: asustados por la
dimensión y las consecuencias de aquel su acto violento y temiendo el castigo del rey de León Fernando II, se
exiliaron en Portugal, desde donde le comunicaron que se unirían al reino
portugués si no les perdonaba y les dejaba volver a Zamora ya “absueltos”. El
rey les concedió el perdón, era importante no perder población y poder frente
al vecino luso. Pero les puso una condición: deberían reconstruir la parte del
templo que había sido destruido por el incendio que ellos mismos provocaron. Y
así lo hicieron. Y en lo sucesivo la Iglesia de Santa María sería llamada, además,
“la Nueva”.
“Todos los nombres que llevé en las manos, en la boca, en los ojos, hoy se juntan en el papel, parece que estoy viendo su voz, tocando su música... (...) Plaza de Santa María la Nueva.
Una
cigueña en la espadaña.
Inhiesta.
Pura
palabra, hiriendo el cielo."
(Blas de Otero)
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| San Clemente de Taüll - "Acuarela" generada con IA |
Bien: instalados en Casa Custodio, en la Puebla de Roda, visitamos Benasque, Isábena, Boí y Taüll (a la catalana), Alquézar, Huesca, Zaragoza, Graos…localidades y capitales dignas de pasear, comer y tardear.
Cultura gastronómica, paisajística y arquitectónica. Amabilidad, voces y
acentos diferentes, atuendo senderista, familias, parejas, grupos, edades
variopintas y aficiones transversales. Calor, calor y humedad; tormentas,
chubascos, mosquitos, ríos y picos, arboledas y cumbres, gintónic, pantumaca y
pozales de café con leche; nubarrones y sol. Más calor. Carreteras
serpenteantes, hoces y cañones. Bosque y sotomonte, reuniones de amigos, ciclistas
y autocaravanas, retos deportivos, descanso y siesta, sin prisa. Parece que
refresca. Pantocrátor y bóveda, torres desmochadas, ruinas y abadías. El
románico primitivo a flor de piel. Gente, mucha gente.
Visitar el Pirineo catalán y aragonés o aragonés y catalán, que, tanto monta, supone volver a la naturaleza, al tiempo pausado, a transitar por un banquete dirigido a los sentidos, a todos. Sí, para repetir.
Es una ventaja viajar fuera de temporada estival: temperatura agradable, evitar aglomeraciones en cada lugar que pretendemos visitar, contemplar tranquilamente y disfrutando de cada cosa que miramos...
Y no, no paso por el aro
de la obligatoriedad de identificar viajes en vacaciones con lo más cool, lo
más in…lo mejor de lo mejor, para impresionar al personal.
No me quiero distraer del
hilo narrativo: resulta muy impopular, de vuelta de un viaje, contar que:
“vaya, bueno, bien sin más, esperaba otra cosa…”
Y, sí: reivindico la
valentía del pero y del aunque individual y colectivo.
A mí Londres me ha
parecido, en esta última visita, muy tensionado, atractivo, inspirador, pero yo
he colapsado: en la National grupos de estudiantes italianos
bulliciosos, no, gritones…en el British Museum todo el continente
asiático dueño de salas aglomeradas, desordenadas…vestigios históricos apilados
como en el desván de la abuela; en el Puente, ni hueco para la selfi de
marras, el Big Ben, atropelladísimo.

Solo disfruté paseando
por las calles de la City, a pesar de las obras y vacías en viernes por la
tarde y por el complejo urbanístico de Barbicam centre.
No me he calzado la boina
“foral” de quien afirma: “como en mi pueblo, nada; como en mi casa, en ningún
otro sitio”.
Y para acabar…Oxford: un
auténtico escenario de cartón piedra. Puro atrezo ¿académico?
Horrible, sin paliativos.
No hay como viajar, para
regresar, obvio. El último día de nuestra estancia foránea cambia la
percepción, y con el horizonte de la vuelta próximo, hacemos recuento final: “¡qué
bien, oye, sí la verdad…!” en voz baja. El paso de los días merma nuestra
capacidad de asombro salvo en los adolescentes (y algún maduro que anda un poco
perdido) que lamentan no ver a ese amor de verano.
Y aquí lo dejo. Solo es
una opinión, personal, claro, la mía propia y vale lo que vale.
A mí no me duelen prendas
ni siento rubor en decir que este viaje… ¡meh!
Insisto: que no estoy
enfadada, solo que no me creo esa máxima de viajar en verano sin uno o más
peros.
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| Cabo Sunio - Templo de Poseidon - 440 a.C. Archivo personal |
Ocho días de recorrido por el Peloponeso: Corinto, Olimpia, Epidauro,
Micenas… seguir hacia el Valle de Delfos y verlo desde el monte Parnaso, subir
a Meteora y Kalambaka… y finalizar en Atenas.
