sábado, 28 de febrero de 2026

“Aquí no se queda nadie:”

  Como hojas en otoño. Guía práctica para comprender la muerte y el duelo.

Libro Como hojas en otoño

Carlos Hernández es doctor en ciencias sociales, periodista y profesor. Pero sobre todo es un amigo que me acompaña; desde hace años, hasta ahora está presente en mi vida: en los malos momentos y en el jolgorio; en los pasillos de la universidad y en las presentaciones de mis poemarios.

Publica libros: sobre el cáncer, sobre la pandemia y la muerte, y este último: Como hojas en otoño, es un regalo. 

Atrapa desde el principio hasta el fin. Yo en dos días me lo bebí y lo acabé esperando la cita que tenía en el Centro de Salud. Se lo comenté a mi médica y me dijo: “Pilar, aquí no se queda nadie”.

De eso tratan estas hojas de otoño y de verano… da igual que sea estacional o estructural: la muerte nos iguala. Pero el duelo nos hace diferentes. A mí, con los años, me interesa mucho este tema y cada vez observo que ocupa más tiempo en mi mente y en mi corazón, no sé si llega a ser obsesivo.

Un lugar común es la tan cacareada idea de que, en ciertas culturas, la nuestra, por ejemplo, caucásicos blancos norteños, no se nos enseña a vivir con la muerte, sino a darle la espalda en una suerte de desafío divino a nuestra inmortalidad.

Cuando visité Camerún, aprendí que allí en Maroua, la muerte está entre los habitantes de una ciudad caótica, y me llamó la atención la sorpresa que desprendían los niños ante una “Madame blanca”, que creían enferma por su palidez.

Carlos Hernández, nos planta un espejo frente a nuestra imagen: recorre con cariño y sabiduría qué es el dolor, el sufrimiento espiritual y físico, el camino hacia la muerte. Ese tránsito que cada uno va a navegar a través de la fe, la laguna Estigia, el universo, o la nada. Se suceden los capítulos dedicados a distintos tipos de muerte, diferentes formas de afrontar el duelo y de seguir viviendo.

Sin resquicio de sospecha ni de reticencia, con una objetividad brutal, llena de experiencia científica y personal, las hojas de otoño vuelan sin parar, llenando minutos vitales, los del lector que asume la finitud de la vida, los límites de nuestro devenir.

La lectura es muy amena: sabemos que, si un tema no agrada, a otra cosa, mariposa: es la inmediatez de lo que disgusta y no interesa. Un libro para leerlo seguido a trozos, para volver y re-volver una vez y otra más.

En un mundo de celofán y “brilli brilli”, a la muerte con su guadaña literaria y medieval, la dejamos para Halloween. Por eso, con este libro, su autor nos toca el alma, nos llega al corazón y a la propia vida, la nuestra.

Acompañan al libro las imágenes de Eva Gonzalo Núñez, amiga del escritor.

Letras y figuras, vida y muerte, ilustraciones escritas y escritura ilustrada que hacen de "Como hojas en otoño", un privilegio.

Gracias, querido Carlos.

lunes, 23 de febrero de 2026

"La acabadora" de Michela Murgia

La acabadora, libro de Michela Murgia

Magnífico: desde la primera línea hasta el punto y final. 

Michela Murgia, cuenta en su primera novela, La acabadora (Narrativa Salamandra, Barcelona 2011) con una prosa apretada, tejida a conciencia… como los trajes de su protagonista, modista de hechuras humanas.

 Una historia de conmoción hipnótica que no permite un respiro ni un alto en su lectura: desde Soreni a Turín, la pequeña María nos conduce por un seísmo sentimental del que nos recuperamos al acompañar a su “maestra” en su último estertor.  

Magistral caracterización de personajes como el adolescente Piergiorgio, sin distracciones adjetivales; narración sustantiva llena de quieta acción ante la que el lector siente deseos de poner orden, de gritar y zarandear a seres a veces amarionetados, con alma, pero escondida bajo muchas capas, con intensas tragedias… y tal vez con esperanza.

(Reseña que publiqué en 2012 en la página "Tique con Q")

jueves, 19 de febrero de 2026

De velas, cirios y ¡apagón!

