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viernes, 16 de enero de 2026

Gijón

Gijón - Asturias - España
Foto de JOE Planas en Unsplash

... una visita y otra visita



Año 2021. Visita a Gijón, que me dicta las reflexiones que siguen y que en su momento publiqué en El Obrero.
Las recupero aquí en modo recuerdo.

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Arriba del cerro, atenta en su fortaleza out of service desde siempre, Santa Catalina domina el “horizonte”, tan “elogiado” por esa escultura que casi peina los vientos según diría su escultor.

Fotos y fotos de la lontananza que se pierde y se mezcla, cielo y mar, en un sábado apaciguado por las temperaturas cálidas del norte.

Gijón desde la altura, quietud que empieza a despertarse, poco a poco, sin prisa y con la calma de esas horas de fiesta y ocio. Alcanzar la “cima de la villa” a través de sus cuestas, levemente empinadas: la orografía del enclave, manda…

Empedrado, comercios locales y mercadillo, bares y cafetines. Momento de descanso para conversaciones. Y silencios que llenan la vista de instantes placenteros. Así, como estamos, la ciudad nos recibe acogedora y nos invita a caminarla y a quedarnos. A vivirla.

Una y otra visita más que no es una más: son muchas y diferentes. Algo tiene que atrapa y sorprende; quizá sea el recuerdo de aquellas lecciones de geografía que estudiábamos y que la imaginación, tan tramposa siempre, evocaba escenas de industria pesada, altos hornos, humaredas y chimeneas ennegrecidas que emborronaban esos cielos de hace décadas… la conversión industrial. La economía de una centuria no tan lejana.

Mientras paramos en la plaza del Ayuntamiento rodeada de soportales y con puestos callejeros, comercios de proximidad, escuchamos la melodía del himno asturiano.

Puerto deportivo y algunos veleros, que han madrugado, vuelven a su recinto de amarre.

Los bañistas despliegan toallas y todo el aparataje playero. Hay que aprovechar el clima de bonanza que promete este sábado. Del mar a la mesa, publicitaban años atrás: ahí está el edificio de la antigua pescadería, mudo testigo, hoy clausurado, de ese anuncio: tan certero.

Y muy cerca las termas, aprovechando el recodo del espacio y la salubridad de aguas saladas. San Pedro en su iglesia bendice bodas y bautizos: invitados engalanados acuden puntuales a su cita sacramental.

Los yeyés de los setenta dieron paso a los modernos de la movida de Gijón, famosos bajistas y músicos cuya impronta rememoran hoy con nostalgia los del lugar.

Mezclarse con la población autóctona por calles señoriales, nuevos edificios, tiendas en pleno auge, ciudad próspera, más que habitable… No hay prisa y algunas sombras moderan el incipiente calor del día.

Buenos ratos debió pasar antaño Melchor Gaspar de Jovellanos (algún día habrá que hablar de su hermana Josefa), inspirándose para su obra entre rejas, con los sonidos del mar norteño, rival del Mediterráneo.

Pasear y mirar, mirar y pasear: tanto monta, en los bancos de reposo, los chillout y las terrazas que recorren las principales avenidas.

Festivales, certámenes, cine, novela de detectives y policías… una semana muy “negra”, unos días muy fílmicos, horas musicales.

Todo eso y mucho más: un mosaico auténtico y genuino. Una visita… más.

lunes, 12 de enero de 2026

Copenhague:

                                la inquietud de la calma nórdica

                     

Copenhague
En nada hará cinco años, publiqué en El Obrero estas reflexiones, casi "un pensar en alto", que hoy traigo a Palabradas blog.

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No conozco la sirenita. La figura de bronce reposando en una roca… viéndolas venir. Ahí y así la dejaron.

El libro de Andersen sí, y las adaptaciones filmográficas también, en animación o con humanos de carne y hueso. Y no me producen placidez, hay algo desasosegante en esas imágenes, en esas líneas.

Y creo que ya lo he descubierto. Es la ciudad, la capital de Dinamarca.

Me advirtieron que poco accesorio en mi indumentaria y colores neutros, sin estridencias. Aquí todo el mundo es muy igual e igualitario, que no se noten distingos ni que uno destaque más que otro.

La visité por primera vez hace 18 años y a partir de entonces habré repetido viaje en ocho o en nueve ocasiones más. Por trabajo, de negocio que dirían los ejecutivos, a conferenciar preferimos los académicos.

