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martes, 28 de julio de 2026

El idioma y los medios

                                                                     (M. Regalado)


Leo en el digital de El Mundo de este 9 de julio: “Alerta por la oleada de suspensos en las oposiciones a profesor: del 83% en Castilla y León al 63% en Murcia. Es increíble la cantidad de faltas de ortografía en los aspirantes jóvenes. Los tribunales han detectado una preparación insuficiente y errores de sintaxis y de comprensión lectora”.

Después de esto no me extraña cuando, el mismo día, oigo en la prensa hablada (radio y televisión) decir a presentadores, reporteros y tertulianos que en el lamentable incendio de la población X “los servicios de emergencia están trabajando a contrarreloj” y que “habían muchas personas”.

Resuena en mi cerebelo cuando lo escucho en la calle, pero hacerlo en boca de un comunicador me asombra sobremanera.

No vamos a exigir a los medios una perfección imposible, pero sí recordarles que quienes hablan desde un micrófono no sólo informan, sino que terminan siendo una auténtica escuela de lengua y que esas expresiones incorrectas y frecuentes, en su boca, acaban por instalarse como si fueran perfectamente normales en la forma de hablar de quienes los escuchan.

Tampoco voy a decir que los errores nacen en los estudios de radio/televisión o en las redacciones de los periódicos. Probablemente es un recorrido circular: locutores, presentadores y reporteros están en la calle y hablan como habla la sociedad en la que se mueven. Pero hay una importante diferencia: a un periodista se le puede exigir un plus de corrección porque su trabajo consiste precisamente en comunicar mediante la palabra. Cierto, hay intervenciones en directo donde no hay tiempo para revisar cada frase. Lo que me extraña es que, en ellos, la frase correcta no acuda a su lenguaje de forma automática.

Y duelen los oídos, pero tampoco los ojos se libran. Con demasiada frecuencia hallan su propio sufrimiento en los subtitulados de las distintas cadenas de televisión. 

Mi afición: fotografiarlos. 

He aquí dos ejemplos de mi colección: tres frases, tres faltas. Cada una con la suya.

Pero ese "habriéramos" se clavó como puñalada.


Pilar, tú eres nuestra filóloga favorita: ilústranos, enséñanos, ayúdanos a entender por qué “a contrarreloj” o “habían muchas personas” atentan contra la corrección del idioma.

Inaugura en tu blog una serie de artículos periódicos con ese título: “El español y los medios” o “El micrófono también enseña”, o "Las torturas del filólogo",  ¡qué sé yo! algo así. Yo creo que tienes material abundante con incorrecciones y con expresiones que se ponen de moda pero que vienen a empobrecer el lenguaje, tales como:

. Poner en valor
. A nivel de…
. Lo que viene siendo…
. De alguna manera...


jueves, 9 de abril de 2026

Houston, tenemos un “marrón”

 

El próximo gran paso en la Luna

“El inodoro del Artemis II tenía un problema”, informaba The New York Times en su edición digital.

 

Hay algo muy revelador —y a mi parecer un poco humillante, la verdad— en el hecho de que una misión destinada a conquistar la Luna pueda tambalearse por culpa de un retrete.

Durante varias décadas hemos estado perfeccionando motores capaces de desafiar a la gravedad terrestre, algoritmos que calculan trayectorias interplanetarias, y materiales que resisten al vacío, a la radiación y a temperaturas imposibles… pero seguimos siendo vulnerables a una tubería caprichosa.

Y es que sí, es verdad: aspiramos a colonizar otros mundos, pero no somos capaces de superar lo más básico. La biología sigue teniendo la última palabra. El cuerpo humano, con toda su fragilidad, nos recuerda que antes de ser exploradores del cosmos somos organismos sujetos a...  Los organismos, por muy heroicos que se crean, están sujetos a cosas muy poco heroicas.

Da igual si eres ingeniero aeroespacial con tres doctorados, mecánico de mantenimiento o astronauta a punto de hacer historia.

Yo encuentro en ello algo casi poético. Imagina la escena: un cohete de miles de millones de dólares, ingenieros en salas de control con numerosas y enormes pantallas, cálculos perfectos… y, en algún punto del sistema, un problema relacionado con algo tan poco glamuroso como evacuar.

Puede que nuestro verdadero límite en la exploración del espacio no sea la velocidad de la luz, ni la distancia de las galaxias, sino la apabullante realidad de que seguimos siendo criaturas con necesidades básicas. No importa cuántos kilómetros recorramos hacia arriba: seguimos atados a lo que ocurre hacia abajo.

Así que la próxima vez que mires al cielo y pienses en la grandeza que supone la exploración espacial, recuerda que: podemos rozar las estrellas, sí… pero siempre habrá un momento en el que alguien tenga que preguntar, con toda seriedad científica:

“¿Funciona el baño?”

(M. Regalado)

viernes, 2 de enero de 2026

Comenzar el año con pronombres

Como lo comenzaba allá por enero de 2021 publicando en El Obrero vivencias y  reflexiones sobre el tema. Y que hoy actualizo y comparto.

