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martes, 6 de enero de 2026

sábado, 22 de noviembre de 2025

Viaje al centro de África:

             paseando por Maroua, donde el tiempo pierde su medida

Maroua Aeropuerto

Este texto, recuerdo de las vivencias en mi viaje docente a la Universidad de Maroua, lo publiqué en "El Obrero" en 2021. Hoy, cuatro años después, lo recupero aquí en mi blog porque sigue siendo una experiencia que vale la pena compartir.

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Bofetada de calor nada más aterrizar a mi destino: Maroua. Ruidos, bocina y motos, carreteras si asfaltar. Chilabas blancas y celestes, trajes occidentales. Y yo. Parece que en ese momento soy la única europea en la ciudad.

Hace algunos años… mi viaje a la Universidad de Maroua en Camerún a finales de septiembre y principios de octubre.

Más motos. Muchas y veloces. Propias y ajenas a modo de taxi y medio de locomoción, como si fueran minibuses porque encima de ellas se encaraman hasta cinco personas…y tan a gusto y tan cómodos. ¡Qué pericia!

Y los baches y el polvo. Gente y más gente por la calle principal y por las aledañas.

Voy con las ventanillas del coche de mi anfitrión, abiertas, y a paso de tortuga en pleno atasco de más motos, bicis y gente andando… saco el brazo para que me dé el aire. Los niños caminan a nuestro lado y me saludan “¡¡Madame, madame!!” Soy la gota de leche en medio de esta población risueña, bulliciosa, feliz y festiva.

No hay carriles ni separación en la vía transitada por una masa colorida que se dirige con calma, una no sabe bien hacia dónde. Se escucha música atronadora que escupen transistores de puestos ambulantes, con voces chillonas que mercadean yuca, plátanos…

Cosmogonía temporal. A mí me da la impresión de que los minutos se espesan, que las horas se han paralizado. El tiempo no pasa, se deja pasar, está y existe pero no tiene medida.

Me invitan a tomar la cerveza más típica, la 33. Sentados y sin prisa, una tras otra. Pasa la tarde calurosa. Algunos piden refrescos, depende de la confesión religiosa de los parroquianos que hoy me agasajan con un rato de ocio después de mis clases. ¿Un rato?

Anochece y la lamparilla de nuestra mesa nos ilumina levemente, me cuesta ver sus caras, adivino sus ojos. Continuamos al aire libre, sin tiempo.

Calor, mucho calor aquel final de septiembre y principios de octubre.

Charlas y parloteo, la palabra proferida, debajo o no del baobab, de tan larga tradición africana: hablar y hablar… Paciencia, “el destino manda”, me aseguran, “si la vida no depende de uno, ¿para qué preocuparse?” Filosofía pura en el corazón africano tan lejos de mi tierra.

Maroua me parece un desierto, muy próximo a Nigeria, limítrofe con este país tan convulso y peligroso. Se mezclan en sus parajes, planos y yermos, los colores amarillo dorado y verde pálido. Arbolitos escuálidos en las márgenes de la carretera, poca sombra prometen a escasas cabras raquíticas.

Casas en Maroua
Colinas y chozas, casas muy sencillas y niños jugando en las calles. Más chilabas; las mujeres, bellísimas, lucen tocados y visten, elegantes, trajes de tejidos coloridos, ataviadas con habilidad y con sus bebés ajustados a la espalda, caminan regias y con prestancia.

Amabilidad a raudales, cercanía, apretujones en el mercado, me aturullo con tanto hableteo, tanta cháchara: todos se deshacen en sonrisas, mezcla de olores y aromas indescifrables para el olfato occidental; cerca la mezquita y la fiesta del sacrificio del cordero. Me cubro la cabeza y me ubican en la explanada separada del lugar asignado para los varones que ocupan espacios delanteros. Sí, la única europea en un país al que nuestros misioneros y monjas iban a catequizar…

Conforme pasan los días ya no percibo la coloración epidérmica. Han conseguido que me sienta una más, la profesora que va a impartir unas lecciones de español.

Los días comienzan con temperaturas apacibles y viento suave hasta que al mediodía se arranca un tormentón tropical que bambolea peligrosamente las ramas de los árboles. El tiempo sigue dilatándose…

Se va la luz. Sistema eléctrico, out of service. “No pasa nada”, me dicen, “comme d’habitude”. Esperamos y dentro de un rato vuelve la luz y con ella la energía artificial porque la solar pega de lo lindo. La arena de las calles ha sorbido con fruición la lluvia torrencial de hace unos minutos.

Abanico, gafas y fular, sombrero… no hay duda, no soy de Maroua, muy foránea.

Lo que siempre hemos visto en imágenes y en visitas tridimensionales tras la pantalla, ahora lo perciben mis sentidos. Estoy ahí en medio de ese mapa tranquilo y quieto a pesar del movimiento urbano. No advierto prisa. De nuevo el tiempo se ensancha tanto que llega a desaparecer. Para mí es un mundo inhóspito, exótico por lo diferente y desconocido.

