jueves, 30 de abril de 2026
martes, 28 de abril de 2026
domingo, 26 de abril de 2026
viernes, 24 de abril de 2026
miércoles, 22 de abril de 2026
lunes, 20 de abril de 2026
sábado, 18 de abril de 2026
jueves, 16 de abril de 2026
martes, 14 de abril de 2026
domingo, 12 de abril de 2026
Los poetas y abril
(M. Regalado)
Todo florece, todo se abre. Como escribe Antonio Machado: “Abril florecía frente a mi ventana…”. O como
lo hacía Juan Ramón Jiménez en ese su tono sereno: “¡Qué paz, abril!”.
Luz, calma, comienzo…
Pero no siempre es así. Hay también un abril incómodo,
incluso inquietante. Como lo siente T. S. Eliot:
“Abril es el mes
más cruel: engendra
lilas de la tierra muerta, mezcla
recuerdos y anhelos, despierta
inertes raíces con lluvias primaverales.…”.
Parece decirnos que renacer no siempre consuela, sino que a veces despierta lo que estaba dormido. Y entonces, Abril, no es solo belleza, también es memoria. Amarga. Memoria amarga.
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| Imagen: Jardín vertical - Parque Santander - Archivo personal |
Entre esos extremos se mueve el sentir de los poetas sobre
abril. Puede ser el aire tibio y vivo que describe Federico García Lorca:
“Salen los niños
alegres
de la escuela,
poniendo en el aire tibio
del abril canciones tiernas.”
o puede ser una
emoción difícil de nombrar. Quizá por eso abril vuelve una y otra vez a los poetas
y a sus poemas: porque este mes no se explica del todo, más bien se siente. Y una
sensación así siempre acaba buscando palabras.
domingo, 29 de marzo de 2026
"La pedrada"
Mi primer contacto lector con la poesía, y también el origen
de este posterior gusto mío por leerla y escribirla, se remonta allá a mis siete, ocho años. Cuando íbamos a visitar a mi abuela, uno de los libros que
había en su casa en aquel pueblecito del campo charro salmantino, era el titulado “Poesías completas” de Gabriel y Galán (salmantino
también)
Yo lo leía y me atraía especialmente porque, más allá de
aquella entonación cantarina que mentalmente yo le daba a los versos, no la
percibía como poesía, sino como algo muy cercano al relato: eran pequeñas
historias, había personajes, acciones, situaciones que yo podía reconocer.
Podía seguir aquellos poemas casi como si estuviera leyendo un cuento. Terminé
recitando de memoria unos cuantos. Aún los recuerdo…
Es verdad que palabras tales como “sayón”, “precoz”, “sublimó”…
ni las conocía ni sabía aún deducirlas por su contexto, así que con ellas
acudía yo a mi abuela en busca de ayuda.
Porque es oportuna en estas fechas, dejo aquí este fragmento
de “La pedrada” que, junto con “Mi vaquerillo”, eran las que más impactaban mi
imaginación infantil.
sábado, 21 de marzo de 2026
Día mundial de la Poesía
-M. Regalado-
Como también es para celebrar -hoy y cualquiera de los días del año- que existan voces como las de Pilar Úcar que cree en ella como para escribirla así como lo hace.
Porque sus poemarios no son únicamente publicaciones: son etapas vitales, y son preguntas abiertas, y fragmentos de vida que el lector puede reconocer como propios.
Leer la poesía de Pilar es acompañarla, pero también es encontrarse uno mismo en ella.
Porque al final, todo es un poco Relaverso.
Quién me lo iba a decir que Éramos esto.
Inténtalo, Mira al suelo, que hoy están secas y...
Deja a la vida en paz.
domingo, 15 de febrero de 2026
Delicatessen
Metálico el
sonido
de mi copa
brindando con la tuya.
En la mía un
Burdeos
y el
Riesling que acostumbras, en la tuya.
Y ¿cómo
describir
a quien no
lo ha probado
el sedoso,
afrutado, o amaderado vino?
Hay que
saborearlo,
emborracharse
incluso y aun así,
no lo conocerá,
por más que expliques.
Ha de
experimentarlo.
Ha de
embriagarse cada vez
y comprender
sin preguntar su nombre.
(M. Regalado)
domingo, 8 de febrero de 2026
sábado, 31 de enero de 2026
Quién me lo iba a decir
PRÓLOGO DE MARCELINA REGALADO PARA MI POEMARIO "QUIÉN ME LO IBA A DECIR"
El cariño tiene estas cosas: por su parte, la generosidad de
invitarme a hacerlo y, por la mía, no saber negarme aún siendo consciente de
que un libro suyo merece el prólogo de alguien a su altura.
Y es que,
La amistad son corcheas
que saltan juntas
dice Pilar
en “La raíz”, uno de los poemas de este libro.
Fue hace ya algunos años... La joven Profesora Úcar tenía
entonces la valentía de ponerse en un aula frente a veinte o veinticinco abuelescentes
a los que una tarde a la semana transmitía su entusiasmo por la literatura.