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Pronombres

Cuestión de pronombres. Cuestión de silencios. De Pedro Salinas a Dinamarca.

Me cuentan que en algunos lares el lenguaje periodístico es muy acotado, tan acotado que si no se sabe o no existe una palabra se la inventan sin drama alguno, convirtiéndola en palabro, por ejemplo “cricicismo” para hacer referencia al estado continuo, normal y sempiterno de ese país (se dice el pecado pero no el pecador). Cuestión de usos culturales. Me aseguran también que en el discurso político de ese mismo país se dan un festín con el uso alternativo de los pronombres personales “yo” y “nosotros”. El yo se usa para marcar el principio que se debe seguir y el nosotros para demostrar que todos estamos convencidos de ese principio. Cuestión de gramática.

En alguna ocasión me han preguntado cómo abordar la enseñanza de los pronombres en nuestro idioma para los extranjeros interesados en estudiarlo y practicarlo (y para nuestros nativos también, diría), y yo, sin vacilar, he respondido: con los poemas de Pedro Salinas (1891-1951), el poeta de los pronombres: “Tú vives siempre en tus actos... Tú nunca puedes dudar” (La voz a ti debida), “La noche donde yo estoy ahora, donde tú estás junto a mí”  (Luz de la noche).

A mí me funciona en el aula su poemario tanto desde el punto de vista de la estructura como del contenido. Y en esas estoy, en la presencia y ausencia de lo pronominal.

En español los pronombres personales no son preceptivos salvo para marcar contraste, distancia, preminencia, énfasis, explicitar el sexo del referente, por cortesía o deshacer posibles ambigüedades cuando existen coincidencias de desinencias verbales.No sé qué pensar. Cada vez hay “menos nueces” en cuestión de pronombres.

¿Será por el influjo de otros idiomas en los que su presencia es de obligado cumplimiento?

Escuchamos y leemos muy a menudo más personalismo, un más acentuado individualismo, un mayor alejamiento entre el yo y el tú, el yo y el nosotros. Por supuesto el “ellos” lo vislumbramos en la lontananza.

El  lingüista Teun A. van Dijk (1943-) propone la no elusión del pronombre personal siempre que sea necesario y más en estos tiempos que no andamos para lucir corpiño calado, es decir, que el “ruido” pronominal resulta aconsejable y consentido no como mera fórmula sino como sistema, medio e instrumento de acercamiento y de inclusión al otro a él y al ellos.

Con alteridad sincera. Incluyendo.

¡Qué alegría más alta:
vivir en los pronombres!  (P. Salinas)

De la misma manera que el poeta se dirigía a su amada desde su yo incluyéndola en el nosotros. Silenciar, pues, ciertos pronombres aparta y divide.

Y una cosa trae la otra.

Mi primera visita a Dinamarca, fue a una universidad de Copenhague, invitada como charlista (aquí conferenciante) y llevé los usos de mi país: interactuar con el auditorio, pedir respuestas a preguntas nada retóricas, vamos, participación activa e implicación consciente del público.

Esto es como el que no sabe: que va a ciegas con una venda de yeso difícil de rascar.

Impartía una conferencia sobre cultura mediterránea (usos de pronombres, expresiones enfáticas, imperativos…) ante unas 100 personas: estudiantes de grado y posgrado y profesores.

Mi tono cambiaba según iba discurriendo la charla. Marcaba pausas –la importancia del silencio- para ver la reacción. Impasible el ademán. Seguía intercalando ejemplos y preguntas. Silencio. Atentos sí que estaban o simulaban estarlo. Sin ruido y sin que nadie abandonara la sala, a mí me estaba abandonando el ánimo.

Esto en España no me pasa, pensaba yo. Cuando lanzas una pregunta siempre hay alguien que está dispuesto a armarla, para pulsarte, para provocar al resto…con intención –buena o no- de dar vidilla a tu intervención.

Pasaban los minutos: modulaba la voz, me movía por el estrado y… parálisis general.

Acabó mi conferencia y aplausos. Protocolarios, pensé yo. Se abrió el turno de preguntas y solo tímidamente una profesora formuló una.

Y punto, fin del espectáculo.

La colega que me invitó a visitar su universidad quedó encantada; pensé que su deber de amiga la obligaba a ser condescendiente conmigo. Pues no. Fue sincera y me aseguró que yo podía estar más que contenta porque no se había salido ninguno (de madre, pensé). Nadie dejó la sala, y si hay algo que no les gusta, lo hacen saber. En silencio. Cuestión de culturas.

A partir de aquella ocasión, he tenido la oportunidad de acudir unas cuantas veces más a la capital del país nórdico y ya me advirtieron, entre otros parámetros culturales que iba cumpliendo a rajatabla, que si algún danés no tiene nada que decir, nada dice. Punto en boca. De nuevo el silencio.

No tengo tan claro si “muchas nueces”.

También me enseñaron algo muy útil allí, nada práctico en otras latitudes.