Hay algo en el sol griego que parece distinto: más denso, más
antiguo… y lució con fuerza, con mucha fuerza, cada día. Quemaba. No callaban
las cigarras -las chicharras- que, según dicen, anuncian días de calor
apabullante y noches de sudoroso insomnio.
Aun inmersa en un grupo de veintitantas personas, por
momentos te aíslas y sientes algo así como una experiencia extrañamente íntima. El
encuentro con esas piedras de significado secular. El asombro, el vértigo…
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| Valle de Delfos - Archivo personal |
Y asombrarte contemplando las Meteoras, riscos altísimos coronados por increíbles monasterios bizantinos que, desde el Siglo XIV, parecen suspendidos entre el cielo y el abismo.
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| Monasterio bizantino de Varlaam Archivo personal |
No hay palabras suficientes para describir lo que se siente allá arriba entre nubes, entre piedra… sólo silencio, sólo asombro.
| Monasterio bizantino de Varlaam Archivo personal |
Y llegas a Atenas y el contraste se vuelve casi violento. Sí,
ahí están para ver, mirar y admirar la Academia, La Biblioteca Nacional, El
Museo Arqueológico, la majestuosa Acrópolis en lo alto… pero bajas la vista y
la ciudad duele: sucia, caótica, desordenada. Suciedad que se acumula en las
esquinas y en los rincones, fachadas en total abandono y desgaste por la dejadez, caos urbano sin
lógica, grafittis por doquier… cada detalle hacía sentir sensación de abandono
y de “cutrez”.
Atenas no es una ciudad fácil de querer. Pero los acogedores cafés
resisten, y las miradas amables, y los gatos durmiendo entre ruinas milenarias. Y el
bullicioso, colorido y acogedor ambiente de Plaka, de Monastiraki… pero no ha
sido una de esas ciudades que me hacen exclamar: “¡yo aquí tengo que volver!”
Me alegro de haber conocido Atenas, pero no, no es una ciudad
a la que yo volvería.
M. Regalado – Junio/2025
A cierta distancia de donde nos encontramos emergen tritones del mar abisal. Casi todos del mismo tamaño, con forma de ola, de puente, de tenedor…con tejados planos y otros redondos. Estilizados sin átomo de grasa. Altos, muy altos: seguro que tal concentración de cemento y ventanas en una verticalidad infinita se estudia en las clases de Geografía Humana.
Es Benidorm: me impresiona
siempre su skyline y
cruzarlo por tierra resulta inimaginable.
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| Cartagena - Archivo personal |
Tan cerca del casco
antiguo…pasean turistas, crisol humano en poco espacio, colores de gentes
variopintas. Restos de la catedral y algunas cuestas que conducen al núcleo
municipal. Edificios con mucha prestancia, balcones y miradores, actividad sin
prisa, parroquianos tranquilos a sus quehaceres, mezclados con visitantes.
El trazado callejero fácil de
seguir, peatones que deambulan por unas losetas polícromas, cristales de
grandes ventanales y portales que se abren a instancias oficiales.
Construcciones en consonancia con las profesiones que se desarrollan tras sus
paredes.
A esas horas, el aperitivo se
mezcla con la comida: cuestión de horarios, de gustos del cliente o de la
necesidad estomacal.
Muchas personas que transitan y
pasean entre las palmeras: ¡¡cuánto me gustan esas plantas!! Será porque en mis
latitudes originarias brillan por su ausencia. Solo el Domingo de Ramos las
lucía, sujetando la palma decorada en mi mano infantil.
Me fijo que se ha instalado la
moda de la mascarilla multifunción: de codera, muñequera o en modo “gola” cual
dama áurea adornando el cuello de su atuendo.
Sin mucho bullicio, las fachadas
nos van conduciendo a nuevos rincones de azulejos pigmentados, iglesuelas,
arcos y porches…familias y jóvenes, guiris y nativos.
En algunos cruces, esculturas de
acero retorcido, yo las veo vanguardistas y originales, diferentes, alambres de
diseños imposibles que embellecen la ciudad…y el puerto. Mástiles reposando
hasta que llegue el turno de las velas. Alineados y con el atraque levemente
mecido.
Placidez hasta la entrada de
Arqva, el Museo Nacional de Arqueología Subacuática. La exposición simula las
tripas de una gran ballena, espaciosa, ordenada y muy interesante. Toda una
experiencia marina con los pies en la tierra.