¡Y vaya si lo conseguía! Y no sólo eso, sino que se hizo merecedora de la
simpatía y del afecto de todo su provecto alumnado.
Para mí concretamente, pasado no demasiado tiempo, dejó de
ser la Profesora Úcar para ser Pilar: mi amiga Pilar. Aún me pregunto cómo pudo
ocurrir: ella, una mente brillante, una personalidad atractiva y arrolladora, congeniando
con una simple (aunque devota, eso sí) aficionada a los temas en los que de
forma tan atractiva ella nos instruía.
Tampoco puedo olvidar que fueron su sugerencia y su
insistencia las que me impulsaron a participar en aquel certamen literario de
la Universidad, que me proporcionó el feliz momento de conseguir algunos de sus
premios. Su confianza en mis posibilidades obró el milagro de mi propia fe en
ello.
Y todo ello nos trae hasta aquí. Hasta esta osadía que
comentaba al principio.
Después de un paréntesis en nuestra comunicación habitual, al
reencontrarnos me sorprendió muy gratamente descubrir en ella una nueva faceta:
la poética, y verla plasmada ya en algunas publicaciones que leí con sumo
placer.
Esta introducción, pues, no tiene más autoridad que la que me
otorga mi afición a “devorar” poesía y mi profundo respeto y cariño por la
autora.
Y con el firme aunque difícil propósito de dejar a un lado el
sentimiento, que podría inclinar la balanza hacia la apreciación subjetiva, no
puedo sino evidenciar cómo entre los versos de Pilar halla su hogar y se cobija
la palabra exacta, esa para la que no cabe sinónimo alguno porque, como ella
misma nos recuerda a menudo: “la sinonimia absoluta no existe”.
Sí, en la poesía de Pilar la palabra es exacta. Y a veces
corta como navaja y otras acaricia como rayo de sol en invierno. Nunca es
ociosa, ni mero ornamento poético aunque, desde luego, es todo un goce estético
advertir su dominio, su maestría y la naturalidad con que utiliza cualquier
figura retórica.
Lo admitido y lo prohibido, el tedio y la ilusión, lo sereno
y lo exaltado, la dureza y la suavidad y hasta la rigidez y la ternura, son
contrapuestos habituales en la poesía de Pilar. Como lo es esa mixtura entre
vulnerabilidad e íntimo desgarro que de tan hermosa forma su poesía nos
confiesa.
El banco me
conoce.
Sabe de mi
tristeza,
conoce mi
nostalgia.
Pronto
pasará.
Como todo.
Si bien…
Algún día
más allá del
último aliento,
quizá,
tropezaremos
con algo nuevo.
Y puede, también, manifestar una dureza implacable ¿coraza
protectora quizá? Lean, si no, su poema “Confesión” y ese verso final,
inapelable, sin paliativos.
En fin, la indiferencia no cabe en el lector, una vez ha sido
atrapado por la emoción de su verso, por la pureza de su forma, por la
intensidad de cuanto nos comunica. Y para entonces, sin otra opción, ya no
puede sino dejarse llevar por la avidez lectora.
En “Quién me lo iba a decir” hallará el lector la belleza del
íntimo lenguaje, ese que no se aprende y que en Pilar es innato y consustancial
y fecundo. Sólo el verdadero poeta es capaz de convertir su poema en espejo en
el que el lector se reconoce. Y cuando esa hermosa simbiosis se produce, el YO
poético, que camina hacia el TU, culmina en el alborozo de un NOSOTROS.
Escribe, Doctora Úcar, para gozo de todos.
sábado, 24 de enero de 2026
LA MARIONETA
(De mi poemario "Deja a la vida en paz")
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| Foto de Miguel Alcântara en Unsplash |
Trapo, serrín
y cuerdas.
Uñas de color clorofila
y olor a granate.
Ese guiñapo baila al son de la partitura
de un maestro
que golpea latidos.
Sus ojos dibujados con hilvanes miran
impávidos,
las bocas que gritan su nombre:
Rosalinda.
Conmovida busca al príncipe
mientras la falda descolorida gira y gira
¡¡Que no llueva!!
Una gruta en el escenario,
pintada a brochazos
y un bosque oscuro
amenazante.
¿Dónde estará?
Huyó por amor.
Silenciosa se refugia a esperar
y solo el eco suena en miradas inquietas
que no la acompañan.
Cae el telón
y Rosalinda sueña con aquel a quien siempre amará.