Mercados al aire libre, calles peatonales, torres, tejados, plazas, flores y restaurantes, biblioteca, ópera, canales, anticuarios, Tiger, tranvía. Frío y viento. Calor, poco, y solo a ratos: tímidos rayos de sol que se cuelan por Copenhague.

Y bicis… riadas de bicis. No se necesita mucha atención por parte del turista al movimiento ondulante de la “serpiente monocolor” que se maneja con una gran pericia por la ciudad; sin titubeos para esquivar al peatón extranjero poco avezado en las reglas del carril ad hoc tan protegido en esos lares… ¡¡cuánto tiempo hace ya!!

El Tívoli y… Legoland muy cerca: hay que desplazarse para llegar hasta allí y montarse en las piezas gigantes de esas construcciones plastificadas que nos recuerdan nuestra infancia.

La Gliptoteca Ny Carslberg: mi edificio favorito, no me canso de recorrerlo. Llego pronto por la mañana y me siento en medio de la rotonda cubierta por una claraboya impresionante: según como luzca el día, el juego de colores más o menos matizados es un espectáculo.

Me animo a pasear por sus salas: historia y más historia; antigüedad y clasicismo hasta el presente. No suele haber mucha gente: a veces, grupos de párvulos, algunos señores mayores y yo, la guiri. Los vigilantes, siguen impertérritos nuestros pasos.

Es una preciosidad todo lo que alberga este museo.

Los daneses son altos, más altos que los mediterráneos y de ojos azules...Hay algo de tristeza en ellos.

Se ven muchos cochecitos de bebés empujados por padres: padre y padre. Niños y más niños por las aceras… Silencio. Se ríen bajito. Parques y jardines. Fuentes. Pura naturaleza urbanita. Patos y bancos.

Escuelas y colegios llenos de policromía en las paredes, móviles y figuritas infantiles, huertos y plantas, todo al tamaño reducido de sus moradores.

Campus universitario original con aularios de muros brillantes, cristaleras y cortinas de macramé (hand made); la sensación del chill out presente… algo de jipismo permanece.

Estación de tren antigua y organizada: ir y venir de gentes pero en orden, sin mucho estruendo; la atracción más llamativa: muchas lámparas que cuelgan del techo e iluminan el ladrillo y el acero de dicho enclave.

Y yo sin ver la sirenita: que si la estaban restaurando, que si la habían movido de lugar, que si habían derramado pintura sobre ella o la habían decapitado… es el símbolo del país y el ejemplo de los avatares sociales y políticos: como si de una pantalla se tratara, refleja ideas e ideologías más o menos vigentes.

Me aseguran que es más pequeña de lo que nuestra imaginación le concede: suele pasar con muchas esculturas del pelo y la sorpresa por el tamaño (menguado) está garantizada.

En los buses hay mucho espacio; suben y bajan con lentitud personas mayores. Bolsas destinadas a periódicos que se leen durante el trayecto: en danés, ¡ni torta! Jóvenes madres acceden por una rampa con sus bebés en unos carritos muy anchos y amplios. Se lleva eso de “my space please”.

Todo está ordenado, reglamentado. En una de mis visitas, el acontecimiento que conmocionó la capital fue que un grupo de jóvenes habían ocupado una casa dedicada a actividades culturales y la policía no sabía qué hacer ni con el edificio asaltado ni con los usurpadores. Rodeaban el local mañana, tarde y noche: movimiento, ninguno.

Todo tiene sus consignas y si algo se sale del excel o de la cuadrícula, susto mayúsculo.

Tanto orden y concierto garantizan ciertos derechos, pero yo me sentí muy alejada de un pueblo frío (y es verdad porque hasta en verano, lo hace) y sin expresividad.

A pesar de esa suerte de turbación personal, siempre me gusta volver a Copenhague tan “abarcable” y tan a mano. En invierno te cubres las piernas en las terrazas con mantas y sientes algo de calorcito con estufas que rodean las mesas a la intemperie. Un ratito para tomar el café y ya atosigan con un si vas a tomar algo más: “el negoci es el negoci”.

Comercios pequeños en bajos dedicados a artesanía, puestos callejeros de frutas, golosinas… Iglesias y credos protestantes, cánticos.

Negro y gris. A mí me gusta el diseño nórdico: más para verlo en otros que para lucirlo sobre mi anatomía.