Pruebo la “soya” y aprendo a comer con la mano ese plato típico envuelto en papel. Me cuesta, pero me fijo en cómo lo hacen quienes me rodean. Y siempre la 33. Toque de queda a las 8 para las motos y a las 9 para los coches. Ni entrar ni salir de la ciudad. Se oye a lo lejos rezar, la voz que llama a la oración… Silencio en la ciudad. A mí me pilla un día en un bar, otro en el hotel, siempre vigilada por policías apostados a la entrada, no son tiempos para andarse con tonterías: Boko Haram, al acecho.

Aula de español en Maroua
Estudiantes y profesores me miran curiosos con sus ojos esféricos, tan vivos y tan parlantes, gestos y más gestos, palmoteo y revuelo de ropajes. Reverencia y admiración. Me espachurran las falanges cuando me saludan sonriendo y… cuchichean sin disimulo.

Son entusiastas, agradecidos, tienen la ilusión de salir de su ciudad, de su país y viajar a España que les atrae como los cantos de las sirenas. Tertulieo y más descanso. Compartir sus ansias de futuro, sus conversaciones más personales: siempre con la mirada puesta en el continente europeo.

Y más calor, polvo y gente. Mucha animación.

Resulta que en mi burbuja “intelectual” soy la única autoridad, indiscutible para ellos. Mantienen una actitud de casi servilismo y sumisión. Un respeto acendrado que me impresiona y una distancia en el aula que me asombra.

Poseen unos profundos y sólidos conocimientos de lengua y literatura. Yo he ido para sacudirles un poco el estilo libresco en sus conversaciones, relajar el idioma que están aprendiendo y hacerlo más familiar, sin ir pegado a lo literario.

Delgadísimos y muy oscuros. Me han enseñado las distintas tonalidades del negro con una naturalidad apabullante, como no podía ser de otra manera. Otros mundos otros parámetros. Otra cultura. Ya no siento el paso del tiempo. Me ha atrapado y ahí estoy.

viernes, 24 de octubre de 2025

Las palomas ya no temen volar bajo:

                                                               recorriendo Chueca


Barrio de Chueca
Foto de luis otto en Unsplash

(Publicado originalmente por mi en otra plataforma, esta versión contiene un añadido personal, una mirada ampliada que la convierte en la definitiva)

Deambular por el antiguo Madrid en una mañana festiva, tiene un atractivo especial. Las calles parecen otras, son otras. Es descubrir un Madrid amable y sugerente, atrayente y atractivo, calmo y balsámico, frente al trajin de lo cotidiano en los días laborables. 

¡Qué gusto caminar a primera hora de la mañana por ese barrio tan castigado!

Bueno, eso era antes…: sí, recuerdo que a mi llegada a Madrid muchos años atrás, daba miedo pasear por sus calles.

Desde hace tiempo es un auténtico placer mezclarse con su vecindad tan variopinta.

No se trata solo de un colectivo visible y reivindicativo. Diseño, cafés, música y colores. Tranquilidad y alguna que otra paloma que no se asusta de la presencia de pies con piernas mezclados entre sus patas.

Locales de poesía y tertulias literarias, bistrots sofisticados y panaderías refinadas y exquisitas, guirnaldas que animan a pasar al interior de establecimientos curiosos; teatro y hoteles. Librerías espaciosas de mente.

Un mosaico de seguidores de la moda “del rollo”, “cayetanos”, “hípsters”…

Algún que otro escenógrafo nos sugiere cómo anudar el fular de seda, y la mejor manera de prender el broche para lucirlo en la solapa (siempre en la izquierda, por cierto).

Gente de barrio encantada de vivir en un ámbito madrileño abierto a tantas ideologías, pensares y actuaciones.

Ese quiosco que despliega su mercancía a ojos vista. Mercados y olores.

San Marcos, Pelayo y Luis de Góngora. Se abren las persianas a las 11.00 de la mañana y la sonrisa puesta para todo aquel que los visita.

Libertad, Belén y Gravina.

Edificios remozados, esquinas aprovechadas, banderas, rincones pintorescos, flores y plantas luciendo fachadas muy parecidas de suaves tonalidades.

Vanguardia y clasicismo; vericuetos sin estrecheces y plazas.

Varias palomas se cruzan a nuestro paso, habituadas a su estancia con los humanos.

Ambiente, orgullo y copas. Comida excelente, construcciones singulares y museos.

San Lucas, Augusto Figueroa y San Marcos.

Calma. Un tentempié saludable para continuar callejeando. Y da igual pasar dos veces por el mismo sitio. Nuevos descubrimientos y recovecos particulares. Placidez.

Carritos de la compra a San Antón, beatas a las “Góngoras”, funcionarios a las “Siete chimeneas”.

Sin rozar la Gran Vía, un universo complaciente y moderno. Pocos coches, sin prisa y gran dedicación. Esmero e interés. Ganas de hablar y de pasar un buen rato entre espejos y vestidores. Decoración esmerada y mucho gusto. Formas estilizadas.

Buen tono y mejor entonación. Los ojos expresan sosiego. Una quietud vacacional y ociosa salpicada de brotes sorprendentes: me imagino a la felina Zapaquilda en La Gatomaquia de Lope escudriñando…

Luz en los escaparates, carteles atractivos, puertas abiertas, terrazas primaverales.

Y… palomas revoloteando a nuestro alrededor.

Vecinos, amigos y visitantes. Con mascarilla y distanciados, afables siempre.