Un viaje experimental y didáctico
a las profundidades oceánicas, a los secretos históricos que ven la luz en
vitrinas sorprendentes. Restos de naufragios, bodegas llenas de provisiones,
ánforas, vasijas, utensilios domésticos, monedas, figuras…todo lo que esconden
las aguas y hoy disfrutamos de su contemplación.
Cartagena invita a quedarse, a
mezclarse con sus habitantes tan amables y atentos.
Es una ciudad tratable,
para volver con más tiempo o sin tiempo. Para estar y caminar.
Seguir observando el cromatismo
de los azules que he percibido: desde el celeste al cobalto y siempre el
marino…aquellos fundadores de antaño sabían lo que hacían con este
asentamiento, encrucijada de culturas y civilizaciones.
Antes de volver, pasamos por La
Manga: ese mar dividido en dos, esas aguas dulces y saladas. En otra ocasión…
Lo mejor de los viajes es el
regreso. Sin duda.
(Publicado en "El Obrero" en agosto de 2021)
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| imagen creada con IA |
Y tienen razón: sí, ese “camino
Soria”, es “cadencioso”.
Disfruto observando la corriente
del río Duero por las márgenes de Almazán; su contemplación resulta preciosa;
creo que Machado se quedó corto con su ya literaria y famosa “curva de
ballesta”.
Desde mi asiento en el autobús
hacia mi destino foral, espero con ganas llegar a la localidad soriana porque
sé que van a aparecer, en medio de la vasta extensión mesetera parques
plácidos, calles antiguas, paseos apacibles, puro sosiego y mucha tranquilidad.
El conductor aminora y se reduce
la velocidad del trayecto: aprovecho para alargar la cabeza y mirar a un lado y
a otro, estirarme todo lo que me permite el espacio y no perderme nada de la
naturaleza que tan bien reconozco, pues soy consciente de la fugacidad del
momento. Permanezco atenta.
Cruzamos despacio y me vienen
imágenes becquerianas, evocaciones de que allí, no muy lejos, surge la leyenda
del “monte de las ánimas”, en los alrededores de la capital.
Emociones de recuerdos
pretéritos, de privaciones y ausencias, melancolía y esperanza, sonrisa
dibujada levemente, tapada por la mascarilla. ¿Cualquier tiempo pasado fue
mejor?
El río y su curso, los árboles
enramados, desnudos o poblados, estacionales, cromáticos: del terroso al
glauco, del amarronado al ceniciento, cetrinos y hasta verdemar, si me apuran,
por el reflejo del sol en una tarde cristalina. Arcos y empedrado, puertas
señoriales y campanario quedo. Descanso, placidez y “gloria”.
Rememoración de tantos años, de
tantas rutas con la manta liada, kilómetros y horas: muchas memorias, algunas…
indelebles en la piel.
Lágrimas silenciosas y minúsculas
de diminutos afectos, hoy adultos con ilusiones renovadas y horizontes
luminosos.
Uno cambia de coche, de medio de
locomoción, pero volvemos a repetir la ruta, ese mismo itinerario porque
paladeamos con regusto lo perdurable e inamovible. Nos domina cierto aire de
pertenencia casi inaprensible. Hidalgos y conventos, muros y arciprestes,
abades y bosques, manzanos y madera.
La carretera nos depara rutinas
desde el inicio del viaje: naves industriales, complejos comerciales,
construcciones empresariales…en cuanto cojamos velocidad, llegará el remanso.
Solo unos minutos que se suceden a veces tediosos y muy largos dormitando, o
despejados en puro pensar.
Modorra vespertina a esas horas
en que el tiempo no ha declinado aún. Lentamente…
Casi me incorporo al atisbar curvas en el “camino Soria”; un sendero que me lleva a las riberas de esa localidad que pronto volveré a ver y que por razones inexplicables, irracionales, inconscientes, me atrae. Y mucho. Almazán.
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| ilustración creada con IA |
Desde hace mucho tiempo, Chinchón
ocupa un enclave privilegiado: amplitud de naturaleza entre la estepa y las
encinas, olivos y meseta.
Localidad para vivir, visitar,
pasear en la hora sexta, descansar en las vísperas y conocer y seguir
conociendo. Para recordar aquel virreinato con una esposa enferma de malaria a
la que curó una indígena con la famosa “quinina”.
Condes, monjas y frailes.
Casi siempre lo hemos observado a
ras de suelo, desde esa Plaza Mayor, tan simétrica e igualada en su redondez
taurina y fílmica, tan de postal y Patrimonio Histórico: bares, tabernas,
soportales, balcones de un verde brillante, bullicio y gente, mucha gente.
Anís.
Callejear por San Antón y su
plaza donde los “pequeños” vecinos de antaño, hoy historiadores, daban patadas
a un balón y ahora muestran orgullosos aquellos rincones de su infancia.
