miércoles, 4 de febrero de 2026

Una escalera hacia el cielo

                                                        de Jhon Boyne

Reseña del libro de John Boyne Una escalera hacia el cielo

Hará ya unos veinte años, muchos lectores llegamos a John Boyne a través de El niño con el pijama de rayas: una obra breve y aparentemente sencilla que, a través de la mirada de un niño,  abordaba uno de los horrores más difíciles de la historia relativamente reciente. 

Enfrentarse a su obra Una escalera hacia el cielo es algo bien distinto. Aquí no hay inocencia, ni ternura. Pareciera que, a diferencia de la primera, ésta no busca conmover al lector, sino incomodarlo: en la primera filtraba el mal, mientras que en ésta lo expone con absoluta frialdad. 

Leer Una escalera hacia el cielo ha sido para mí, casi desde sus primeras páginas, una experiencia incómoda pero adictiva. Acompañar en sus andanzas a Maurice Swift, su protagonista, un personaje seductor y físicamente atractivo pero moralmente repulsivo; un ser  ambicioso y manipulador en el que, desde el primer encuentro, ya intuimos que su ambición no conoce límites.

El personaje se nos presenta a través de distintas voces que relatan su relación con Maurice y las consecuencias de haberlo dejado entrar en sus vidas. Esas a las que Maurice utiliza y descarta una y otra vez a lo largo de su periplo vital. Y es que su obsesiva aspiración a llegar a ser un escritor de éxito tropieza con su falta de imaginación, lo que aboca a nuestro protagonista a una permanente necesidad de apropiarse de las historias ajenas.

Así, uno de los aspectos más perturbadores del libro es su reflexión sobre la ambición de éxito y la ausencia de límites éticos para tratar de alcanzarlo.   

No queda mejor parado el mundo editorial. El que aparece en la novela no es abiertamente corrupto, pero sí es pasivamente cómplice. Nadie pregunta demasiado. Nadie quiere saber de dónde vienen ciertas historias si el libro funciona. 

Me sigo preguntando la razón por la que, la historia de un ser tan abyecto como nuestro protagonista, a la vez te repele y te atrapa. Quizá ahí resida la singularidad de esta obra de Boyne: conseguir que repulsión y atracción convivan en el lector a lo largo de su lectura.
(M. Regalado)

sábado, 31 de enero de 2026

Quién me lo iba a decir

 

Quien me lo iba a decir, poemario

PRÓLOGO DE MARCELINA REGALADO PARA MI POEMARIO "QUIÉN ME LO IBA A DECIR"


Seguramente, éste es el mayor acto de osadía que yo me haya permitido perpetrar: colarme entre las páginas de este libro nada menos que para presentar la voz poética de mi querida Profesora Úcar.

El cariño tiene estas cosas: por su parte, la generosidad de invitarme a hacerlo y, por la mía, no saber negarme aún siendo consciente de que un libro suyo merece el prólogo de alguien a su altura.

Y es que,

La amistad son corcheas

que saltan juntas

dice Pilar en “La raíz”, uno de los poemas de este libro.

Fue hace ya algunos años... La joven Profesora Úcar tenía entonces la valentía de ponerse en un aula frente a veinte o veinticinco abuelescentes a los que una tarde a la semana transmitía su entusiasmo por la literatura. ¡Y vaya si lo conseguía! Y no sólo eso, sino que se hizo merecedora de la simpatía y del afecto de todo su provecto alumnado.

Para mí concretamente, pasado no demasiado tiempo, dejó de ser la Profesora Úcar para ser Pilar: mi amiga Pilar. Aún me pregunto cómo pudo ocurrir: ella, una mente brillante, una personalidad atractiva y arrolladora, congeniando con una simple (aunque devota, eso sí) aficionada a los temas en los que de forma tan atractiva ella nos instruía.