Perros con dueños, motos insonoras, rodadas suaves, aceras limpias y balcones arbolados.

Respeto y convivencia. Conocer y compartir. Disfrutar de ese oasis capitalino. Cada uno a lo suyo sin molestar. Modelo de la movida ochentera, hoy referente internacional. Sensación de comodidad. Sin apreturas.

Un saludo, una invitación, más calles y mucho paseo. Avanza la mañana y prometemos volver otro día. Muy pronto.

Las palomas se han acostumbrado a nosotros.

- Pilar Úcar

(Publicado por mí en El Obrero en Marzo-2021)

jueves, 16 de octubre de 2025

Libros con efectos secundarios

 (Por M. Regalado)
Presentación de Otro Siglo de Oro


Hay libros que producen “efectos secundarios” incluso antes de leerlos. Desde su misma presentación en sociedad.

Hoy mismo hace un año, en el Ateneo de Madrid, se presentaba uno de ellos: “Otro Siglo de Oro” de Pilar Úcar.

La descripción de su contraportada hacía prácticamente imposible resistirse a su adquisición y a su lectura. Y a fe que no defrauda. O quizá sí, porque al lector se le antojan cortas sus 90 páginas preñadas de una atractiva, culta e ingeniosa literatura:

   

 ¿Podríamos imaginar al conocido Lazarillo recorriendo las orillas del Tormes transformado en Lazarilla? Seguro que la joven no habría aguantado los palos y el hambre que sufrió el pícaro y les habría hecho la peineta a más de uno de esos amos fantoches, hipócritas y machistas.

¿Y si Quevedo (don Francisco) hubiera invitado a don Luis (de Góngora) a fundar juntos, una asociación poética sin ánimo de lucro? Habrían celebrado el éxito, saliendo de copas por los garitos del Madrid de los Austrias, hasta altas horas de la noche y habrían acabado de botellón en Moncloa.

 

La presentación un éxito, público atento, estupendo coloquio final y preguntas a las que la autora fue respondiendo con esa brillante mezcla de inteligencia y humor que sólo Pilar maneja con tanta naturalidad.

Lo admito, yo estaba además con los “efectos secundarios” de la presentación: el inesperado capítulo extra librum del reencuentro con la autora después de tantos años. Y la mutua decisión de que esos lapsos en vacío no volverían a repetirse.

Sí, para mí es un libro especial. Hoy cumple un año.

Mesa con Pilar y resto de intervinientes


sábado, 6 de septiembre de 2025

Lo románico

 (Colaboración de M. Regalado)


"Allá en la vieja Castilla     /     un rincón se me olvidaba,                    

Zamora había por nombre,    /    Zamora la bien cercada;                       

de un lado la cerca el Duero,    /   del otro, Peña Tajada;              

del otro veintiséis cubos,     /    del otro la barbacana.                           

Quien os la tomare, hija,     /    la mi maldición le caiga.                       

Todos dicen amen, amen,    /    sino don Sancho, que calla."   

(Del romance de Doña Urraca – Romancero Viejo)


Cuando en su lecho de muerte en 1065, Fernando I de León pronunciaba estas palabras dirigidas a su hija Urraca, que le reprochaba el reparto de sus reinos entre sus hermanos varones "y a mí, porque soy mujer, dejaisme desheredada”, no podía imaginar el auge económico que aquel “rincón” tomaría en los siglos XII y XIII, ligado al paso de peregrinos hacia Santiago y al consecuente asentamiento de artesanos y comerciantes, entre otros aspectos.

La repoblación de la ciudad y la distribución de sus barrios en parroquias, hicieron que cada uno de ellos construyera su propio templo. Y así, nos llega hasta hoy la fortuna de poder contemplar hasta 23 iglesias románicas en el casco urbano de Zamora, 14 de ellas en su zona  histórica, lo que la ha hecho ser merecedora del título de “Capital Mundial del Románico”. 

Desde la más monumental, su Catedral de El Salvador, hasta la más humilde extramuros de la ciudad, la de Santiago de los Caballeros, donde cuenta la ¿historia? ¿tradición? ¿leyenda? que fue armado caballero el Cid Campeador.

Pero es la de Santa María la Nueva, esa pequeña joya, la que con más frecuencia suele ser el objeto de mi mirada ad-mirada. No es la más grande, ni la más antigua, ni la más espectacular, pero… quizá me atrae su historia, sus leyendas…

Quizá esta mente fantasiosa mía conduce mi imaginación hasta hacerme sentir casi testigo, de los hechos que en ella ocurrieron en 1158: el llamado Motín de la Trucha (una de las revueltas burguesas que se sucedieron en el norte de la península en el Siglo  XII)         

La Iglesia de Santa María era el lugar de reunión de los nobles de la ciudad para cualquier asunto a tratar sobre sus intereses colectivos.

Y cuando me acerco a Santa María la Nueva, mi imaginación viaja en el tiempo hasta el año 1158 y “veo” a los nobles de la ciudad que se han reunido en el interior de la iglesia para discurrir la forma de castigar al osado mozo plebeyo, hijo de un zapatero (y a cuantos se pusieron de su parte) que tuvo la insolencia de quedarse aquella mañana con la última trucha del mercado y no se avino a cederla al criado del noble que también la pretendía, esgrimiendo que su señor tenía preferencia sobre un simple zapatero.