Nada ha cambiado y me dicen que a los daneses les gusta ese aire de perdurabilidad, de inmovilismo, no sea que la metamorfosis por leve que parezca les trastoque sus parámetros mentales, sus comportamientos tan bien delineados y por supuesto, aprendidos. Inquietante…

viernes, 24 de octubre de 2025

Las palomas ya no temen volar bajo:

                                                               recorriendo Chueca


Barrio de Chueca
Foto de luis otto en Unsplash

(Publicado originalmente por mi en otra plataforma, esta versión contiene un añadido personal, una mirada ampliada que la convierte en la definitiva)

Deambular por el antiguo Madrid en una mañana festiva, tiene un atractivo especial. Las calles parecen otras, son otras. Es descubrir un Madrid amable y sugerente, atrayente y atractivo, calmo y balsámico, frente al trajin de lo cotidiano en los días laborables. 

¡Qué gusto caminar a primera hora de la mañana por ese barrio tan castigado!

Bueno, eso era antes…: sí, recuerdo que a mi llegada a Madrid muchos años atrás, daba miedo pasear por sus calles.

Desde hace tiempo es un auténtico placer mezclarse con su vecindad tan variopinta.

No se trata solo de un colectivo visible y reivindicativo. Diseño, cafés, música y colores. Tranquilidad y alguna que otra paloma que no se asusta de la presencia de pies con piernas mezclados entre sus patas.

Locales de poesía y tertulias literarias, bistrots sofisticados y panaderías refinadas y exquisitas, guirnaldas que animan a pasar al interior de establecimientos curiosos; teatro y hoteles. Librerías espaciosas de mente.

Un mosaico de seguidores de la moda “del rollo”, “cayetanos”, “hípsters”…

Algún que otro escenógrafo nos sugiere cómo anudar el fular de seda, y la mejor manera de prender el broche para lucirlo en la solapa (siempre en la izquierda, por cierto).

Gente de barrio encantada de vivir en un ámbito madrileño abierto a tantas ideologías, pensares y actuaciones.

Ese quiosco que despliega su mercancía a ojos vista. Mercados y olores.

San Marcos, Pelayo y Luis de Góngora. Se abren las persianas a las 11.00 de la mañana y la sonrisa puesta para todo aquel que los visita.

Libertad, Belén y Gravina.

Edificios remozados, esquinas aprovechadas, banderas, rincones pintorescos, flores y plantas luciendo fachadas muy parecidas de suaves tonalidades.

Vanguardia y clasicismo; vericuetos sin estrecheces y plazas.

Varias palomas se cruzan a nuestro paso, habituadas a su estancia con los humanos.

Ambiente, orgullo y copas. Comida excelente, construcciones singulares y museos.

San Lucas, Augusto Figueroa y San Marcos.

Calma. Un tentempié saludable para continuar callejeando. Y da igual pasar dos veces por el mismo sitio. Nuevos descubrimientos y recovecos particulares. Placidez.

Carritos de la compra a San Antón, beatas a las “Góngoras”, funcionarios a las “Siete chimeneas”.

Sin rozar la Gran Vía, un universo complaciente y moderno. Pocos coches, sin prisa y gran dedicación. Esmero e interés. Ganas de hablar y de pasar un buen rato entre espejos y vestidores. Decoración esmerada y mucho gusto. Formas estilizadas.

Buen tono y mejor entonación. Los ojos expresan sosiego. Una quietud vacacional y ociosa salpicada de brotes sorprendentes: me imagino a la felina Zapaquilda en La Gatomaquia de Lope escudriñando…

Luz en los escaparates, carteles atractivos, puertas abiertas, terrazas primaverales.

Y… palomas revoloteando a nuestro alrededor.

Vecinos, amigos y visitantes. Con mascarilla y distanciados, afables siempre.

Perros con dueños, motos insonoras, rodadas suaves, aceras limpias y balcones arbolados.

Respeto y convivencia. Conocer y compartir. Disfrutar de ese oasis capitalino. Cada uno a lo suyo sin molestar. Modelo de la movida ochentera, hoy referente internacional. Sensación de comodidad. Sin apreturas.

Un saludo, una invitación, más calles y mucho paseo. Avanza la mañana y prometemos volver otro día. Muy pronto.

Las palomas se han acostumbrado a nosotros.