Y es que al realizar una pregunta he de fijarme en el leve movimiento de ceja de los participantes; tal gesto significa advertencia, discretísima desde luego (ante todo, no destacar) de que quiere decir algo y yo, atenta, me dirijo a esa persona y le doy la palabra. Si deseo continuar con nuevas preguntas, cuento 10 segundos, y si no hay reacción, a otra cosa, mariposa. Así va el tema por si se ven en una parecida.

Escribo estas líneas y sonrío sin poder evitarlo.

En España, cuando un ponente inquiere algo ante un auditorio, en una sala, seminario, aula…no hace falta ni levantar la ceja ni contar 10 segundos. Es más, aquí no levantan ni la mano (salvo los acodados en la barra del bar para ingerir el líquido elemento, en los tiempos en que la ausencia de restricciones lo permitía).

Lo que yo digo, cuanto más descendemos de norte a sur, nuestros tímpanos se acostumbran a sonidos difusos, deformes muchas veces: al ruido. Del silencio al ruido en una breve transición.

Se cumple eso de much ado about nothing. Convendría acompasar el ruido y las nueces en nuestro trato y tratamiento.

domingo, 28 de diciembre de 2025

Un paréntesis y mucha resaca

Artículo que publiqué en 27 de diciembre de 2021 en El Obrero.  No caduca.  Hoy lo traigo a Palabradas-blog.

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Resaca tras la fiesta

Pasado el primer tramo festivo, con los estómagos llenos y la mente abotargada, iniciamos una nueva semana. La última de este mes de diciembre, la última de este año 2021.

Noticias, las justas, comentarios ajustados.

La pularda, el gorrín, algún marisco, dulces navideños, entrantes y postres, brindis, corchos por los aires, celebraciones, villancicos, regalos y detalles… tanto batiburrillo propio de las fechas nos tiene algo amordazados, comedidos, más o menos.

El discurso, la misa del gallo, felicitaciones, antígenos agotados, -test, quiero decir-, alka seltzer para las resacas, positivo en covid, día de la familia, colas en los hospitales, shows televisivos, reportajes, muchas selfis (por si las moscas)…para cuánto dan la noche del 24 y el 25 (sin rima, por favor).

Importante la precaución, claro que sí: no solo respecto de la orografía palmera sino de la salud personal y colectiva, también.

Convendría menos mensajes globales y abstractos, menos palabras grandilocuentes y una mayor concreción, más contenido y enjundia de compromiso. Implicación consciente: conceptos vagos y melifluos llenan el aire y se evaporan.

Advierto tono cansado, agotado, casi al borde de la extenuación; a pesar del “repetitio mater studiorum”, tengo la sensación de salmodia exhausta.

Parece que cuesta percibir la chicha de lo verdadero y de lo auténtico y no es que lo esencial se vea con los ojos del corazón, ocurre que ni atisbamos el meollo de lo que nos rodea.

Nos hemos calzado las gafas opacas y así resulta difícil avanzar; algunos hasta se han encajado atornilladas sus orejeras y ¡oye! “a lo mío, que ya tengo bastante!!

Desde las autoridades políticas hasta el último peón del tablero, todos debemos recuperarnos de esa resaca posfestiva y acentuar la intención (y la obra) de mirar y observar, atender y tender la mano. Crear una cadena día a día de solidaridad.

Minimizar daños colaterales, evitar riesgos innecesarios, enfatizar el sentido común…

Pocas declaraciones de líderes, reducidas intervenciones gubernamentales: estamos en un impasse de relativo descanso, en modo pausa por el momento; hay que retomar fuerzas y así emprender el siguiente tramo festivo y prepararnos para la próxima explosión y no me refiero a estridentes sonidos de matasuegras, campanadas más o menos discordantes ni atragantones de bayas.

Mientras tanto, casi asistimos a un clima adormecido, cruzamos los dedos (“virgencita, virgencita que me quede como estoy”) durante estos días –postreros- que nos conducen a ese ansiado 2022.

Por cierto, en un canal televisivo, de cuyo nombre no quiero acordarme, cierto tertuliano pontifica descalzo: sus zapatos reposan debajo de la mesa; igual se le han hinchado los pies…mucha resaca.

martes, 28 de octubre de 2025

Verdades a trozos

                    Kintsugi, Ortega y Corto Maltés

kintsugui
“Timeless Magic”, 2023. Artículos Raku negros de la era Taisho (1912-1926), laca urushi, oro de 24 quilates y resina. Foto de Naoko Fukumaru.


Con este texto podríamos reflexionar sobre cómo recomponemos nuestras verdades  rotas, al modo del kintsugi: reparando fisuras, aceptando cicatrices y dejando que el oro se introduzca en ellas. Podemos explorar nuestras propias piezas, nuestros fragmentos y el nuevo yo que emerge al unirlos.

Publicado originalmente por mi en otra plataforma, esta versión contiene un añadido personal, una mirada ampliada que la convierte en la definitiva. 