Y puedo “ver” al pueblo indignado revolviéndose contra los desmanes de la nobleza local y prendiendo fuego a la Iglesia de Santa María con todos los nobles dentro, reunidos para discurrir sobre el castigo ejemplar que darían a la plebe. Y me dejo llevar por la parte de leyenda, que cuenta que murieron buena parte de los allí reunidos, pero se salvaron del incendio las Hostias consagradas, que salieron volando por una grieta de la pared hasta el cercano beaterio  de Las Dueñas, en cuyo convento aún se encuentran, al parecer, hoy día.

Y de ahí su apellido de “la Nueva”: asustados por la dimensión y las consecuencias de aquel su acto violento y temiendo el castigo del rey de León Fernando II, se exiliaron en Portugal, desde donde le comunicaron que se unirían al reino portugués si no les perdonaba y les dejaba volver a Zamora ya “absueltos”. El rey les concedió el perdón, era importante no perder población y poder frente al vecino luso. Pero les puso una condición: deberían reconstruir la parte del templo que había sido destruido por el incendio que ellos mismos provocaron. Y así lo hicieron. Y en lo sucesivo la Iglesia de Santa María sería llamada, además, “la Nueva”.

“Todos los nombres que llevé en las manos, en la boca, en los ojos, hoy se juntan en el papel, parece que estoy viendo su voz, tocando su música... (...) Plaza de Santa María la Nueva.

Una

cigueña en la espadaña.

Inhiesta.

Pura

palabra, hiriendo el cielo."

(Blas de Otero)

lunes, 25 de agosto de 2025

Por el Pirineo…

San Clemente de Taüll - "Acuarela" generada con IA

Yo prefiero en singular y con el artículo; no me acostumbro a eso de: “voy a Pirineos; veraneamos en Pirineos..”. No sé, hay algo de pijiprogre y de cayetanismo capitalino, valga la paradoja estética e ideológica, que no termino de estomagar.

Bien: instalados en Casa Custodio, en la Puebla de Roda, visitamos Benasque, Isábena, Boí y Taüll (a la catalana), Alquézar, Huesca, Zaragoza, Graos…localidades y capitales dignas de pasear, comer y tardear. 

Cultura gastronómica, paisajística y arquitectónica. Amabilidad, voces y acentos diferentes, atuendo senderista, familias, parejas, grupos, edades variopintas y aficiones transversales. Calor, calor y humedad; tormentas, chubascos, mosquitos, ríos y picos, arboledas y cumbres, gintónic, pantumaca y pozales de café con leche; nubarrones y sol. Más calor. Carreteras serpenteantes, hoces y cañones. Bosque y sotomonte, reuniones de amigos, ciclistas y autocaravanas, retos deportivos, descanso y siesta, sin prisa. Parece que refresca. Pantocrátor y bóveda, torres desmochadas, ruinas y abadías. El románico primitivo a flor de piel. Gente, mucha gente.

Visitar el Pirineo catalán y aragonés o aragonés y catalán, que, tanto monta, supone volver a la naturaleza, al tiempo pausado, a transitar por un banquete dirigido a los sentidos, a todos. Sí, para repetir. 

viernes, 25 de julio de 2025

Maravillas de Grecia

Cabo Sunio - Templo de Poseidon - 440 a.C.
Archivo personal

 (Colaboración de M. Regalado)


"Maravillas de Grecia". Así titulaba la agencia de viajes el recorrido que elegimos este año. Y el título era toda una evocación, una promesa de belleza antigua, mítica, casi sagrada que, por una u otra causa, hasta ahora no había tenido oportunidad de visitar.

Ocho días de recorrido por el Peloponeso: Corinto, Olimpia, Epidauro, Micenas… seguir hacia el Valle de Delfos y verlo desde el monte Parnaso, subir a Meteora y Kalambaka… y finalizar en Atenas.

Hay algo en el sol griego que parece distinto: más denso, más antiguo… y lució con fuerza, con mucha fuerza, cada día. Quemaba. No callaban las cigarras -las chicharras- que, según dicen, anuncian días de calor apabullante y noches de sudoroso insomnio.

Aun inmersa en un grupo de veintitantas personas, por momentos te aíslas y sientes algo así como una experiencia extrañamente íntima. El encuentro con esas piedras de significado secular. El asombro, el vértigo…

Valle de Delfos - Archivo personal

Entre ruinas majestuosas que el tiempo no ha conseguido destruir, en Delfos, al abrigo del Monte Parnaso -hogar de las musas-, habría deseado encontrarme con las pitias y hacerle mi consulta, aun a sabiendas de que recibiría el clásico o similar “conócete a ti mismo” o el “nada en demasía” …

Y asombrarte contemplando las Meteoras, riscos altísimos coronados por increíbles monasterios bizantinos que, desde el Siglo XIV, parecen suspendidos entre el cielo y el abismo.

Monasterio bizantino de Varlaam
Archivo personal

Escaleras imposibles -algunas con cinco o seis peldaños de 50 cm- ¿qué monjes, qué colosos conseguían subirlas con tamañas medidas? Hoy las Meteoras son Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde 1988.

