Leo la edición española de 2017 traducida por Mireia Bofill.
Desde sus primeras páginas —el libro tiene escasas 140— es adentrarse en el drama de una niña que, pese a crecer rodeada de violencia e injusticia, no pierde del todo la inocencia. Aunque, quizá, eso hace aún más doloroso su recorrido vital: una sucesión de decepciones, cada una distinta de la anterior, pero todas empujando en la misma dirección.
“Cuando moría una de sus hijas, mi padre tomaba la cena, mi madre le lavaba las piernas y luego se iba a dormir como todas las noches. Cuando la criatura que moría era un niño, le daba una paliza a mi madre, luego cenaba y se echaba a dormir.”
“Luego hizo venir a una mujer que tenía una navajita o quizás una hoja de afeitar. Me cortaron un trozo de carne de la entrepierna.”
Es Firdaus quien habla.
Pero no hay sentimentalismos en la forma en que El Saadawi escribe y describe esta historia real. Ella da a Firdaus una voz contenida y de una serenidad que hace todavía más insoportable la violencia a la que fue sometida.
Un libro breve, que me ha producido una mezcla de indignación, de tristeza y de admiración.
Al final, contra viento y marea, Firdaus elige la libertad. Y no porque consiga dejar de tener miedo, sino porque descubre que vivir sin libertad le produce un miedo todavía mayor. Así, asegura sentir que la muerte le da la bienvenida como única manera de ser finalmente libre.













