(De mi libro "Cajondesastre")
De
azuzar el avispero sabe mucho la literatura. Ha habido polemistas de todo pelo
y pelaje, razas y condición, sin temor ni rubor.
Y
no se trata de los tiempos actuales solamente, ya existía el deseo congénito o
adquirido, y no pocos escarceos que se pierden en la noche de los tiempos: la
provocación está en la misma raíz humana. Hay quien la usa para manipular
voluntades o quizá para enseñar buenas costumbres y hasta modales…
A
mí don Juan Manuel, el autor de ese Conde Lucanor, siempre me pareció
turbio, resabiado y malhumorado.
A
buen recaudo, bajo el subterfugio de la didáctica y del adoctrinamiento, dejó
una compilación de cuentos, que lejos de ser ejemplares, hoy hacen temblar los
cimientos sociales e ideológicos de una sociedad que asiste espantada a sus
consejos (o consejas en terminología de su época). Entre animales andaba el
juego, padres mal avenidos con sus hijos, maridos que amenazan a sus esposas
con molerlas a palos, muchedumbres iletradas… se pueden oír las risotadas que
seguramente le provocaban los cuentos que escribía, a los que añadía la sabia
moraleja, por si el lector del momento no se había enterado de la enjundia.
Un
auténtico polemista. Habría que revisar la validez y la vigencia de su obra
desde el punto de vista conceptual y estilístico y hoy desde luego, tal vez
aparecieran en la pira de la plaza mayor ardiendo.
En
tanto que de rosa y azucena, soneto archiconocido del
ínclito renacentista Garcilaso de la Vega, un bigardo digno de admiración, que
tanto guerreaba entre las sábanas cortesanas como en el campo de batalla, sin
casco, nos pone frente a la delicadeza implícita, que tiene el poeta para
escribirle una carta de amor, ¿solapado? a Isabel Freire, por la que bebía los
vientos y cuyo romance era motivo de dimes y diretes. Agitada debía de andar la
nobleza por su indiscreción, matrimoniado como él estaba.
Su muerte de una pedrada ante el asalto del castillo Le Muy, causaría a las implicadas conmoción y descanso, a partes iguales. Pero ya se sabe que por aquel entonces: carpe diem, que el tiempo vuela y a lo hecho, pecho.
Hablando
de sacramentos, Fray Luis de León rindió un homenaje al del matrimonio: una
alianza indisoluble, lo que ha unido Dios que no lo separe el hombre (en
genérico, claro) y con su manual de La Perfecta casada, asistimos de
nuevo a los consejos sacerdotales y bíblicos del comportamiento recto esperable
de la buena y perfecta esposa.
Resulta
fácil imaginar las ronchas epidérmicas y mentales que levantó este catecismo
dirigido al buen proceder de uno de los dos contrayentes; del otro, en la
sombra, mejor no hablar; se trataba de que la mujer no se desmadrara, ni le
diera por escribir, por ejemplo, ni tan siquiera por pensar, y mucho menos por
expresar de forma solemne o comedida lo que le pasaba por el magín. Pero
mandaba el andamiaje del Siglo de Oro, con poco dorado (ni tan siquiera el
mítico allende los mares) y sí mucho oropel, la apariencia (vanitas
vanitatis) se erigía en batuta de actitud y la mujer del césar no solo
tenía que ser honrada sino también parecerlo.
Con
su hábito de agustino, él si podía hablar, muy del gusto de entonces, de los
astros, del sol y de la luna, de pájaros y flores y de mujeres, casadas
católicamente. El espíritu de la Contrarreforma extendía sus alas.
Entre
cuentos medievales, versos y doctrinas, se abre paso un jesuita - ¿la
vestimenta clerical hace al monje?- Baltasar Gracián, con un libro de
“autoayuda” que puso nervioso a más de uno, El criticón que no dejaba
títere con cabeza envuelto en el subterfugio de una creación “ficcionada”, de
una novela rara, de robinsones en una isla… Aprovecha que el Pisuerga pasa por
Valladolid y a modo de repaso en busca de la felicidad terrenal atiza mandobles a diestro y siniestro a las cortes europeas hasta
que llega a la suya, a la nuestra, a ese imperio donde no hay sol que se
oponga, ni nadie que levante la voz a unos reyes sin átomo de autocrítica y a
una patulea de aduladores que sueltan sirope por miedo a desmerecer prebendas.
Hablar de mudez y ceguera en las páginas de ese prospecto literario y luego
contemplarse en el espejo de la realidad, supuso a los prebostes del momento un
pellizco en el estómago que obviaron, porque nada cambió, más allá de que alguien,
el autor, resguardado por favores religiosos, pudiera polemizar sin que la
sangre llegara al río.
El
benedictino Benito Feijoo (sin tilde nos advierte la Academia) con su
poligrafía ensayística, se encargó de poner pies y patas a una población
-asilvestrada, ágrafa e inculta- que él despreciaba desde su altura
afrancesada, y de ahí que provocara con sus discursos, al modo de las hojas
parroquiales, o con su título más reconocible Teatro crítico universal
discusiones y debates, que tanto se llevaban en los salones aristocráticos del
neoclasicismo. Inquietaba conciencias y perturbaba el sueño de quienes vivían
adormecidos, o sin más, dejaban a la vida pasar; ya sabemos que, en el siglo
de las luces, la razón domina y los sentimientos se disimulan, mucho
equilibrio y gran contención. Pero la polémica estaba servida: había que
desterrar de un plumazo la gazmoñería mezclada con las supersticiones que
invadía el panorama social y cultural de España. Solo se cree lo que ven
nuestros propios ojos; verdades demostrables con rigor empírico y nada de
improvisaciones ni imaginación. Consiguió éxito desigual, fama relativa y
aplauso de algunos poderes fácticos, aunque hoy se discute su completo valor
literario.
Y
con él llegó el escándalo. No podía ser de otro modo. Muchos son quienes
visitan el Museo del
Romanticismo de Madrid para ver la pistola -algunos creen que fue un
pistolón de gran “voltaje”- de bolsillo con la que Mariano José de Larra se
suicidó.
Antes
de este final, se quedó tranquilo sermoneando, enseñando, vituperando, atacando
los vicios y defectos que él consideraba venían de serie en la propia esencia
de los españoles: la pereza y la desidia, el analfabetismo, el desinterés, la
molicie, la picaresca…
afrancesado de manual, viajero por la
Europa “civilizada” no duda en consignar por escrito sus vivencias,
experimentadas en sus propias carnes, gracias a la perspectiva que le concede
el género epistolar en sus Cartas marruecas, o en los artículos -hoy
sería un tertuliano televisivo, duro y acerado, chulesco y presuntuoso-
periodísticos por los que cobraba sus buenos reales.
Inefable
aquel “Vuelva usted mañana” que dejaba boquiabiertos a propios y extraños con
una sonrisa mal dibujada en la faz, viniendo de un español que se consideraba
extranjero hasta su último hálito.
El
desprecio de Dolores Armijo, amante del escritor, lo dejó exangüe. Y se acabó
la provocación.