La técnica japonesa del Kintsugi se aproxima al deseo del gran historietista Hugo Pratt, creador del inefable Corto Maltés, por alinear sus orígenes y recomponerlos a través de todas las piezas vitales por las que pasó durante sus 68 años. Esa técnica centenaria de carpintería dorada, repara las piezas de cerámica rotas, sin disimulos entre las junturas, con el uso nada discreto de un esmalte impregnado de oro, plata y platino. De esta manera, resulta difícil que pase desapercibida. Va a brillar siempre con una imagen única y diferente a la primigenia. 

El Kintsukuroi, por lo tanto, me sugiere el dicho: “de la necesidad, virtud”. En resumidas cuentas se trata de reparar un error, un defecto haciéndolo agradable a la vista. Por otro lado, si lo expresamos en román paladino, es casi (la importancia siempre del casi) igual que el famoso plato roto: a pesar de pegarlo, siempre estará roto. Tenemos, al menos, dos posturas ante una misma realidad. Dos actitudes cuando uno observa la botella. Y de ahí a toda una panoplia llena de filosofías.

Ortega y Gasset nos lo advirtió: la importancia de las circunstancias de uno mismo. Y yo añadiría: las verdades de uno mismo. “Yo soy yo y mis circunstancias”. Yo soy yo y mis verdades. Por eso, porque son mías.

Verdades que las consideramos absolutas, con pocas dudas y muchas certezas: “Te lo aseguro”, “me consta”, “lo sé de buena tinta”…; nuestro lenguaje está plagado de expresiones rotundas y tajantes, sin fisuras: “porque yo lo digo, y punto”; lo llevamos marcado en nuestro adn sureño y enfático. Nos gusta la hipérbole: “me muero de miedo”, “me parto de la risa” y así…exponencial.

Al modo de Corto Maltés que se grabó la línea de la fortuna con una navaja y la escondía por el mal trazado que dejó en la palma de su mano, hacemos gala de nuestras verdades a grito herido y luego las escondemos, por si las moscas. Todo un universo muy personal, muy relativo con pretensiones de convencer al prójimo, de traerlo a nuestro terreno. Los debates políticos, las tertulias televisivas, los coloquios intelectualoides constituyen claros ejemplos de imposición de verdades taxativas que pretenden soslayar una fanfarronería e inmadurez solemnes de sus protagonistas. Abogo por la tolerancia y la pluralidad frente a la uniformidad; por el buen talante, ahora y siempre.

La heterogeneidad de las minúsculas piezas quebradas de una terracota, el diverso origen de nuestros antepasados, la pluralidad de pareceres y opiniones configuran una forma de ser abierta, con amplitud de miras sin estrecheces ni apreturas sino esperanzada hacia nuevos horizontes. Despejemos la maraña mental que nos aturde, salgamos a “reunirnos” solidariamente con un pegamento flexible y dúctil. Compartir, sumar, acercar, comprender…vivir con (o ¿convivir?). Debemos creernos con las tripas la cantinela de aceptar sin arrogancia lo diferente, saludar y acoger al lejano, esperar y dar…pensar y hablar bien, respetar. Escuchar y sonreír, construir. Pero con verdades, no medias verdades.

Como el kintsugi o como el marinero

Como el kintsugi o como el marinero, el ser humano es capaz de recomponer algo nuevo con sus circunstancias personales para armar una colectividad saludable, veraz, revitalizada, llena de verdades, insisto. Vivimos inmersos en los –ismos: escepticismo, pesimismo, relativismo, victimismo, edadismo…poco artísticos y nada vanguardistas de antaño. Quizá una buena receta para elaborar un menú digerible consistiría en calmar al quejoso, acallar esas alarmas disonantes que nos llegan desde posturas ideológicas extremas, aguijonear al indolente que se deja arrastrar por la masa amorfa, despreciar al maldiciente, nada conciliador y detractor del bien social, y de postre, ironía y sarcasmo al prepotente. Bajarlo de la nube a la realidad, a la verdad. Igual tenemos que emprender los viajes que realizó Corto Maltés para aprender a pegar los platos rotos, para contar nuestra verdad y esmaltarla con las otras verdades ajenas. Verdades completas y no medias verdades.

Inquiero: ¿han leído nuestras autoridades a Ortega y Gasset? ¿Saben recomponer las piezas desencajadas? Querer es poder…”Me parto de la risa” (sin paliativos hiperbólicos).

(Publicado en El Obrero)

Armamos nuestras verdades a trozos y descubrimos que la reparación no borra las grietas, solo las celebra. - Pilar Úcar.

lunes, 20 de octubre de 2025

Piropos que esconden acoso

                                                Lo que muchas mujeres no quieren escuchar

Piropos o acoso

Si bien este artículo ya fue publicado por mi en "The Conversation", hoy lo traigo aquí para los lectores del blog, considerando que se trata de temas que deben ser de interés general
 
“¿Has visto? ¡Qué mal se conserva esa tía para su edad!”

 En no pocas ocasiones hemos escuchado proferir expresiones denigrantes y vejatorias dirigidas a las mujeres: “Estará con la regla”, “anda con la menopausia”, “mira qué buena está”, “¿dónde se cree que va vestida así?”