Tampoco puedo olvidar que fueron su sugerencia y su insistencia las que me impulsaron a participar en aquel certamen literario de la Universidad, que me proporcionó el feliz momento de conseguir algunos de sus premios. Su confianza en mis posibilidades obró el milagro de mi propia fe en ello.

Y todo ello nos trae hasta aquí. Hasta esta osadía que comentaba al principio.

Después de un paréntesis en nuestra comunicación habitual, al reencontrarnos me sorprendió muy gratamente descubrir en ella una nueva faceta: la poética, y verla plasmada ya en algunas publicaciones que leí con sumo placer.

Esta introducción, pues, no tiene más autoridad que la que me otorga mi afición a “devorar” poesía y mi profundo respeto y cariño por la autora.

Y con el firme aunque difícil propósito de dejar a un lado el sentimiento, que podría inclinar la balanza hacia la apreciación subjetiva, no puedo sino evidenciar cómo entre los versos de Pilar halla su hogar y se cobija la palabra exacta, esa para la que no cabe sinónimo alguno porque, como ella misma nos recuerda a menudo: “la sinonimia absoluta no existe”.

Sí, en la poesía de Pilar la palabra es exacta. Y a veces corta como navaja y otras acaricia como rayo de sol en invierno. Nunca es ociosa, ni mero ornamento poético aunque, desde luego, es todo un goce estético advertir su dominio, su maestría y la naturalidad con que utiliza cualquier figura retórica.

Lo admitido y lo prohibido, el tedio y la ilusión, lo sereno y lo exaltado, la dureza y la suavidad y hasta la rigidez y la ternura, son contrapuestos habituales en la poesía de Pilar. Como lo es esa mixtura entre vulnerabilidad e íntimo desgarro que de tan hermosa forma su poesía nos confiesa.

El banco me conoce.

Sabe de mi tristeza,

conoce mi nostalgia.

Pronto pasará.

Como todo.

                Si bien…

 

Algún día

más allá del último aliento,

quizá,

tropezaremos con algo nuevo.

 

Y puede, también, manifestar una dureza implacable ¿coraza protectora quizá? Lean, si no, su poema “Confesión” y ese verso final, inapelable, sin paliativos.

En fin, la indiferencia no cabe en el lector, una vez ha sido atrapado por la emoción de su verso, por la pureza de su forma, por la intensidad de cuanto nos comunica. Y para entonces, sin otra opción, ya no puede sino dejarse llevar por la avidez lectora.

En “Quién me lo iba a decir” hallará el lector la belleza del íntimo lenguaje, ese que no se aprende y que en Pilar es innato y consustancial y fecundo. Sólo el verdadero poeta es capaz de convertir su poema en espejo en el que el lector se reconoce. Y cuando esa hermosa simbiosis se produce, el YO poético, que camina hacia el TU, culmina en el alborozo de un NOSOTROS.

Escribe, Doctora Úcar, para gozo de todos. 

martes, 27 de enero de 2026

Milan Kundera, "La inmortalidad"

                                            mortal de necesidad

La inmortalidad, de Milan Kundera

Cuando hace décadas leímos La insoportable levedad del ser, corrían los ’80 y nos creíamos modernos, alternativos, intelectuales y de una altura conceptual insondable.

Habíamos descubierto a un autor que escribía seguido, sin pausas mentales, profundo y hasta difícil. La opinión de la crítica, unánime: de lo mejor que se había publicado. 

El éxito arrollador, lo llevó a la pantalla.

Conforme pasa el tiempo, hay títulos que vuelven y nos topamos con La inmortalidad, del autor checo que tanto nos impresionó a los boomers.

La generación Z lo ha redescubierto y ahí van los bookinstagramers soltando la chapa con lo excelso de sus argumentos y de su estilo. INFUMABLE, no los jóvenes, sino Kundera con su escritura y su caldo límbico que le hirvió durante el siglo XX y le sirvió para hacer terapia en títulos seudofilosóficos, con cierta cobertura novelesca; siempre se vende mejor lo abstracto si viene precedido de relato.