- Pilar Úcar

(Publicado por mí en El Obrero en Marzo-2021)

domingo, 1 de junio de 2025

Visita a Cartagena: para volver...

A cierta distancia de donde nos encontramos emergen tritones del mar abisal. Casi todos del mismo tamaño, con forma de ola, de puente, de tenedor…con tejados planos y otros redondos. Estilizados sin átomo de grasa. Altos, muy altos: seguro que tal concentración de cemento y ventanas en una verticalidad infinita se estudia en las clases de Geografía Humana.

Es Benidorm: me impresiona siempre su skyline y cruzarlo por tierra resulta inimaginable.

Miguel de Cervantes a Cartagena
Cartagena - Archivo personal

Hoy nos vamos a Cartagena, ciudad que no conozco y que interesa visitar. No defrauda, sorprende y anima a volver. Calor y cielo despejado, de un azul brillante que contrasta con el dorado del Teatro Romano. Mucha piedra histórica dispuesta casi como la dejaron aquellos clásicos amantes de deportes y espectáculos.

Tan cerca del casco antiguo…pasean turistas, crisol humano en poco espacio, colores de gentes variopintas. Restos de la catedral y algunas cuestas que conducen al núcleo municipal. Edificios con mucha prestancia, balcones y miradores, actividad sin prisa, parroquianos tranquilos a sus quehaceres, mezclados con visitantes.

El trazado callejero fácil de seguir, peatones que deambulan por unas losetas polícromas, cristales de grandes ventanales y portales que se abren a instancias oficiales. Construcciones en consonancia con las profesiones que se desarrollan tras sus paredes.

A esas horas, el aperitivo se mezcla con la comida: cuestión de horarios, de gustos del cliente o de la necesidad estomacal.

Muchas personas que transitan y pasean entre las palmeras: ¡¡cuánto me gustan esas plantas!! Será porque en mis latitudes originarias brillan por su ausencia. Solo el Domingo de Ramos las lucía, sujetando la palma decorada en mi mano infantil.

Me fijo que se ha instalado la moda de la mascarilla multifunción: de codera, muñequera o en modo “gola” cual dama áurea adornando el cuello de su atuendo.

Sin mucho bullicio, las fachadas nos van conduciendo a nuevos rincones de azulejos pigmentados, iglesuelas, arcos y porches…familias y jóvenes, guiris y nativos.

En algunos cruces, esculturas de acero retorcido, yo las veo vanguardistas y originales, diferentes, alambres de diseños imposibles que embellecen la ciudad…y el puerto. Mástiles reposando hasta que llegue el turno de las velas. Alineados y con el atraque levemente mecido.

Placidez hasta la entrada de Arqva, el Museo Nacional de Arqueología Subacuática. La exposición simula las tripas de una gran ballena, espaciosa, ordenada y muy interesante. Toda una experiencia marina con los pies en la tierra.

Un viaje experimental y didáctico a las profundidades oceánicas, a los secretos históricos que ven la luz en vitrinas sorprendentes. Restos de naufragios, bodegas llenas de provisiones, ánforas, vasijas, utensilios domésticos, monedas, figuras…todo lo que esconden las aguas y hoy disfrutamos de su contemplación.

Cartagena invita a quedarse, a mezclarse con sus habitantes tan amables y atentos.
Es una ciudad tratable, para volver con más tiempo o sin tiempo. Para estar y caminar.

Seguir observando el cromatismo de los azules que he percibido: desde el celeste al cobalto y siempre el marino…aquellos fundadores de antaño sabían lo que hacían con este asentamiento, encrucijada de culturas y civilizaciones.

Antes de volver, pasamos por La Manga: ese mar dividido en dos, esas aguas dulces y saladas. En otra ocasión…

Lo mejor de los viajes es el regreso. Sin duda.

(Publicado en "El Obrero" en agosto de 2021)

miércoles, 21 de mayo de 2025

Pongamos que (hoy) hablo de plazas, balcones y Bárbara de Braganza

 

Plaza de la Villa de París un paseo por Madrid


Hace muchos años leí un artículo de Antonio Muñoz Molina sobre la Plaza de la Villa de París y me llamó la atención la descripción que hacía de sus habituales “visitantes” los fines de semana. Y no sé por qué me viene a la memoria la taciturnez de la mirada con que Jean Jacques Rousseau (1712-1778) podría observarlos… y mirarme: ojos escrutadores y también benévolos.