Visitamos dos de los seis monasterios que se conservan; los de menos difícil acceso para nuestra edad ya situada “en modo abuelo”.  Uno de ellos fue el de la imagen. Peldaños normalitos y no de 50 cm., pero fueron 127 los que hubimos de remontar desde el punto en que el autobús no puede continuar ascendiendo. 

No hay palabras suficientes para describir lo que se siente allá arriba entre nubes, entre piedra… sólo silencio, sólo asombro. 

Monasterio bizantino de Varlaam
Archivo personal

Sólo silencio y asombro ante la presencia de los bellísimos íconos bizantinos que cubren cada centímetro de sus interiores. Creo que la sensación fue la de estar en el mismísimo Olimpo, entre las nubes.

Y llegas a Atenas y el contraste se vuelve casi violento. Sí, ahí están para ver, mirar y admirar la Academia, La Biblioteca Nacional, El Museo Arqueológico, la majestuosa Acrópolis en lo alto… pero bajas la vista y la ciudad duele: sucia, caótica, desordenada. Suciedad que se acumula en las esquinas y en los rincones, fachadas en total abandono y desgaste por la dejadez, caos urbano sin lógica, grafittis por doquier… cada detalle hacía sentir sensación de abandono y de “cutrez”.

Atenas no es una ciudad fácil de querer. Pero los acogedores cafés resisten, y las miradas amables, y los gatos durmiendo entre ruinas milenarias. Y el bullicioso, colorido y acogedor ambiente de Plaka, de Monastiraki… pero no ha sido una de esas ciudades que me hacen exclamar: “¡yo aquí tengo que volver!”

Me alegro de haber conocido Atenas, pero no, no es una ciudad a la que yo volvería.

M. Regalado – Junio/2025

jueves, 12 de junio de 2025

Románico

 

Zamora - Iglesia de Santa María la Nueva
Zamora - Iglesia de Sta. Mª la Nueva - Archivo personal


(Colaboración de M. Regalado)

Reverbera en el espacio
el eco de mi voz
y en el tiempo inasible el eco de la piedra.

Rumor ultramundano.
Tiempo y espacio.
Sonido y signo.

Austera geometría
que acalla el pensamiento
y reaviva el asombro.


La marca del cantero, cual herida silente,
entona pétreos cantos,
evoca manos firmes y rugosas,
cúpulas de equilibrio milagroso,
monstruos y canecillos,
futuro y medioevo.

en la piedra se entremezclan
las loas a lo Alto
y el erótico enigma.

Un monstruo alado
de maligna sonrisa,
ha desasosegado mi mirada.

El eco de mi voz se ha diluido.
Pétreo y seguro,
-lenguaje vertical-
tan sólo el de la piedra
del románico templo permanece.


miércoles, 21 de mayo de 2025

Pongamos que (hoy) hablo de plazas, balcones y Bárbara de Braganza

 

Plaza de la Villa de París un paseo por Madrid


Hace muchos años leí un artículo de Antonio Muñoz Molina sobre la Plaza de la Villa de París y me llamó la atención la descripción que hacía de sus habituales “visitantes” los fines de semana. Y no sé por qué me viene a la memoria la taciturnez de la mirada con que Jean Jacques Rousseau (1712-1778) podría observarlos… y mirarme: ojos escrutadores y también benévolos.

Muchas veces he vuelto a ese lugar, y recordando el lema neoclásico de docere et monere, hoy lo hago de nuevo y aparco en el subsuelo de la plaza. La he conocido cubierta por Filomena, reseca en las calurosas sobremesas veraniegas y sembrada de hojas otoñales…: atrayente, muy atrayente. Y silenciosa. En un pedestal y enmarcada por edificios clásicos.

Paso por delante del Institut Français, frente a la mole arquitectónica del Tribunal Supremo (manifestaciones convulsas he presenciado delante de su fachada) y doblo la esquina a la izquierda para alcanzar la calle de Doña Bárbara de Braganza; en algún tramo la han descabalgado de tal tratamiento. Siempre me ha gustado la figura de esa infanta portuguesa (1711-1758) que la realidad mejoró, porque al parecer, en las distancias cortas ganaba, si no belleza, sí afecto y encanto. Le precedía la fama de poco agraciada y tanto ella como el joven novio al que fue destinada vivían momentos de trasiego nervioso sin dejar de preguntar a sus respectivos cortesanos cómo era uno, cómo era la otra y qué pensaban la otra y el uno…así, en un inquieto “juego de viceversas”. Amañaron y apañaron un retrato falseado de la futura reina que mostraron al joven Fernando, Príncipe de Asturias (1713-1759), allá por el siglo XVIII. Todo luz, todo luces. Bueno casi…la esposa de Felipe V (1683-1746), María Luisa Gabriela de Saboya (1688-1714) muere al año siguiente y la princesa extranjera, hija de Juan V de Portugal (1689-1750) y María Ana de Austria (1683-1754), nunca le pudo dar el hijo esperado al cónyuge prudente y justo como lo califica la historia. Aquí acaba la ristra de fechas. Siempre se ha dicho que era fea, pero el futuro rey, bajito y guapete se enamoró de la pintura que vio. Como todo en esta vida, a gustos, los colores, y más según las modas que imperaban en cada momento y en cada lugar.