                                                                                           

El apagón y las velas
Foto de Ricardo IV Tamayo en Unsplash

En apenas dos meses hará  un año de aquel 28 de abril de 2025 que nos dejó sin luz, sin internet y, lo más desconcertante, sin saber qué hacer cuando el móvil ya no servía ni para mirar la hora, y me ha parecido buen momento para recuperar este artículo que publiqué en 2021 en El Obrero

Releerlo hoy produce una especie de sorpresa. Por eso lo republico, porque pareciera que cambia ¡y mucho! leído ahora, después de lo ocurrido. 

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Habrá que estar preparado: una nueva premonición ¿certera?, provocadora de susto y pasmo colectivo.

Ni “Filomena”, ni pandemia, ni volcanes; ahora llega The Blackout. Y no me refiero al cortometraje de mi amigo Mikel Navarro (habrá ocasión para dedicarle toda una columna). Se trata del apagón que se va a producir en Europa: eso sí, nos garantizan que no será mundial: las coordenadas se han fijado ya y presentan límites muy definidos.

Es buen momento para cambiar de paralelos y decidir mudarse a África, por ejemplo, o a Oceanía. América está muy visto y no nos inspira mucha confianza en este sentido.

Oigo las noticias de ese posible, perdón, real y casi inminente “cortocircuito”, que nos va a caer.

Y los chistes no dejan de aflorar, los planes ad futurum también, programas y titulares, noticias y comentarios: ¡¡a toda vela!! Eso… más velas por si las moscas.

No diré yo que sea una de esas fake news que tanto se llevan, o un pasatiempo de ociosos que quieren darle vidilla a la suya mofándose de las ajenas o un funesto augurio de agoreros de medio pelo, pero de hacer una encuesta de las famosas de campo, con alcachofa y cámara en ristre que tanto lucen los reporteros por la rúa, seguro que encontraríamos respuestas más que jugosas. Y las hay de todo tipo: desde la risa al espanto, desde la incredulidad contenida a la prevención prudente.

Seguro que muchos pensarían que se trata de una tregua orquestada por el “big eye” contra el recibo de la luz, y mira tú por dónde, unos días sin corriente eléctrica igual atemperaban el presupuesto doméstico.

Si me preguntan a mí, confesaré que he sucumbido a la trampa del “me he rayado” de tanta línea y marca que me he imaginado en mi mente o también “me he rallado” como el queso, del esfuerzo en desmenuzar el sentido de tal aviso; pero solo me duró la “ralladura” ácida como el limón, unos minutos. Y ya.

Rápidamente pensé en las posibles situaciones tan curiosas, inconvenientes, divertidas, tensas… en que nos puede sorprender el apagón y deseché imágenes de mi propia y personal colección.

Ya tengo bastante con mi individual e intransferible micro universo como para andar aparejando nuevas filomenas ahora “a fosques”. Sin luz. Pues habrá que pertrecharse de velas y cirios, de los que alumbraban iglesias pascueras en nuestros años infantiles, rebuscar en el desván o en el altillo viejos candelabros o candiles, y recargar mechas que nos den lumbre a puro golpe de chasquido digital (de apéndice manual quiero decir).

Y poco más, o nada, mejor.

Se trata de geoestrategia me responden los más avezados en este tipo de noticias: acuerdos, reuniones, convenios y pactos, muchas conversaciones, viajes, tratados… de nuestros políticos (del ramo sostenible y energético) a los países que poseen la llave para abrir y cerrar la grifería del preciado elemento, sustancia o producto… mientras engrasan el mecanismo y sonríen, tranquilos que no tranquilizados, en la pantalla, la población tiene que seguir viviendo con lo que llevamos encima o bien decidir en qué cueva y en qué barril cual Diógenes nos vamos a encerrar.

¡¡Vivir para ver!! Lo mismo ni vemos, con tal apagón.


domingo, 15 de febrero de 2026

Delicatessen


Vino Burdeos, vino Riesling

Metálico el sonido

de mi copa brindando con la tuya.

En la mía un Burdeos

y el Riesling que acostumbras, en la tuya.

Y ¿cómo describir

a quien no lo ha probado

el sedoso, afrutado, o amaderado vino?

Hay que saborearlo,

emborracharse incluso y aun así,

no lo conocerá, por más que expliques.

Ha de experimentarlo.

Ha de embriagarse cada vez

y comprender

sin preguntar su nombre.