Me recuerda su vida a la de otros muchos más allá del telón de acero que cruzaron a este lado de Europa (salvando los términos tan extemporáneos) y se hicieron con un nombre, premios y fama más allá de la mortalidad.

Empiezo La inmortalidad y le concedo 100 páginas. Ya he perdido mi tiempo con tanta cuchufleta revenida, piezas sueltas de uno y otro escritor, personajes ficticios y pensamientos que nada tienen de atractivo. Me planteo algo: ¿me acuerdo de la levedad y de su ser? Nop. Pues eso. Que no es que flaquee mi memoria, es que dejó cero huella en mi cerebro. Alguien me dice: “si te aburre, es un tostón”.

Mortal. Me voy a otra lectura como la mariposa a otra cosa.

sábado, 24 de enero de 2026

LA MARIONETA

    (De mi poemario "Deja a la vida en paz")

Marionetas
Foto de Miguel Alcântara en Unsplash

Trapo, serrín

y cuerdas.

Uñas de color clorofila

y olor a granate.

Ese guiñapo baila al son de la partitura

de un maestro

que golpea latidos.

Sus ojos dibujados con hilvanes miran

impávidos,

las bocas que gritan su nombre:

Rosalinda.

Conmovida busca al príncipe

mientras la falda descolorida gira y gira

¡¡Que no llueva!!

Una gruta en el escenario,

pintada a brochazos

y un bosque oscuro

amenazante.

¿Dónde estará?

Huyó por amor.

Silenciosa se refugia a esperar

y solo el eco suena en miradas inquietas

que no la acompañan.

Cae el telón

y Rosalinda sueña con aquel a quien siempre amará.

Hasta la próxima función.


miércoles, 21 de enero de 2026

El difícil silencio

 

la dificultad de mantenerse en silencio

A menudo el silencio

se torna en vendaval entre mis labios

y me obliga a romperlo.

 Y es un tsunami la palabra.

  

Es éste un lugar para las palabras y… se trata quizá de la más costosa disciplina: domeñar la palabra, que se vuelve insumisa a nuestros propósitos de silencio.

En su libro "Cuentos para que pien-zen", cuenta Norberto Tucci esta historia a propósito del silencio:

Cuatro monjes estaban reunidos para llevar a cabo un retiro en silencio de tres días de duración. Durante la primera noche, llegada la madrugada, la vela que los iluminaba empezó a fallar, hasta que se apagó. Entonces, uno de los monjes dijo:

"La vela se ha apagado"

Otro le respondió:

"Eso no importa, teníamos que mantener el silencio y tú lo has roto con tu comentario"

El tercero repuso:

"Los dos habéis roto el silencio"

Y el cuarto comentó:

"El único que no ha hablado he sido yo"


Más allá de la sonrisa que la inocente anécdota pueda provocar, de forma sencilla y humorística este cuento zen nos hace caer en la cuenta de que, a veces, no dudamos en corregir a los demás mientras nosotros mismos incurrimos en la propia falta que criticamos, pero... ¿cómo sustraerse a la tentación? 

- M. Regalado 

viernes, 16 de enero de 2026

Gijón

Gijón - Asturias - España
Foto de JOE Planas en Unsplash

... una visita y otra visita



Año 2021. Visita a Gijón, que me dicta las reflexiones que siguen y que en su momento publiqué en El Obrero.
Las recupero aquí en modo recuerdo.

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Arriba del cerro, atenta en su fortaleza out of service desde siempre, Santa Catalina domina el “horizonte”, tan “elogiado” por esa escultura que casi peina los vientos según diría su escultor.

Fotos y fotos de la lontananza que se pierde y se mezcla, cielo y mar, en un sábado apaciguado por las temperaturas cálidas del norte.