Muchas veces he vuelto a ese lugar, y recordando el lema neoclásico de docere et monere, hoy lo hago de nuevo y aparco en el subsuelo de la plaza. La he conocido cubierta por Filomena, reseca en las calurosas sobremesas veraniegas y sembrada de hojas otoñales…: atrayente, muy atrayente. Y silenciosa. En un pedestal y enmarcada por edificios clásicos.

Paso por delante del Institut Français, frente a la mole arquitectónica del Tribunal Supremo (manifestaciones convulsas he presenciado delante de su fachada) y doblo la esquina a la izquierda para alcanzar la calle de Doña Bárbara de Braganza; en algún tramo la han descabalgado de tal tratamiento. Siempre me ha gustado la figura de esa infanta portuguesa (1711-1758) que la realidad mejoró, porque al parecer, en las distancias cortas ganaba, si no belleza, sí afecto y encanto. Le precedía la fama de poco agraciada y tanto ella como el joven novio al que fue destinada vivían momentos de trasiego nervioso sin dejar de preguntar a sus respectivos cortesanos cómo era uno, cómo era la otra y qué pensaban la otra y el uno…así, en un inquieto “juego de viceversas”. Amañaron y apañaron un retrato falseado de la futura reina que mostraron al joven Fernando, Príncipe de Asturias (1713-1759), allá por el siglo XVIII. Todo luz, todo luces. Bueno casi…la esposa de Felipe V (1683-1746), María Luisa Gabriela de Saboya (1688-1714) muere al año siguiente y la princesa extranjera, hija de Juan V de Portugal (1689-1750) y María Ana de Austria (1683-1754), nunca le pudo dar el hijo esperado al cónyuge prudente y justo como lo califica la historia. Aquí acaba la ristra de fechas. Siempre se ha dicho que era fea, pero el futuro rey, bajito y guapete se enamoró de la pintura que vio. Como todo en esta vida, a gustos, los colores, y más según las modas que imperaban en cada momento y en cada lugar.

A lo largo del breve trayecto hacia el majestuoso edificio que alberga el Espacio Miró de la Fundación Mapfre, me acompañan balcones, muchos balcones simétricos, igualados y alineados, con sus ventanas correspondientes al exterior “pestañeando” conforme avanza la mañana. En sus cristales se reflejan los rayos despejados entre las nubes de un día templado y grisáceo; miradores todos similares, en armónico trazado que mimetizan fachadas y viviendas.

Ojos abiertos como los que pinta Alekséi von Jawlensky (1864-1941), el artista ruso que nos sorprende con su policromía llena de pura expresión. Cobra inusitada importancia la forma que les adjudica: apipados, lineales casi en la abstracción, almendrados y cuadrados, como si se escaparan del rostro colorido, llenos de vida quieta; adornan caras femeninas, populares y regias; alguna faz masculina mística y religiosa. Esos ojos tan suyos, los propios y los de sus modelos. Cuánto discutiría sobre la teoría del arte junto a Vasili Kandinski (1866-1944), otro amigo del color. Reitero: me atrapan esos ojos como si de un vistazo cobraran aliento y contaran todo lo que ven. Imagino al pintor celebrado estas semanas en Madrid, con sus dedos artríticos eligiendo en la mezcla de colores y untándolos en la tela; advierto espesor y masa, materia y fuerza, sentimiento y lirismo, energía y pasión.

A la salida, de refilón me fijo en cómo impone la Biblioteca Nacional…Y el Teatro María Guerrero que nos abre nuevos caminos para explorar en otro momento.

Me acerco a la iglesia de SantaBárbara o de las Salesas Reales para rodear la Plaza de la Villa de París. De nuevo el silencio… Entre semana se despereza del sopor sabatino y dominical y resulta fácil tropezarse con el trajín típico de los “habitantes” puntuales y coyunturales; actividad administrativa y jurídica, principalmente, y hasta periodística también. Poco queda de la famosa cafetería Riofrío y de la sala de fiestas Bocaccio, tan próximas entre sí, como la Plaza de Colón que casi nada tiene que ver con la de la Villa de París. Siempre me ha gustado sentarme en uno de sus bancos y mirar alrededor. Debe de ser la armonía del cuadro tan cuadrado o que es un oasis encerrado entre paredes, pero lo cierto es que no se oye nada de la cercana calle Génova. Árboles, ahora de ramas raquíticas, frondosos en primavera, y dos esculturas que se yerguen casi “reales”: Fernando VI y Bárbara de Braganza miran hacia la Audiencia Nacional.