El lenguaje se convierte en un arma de acoso sexual. Y no solo se trata de hostigamiento marcado por la jerarquía del “acosador” hacia la víctima, sino que se da este tipo de situaciones entre iguales, sin distinción de rango, en una situación simétrica profesionalmente pero asincrónica en cuanto al trato y tratamiento en ámbitos públicos y privados.

Todo ello supone una regresión y una vuelta al primitivo, al modo carpetovetónico de tantos referentes que conocemos. Quienes ejercen el acoso verbal.

El lenguaje identifica a cada uno y habla de su propia personalidad, de su comportamiento individual. Estos acosadores actúan así porque lo han hecho de niñoslo han visto en el núcleo familiar y en su ambiente más próximo.

Está relacionado con galanteo de otras épocas, el protocolo para cortejar a la fémina con el poder de la palabra, revestido de un donjuanismo atávico y en no pocas situaciones con la intención de molestar e intimidar (“¡Pero, mujer, si solo es un piropo!”).

Posición de poder y autoridad

La persona que piropea siempre está en una posición de poder y autoridad. En este tipo de acoso, el acosador se siente con el derecho de interpelar a las víctimas en la calle, en el trabajo, sin haber recibido previamente su consentimiento y entendiendo que sus comentarios hacia las víctimas están justificados, son halagos o son socialmente aceptados. La palabra lanzada supone que la persona que recibe esa “lanza” nos pertenece, la hacemos nuestra sin pedir permiso, así, porque sí.

De momento, hay muchos países que tienen una legislación en contra del acoso callejero como Portugal, Bélgica y Holanda en Europa, y Perú (pionero en Latinoamérica), Chile o Costa Rica.

En España no hay aún legislación específica, aunque desde el Ministerio de Igualdad se está depurando el borrador de La ley de libertad sexual que incluirá en el Código Penal el delito de “acoso ocasional” el conocido como “acoso callejero”, es decir, aquellas “expresiones, comportamientos o proposiciones sexuales o sexistas” que pongan a la víctima en una situación “objetivamente humillante, hostil o intimidatoria”.

Se trata de proteger de forma integral el derecho a la libertad sexual mediante la prevención y la erradicación de todas las violencias sexuales, que afectan a las mujeres de manera desproporcionada, como manifestación de la discriminación, situaciones de desigualdad y las relaciones de poder de género.

Hasta ahora solo estaban penadas estas situaciones en el ámbito de la violencia doméstica, esto es, entre familiares, pareja o expareja. En este tipo de circunstancias, la palabra clave es “consentimiento”: si la víctima que recibe la expresión ofensiva no la ha deseado, se considerará delito.

Ante la falta de denuncia hay que atender este problema con actos preventivos más que reactivos, tales como campañas de concienciación sobre qué es el acoso y cómo se puede determinar, y destinar recursos para facilitar y favorecer una educación igualitaria. Toca volver a aprender: desaprender y reeducar atendiendo siempre a los derechos individuales; recuperar el valor de la palabra conciliadora para evitar comportamientos abusivos.

Lance sexual indeseado

El acoso verbal consiste en un lance sexual indeseado, una intrusión no solicitada de los acosadores en los sentimientos, pensamientos, actitudes, espacio, tiempo, energías y cuerpos de las víctimas; muchos de ellos tienen su origen en el desdén y provocan “la descalificación y la anulación”. Suponen una bofetada, un ninguneo, incluso todo un chantaje.

Algunos estudios realizados sobre el acoso verbal a una amplia muestra de mujeres demuestran que el 72 % no consideraba apropiado silbar a una mujer por la calle, mientras que el 20 % afirmaba que es aceptable en ocasiones; el 55 % calificó esta práctica de “acoso” y solo el 20 % afirmaba que era “cortés”.

En las últimas décadas han surgido grupos como Stop Street Harassment o Hollaback, la campaña Stop Telling Women to Smile_ (“Dejad de Decir a las Mujeres que Sonrían”) e iniciativas muy secundadas como Cards Against Harassment (“Cartas Contra el Acoso”), todas ellas con la pretensión de visibilizar y denunciar situaciones de acoso verbal.

Recuperemos el halago familiar cálido y afectuoso, un reconocimiento y premio que nos llega de la voz del otro como una mano tendida al corazón; una palabra amable sin intención perversa, sin jerarquía ni preminencia hacia el próximo, sin deseo de someter y subyugar.

Nuestras palabras hablan de nosotros. La palabra es producto de nuestros pensamientos, que pasan a ser emociones y estas se verbalizan y se muestran en actos concretos.

Nuestro objetivo será desterrar palabras agresivas, insolentes, procaces y subversivas, desconsideradas, faltas de urbanidad y respeto que se cuelan de malos modos en las relaciones humanas, sociales y profesionales contraviniendo las reglas del juego y del trato.

- Pilar Úcar

(Publicado por mí en The Conversation en mayo 2021)

miércoles, 6 de agosto de 2025

Esa jubilación tan deseada y tan… ¿temida?