A lo largo del breve trayecto hacia el majestuoso edificio que alberga el Espacio Miró de la Fundación Mapfre, me acompañan balcones, muchos balcones simétricos, igualados y alineados, con sus ventanas correspondientes al exterior “pestañeando” conforme avanza la mañana. En sus cristales se reflejan los rayos despejados entre las nubes de un día templado y grisáceo; miradores todos similares, en armónico trazado que mimetizan fachadas y viviendas.

Ojos abiertos como los que pinta Alekséi von Jawlensky (1864-1941), el artista ruso que nos sorprende con su policromía llena de pura expresión. Cobra inusitada importancia la forma que les adjudica: apipados, lineales casi en la abstracción, almendrados y cuadrados, como si se escaparan del rostro colorido, llenos de vida quieta; adornan caras femeninas, populares y regias; alguna faz masculina mística y religiosa. Esos ojos tan suyos, los propios y los de sus modelos. Cuánto discutiría sobre la teoría del arte junto a Vasili Kandinski (1866-1944), otro amigo del color. Reitero: me atrapan esos ojos como si de un vistazo cobraran aliento y contaran todo lo que ven. Imagino al pintor celebrado estas semanas en Madrid, con sus dedos artríticos eligiendo en la mezcla de colores y untándolos en la tela; advierto espesor y masa, materia y fuerza, sentimiento y lirismo, energía y pasión.

A la salida, de refilón me fijo en cómo impone la Biblioteca Nacional…Y el Teatro María Guerrero que nos abre nuevos caminos para explorar en otro momento.

Me acerco a la iglesia de SantaBárbara o de las Salesas Reales para rodear la Plaza de la Villa de París. De nuevo el silencio… Entre semana se despereza del sopor sabatino y dominical y resulta fácil tropezarse con el trajín típico de los “habitantes” puntuales y coyunturales; actividad administrativa y jurídica, principalmente, y hasta periodística también. Poco queda de la famosa cafetería Riofrío y de la sala de fiestas Bocaccio, tan próximas entre sí, como la Plaza de Colón que casi nada tiene que ver con la de la Villa de París. Siempre me ha gustado sentarme en uno de sus bancos y mirar alrededor. Debe de ser la armonía del cuadro tan cuadrado o que es un oasis encerrado entre paredes, pero lo cierto es que no se oye nada de la cercana calle Génova. Árboles, ahora de ramas raquíticas, frondosos en primavera, y dos esculturas que se yerguen casi “reales”: Fernando VI y Bárbara de Braganza miran hacia la Audiencia Nacional.

Da igual la estación del año. Y entre tanta historia, leyes y cultura, se puede leer, escuchar música o eso, simplemente estar.

A mis estudiantes les animaré a que copien mi recorrido y describan qué les parece y qué les inspira esa plaza madrileña. Qué personajes históricos han podido poblar las calles adyacentes, y que fabulen: que inventen un episodio de sus vidas, en technicolor compartiendo asiento con ellos. Que caminen y observen.

Por cierto, hoy, sola. Hay plazas de paso, de paseo y otras de estar, como en el salón de casa.

(Publicado en "El Obrero" en febrero-2021)

lunes, 28 de abril de 2025

Roadtrip: carretera y manta... “Camino Soria”

 

Camino Soria
imagen creada con IA

Siempre he compartido y tarareado muchos de los versos musicados del grupo Gabinete Caligari. Y ahora, desde este presente, sigo haciéndolo. Me gustan sus canciones.

Y tienen razón: sí, ese “camino Soria”, es “cadencioso”.

Disfruto observando la corriente del río Duero por las márgenes de Almazán; su contemplación resulta preciosa; creo que Machado se quedó corto con su ya literaria y famosa “curva de ballesta”.

Desde mi asiento en el autobús hacia mi destino foral, espero con ganas llegar a la localidad soriana porque sé que van a aparecer, en medio de la vasta extensión mesetera parques plácidos, calles antiguas, paseos apacibles, puro sosiego y mucha tranquilidad.

El conductor aminora y se reduce la velocidad del trayecto: aprovecho para alargar la cabeza y mirar a un lado y a otro, estirarme todo lo que me permite el espacio y no perderme nada de la naturaleza que tan bien reconozco, pues soy consciente de la fugacidad del momento. Permanezco atenta.

Cruzamos despacio y me vienen imágenes becquerianas, evocaciones de que allí, no muy lejos, surge la leyenda del “monte de las ánimas”, en los alrededores de la capital.

Emociones de recuerdos pretéritos, de privaciones y ausencias, melancolía y esperanza, sonrisa dibujada levemente, tapada por la mascarilla. ¿Cualquier tiempo pasado fue mejor?

El río y su curso, los árboles enramados, desnudos o poblados, estacionales, cromáticos: del terroso al glauco, del amarronado al ceniciento, cetrinos y hasta verdemar, si me apuran, por el reflejo del sol en una tarde cristalina. Arcos y empedrado, puertas señoriales y campanario quedo. Descanso, placidez y “gloria”.

Rememoración de tantos años, de tantas rutas con la manta liada, kilómetros y horas: muchas memorias, algunas… indelebles en la piel.

Lágrimas silenciosas y minúsculas de diminutos afectos, hoy adultos con ilusiones renovadas y horizontes luminosos.

