Ni “Filomena”, ni pandemia, ni volcanes; ahora llega The Blackout. Y no me refiero al cortometraje de mi amigo Mikel Navarro (habrá ocasión para dedicarle toda una columna). Se trata del apagón que se va a producir en Europa: eso sí, nos garantizan que no será mundial: las coordenadas se han fijado ya y presentan límites muy definidos.
Es buen momento para cambiar de paralelos y decidir mudarse a África, por ejemplo, o a Oceanía. América está muy visto y no nos inspira mucha confianza en este sentido.
Oigo las noticias de ese posible, perdón, real y casi inminente “cortocircuito”, que nos va a caer.
Y los chistes no dejan de aflorar, los planes ad futurum también, programas y titulares, noticias y comentarios: ¡¡a toda vela!! Eso… más velas por si las moscas.
No diré yo que sea una de esas fake news que tanto se llevan, o un pasatiempo de ociosos que quieren darle vidilla a la suya mofándose de las ajenas o un funesto augurio de agoreros de medio pelo, pero de hacer una encuesta de las famosas de campo, con alcachofa y cámara en ristre que tanto lucen los reporteros por la rúa, seguro que encontraríamos respuestas más que jugosas. Y las hay de todo tipo: desde la risa al espanto, desde la incredulidad contenida a la prevención prudente.
Seguro que muchos pensarían que se trata de una tregua orquestada por el “big eye” contra el recibo de la luz, y mira tú por dónde, unos días sin corriente eléctrica igual atemperaban el presupuesto doméstico.
Si me preguntan a mí, confesaré que he sucumbido a la trampa del “me he rayado” de tanta línea y marca que me he imaginado en mi mente o también “me he rallado” como el queso, del esfuerzo en desmenuzar el sentido de tal aviso; pero solo me duró la “ralladura” ácida como el limón, unos minutos. Y ya.
Rápidamente pensé en las posibles situaciones tan curiosas, inconvenientes, divertidas, tensas… en que nos puede sorprender el apagón y deseché imágenes de mi propia y personal colección.
Ya tengo bastante con mi individual e intransferible micro universo como para andar aparejando nuevas filomenas ahora “a fosques”. Sin luz. Pues habrá que pertrecharse de velas y cirios, de los que alumbraban iglesias pascueras en nuestros años infantiles, rebuscar en el desván o en el altillo viejos candelabros o candiles, y recargar mechas que nos den lumbre a puro golpe de chasquido digital (de apéndice manual quiero decir).
Y poco más, o nada, mejor.
Se trata de geoestrategia me responden los más avezados en este tipo de noticias: acuerdos, reuniones, convenios y pactos, muchas conversaciones, viajes, tratados… de nuestros políticos (del ramo sostenible y energético) a los países que poseen la llave para abrir y cerrar la grifería del preciado elemento, sustancia o producto… mientras engrasan el mecanismo y sonríen, tranquilos que no tranquilizados, en la pantalla, la población tiene que seguir viviendo con lo que llevamos encima o bien decidir en qué cueva y en qué barril cual Diógenes nos vamos a encerrar.
¡¡Vivir para ver!! Lo mismo ni vemos, con tal apagón.








