Nueva
entrega del barcelonés. Veraniega y para leer también a la vuelta de vacaciones
en el otoño incipiente que se avista inexorable. Se trata de una lectura que
transiciona con buen humor hacia la vorágine del nuevo curso.
Mantiene
el lenguaje viejuno, casi erudito, del traductor que fue. La trama muy casposa,
con la cuadrilla protagonista de personajes arrabaleros… haría buen maridaje con
Torrente en algunas escenas. Hay que descubrir quién es el muerto en un
funeral fallido, casi, con algún que otro muerto en modo deus ex machina y al
final, cables sueltos que cortocircuitan la redondez de sus mejores títulos.
Trasiego en moto y a pie, en taxi y en coche oficial por barrios condales.
A
mí me recuerda a los guiones de Rafael Azcona; casi como leer películas de cine
de barrio. Y no es un demérito, es Mendoza en su salsa. Ameno e intrascendente,
fugaz e instantáneo. Risas más o menos contenidas, sonrisas y amabilidad.
Público lector contento, sin esfuerzo ni pérdida de tiempo, dos coordenadas
valiosas hoy y siempre.
Barcelona
el escenario, nostalgia de tiempos pretéritos, y sensación de que nada cambia.
Un poco abuelo cebolleta como el excomisario Jarana, la baronesa Pía, la trans
Filo y una comparsa de títeres a cual más folklóricos y terruñeros.