Gijón desde la altura, quietud que empieza a despertarse, poco a poco, sin prisa y con la calma de esas horas de fiesta y ocio. Alcanzar la “cima de la villa” a través de sus cuestas, levemente empinadas: la orografía del enclave, manda…

Empedrado, comercios locales y mercadillo, bares y cafetines. Momento de descanso para conversaciones. Y silencios que llenan la vista de instantes placenteros. Así, como estamos, la ciudad nos recibe acogedora y nos invita a caminarla y a quedarnos. A vivirla.

Una y otra visita más que no es una más: son muchas y diferentes. Algo tiene que atrapa y sorprende; quizá sea el recuerdo de aquellas lecciones de geografía que estudiábamos y que la imaginación, tan tramposa siempre, evocaba escenas de industria pesada, altos hornos, humaredas y chimeneas ennegrecidas que emborronaban esos cielos de hace décadas… la conversión industrial. La economía de una centuria no tan lejana.

Mientras paramos en la plaza del Ayuntamiento rodeada de soportales y con puestos callejeros, comercios de proximidad, escuchamos la melodía del himno asturiano.

Puerto deportivo y algunos veleros, que han madrugado, vuelven a su recinto de amarre.

Los bañistas despliegan toallas y todo el aparataje playero. Hay que aprovechar el clima de bonanza que promete este sábado. Del mar a la mesa, publicitaban años atrás: ahí está el edificio de la antigua pescadería, mudo testigo, hoy clausurado, de ese anuncio: tan certero.

Y muy cerca las termas, aprovechando el recodo del espacio y la salubridad de aguas saladas. San Pedro en su iglesia bendice bodas y bautizos: invitados engalanados acuden puntuales a su cita sacramental.

Los yeyés de los setenta dieron paso a los modernos de la movida de Gijón, famosos bajistas y músicos cuya impronta rememoran hoy con nostalgia los del lugar.

Mezclarse con la población autóctona por calles señoriales, nuevos edificios, tiendas en pleno auge, ciudad próspera, más que habitable… No hay prisa y algunas sombras moderan el incipiente calor del día.

Buenos ratos debió pasar antaño Melchor Gaspar de Jovellanos (algún día habrá que hablar de su hermana Josefa), inspirándose para su obra entre rejas, con los sonidos del mar norteño, rival del Mediterráneo.

Pasear y mirar, mirar y pasear: tanto monta, en los bancos de reposo, los chillout y las terrazas que recorren las principales avenidas.

Festivales, certámenes, cine, novela de detectives y policías… una semana muy “negra”, unos días muy fílmicos, horas musicales.

Todo eso y mucho más: un mosaico auténtico y genuino. Una visita… más.

lunes, 12 de enero de 2026

Copenhague:

                                la inquietud de la calma nórdica

                     

Copenhague
En nada hará cinco años, publiqué en El Obrero estas reflexiones, casi "un pensar en alto", que hoy traigo a Palabradas blog.

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No conozco la sirenita. La figura de bronce reposando en una roca… viéndolas venir. Ahí y así la dejaron.

El libro de Andersen sí, y las adaptaciones filmográficas también, en animación o con humanos de carne y hueso. Y no me producen placidez, hay algo desasosegante en esas imágenes, en esas líneas.

Y creo que ya lo he descubierto. Es la ciudad, la capital de Dinamarca.

Me advirtieron que poco accesorio en mi indumentaria y colores neutros, sin estridencias. Aquí todo el mundo es muy igual e igualitario, que no se noten distingos ni que uno destaque más que otro.

La visité por primera vez hace 18 años y a partir de entonces habré repetido viaje en ocho o en nueve ocasiones más. Por trabajo, de negocio que dirían los ejecutivos, a conferenciar preferimos los académicos.

Mercados al aire libre, calles peatonales, torres, tejados, plazas, flores y restaurantes, biblioteca, ópera, canales, anticuarios, Tiger, tranvía. Frío y viento. Calor, poco, y solo a ratos: tímidos rayos de sol que se cuelan por Copenhague.