Uno cambia de coche, de medio de locomoción, pero volvemos a repetir la ruta, ese mismo itinerario porque paladeamos con regusto lo perdurable e inamovible. Nos domina cierto aire de pertenencia casi inaprensible. Hidalgos y conventos, muros y arciprestes, abades y bosques, manzanos y madera.

La carretera nos depara rutinas desde el inicio del viaje: naves industriales, complejos comerciales, construcciones empresariales…en cuanto cojamos velocidad, llegará el remanso. Solo unos minutos que se suceden a veces tediosos y muy largos dormitando, o despejados en puro pensar.

Modorra vespertina a esas horas en que el tiempo no ha declinado aún. Lentamente…

Casi me incorporo al atisbar curvas en el “camino Soria”; un sendero que me lleva a las riberas de esa localidad que pronto volveré a ver y que por razones inexplicables, irracionales, inconscientes, me atrae. Y mucho. Almazán.

(Publicado en "El Obrero" en abril-2021)

lunes, 21 de abril de 2025

Chinchón y Las Vegas: mucho más que una plaza mayor

 

Plaza mayor de Chinchon
ilustración creada con IA

Hacia el sureste de Madrid, la fértil comarca de Las Vegas nos invita a disfrutar de tanto…A mí me recuerda su paisaje a las pinturas de Carmen Laffon: quietud y calma recorren el Tajuña, leves colinas y reposo de un día en el relato de Sánchez Ferlosio.

Desde hace mucho tiempo, Chinchón ocupa un enclave privilegiado: amplitud de naturaleza entre la estepa y las encinas, olivos y meseta.

Localidad para vivir, visitar, pasear en la hora sexta, descansar en las vísperas y conocer y seguir conociendo. Para recordar aquel virreinato con una esposa enferma de malaria a la que curó una indígena con la famosa “quinina”.

Condes, monjas y frailes.

Casi siempre lo hemos observado a ras de suelo, desde esa Plaza Mayor, tan simétrica e igualada en su redondez taurina y fílmica, tan de postal y Patrimonio Histórico: bares, tabernas, soportales, balcones de un verde brillante, bullicio y gente, mucha gente. Anís.

Callejear por San Antón y su plaza donde los “pequeños” vecinos de antaño, hoy historiadores, daban patadas a un balón y ahora muestran orgullosos aquellos rincones de su infancia.

Nos recibe la familia Palacios: auténticos artesanos de la madera, ebanistería esmerada, gremial, heredada de generaciones…

Un lujo otear el horizonte desde la antigua iglesia de la Piedad, que se abre al visitante con unas puertas magníficamente trabajadas, e imaginar que entre el teatro Lope de Vega y la actual Asunción, existió un pasadizo volado…fantasía hecha realidad al acceder a su interior y admirar la Ascensión pintada por Goya en su retablo central.

Sábado de Gloria, Domingo de Resurrección y Lunes de Pascua. Las Clarisas y los Agustinos: moles conventuales de poderío ancestral y rezos presentes.

La vista se pierde por las llanuras mientras vigila atenta la Torre del Reloj, tan arriba, tan alta.

Paisanaje curioso y variado en una semana santa perimetrada y sin salir de nuestra comunidad, como el resto, claro. Quizá sea un momento vacacional a pequeña escala, con movimientos reducidos, límites sanitarios precisos y obligaciones y responsabilidades personales y sociales.

Horizontes manchegos, colores matizados por la luz del atardecer y leves sonidos festivos.

El arco de palacio nos enseña alguna casa solariega y blasonada que recuerda momentos de otras épocas; la hermandad de la Soledad, pasos procesionados que hoy reposan para su contemplación.

Beatitud y complacencia en una visita esperada e inesperada. Chinchón siempre sorprendente.

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Un nuevo chinchón

(Publicado en Abril de 2021 en El Obrero)

viernes, 4 de abril de 2025

El río Arga a su paso por Burlada


Río Arga

Me gusta siempre que vuelvo a esa localidad navarra, cerca de Pamplona, asomarme y ver la porción de corriente que enmarca la ventana de mi cuarto. Únicamente un trozo de la fluida longitud del Arga hasta llegar a su desembocadura…en el Ebro.

El Arga, cada vez más ancho y plano, limpio ahora, turbio en otras ocasiones. Calmo y plácido, discurre por sus márgenes sin sobresalir de los límites, evitando sobresaltos.

Cuando se desboca, suena a estruendo, llega hasta las casas próximas, anega huertas y chabisques, y ese ruido en la noche silenciosa que despierta a los vecinos, y a los animales domésticos…. Ese ruido atemoriza. Es un rugido que traga y envuelve todo lo que encuentra a su paso. A mí nunca me ha pillado en una de esas.

El río atraviesa diferentes poblaciones forales y cambia de aspecto estacional y fluvial.

Para todos los gustos. Aficionados a la pesca, palistas en piraguas, bañistas estivales…A sus orillas descubro la nogalera o la chopera, para mí siempre será la arboleda, un término más genérico sin distingos arbóreos, y sobre todo, muy familiar.

A la sombra, bancos y senderos, paseos de caminantes dominicales: chubasquero, bolso cruzado, algún bastón y…¡¡hala!! a echar alguna hora matutina.