Da igual la estación del año. Y entre tanta historia, leyes y cultura, se puede leer, escuchar música o eso, simplemente estar.

A mis estudiantes les animaré a que copien mi recorrido y describan qué les parece y qué les inspira esa plaza madrileña. Qué personajes históricos han podido poblar las calles adyacentes, y que fabulen: que inventen un episodio de sus vidas, en technicolor compartiendo asiento con ellos. Que caminen y observen.

Por cierto, hoy, sola. Hay plazas de paso, de paseo y otras de estar, como en el salón de casa.

(Publicado en "El Obrero" en febrero-2021)

lunes, 28 de abril de 2025

Roadtrip: carretera y manta... “Camino Soria”

 

Camino Soria
imagen creada con IA

Siempre he compartido y tarareado muchos de los versos musicados del grupo Gabinete Caligari. Y ahora, desde este presente, sigo haciéndolo. Me gustan sus canciones.

Y tienen razón: sí, ese “camino Soria”, es “cadencioso”.

Disfruto observando la corriente del río Duero por las márgenes de Almazán; su contemplación resulta preciosa; creo que Machado se quedó corto con su ya literaria y famosa “curva de ballesta”.

Desde mi asiento en el autobús hacia mi destino foral, espero con ganas llegar a la localidad soriana porque sé que van a aparecer, en medio de la vasta extensión mesetera parques plácidos, calles antiguas, paseos apacibles, puro sosiego y mucha tranquilidad.

El conductor aminora y se reduce la velocidad del trayecto: aprovecho para alargar la cabeza y mirar a un lado y a otro, estirarme todo lo que me permite el espacio y no perderme nada de la naturaleza que tan bien reconozco, pues soy consciente de la fugacidad del momento. Permanezco atenta.

Cruzamos despacio y me vienen imágenes becquerianas, evocaciones de que allí, no muy lejos, surge la leyenda del “monte de las ánimas”, en los alrededores de la capital.

Emociones de recuerdos pretéritos, de privaciones y ausencias, melancolía y esperanza, sonrisa dibujada levemente, tapada por la mascarilla. ¿Cualquier tiempo pasado fue mejor?

El río y su curso, los árboles enramados, desnudos o poblados, estacionales, cromáticos: del terroso al glauco, del amarronado al ceniciento, cetrinos y hasta verdemar, si me apuran, por el reflejo del sol en una tarde cristalina. Arcos y empedrado, puertas señoriales y campanario quedo. Descanso, placidez y “gloria”.

Rememoración de tantos años, de tantas rutas con la manta liada, kilómetros y horas: muchas memorias, algunas… indelebles en la piel.

Lágrimas silenciosas y minúsculas de diminutos afectos, hoy adultos con ilusiones renovadas y horizontes luminosos.

Uno cambia de coche, de medio de locomoción, pero volvemos a repetir la ruta, ese mismo itinerario porque paladeamos con regusto lo perdurable e inamovible. Nos domina cierto aire de pertenencia casi inaprensible. Hidalgos y conventos, muros y arciprestes, abades y bosques, manzanos y madera.

La carretera nos depara rutinas desde el inicio del viaje: naves industriales, complejos comerciales, construcciones empresariales…en cuanto cojamos velocidad, llegará el remanso. Solo unos minutos que se suceden a veces tediosos y muy largos dormitando, o despejados en puro pensar.

Modorra vespertina a esas horas en que el tiempo no ha declinado aún. Lentamente…

Casi me incorporo al atisbar curvas en el “camino Soria”; un sendero que me lleva a las riberas de esa localidad que pronto volveré a ver y que por razones inexplicables, irracionales, inconscientes, me atrae. Y mucho. Almazán.

(Publicado en "El Obrero" en abril-2021)

lunes, 21 de abril de 2025

Chinchón y Las Vegas: mucho más que una plaza mayor

 

Plaza mayor de Chinchon
ilustración creada con IA

Hacia el sureste de Madrid, la fértil comarca de Las Vegas nos invita a disfrutar de tanto…A mí me recuerda su paisaje a las pinturas de Carmen Laffon: quietud y calma recorren el Tajuña, leves colinas y reposo de un día en el relato de Sánchez Ferlosio.