Y bicis… riadas de bicis. No se necesita mucha atención por parte del turista al movimiento ondulante de la “serpiente monocolor” que se maneja con una gran pericia por la ciudad; sin titubeos para esquivar al peatón extranjero poco avezado en las reglas del carril ad hoc tan protegido en esos lares… ¡¡cuánto tiempo hace ya!!

El Tívoli y… Legoland muy cerca: hay que desplazarse para llegar hasta allí y montarse en las piezas gigantes de esas construcciones plastificadas que nos recuerdan nuestra infancia.

La Gliptoteca Ny Carslberg: mi edificio favorito, no me canso de recorrerlo. Llego pronto por la mañana y me siento en medio de la rotonda cubierta por una claraboya impresionante: según como luzca el día, el juego de colores más o menos matizados es un espectáculo.

Me animo a pasear por sus salas: historia y más historia; antigüedad y clasicismo hasta el presente. No suele haber mucha gente: a veces, grupos de párvulos, algunos señores mayores y yo, la guiri. Los vigilantes, siguen impertérritos nuestros pasos.

Es una preciosidad todo lo que alberga este museo.

Los daneses son altos, más altos que los mediterráneos y de ojos azules...Hay algo de tristeza en ellos.

Se ven muchos cochecitos de bebés empujados por padres: padre y padre. Niños y más niños por las aceras… Silencio. Se ríen bajito. Parques y jardines. Fuentes. Pura naturaleza urbanita. Patos y bancos.

Escuelas y colegios llenos de policromía en las paredes, móviles y figuritas infantiles, huertos y plantas, todo al tamaño reducido de sus moradores.

Campus universitario original con aularios de muros brillantes, cristaleras y cortinas de macramé (hand made); la sensación del chill out presente… algo de jipismo permanece.

Estación de tren antigua y organizada: ir y venir de gentes pero en orden, sin mucho estruendo; la atracción más llamativa: muchas lámparas que cuelgan del techo e iluminan el ladrillo y el acero de dicho enclave.

Y yo sin ver la sirenita: que si la estaban restaurando, que si la habían movido de lugar, que si habían derramado pintura sobre ella o la habían decapitado… es el símbolo del país y el ejemplo de los avatares sociales y políticos: como si de una pantalla se tratara, refleja ideas e ideologías más o menos vigentes.

Me aseguran que es más pequeña de lo que nuestra imaginación le concede: suele pasar con muchas esculturas del pelo y la sorpresa por el tamaño (menguado) está garantizada.

En los buses hay mucho espacio; suben y bajan con lentitud personas mayores. Bolsas destinadas a periódicos que se leen durante el trayecto: en danés, ¡ni torta! Jóvenes madres acceden por una rampa con sus bebés en unos carritos muy anchos y amplios. Se lleva eso de “my space please”.

Todo está ordenado, reglamentado. En una de mis visitas, el acontecimiento que conmocionó la capital fue que un grupo de jóvenes habían ocupado una casa dedicada a actividades culturales y la policía no sabía qué hacer ni con el edificio asaltado ni con los usurpadores. Rodeaban el local mañana, tarde y noche: movimiento, ninguno.

Todo tiene sus consignas y si algo se sale del excel o de la cuadrícula, susto mayúsculo.

Tanto orden y concierto garantizan ciertos derechos, pero yo me sentí muy alejada de un pueblo frío (y es verdad porque hasta en verano, lo hace) y sin expresividad.

A pesar de esa suerte de turbación personal, siempre me gusta volver a Copenhague tan “abarcable” y tan a mano. En invierno te cubres las piernas en las terrazas con mantas y sientes algo de calorcito con estufas que rodean las mesas a la intemperie. Un ratito para tomar el café y ya atosigan con un si vas a tomar algo más: “el negoci es el negoci”.

Comercios pequeños en bajos dedicados a artesanía, puestos callejeros de frutas, golosinas… Iglesias y credos protestantes, cánticos.

Negro y gris. A mí me gusta el diseño nórdico: más para verlo en otros que para lucirlo sobre mi anatomía.