Calderetada en honor a la Virgen de la Asunción en un agosto solanero, fiestas y jolgorio de jóvenes y abuelos, reposo y bailes, comida y chistes. El Arga lo contempla y sigue su curso…

El verde primaveral y el marronoso del otoño, el desolado invierno y el florido verano: suma y sigue; la vida se abre paso más allá del tiempo en una población marcada por un río que a veces la inunda, la sorprende: agua de susto, catástrofe urbana y vuelta a empezar.

Ese río recorre el depósito del agua, lo deja de lado, allá arriba en una colina de cúspide curva, redonda, nada escarpada, fácil de acceder.

El Arga se tapa los oídos durante las noches de fuegos artificiales. Siempre desde mi ventana. La carretera acerca coches que visitan Burlada, centro cultural de jóvenes y maduros; sociedades gastronómicas, txokos y escuelas. Nuevas plazas, nuevos nombres y habitantes que llegan de otras latitudes nacionales y extranjeras. Parques, tiendas que cambian de nombre y de dueños; colegios y escolares, bilingüismo. Pintadas de otros tiempos y grafiti actuales.

Se oyen las campanas de la iglesia más próxima; cielo nublado que amenaza lluvia: ¡¡ay, los tejados!! Cuidado con el río que amenaza con escaparse del redil…Vuelve la tranquilidad desde mi ventana.

El puente viejo, muy cerca, permite que transcurra bajo sus ojos poco apuntados y rodeado de una vegetación matizada; se mezcla tierra fértil con las ramas que flotan, arrastradas por la corriente. En momentos de sequía cuesta atisbarlo, casi no se aprecia su caudal y parece que lo ha engullido la tierra, que se ha evaporado, pero ahí sigue, perenne su cauce, más allá del tiempo.

Me reconcilia su visión, esa imagen que desde la capital se convierte en idilio y que en su presencia, al abrir el cristal, me devuelve memorias pretéritas y recuerdos muy de ahora.

Yo he vivido en Burlada, de cara al Arga al que es difícil darle la espalda…visita obligada y deseada.

(Publicado en marzo de 2022 en El Obrero)

sábado, 1 de marzo de 2025

Esos cielos de verano... tan bonitos

cielo nubes caprichosas
cielo en A Guarda (Pontevedra) - archivo personal

Me distraigo con los hombres y las mujeres del tiempo.

Se mueven por la pantalla en un ir y venir frenético, imparable, ademanes por doquier, gestos y más gestos, bamboleo de brazos y manos, señalando aquí y allí. Imposible concentrarse. Quizá son los nuevos “tiempos” que marcan modas y épocas, lejanas de otras anteriores.

Al final, acabo consultando qué va a hacer mañana o como mucho en los próximos tres días, en mi móvil. Sin animación, “quieto parao” y así retengo lo que me interesa.

Y a partir de ahí, de esos datos…me gusta mucho contemplar los cielos de verano.

Como los pescadores, o los pastores y agricultores que amanecen (o antes, incluso) y levantan la cabeza, en silencio a ver cómo vienen dadas hoy. Expectación diaria.

cielo en Dubrovnik
cielo en Dubrovnik - archivo personal

Yo miro por la ventana y observo colores, siempre hay matices, un cromatismo que se percibe con ojos de bienestar, sorpresa, miedo, ilusión…imprevisibles, tal vez: distintos, siempre… más allá de la latitud donde uno se encuentre.

Siento predilección por la gama de los metalizados: grises que conocí en las pinturas de El Greco, envueltos y cubiertos por un blanco manchado de cúmulos o nimbos…también los estratos se superponen.

Y por los celestes velazqueños que no siempre son azules, sin más, recorren la claridad y la oscuridad a su gusto.

cielo azul
cielo en Madrid - archivo personal

Los enrojecidos de los impresionistas se acercan a la mínima expresión de un cielo delineado, y los cubistas enmarcan una planicie celeste sospechosa y poco natural.

Amanece y por el norte se anticipan temperaturas cálidas pero el cielo aventura más bien lluvia. Día cubierto de nubes espesas que recortan un paisaje verde intenso. Grises suaves y resquicios de un blanco incipiente, el horizonte apunta tormenta. Parece que se desplazan esas masas apagadas allá arriba, lánguidas…en la paleta etérea se adivina un día de bochorno veraniego.

mar y cielo reflejos
cielo sobre el Duero en Zamora - archivo personal

Amanece por el centro y el día tornasolado de una bruma mullida promete calor. Mi retina capta un blanco tiza enredado en el azul pastel.

Son cielos bonitos: de verano. Muy característicos en muchas ocasiones de nuestro ánimo, de nuestros ánimos. Pigmentos para todos los gustos.


Quizá solo sean reflejo de nuestro propio sentir, proyectado hacia el exterior. Están ahí para ser observados, termómetros de un tiempo, de un verano más que discurre estacionalmente a puro brochazo coloreado.

Cielos atronadores, inquietantes, despejados y relampagueantes. Cielos cantados y repudiados, rimados y fraseados. Apuntados y señalados desde la tierra, sobrevolados y superados, místicos y humanos. Suplicantes y agradecidos, expresivos y prometedores. Metafóricos e imaginados.

Amanece en el norte y en el centro. También en el sur y en Levante.

Esos cielos de verano…

(Publicado en El Obrero en agosto de 2021)