Nos recibe la familia Palacios:
auténticos artesanos de la madera, ebanistería esmerada, gremial, heredada de
generaciones…
Un lujo otear el horizonte desde
la antigua iglesia de la Piedad, que se abre al visitante con unas puertas
magníficamente trabajadas, e imaginar que entre el teatro Lope de Vega y la
actual Asunción, existió un pasadizo volado…fantasía hecha realidad al acceder
a su interior y admirar la Ascensión pintada
por Goya en su retablo central.
Sábado de Gloria, Domingo de
Resurrección y Lunes de Pascua. Las Clarisas y los Agustinos: moles
conventuales de poderío ancestral y rezos presentes.
La vista se pierde por las
llanuras mientras vigila atenta la Torre del Reloj, tan arriba, tan alta.
Paisanaje curioso y variado en
una semana santa perimetrada y sin salir de nuestra comunidad, como el resto,
claro. Quizá sea un momento vacacional a pequeña escala, con movimientos
reducidos, límites sanitarios precisos y obligaciones y responsabilidades
personales y sociales.
Horizontes manchegos, colores
matizados por la luz del atardecer y leves sonidos festivos.
El arco de palacio nos enseña
alguna casa solariega y blasonada que recuerda momentos de otras épocas; la
hermandad de la Soledad, pasos procesionados que hoy reposan para su
contemplación.
Beatitud y complacencia en una
visita esperada e inesperada. Chinchón siempre sorprendente.
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Un nuevo chinchón
El Arga, cada vez más ancho y
plano, limpio ahora, turbio en otras ocasiones. Calmo y plácido, discurre por
sus márgenes sin sobresalir de los límites, evitando sobresaltos.
Cuando se desboca, suena a
estruendo, llega hasta las casas próximas, anega huertas y chabisques, y ese
ruido en la noche silenciosa que despierta a los vecinos, y a los animales
domésticos…. Ese ruido atemoriza. Es un rugido que traga y envuelve todo lo que
encuentra a su paso. A mí nunca me ha pillado en una de esas.
El río atraviesa diferentes
poblaciones forales y cambia de aspecto estacional y fluvial.
Para todos los gustos.
Aficionados a la pesca, palistas en piraguas, bañistas estivales…A sus orillas
descubro la nogalera o la chopera, para mí siempre será la arboleda, un término
más genérico sin distingos arbóreos, y sobre todo, muy familiar.
A la sombra, bancos y senderos,
paseos de caminantes dominicales: chubasquero, bolso cruzado, algún bastón
y…¡¡hala!! a echar alguna hora matutina.
Calderetada en honor a la Virgen
de la Asunción en un agosto solanero, fiestas y jolgorio de jóvenes y abuelos,
reposo y bailes, comida y chistes. El Arga lo contempla y sigue su curso…
El verde primaveral y el
marronoso del otoño, el desolado invierno y el florido verano: suma y sigue; la
vida se abre paso más allá del tiempo en una población marcada por un río que a
veces la inunda, la sorprende: agua de susto, catástrofe urbana y vuelta a
empezar.
Ese río recorre el depósito del
agua, lo deja de lado, allá arriba en una colina de cúspide curva, redonda,
nada escarpada, fácil de acceder.
El Arga se tapa los oídos durante
las noches de fuegos artificiales. Siempre desde mi ventana. La carretera
acerca coches que visitan Burlada, centro cultural de jóvenes y maduros;
sociedades gastronómicas, txokos y escuelas. Nuevas plazas, nuevos nombres y
habitantes que llegan de otras latitudes nacionales y extranjeras. Parques,
tiendas que cambian de nombre y de dueños; colegios y escolares, bilingüismo.
Pintadas de otros tiempos y grafiti actuales.
Se oyen las campanas de la
iglesia más próxima; cielo nublado que amenaza lluvia: ¡¡ay, los tejados!!
Cuidado con el río que amenaza con escaparse del redil…Vuelve la tranquilidad
desde mi ventana.
El puente viejo, muy cerca,
permite que transcurra bajo sus ojos poco apuntados y rodeado de una vegetación
matizada; se mezcla tierra fértil con las ramas que flotan, arrastradas por la
corriente. En momentos de sequía cuesta atisbarlo, casi no se aprecia su caudal
y parece que lo ha engullido la tierra, que se ha evaporado, pero ahí sigue,
perenne su cauce, más allá del tiempo.
Me reconcilia su visión, esa
imagen que desde la capital se convierte en idilio y que en su presencia, al
abrir el cristal, me devuelve memorias pretéritas y recuerdos muy de ahora.
Yo he vivido en Burlada, de cara
al Arga al que es difícil darle la espalda…visita obligada y deseada.