Nada ha cambiado y me dicen que a los daneses les gusta ese aire de perdurabilidad, de inmovilismo, no sea que la metamorfosis por leve que parezca les trastoque sus parámetros mentales, sus comportamientos tan bien delineados y por supuesto, aprendidos. Inquietante…

jueves, 8 de enero de 2026

Carmen Conde

 

Placa conmemorativa

Hoy, trigésimo aniversario de la muerte de Carmen Conde: poeta, prosista, dramaturga, ensayista y, además, primera mujer académica de número de la Real Academia Española desde febrero de 1978. (Aquí su discurso de ingreso)

El número 67 de la calle Ferraz de Madrid, nos la recuerda con una placa en su fachada.

En su memoria un poema de su "Derramen su sangre las sombras" de 1933.


CAMINAMOS AL UNÍSONO

Caminamos al unísono.
Por vez primera otro corazón
se mueve con el mío.
A la vez: latido por latido.
Juntos, hacia encontrarnos.
Juntos, hasta desprendernos.

martes, 6 de enero de 2026

viernes, 2 de enero de 2026

Comenzar el año con pronombres

Como lo comenzaba allá por enero de 2021 publicando en El Obrero vivencias y  reflexiones sobre el tema. Y que hoy actualizo y comparto.

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Pronombres

Cuestión de pronombres. Cuestión de silencios. De Pedro Salinas a Dinamarca.

Me cuentan que en algunos lares el lenguaje periodístico es muy acotado, tan acotado que si no se sabe o no existe una palabra se la inventan sin drama alguno, convirtiéndola en palabro, por ejemplo “cricicismo” para hacer referencia al estado continuo, normal y sempiterno de ese país (se dice el pecado pero no el pecador). Cuestión de usos culturales. Me aseguran también que en el discurso político de ese mismo país se dan un festín con el uso alternativo de los pronombres personales “yo” y “nosotros”. El yo se usa para marcar el principio que se debe seguir y el nosotros para demostrar que todos estamos convencidos de ese principio. Cuestión de gramática.

En alguna ocasión me han preguntado cómo abordar la enseñanza de los pronombres en nuestro idioma para los extranjeros interesados en estudiarlo y practicarlo (y para nuestros nativos también, diría), y yo, sin vacilar, he respondido: con los poemas de Pedro Salinas (1891-1951), el poeta de los pronombres: “Tú vives siempre en tus actos... Tú nunca puedes dudar” (La voz a ti debida), “La noche donde yo estoy ahora, donde tú estás junto a mí”  (Luz de la noche).

A mí me funciona en el aula su poemario tanto desde el punto de vista de la estructura como del contenido. Y en esas estoy, en la presencia y ausencia de lo pronominal.

En español los pronombres personales no son preceptivos salvo para marcar contraste, distancia, preminencia, énfasis, explicitar el sexo del referente, por cortesía o deshacer posibles ambigüedades cuando existen coincidencias de desinencias verbales.No sé qué pensar. Cada vez hay “menos nueces” en cuestión de pronombres.

¿Será por el influjo de otros idiomas en los que su presencia es de obligado cumplimiento?

Escuchamos y leemos muy a menudo más personalismo, un más acentuado individualismo, un mayor alejamiento entre el yo y el tú, el yo y el nosotros. Por supuesto el “ellos” lo vislumbramos en la lontananza.

El  lingüista Teun A. van Dijk (1943-) propone la no elusión del pronombre personal siempre que sea necesario y más en estos tiempos que no andamos para lucir corpiño calado, es decir, que el “ruido” pronominal resulta aconsejable y consentido no como mera fórmula sino como sistema, medio e instrumento de acercamiento y de inclusión al otro a él y al ellos.

Con alteridad sincera. Incluyendo.

¡Qué alegría más alta:
vivir en los pronombres!  (P. Salinas)

De la misma manera que el poeta se dirigía a su amada desde su yo incluyéndola en el nosotros. Silenciar, pues, ciertos pronombres aparta y divide.