Foto de Mikael Kristenson en Unsplash

Hoy va de rapto personal y de reflexión íntima en alto, o sea, en leído quiero decir, pero si alguien se anima, lo mismo puede recitarlo y que lo oiga el resto.

Recuerdo los planes de pensiones tan publicitados en los años 80. Nos decían que convenía ahorrar igual que lo hacían los alemanes: ¡qué gran pueblo, tan ejemplar! (modelo para los sureños, repetían) que ellos ya lo hacían desde los 15 años cuando los padres suscribían seguros de vida y de pensiones para sus hijos…

Pues bien, nos repetían, que si nosotros españolitos de pro empezábamos a ahorrar previo pago de nuestras cuotas mensuales, llegaríamos a la edad de jubilarnos con un dinerito para emplearlo en hacer un viaje, un regalo a alguien o darnos un capricho.

Y con esas ínfulas de jubilación dorada nos engañaban como a bobos, sin duda. Estoy más que convencida de toda esa oratoria.

Sí. El pueblo español es un pueblo despilfarrador, que vive de puertas afuera el presente y del futuro que se ocupen otros.

También es cierto que cuando mueren nuestros progenitores, sienta muy bien un remanentito monetario o ese pisito que tanto les costó comprar y que ahora nos viene de perlas (cuánto diminutivo, ¿verdad? Para el siguiente artículo)

Eran otros tiempos, y otros pensares.

Mis hijos me dicen que ellos no van a tener nada que heredar, y es cierto. Nada es nada: cero: ni un piso ni unos ahorros.

Su padre y yo nos hemos “deslomado” (bueno, sentados delante del ordenador) en pagar estudios nacionales e internacionales, una educación de alta calidad, cursos, campamentos, estancias, deportes, actividades extraescolares…que si se suman supondrían toda una urbanización completa.

En una serie de televisión, uno de los personajes decía que quería vivir la vida ahora que estaba jubilada y había conocido al hombre de su vida (no incido en esa memez, que ya he hablado de ello) y quería conocer mundo: otra lerdez. A la edad de jubilarse, o sea, entre los 65 y los 70 años, la carrocería corporal y la mental está “papoco”, casi “escacharrá” y lo que nos espera es un calendario de números grandes donde apuntar las citas médicas porque en la agenda del móvil no atisbamos ni los días ni las horas.

Leo e investigo cómo afrontar los 60, que me cayeron fatal. Achaques, pérdida de memoria, dificultad para recordar nombres de actores, para enunciar frases sin trastabillar, evitar golpes con las esquinas de la mesa, no darme cogotones al salir del coche o no tropezarme con una sandalia plana son el pan de cada día, al menos mi pan.

Imagen creada con IA

Y luego me vienen las casas de seguros para decirme décadas antes que ahorre y así de mayor haré un viaje, por ejemplo…pero, ¿qué viaje?

Me preguntan en la universidad si me quiero jubilar, y antes, sin pensármelo, respondía, rotunda: “¡¡claro que sí, ufff qué ganas!!” y después de pensarlo un poco más, no sé si debería ser así de tajante.

Claro, que es muy impopular decir eso de que a mí me gusta el trabajo -no me divierte- ojo que también hablamos de eso…me tiene ocupa salir de casa, dar unas clases, estar en contacto con mis colegas…;parece que la sociedad nos impele a decir es que sí, que lo estoy deseando que tengo un montón de cosas que hacer, que ya era hora, que me lo merezco…

En todo ello, en la intralectura hay una concepción, aunque sea liviana y tangencial, de obrera machacada por el patrón explotador.

Y todo eso es pura filfa: ni tengo más tiempo para hacer más cosas ni me voy a resarcir ahora de un estajanovismo inexistente.

Tiempo, ¿para qué? Para dormir, para pintar, para hacer deporte…que no, que no me gusta dormir más de lo preciso, mi cuerpo lo sabe y responde muy bien, no me gusta pintar, -solo pinté mandalas mientras estuve con leucemia-, no me gusta el deporte -y eso que no nadaba mal, bailaba zumba y hasta practiqué pilates-.

Imagen creada con IA

Tal y como yo lo veo y sobre todo, me veo yo…para mí es una pesadez ser viejo, estar jubilado, ser una jubileta y eso, que dios mediante me faltan unos tres años o algo más. Pero valgan estas reflexiones para ir preparando mis neuronas y sobre todo para recordarme por escrito lo que pienso ahora, casi a punto de cumplir 63 años. ¡¡Qué vieja y qué viejo veía a mi madre y a mi padre!!


Ya no hay horizonte, ni objetivos, ni mucho que hacer. Solo esperar, quizá una espera activa, pero con poco que demostrar, más bien nada. Dicen que a partir de los 50 la vida ya está hecha. Bueno…con matices.

Y no me da envidia quien empieza a hacer yoga, o senderismo o correr… ¡qué pereza!

Hasta aquí.