(M. Regalado)

miércoles, 11 de febrero de 2026

Un crimen entre la realeza - S.J. Bennett

Libro de S.J. Bennett - Un crimen entre la realeza

Reconozco que hasta ahora no había leído ningún libro de Bennett, la autora británica que convierte a su reina en una auténtica sabuesa, con un olfato más que fino para resolver crímenes en época casi actual; parece que la estamos viendo con su pañuelo de Hermés en la cabeza, anudado al cuello y con las botas de agua caminando por laderas rodeada de sus perros y de su secretaria personal, Rozie, confidente las 24 horas de su jornada. Una gran pareja de detectives.

Como si fuera una guía de viaje, recorremos caminos, laderas, visitamos playas y localidades cercanas a Sandrigham durante las vacaciones de navidad de la familia real.

Sin citar nombres, aparecen el presidente de Estados Unidos, la primera ministra británica, una cohorte variopinta de lores, sires, damas, cazadores, criados, funcionarios… paisaje y paisanaje muy del gusto de un público amante de aventuras por aquellos lares.

De la capital al campo y de las granjas a los apartamentos, el lector se imagina dentro de un cuadro, más o menos real, donde se ha producido un crimen… amable, diría yo. Hasta el detalle más escabroso que supone la aparición de una mano cercenada de su brazo correspondiente, resulta poco repulsivo y mucho menos cuando se va desbrozando la historia del dueño de tal apéndice.

Todo es suave, incluso la escena del final que parece hacer peligrar la vida de la monarca: todo es fluido como los espirituosos que toman de aperitivo, edulcorado como el té.

Una lectura fácil, divertida, que entretiene y atrapa, sin otro propósito que pasar un rato ameno con cierto lío de apellidos de ringorrango y final feliz, en especial para la soberana a la que le gusta el orden y la armonía.

La escritora, muy monárquica, aporta una imagen de Isabel, enternecedora, abuela tranquila, mujer curiosa y justiciera.

Una fantasía de cuento de suspense, recomendable en la que no faltan retazos de nuevos aires: veganismo, crítica a la caza, defensa de la ecología, cambio de referentes heteropatriarcales, apoyo al matrimonio gay… flecos que constituyen todo un mantón de los cambios que se aprecian -más bien, se desean- en Reino Unido.

miércoles, 4 de febrero de 2026

Una escalera hacia el cielo

                                                        de Jhon Boyne

Reseña del libro de John Boyne Una escalera hacia el cielo

Hará ya unos veinte años, muchos lectores llegamos a John Boyne a través de El niño con el pijama de rayas: una obra breve y aparentemente sencilla que, a través de la mirada de un niño,  abordaba uno de los horrores más difíciles de la historia relativamente reciente. 

Enfrentarse a su obra Una escalera hacia el cielo es algo bien distinto. Aquí no hay inocencia, ni ternura. Pareciera que, a diferencia de la primera, ésta no busca conmover al lector, sino incomodarlo: en la primera filtraba el mal, mientras que en ésta lo expone con absoluta frialdad. 

Leer Una escalera hacia el cielo ha sido para mí, casi desde sus primeras páginas, una experiencia incómoda pero adictiva. Acompañar en sus andanzas a Maurice Swift, su protagonista, un personaje seductor y físicamente atractivo pero moralmente repulsivo; un ser  ambicioso y manipulador en el que, desde el primer encuentro, ya intuimos que su ambición no conoce límites.

El personaje se nos presenta a través de distintas voces que relatan su relación con Maurice y las consecuencias de haberlo dejado entrar en sus vidas. Esas a las que Maurice utiliza y descarta una y otra vez a lo largo de su periplo vital. Y es que su obsesiva aspiración a llegar a ser un escritor de éxito tropieza con su falta de imaginación, lo que aboca a nuestro protagonista a una permanente necesidad de apropiarse de las historias ajenas.

Así, uno de los aspectos más perturbadores del libro es su reflexión sobre la ambición de éxito y la ausencia de límites éticos para tratar de alcanzarlo.   

No queda mejor parado el mundo editorial. El que aparece en la novela no es abiertamente corrupto, pero sí es pasivamente cómplice. Nadie pregunta demasiado. Nadie quiere saber de dónde vienen ciertas historias si el libro funciona. 