Y una cosa trae la otra.

Mi primera visita a Dinamarca, fue a una universidad de Copenhague, invitada como charlista (aquí conferenciante) y llevé los usos de mi país: interactuar con el auditorio, pedir respuestas a preguntas nada retóricas, vamos, participación activa e implicación consciente del público.

Esto es como el que no sabe: que va a ciegas con una venda de yeso difícil de rascar.

Impartía una conferencia sobre cultura mediterránea (usos de pronombres, expresiones enfáticas, imperativos…) ante unas 100 personas: estudiantes de grado y posgrado y profesores.

Mi tono cambiaba según iba discurriendo la charla. Marcaba pausas –la importancia del silencio- para ver la reacción. Impasible el ademán. Seguía intercalando ejemplos y preguntas. Silencio. Atentos sí que estaban o simulaban estarlo. Sin ruido y sin que nadie abandonara la sala, a mí me estaba abandonando el ánimo.

Esto en España no me pasa, pensaba yo. Cuando lanzas una pregunta siempre hay alguien que está dispuesto a armarla, para pulsarte, para provocar al resto…con intención –buena o no- de dar vidilla a tu intervención.

Pasaban los minutos: modulaba la voz, me movía por el estrado y… parálisis general.

Acabó mi conferencia y aplausos. Protocolarios, pensé yo. Se abrió el turno de preguntas y solo tímidamente una profesora formuló una.

Y punto, fin del espectáculo.

La colega que me invitó a visitar su universidad quedó encantada; pensé que su deber de amiga la obligaba a ser condescendiente conmigo. Pues no. Fue sincera y me aseguró que yo podía estar más que contenta porque no se había salido ninguno (de madre, pensé). Nadie dejó la sala, y si hay algo que no les gusta, lo hacen saber. En silencio. Cuestión de culturas.

A partir de aquella ocasión, he tenido la oportunidad de acudir unas cuantas veces más a la capital del país nórdico y ya me advirtieron, entre otros parámetros culturales que iba cumpliendo a rajatabla, que si algún danés no tiene nada que decir, nada dice. Punto en boca. De nuevo el silencio.

No tengo tan claro si “muchas nueces”.

También me enseñaron algo muy útil allí, nada práctico en otras latitudes.

Y es que al realizar una pregunta he de fijarme en el leve movimiento de ceja de los participantes; tal gesto significa advertencia, discretísima desde luego (ante todo, no destacar) de que quiere decir algo y yo, atenta, me dirijo a esa persona y le doy la palabra. Si deseo continuar con nuevas preguntas, cuento 10 segundos, y si no hay reacción, a otra cosa, mariposa. Así va el tema por si se ven en una parecida.

Escribo estas líneas y sonrío sin poder evitarlo.

En España, cuando un ponente inquiere algo ante un auditorio, en una sala, seminario, aula…no hace falta ni levantar la ceja ni contar 10 segundos. Es más, aquí no levantan ni la mano (salvo los acodados en la barra del bar para ingerir el líquido elemento, en los tiempos en que la ausencia de restricciones lo permitía).

Lo que yo digo, cuanto más descendemos de norte a sur, nuestros tímpanos se acostumbran a sonidos difusos, deformes muchas veces: al ruido. Del silencio al ruido en una breve transición.

Se cumple eso de much ado about nothing. Convendría acompasar el ruido y las nueces en nuestro trato y tratamiento.

domingo, 28 de diciembre de 2025

Un paréntesis y mucha resaca

Artículo que publiqué en 27 de diciembre de 2021 en El Obrero.  No caduca.  Hoy lo traigo a Palabradas-blog.

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Resaca tras la fiesta

Pasado el primer tramo festivo, con los estómagos llenos y la mente abotargada, iniciamos una nueva semana. La última de este mes de diciembre, la última de este año 2021.

Noticias, las justas, comentarios ajustados.