Desde hace mucho tiempo, Chinchón ocupa un enclave privilegiado: amplitud de naturaleza entre la estepa y las encinas, olivos y meseta.

Localidad para vivir, visitar, pasear en la hora sexta, descansar en las vísperas y conocer y seguir conociendo. Para recordar aquel virreinato con una esposa enferma de malaria a la que curó una indígena con la famosa “quinina”.

Condes, monjas y frailes.

Casi siempre lo hemos observado a ras de suelo, desde esa Plaza Mayor, tan simétrica e igualada en su redondez taurina y fílmica, tan de postal y Patrimonio Histórico: bares, tabernas, soportales, balcones de un verde brillante, bullicio y gente, mucha gente. Anís.

Callejear por San Antón y su plaza donde los “pequeños” vecinos de antaño, hoy historiadores, daban patadas a un balón y ahora muestran orgullosos aquellos rincones de su infancia.

Nos recibe la familia Palacios: auténticos artesanos de la madera, ebanistería esmerada, gremial, heredada de generaciones…

Un lujo otear el horizonte desde la antigua iglesia de la Piedad, que se abre al visitante con unas puertas magníficamente trabajadas, e imaginar que entre el teatro Lope de Vega y la actual Asunción, existió un pasadizo volado…fantasía hecha realidad al acceder a su interior y admirar la Ascensión pintada por Goya en su retablo central.

Sábado de Gloria, Domingo de Resurrección y Lunes de Pascua. Las Clarisas y los Agustinos: moles conventuales de poderío ancestral y rezos presentes.

La vista se pierde por las llanuras mientras vigila atenta la Torre del Reloj, tan arriba, tan alta.

Paisanaje curioso y variado en una semana santa perimetrada y sin salir de nuestra comunidad, como el resto, claro. Quizá sea un momento vacacional a pequeña escala, con movimientos reducidos, límites sanitarios precisos y obligaciones y responsabilidades personales y sociales.

Horizontes manchegos, colores matizados por la luz del atardecer y leves sonidos festivos.

El arco de palacio nos enseña alguna casa solariega y blasonada que recuerda momentos de otras épocas; la hermandad de la Soledad, pasos procesionados que hoy reposan para su contemplación.

Beatitud y complacencia en una visita esperada e inesperada. Chinchón siempre sorprendente.

Volver a “Nuevo Chinchón”…

Un nuevo chinchón

(Publicado en Abril de 2021 en El Obrero)

sábado, 8 de marzo de 2025

Vacacionando por la Sierra Norte de Madrid

 
Puebla de la Sierra (Madrid)
Puebla de la Sierra
https://www.espanafascinante.com/


Un martes de descanso laboral, conducimos por la carretera de Burgos camino de algunas localidades que configuran la región de la Sierra Norte de Madrid.

Importante no perder de vista el mapa, a veces el norte se identifica y se confunde con el oeste; aclaradas las coordenadas ponemos rumbo a Puebla de la Sierra. La carretera durante todo el trayecto, muy transitada de ocio y negocio; está claro que no coinciden las mismas fechas festivas según sea el ramo profesional de cada uno.
En cualquier caso, vigilancia atenta al tráfico rodado para disfrutar de la ruta. Día templado, gris y nublado, a ratos se abren claros, pero amenaza agua que aparece en algunos tramos: raras son las ocasiones “pascueras” que no moja algún día procesiones, paseos, eventos y planes familiares de todo tipo. Primavera en ciernes a pesar del almanaque: ya debería estar todo florecido, o casi…al fondo las estribaciones de Guadarrama abarcan todo el horizonte que cubre nuestra vista. Por más que ampliemos ángulo de visión la sierra enmarca el cuadro.
Comienzan las localidades tan apretadas y compactas a uno y otro lado de la vía: Piñuécar y Prádena del Rincón, entre otras. Se podría componer un poema narrativo o una narración poética con sus nombres, identidades longevas que rememoran vestigios territoriales, dominios antiguos y señoríos limítrofes diluidos, posesiones heredadas…hoy nueva vida y nuevas vidas.
La vía principal separa casas solariegas a diestro y siniestro: paseantes, niños jugando y tiendas abiertas. Casas rurales, apartamentos, actividad tranquila y movimientos pausados previos a la hora del aperitivo.
Frio y viento, estirar las piernas y recorrer las calles empedradas con olor a ganado. Campo y montaña, esculturas…carretera minúscula que serpea por la superficie montañosa a lo alto hasta que desciende de nuevo culebreando y reposa en Garganta de los Montes. Parada y fonda. Todo preparado para acoger al visitante que desde la capital espera llenar los pulmones y vaciar la mente.
Garganta de los Montes - Escultura "Altarera"
Garganta de los Montes
https://www.gargantadelosmontes.es/index.php/2017/11/13/escultura-altarera
/