Hasta la próxima función.
martes, 6 de enero de 2026
sábado, 27 de diciembre de 2025
Sin tiempo y Benedetti
que otros dejan abandonado
porque les sobra o ya no saben
que hacer con él
tiempo
en blanco
en rojo
en verde
hasta en castaño oscuro
no me importa el color
cándido tiempo
que yo no puedo abrir
y cerrar
como una puerta
tiempo para mirar un árbol un farol
para andar por el filo del descanso
para pensar qué bien hoy es invierno
para morir un poco
y nacer enseguida
y para darme cuenta
y para darme cuerda
preciso tiempo el necesario para
chapotear unas horas en la vida
y para investigar por qué estoy triste
y acostumbrarme a mi esqueleto antiguo
tiempo para esconderme
en el canto de un gallo
y para reaparecer
en un relincho
y para estar al día
para estar a la noche
tiempo sin recato y sin reloj
vale decir preciso
o sea necesito
digamos me hace falta
tiempo sin tiempo.
sábado, 20 de diciembre de 2025
Trascendencia
martes, 16 de diciembre de 2025
Escribir poesía en tiempos de Ozempic
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| Foto de Angèle Kamp en Unsplash |
Escribir
porque hay algo que contar, porque hay que sentir con los demás o porque
conviene no refrenar el impulso de reconocerse.
Escribir
poesía en la madurez vital con trazos de adolescencia prolongada; sin rubor ni
temor de Dios: escribir poesía, aunque para algunos solo lo hacen las abuelas,
a modo de pasatiempo cultureta, más femenino que varonil, es el Ozempic que
se inyectan las estrellas.
Poesía
desde Homero a Manrique, de Quevedo a Bécquer, de Florencia Pinar a Gloria
Fuertes, De Idea Vilariño a Delmira Agustini.
Escribieron
poesía con el auxilio de las musas, con la inspiración del momento y del sentir
personal. Se concitaron Melpómene, Erato y Clio, Talía y Euterpe en un
contubernio de risas satíricas y lamentos fúnebres, de elocuencia cómica y
ritmos bucólicos.
Sin Ozempic.
En
estos momentos de escualidez física y mental, triunfan frases más o menos poéticas,
de rango solemne y atisbo sentencioso: Vive la vida a tope, Disfruta la
vida, o A vivir que son dos días.
La escritura lírica no engaña y sí engancha, no niega y siempre afirma, es decir, acepta y consiente con una mirada complacida de quien lee sin tapujos, a corazón abierto.
La
autora que suscribe estas páginas es más del siguiente imperativo: “Deja a la
vida en paz”, que no sé si provoca una mueca de disgusto o falsea la realidad
propia y ajena, con el deseo de firmar un pacto por la inmortalidad y la eterna
juventud, incluso aunque los únicos firmantes de ese pacto sean líderes
lamentables y perniciosos para perpetuar años de longevidad.
No así
la poesía: hay quien afirma que los avatares históricos, las gestas heroicas
(valga el pleonasmo) se olvidan antes que muchos versos de antaño, embriones de
belleza, auténticos amantes benefactores en una promiscuidad literaria que no facilita
la farmacopea por muy celebrada que sea.
Escribir
poesía durante los años púberes o en la soledad senil de la que hablaba Góngora,
permite cambiar y transformarse en cuerpo y alma y no por inoculación del
pinchazo prometedor, sino para recordar qué es la lealtad, el desamor y la
ilusión. La escritura lírica no engaña y sí engancha, no niega y siempre
afirma, es decir, acepta y consiente con una mirada complacida de quien lee sin
tapujos, a corazón abierto.
Quien
escribe poesía realiza una ofrenda generosa, visible en el ara de rituales
sociales sin imposición y sin dirigir voluntades ni esperar aplauso, ni
resultados milagrosos. Tal vez mejore los
niveles de azúcar en la sangre y pueda reducir el riesgo de eventos
cardiovasculares serios; quizá puede ayudar a las personas, lectoras, a perder
peso, a hacer su travesía cotidiana más liviana.
Rimar
en asonante descoloca, imita una prosa en líneas cortas y cortadas, abruptas,
de un lado al otro de la página; hacerlo en consonante ubica y posiciona,
parece que da mayor y mejor sentido al poema de la vida.
Ni de
viejas ni de jovenas (así, llana gráficamente esta palabra, como la pronunciaba
mi abuela), escribir poesía consiste en jugar con las palabras, marearlas hasta
hacerlas caer en una casilla incorrecta para que tomen aire y vuelen, con ganas
y decisión, con elegancia. De eso se trata escribir poesía: elegir o escoger lo
selecto y lo distinguido en la apariencia y en el comportamiento. Las palabras
de la escritura poética refieren al aspecto, a la forma y la estructura y, por
supuesto, al contenido, al meollo.
Algunas
se evaporan y enmudecen, otras, más valiosas lo llenan todo de un poder inmisericorde
que atrapan y entrampan, atosigan y sosiegan.
Escribir
poesía supone frotar la lámpara maravillosa y que aparezca el genio o la
“genia” para llevar al lector a un mundo imaginado, no necesariamente
imaginario, un universo anhelado pleno de esperanza humana, sin riesgo de
ataque cerebral, ni saciedad estomacal.
Escribir
poesía, ahora y siempre. Inyección literaria sin efectos adversos.