La pularda, el gorrín, algún marisco, dulces navideños, entrantes y postres, brindis, corchos por los aires, celebraciones, villancicos, regalos y detalles… tanto batiburrillo propio de las fechas nos tiene algo amordazados, comedidos, más o menos.

El discurso, la misa del gallo, felicitaciones, antígenos agotados, -test, quiero decir-, alka seltzer para las resacas, positivo en covid, día de la familia, colas en los hospitales, shows televisivos, reportajes, muchas selfis (por si las moscas)…para cuánto dan la noche del 24 y el 25 (sin rima, por favor).

Importante la precaución, claro que sí: no solo respecto de la orografía palmera sino de la salud personal y colectiva, también.

Convendría menos mensajes globales y abstractos, menos palabras grandilocuentes y una mayor concreción, más contenido y enjundia de compromiso. Implicación consciente: conceptos vagos y melifluos llenan el aire y se evaporan.

Advierto tono cansado, agotado, casi al borde de la extenuación; a pesar del “repetitio mater studiorum”, tengo la sensación de salmodia exhausta.

Parece que cuesta percibir la chicha de lo verdadero y de lo auténtico y no es que lo esencial se vea con los ojos del corazón, ocurre que ni atisbamos el meollo de lo que nos rodea.

Nos hemos calzado las gafas opacas y así resulta difícil avanzar; algunos hasta se han encajado atornilladas sus orejeras y ¡oye! “a lo mío, que ya tengo bastante!!

Desde las autoridades políticas hasta el último peón del tablero, todos debemos recuperarnos de esa resaca posfestiva y acentuar la intención (y la obra) de mirar y observar, atender y tender la mano. Crear una cadena día a día de solidaridad.

Minimizar daños colaterales, evitar riesgos innecesarios, enfatizar el sentido común…

Pocas declaraciones de líderes, reducidas intervenciones gubernamentales: estamos en un impasse de relativo descanso, en modo pausa por el momento; hay que retomar fuerzas y así emprender el siguiente tramo festivo y prepararnos para la próxima explosión y no me refiero a estridentes sonidos de matasuegras, campanadas más o menos discordantes ni atragantones de bayas.

Mientras tanto, casi asistimos a un clima adormecido, cruzamos los dedos (“virgencita, virgencita que me quede como estoy”) durante estos días –postreros- que nos conducen a ese ansiado 2022.

Por cierto, en un canal televisivo, de cuyo nombre no quiero acordarme, cierto tertuliano pontifica descalzo: sus zapatos reposan debajo de la mesa; igual se le han hinchado los pies…mucha resaca.

sábado, 27 de diciembre de 2025

Tiempo sin tiempo

 

No tengo tiempo


Tareas, compromisos, estímulos que a lo largo de cada día se superponen sin pausa. Tiempo convertido en carrera constante, sensación de "no llegar", de estar siempre corriendo detrás de algo.

Seguramente el poema de Mario Benedetti describe eso que todo ello nos hace sentir.

Tiempo sin tiempo

Preciso tiempo necesito ese tiempo

que otros dejan abandonado
porque les sobra o ya no saben
que hacer con él
tiempo
en blanco
en rojo
en verde
hasta en castaño oscuro
no me importa el color
cándido tiempo
que yo no puedo abrir
y cerrar
como una puerta

tiempo para mirar un árbol un farol
para andar por el filo del descanso
para pensar qué bien hoy es invierno
para morir un poco
y nacer enseguida
y para darme cuenta
y para darme cuerda
preciso tiempo el necesario para
chapotear unas horas en la vida
y para investigar por qué estoy triste
y acostumbrarme a mi esqueleto antiguo

tiempo para esconderme
en el canto de un gallo
y para reaparecer
en un relincho
y para estar al día
para estar a la noche
tiempo sin recato y sin reloj

vale decir preciso
o sea necesito
digamos me hace falta
tiempo sin tiempo.

Decido tener tiempo