Tiempo de asueto dedicado a próximos y a nuestros allegados, saludos a lugareños que acostumbrados a los foráneos, ofrecen su mejor sonrisa sin interrumpir quehaceres cotidianos.
La sierra siempre sorprende más allá de los conocimientos de geografía que hayamos atesorado en años escolares. Ahora al recorrerla y pisarla a través de sus localidades, revivimos imágenes, recreamos páginas que saltan del atlas a nuestra vida real.
Fuentes y cauces, bosques y sonidos placenteros, sin estridencias. El paisaje semeja un locus amoenus clásico en plena vigencia de la actual centuria. Tan cerca de la ciudad, de las nubes que descargan una lluvia fina, abrigarse y seguir por los senderos trazados de unos pueblos que esperan y están, crecen y permanecen. Tan cerca siempre en estos momentos de descanso personal, de recuerdos, memorias, personas y sentires. Sin olvidar…Más allá y aquí, centro de un presentismo emocional. La  Sierra Norte de Madrid invita a volver.

sábado, 25 de enero de 2025

Hoy he vuelto al metro...


Metro Madrid

Después de varios años sin bajar al subway, hoy me he decidido y he hecho una inmersión por el underground madrileño.

He comprobado lo fácil que es viajar con una tarjeta, que lo mismo sirve para el bus que para el metro con múltiples posibilidades de pago…y lo amable que es el personal que atiende a una sesentera, rubia y tonta como yo que ha dejado de estar en la circulación viaria durante algún tiempo.

Llevo en Madrid casi 40 años y nunca he conseguido aprenderme los números de las líneas, solo me guío por colores…gran problema si fuera daltónica.

Así que entro en la (línea) gris, la circular y ¡ojo! si la tomo en una o en otra dirección.

Observo que todo el mundo va con su móvil menos yo, que, a buen recaudo en el bolsillo con tapa y botón de mi abrigo, lo dejo quieto.

Y empiezo a mirar, sin pudor divino y con osadía humana a diestro y siniestro. Con los ojos de la cara y con los ojos de la inteligencia.

¡Qué diferentes somos los blancos y los negros, los amarillos y oliváceos…! Un gran crisol de gente, una amplia paleta polícroma, un auténtico espectro de humanos. Mascotas no encontré, pero recuerdo y me consta que haberlas haylas y suben a los vagones.

Pijas universitarias con melenas bamboleantes, universitarios flowerpower con tupés al viento, chándales y zapatillas de colorinchis, eslavos, dominicanos, vietnamitas, ecuatorianos, alemanes, angoleños y cameruneses…sí, por mi edad y mi trabajo, he llegado a diferenciar e identificar, con escaso margen de error, su origen propio y familiar. Otra cosa es que nos engañe la pupila y confundamos el ser con el nacer.

Madrid y el Metro
Mucha población autóctona que viaja gratis en el metro por superar los 65. Bolsas, mochilas y móviles, gran cantidad de sonidos, pitidos, conversaciones, canciones que escupen las pantallas electrónicas.

Decido usar las escaleras mecánicas: no quiero obedecer a mi hematóloga y practicar los steps subiendo a pie. Veo la zona del desfibrilador: bien, just in case.

Para volver a casa, repito, pero al revés, mi camino subterráneo y me da la sensación de que el viaje transita más rápido; paradas y más paradas…18 minutos bajo tierra mirando y mirando más.

Cejas muy depiladas: quizá siempre se han depilado mucho, pero ahora ya no hay distingos en cuidados de belleza entre unos, unas y unes. Uñas limadas y decoradas para ellos, ellas y elles.

Atuendos indefinidos que lo mismo sirven para los chicos, las chicas y les chiques.

Nuestros políticos, nuestras políticas, nuestres polítiques deberían darse un paseíto por el metro y ver con los ojos de la cara y con los ojos de la inteligencia (si les alumbra) la realidad. Que no es una, es mucha.

Quizá ya lo saben…pero faltan ganas y actitud.