(Alguna amiga mía, jubilada ya, tiene toda mi admiración)

martes, 29 de julio de 2025

¿Trabajar y divertirse? No sé yo…

 


A mí me parecen dos términos, perdón, dos actividades casi incompatibles, perdón, excluyentes.

Aplicarse o dedicarse con esfuerzo a la realización de algo es como define la RAE el trabajo, curro, faena, tarea, labor, quehacer…; entretener, recrear, agradar y amenizar alude a la diversión, ocio, también según la Academia de la Lengua.

Relacionado con la diversión encontramos contentar, gozar, regocijarse.
Y las fechas en que escribo este artículo encaja dicha familia léxica como un guante, porque estamos esperando las vacaciones, tiempo de solaz y esparcimiento, se nos cae el boli, perdón, la tecla del ordenador y a otra cosa, mariposa; el gusto que da contestar cuándo “cogemos las vacaciones”…interesante expresión, que no se nos escapen, las prendemos y las agarramos sin soltar ni uno de los días que nos corresponden; mejor que “me dan las vacaciones”; las vacaciones, el ocio y la diversión vienen de la mano personalísima e identitaria de uno mismo: son mías, me las he ganado y a disfrutarlas.

El anterior exordio obedece a la necesaria explicación de que el trabajo no es vacación, ni diversión ni complacencia: aunque suene antiguo (nunca mejor dicho), retumban en nuestros oídos de boomers:  “Ganarás el pan con el sudor de tu frente” (Génesis 3:19) y no nos gusta sudar, ni por la frente ni por ningún costado de nuestro cuerpo.

 Abanicos aparte, escucho en la televisión: “Solo volveré al baloncesto cuando sepa y esté seguro de que me voy a divertir”; mi pasmo se refleja en mi cara y en el mutismo inicial para reaccionar enfurecida: si te dedicas al baloncesto profesional, es decir, por el que percibes un salario, es tu trabajo; dudo que muchos de los profesores y profesoras vayamos a las aulas a divertirnos; más bien, al contrario, las dejamos con la tranquilidad de un descanso merecido, de una diversión que vamos a elegir voluntaria y personalmente, la que sea: leer, escuchar música, ir de senderismo, viajar o tumbarse a la bartola en el sofá de casa.  

Recuerdo una película de hace muchos años: Cómo ser mujer y no morir en el intento (1991) en la que Carmen Maura, protagonista, reivindica su trabajo como periodista a su jefe porque ella trabaja por dinero, como todo el mundo; hay que pagar facturas, abono de transporte, entradas al parque de atracciones, luz y gas, por ejemplo.

Imagen creada con IA

Seguro que hay muchas personas a las que les gusta su trabajo; cuidado, insisto, su trabajo, no hablo de trabajar, que puede coincidir, claro está; pero el trabajo es un útil, una herramienta y un medio de vida no una diversión en sí mismo.

Ocurre que, desde hace unos años, la obsesión del “disfruta con lo que haces, diviértete” supone una carga estresante porque se parte del error primigenio: el trabajo, divierte. ¡No! Y otra gran frase: el trabajo, dignifica ¡No!

Admito que existen situaciones en las que se da la posibilidad de trabajar en lo que a uno le gusta o para lo que se ha preparado…pero no es ni lo común ni lo normal.

La generación Z lo tiene muy claro: anteponen su tiempo frente al de otros, sus jefes. Trabajan en aquello que les procura cubrir sus necesidades, sin falsas lealtades ni diversiones ficticias. Me pagas por mi trabajo, que no es ocio ni diversión. Y punch (sic). ¡¡Cuánto tenemos que aprender los cincuenteros y sesenteros de ellos!!

El trabajo compromete, exige una implicación, hay que cumplir porque se contrae una obligación por contrato sea de carácter deportivo, musical, docente o sanitario…

La diversión, no. Se trata del tiempo libre de una persona, de un cese de actividad laboral.

Que no nos vendan milongas: hay que trabajar para vivir, pero no trabajar para divertirse.


viernes, 18 de julio de 2025

¡Venga, que tú puedes!

La gran batalla de los pacientes de cáncer contra el lenguaje

 


A la palabra cáncer le precede una mala fama, un estigma social tan grande que su sola pronunciación inspira miedo, espanto e incertidumbre.

Somos conscientes de que hablamos para alguien, para el otro y para los otros, pues la comunicación es un conjunto de actos ilocutivos y perlocutivos, por lo tanto debemos cuidar el registro idiomático empleado y la intención con que se emite un mensaje, y más en un contexto como el cáncer.

Así pues, conviene analizar y revisar el código lingüístico entre emisor y receptor. Y con emisor señalamos al personal sanitario, amigos y acompañantes del receptor, paciente de dicha enfermedad.

Nos movemos entre dos extremos: el eufemismo –“Murió de una larga enfermedad”, “Está pachucha”–; la sufijación en diminutivo –“Está malito”–; las metáforas beligerantes –“Eres una campeona”, “Tú puedes con esto y más”–; los imperativos –“¡Ánimo”!, “¡Venga!”, “¡Arriba!”– o las comparaciones –“Esto es una carrera de fondo”, “No va a ser más fuerte que tú”–.

Poner en un compromiso al paciente

Parece que todo se debate en términos competitivos, que los enfermos de cáncer somos atletas en un centro de alto rendimiento. El doctor José Ramón Álamo Moreno, hematólogo del Hospital Clinic de Barcelona, asegura que “ponemos en un compromiso al paciente de tanto repetirle, ‘ánimo, que tú puedes’; y si no pone de su parte o no lo consigue ya no es un buen paciente”.

Nadie supera un cáncer como si fuera un examen universitario, unas oposiciones ministeriales o el nivel C2 de inglés. Y el enfermo de cáncer quiere claridad: no necesita luchar contra ese monstruo gigante que cobra vida y parece que como la hidra mitológica nos va a engullir. El cáncer es una enfermedad que se padece y se cura o no. En ningún caso peleamos contra molinos de viento para lograr una victoria, porque eso supondría la posibilidad de suspender, de fracasar y fallar en el intento.

Nos han educado y acostumbrado desde pequeños a edulcorar, disimular y disfrazar situaciones dolorosas y conflictivas y acudimos al idioma para evitar el reflejo de las mismas. Pero la palabra no debería asustar sino ayudar, facilitar. Gracias a su correcto uso describe realidades, constata situaciones vitales.

El Diccionario de la Academia Española de la Lengua lo deja patente en su segunda acepción: “enfermedad que se caracteriza por la transformación de las células que proliferan de manera anormal e incontrolada”. En la siguiente acepción encontramos el término de “tumor” y luego “proliferación en el seno de un grupo social de situaciones o hechos destructivos”. Acabamos de topar con el quid de la cuestión: “La droga es el cáncer de nuestra sociedad”.

Connotaciones negativas y peyorativas

El término destructivo hace saltar alarmas y dispara toda una colección de connotaciones negativas y peyorativas que rodean a la enfermedad: perjudicial, corrosivo, nocivo, pernicioso… pero, rápidamente, acude una familia léxica en socorro del enfermo, todo un elenco de términos pertenecientes al campo semántico de la contienda: al paciente se le invita, peor, se le exige que gane al modo de una justa medieval, y da igual el número gramatical que se emplee: en singular –“Tú vas a vencer”– o en plural –“No nos vamos a rendir”–.

La doctora Magariños, psiquiatra en el Hospital Universitario Puerta de Hierro de Majadahonda, en Madrid, afirma que “debemos conectar con el sufrimiento, levantarse para la lucha crea angustia; hay que convivir con la situación real”.

Desde el punto de vista gramatical, el sujeto, en este caso el paciente de cáncer, es la persona que realiza la acción expresada por el verbo de donde se deduce que debe ponerlo todo de su parte, entrar en lid contra el diagnóstico funesto y es entonces cuando la maquinaria del modo verbal en imperativo llega atronadora: “¡¡Venga!!”, “¡¡Anímate!!”, “¡¡Vamos!!”. Mejor expresarse en gerundio “estamos preparando”, o utilizar el presente actual o perífrasis incoativas: “vamos a intentar” y locuciones temporales: “poco a poco”…

El cáncer no es un ser animado ni un contrincante hostigador contra el que tenemos que repartir sablazos y mandobles a diestro y siniestro. Hasta los propios especialistas reconocen el temor o la prudencia y prevención a pronunciar este vocablo. Parafraseando al doctor Carlos de Miguel, hematólogo del mismo hospital de Puerta de Hierro, “al paciente hay que hablarle de manera afectuosa, con palabras sencillas y siempre de forma cercana y sincera”.

O quizá es el propio idioma el que carece de recursos lingüísticos y muestra una incapacidad manifiesta a la hora de enfrentarse a este tipo de situaciones. Sabemos que la repetición de un mismo término, como ocurre con el tan insistente “ánimo”, provoca su desemantización, es decir, queda desprovisto de su carga significativa y lo mismo sirve para un roto que para un descosido: deviene en una muletilla o apoyatura meramente conversacional.

¿Debemos desterrar la palabra “compasión”?

Parece que el cáncer conlleva una larga y penosa travesía por el desierto, un choque militar con todos los destrozos que se derivan del mismo “encontronazo”, y ahí es donde los pacientes debemos dar el callo, ser un auténtico ejemplo de coraje y fortaleza para todos.

Sería bueno plantear por qué casi hemos desterrado de nuestro vocabulario actual el sustantivo “compasión”, ese impulso a aliviar dolor o sufrimiento ajeno, deseo de remediarlo y evitarlo. En definitiva, de eso se trata, y, a pesar de las paradojas del lenguaje y de la creencia popular de que algo habrá que decir, tal vez convenga decir menos, exigir menos, batallar menos y estar más.

Resulta más productivo y alentador revisar la etimología del verbo cuidar (cogitare, en latín) y dedicar esmero, entrega de tiempo y afecto a la persona cuidada. Sin guerras. Sin batallas.

(Publicado en The Conversation en junio-2021)