Me sigo preguntando la razón por la que, la historia de un ser tan abyecto como nuestro protagonista, a la vez te repele y te atrapa. Quizá ahí resida la singularidad de esta obra de Boyne: conseguir que repulsión y atracción convivan en el lector a lo largo de su lectura.
(M. Regalado)

sábado, 31 de enero de 2026

Quién me lo iba a decir

 

Quien me lo iba a decir, poemario

PRÓLOGO DE MARCELINA REGALADO PARA MI POEMARIO "QUIÉN ME LO IBA A DECIR"


Seguramente, éste es el mayor acto de osadía que yo me haya permitido perpetrar: colarme entre las páginas de este libro nada menos que para presentar la voz poética de mi querida Profesora Úcar.

El cariño tiene estas cosas: por su parte, la generosidad de invitarme a hacerlo y, por la mía, no saber negarme aún siendo consciente de que un libro suyo merece el prólogo de alguien a su altura.

Y es que,

La amistad son corcheas

que saltan juntas

dice Pilar en “La raíz”, uno de los poemas de este libro.

Fue hace ya algunos años... La joven Profesora Úcar tenía entonces la valentía de ponerse en un aula frente a veinte o veinticinco abuelescentes a los que una tarde a la semana transmitía su entusiasmo por la literatura. ¡Y vaya si lo conseguía! Y no sólo eso, sino que se hizo merecedora de la simpatía y del afecto de todo su provecto alumnado.

Para mí concretamente, pasado no demasiado tiempo, dejó de ser la Profesora Úcar para ser Pilar: mi amiga Pilar. Aún me pregunto cómo pudo ocurrir: ella, una mente brillante, una personalidad atractiva y arrolladora, congeniando con una simple (aunque devota, eso sí) aficionada a los temas en los que de forma tan atractiva ella nos instruía.

Tampoco puedo olvidar que fueron su sugerencia y su insistencia las que me impulsaron a participar en aquel certamen literario de la Universidad, que me proporcionó el feliz momento de conseguir algunos de sus premios. Su confianza en mis posibilidades obró el milagro de mi propia fe en ello.

Y todo ello nos trae hasta aquí. Hasta esta osadía que comentaba al principio.

Después de un paréntesis en nuestra comunicación habitual, al reencontrarnos me sorprendió muy gratamente descubrir en ella una nueva faceta: la poética, y verla plasmada ya en algunas publicaciones que leí con sumo placer.

Esta introducción, pues, no tiene más autoridad que la que me otorga mi afición a “devorar” poesía y mi profundo respeto y cariño por la autora.

Y con el firme aunque difícil propósito de dejar a un lado el sentimiento, que podría inclinar la balanza hacia la apreciación subjetiva, no puedo sino evidenciar cómo entre los versos de Pilar halla su hogar y se cobija la palabra exacta, esa para la que no cabe sinónimo alguno porque, como ella misma nos recuerda a menudo: “la sinonimia absoluta no existe”.

Sí, en la poesía de Pilar la palabra es exacta. Y a veces corta como navaja y otras acaricia como rayo de sol en invierno. Nunca es ociosa, ni mero ornamento poético aunque, desde luego, es todo un goce estético advertir su dominio, su maestría y la naturalidad con que utiliza cualquier figura retórica.

Lo admitido y lo prohibido, el tedio y la ilusión, lo sereno y lo exaltado, la dureza y la suavidad y hasta la rigidez y la ternura, son contrapuestos habituales en la poesía de Pilar. Como lo es esa mixtura entre vulnerabilidad e íntimo desgarro que de tan hermosa forma su poesía nos confiesa.

El banco me conoce.

Sabe de mi tristeza,

conoce mi nostalgia.

Pronto pasará.

Como todo.

                Si bien…

 

Algún día

más allá del último aliento,

quizá,

tropezaremos con algo nuevo.

 

Y puede, también, manifestar una dureza implacable ¿coraza protectora quizá? Lean, si no, su poema “Confesión” y ese verso final, inapelable, sin paliativos.

En fin, la indiferencia no cabe en el lector, una vez ha sido atrapado por la emoción de su verso, por la pureza de su forma, por la intensidad de cuanto nos comunica. Y para entonces, sin otra opción, ya no puede sino dejarse llevar por la avidez lectora.

En “Quién me lo iba a decir” hallará el lector la belleza del íntimo lenguaje, ese que no se aprende y que en Pilar es innato y consustancial y fecundo. Sólo el verdadero poeta es capaz de convertir su poema en espejo en el que el lector se reconoce. Y cuando esa hermosa simbiosis se produce, el YO poético, que camina hacia el TU, culmina en el alborozo de un NOSOTROS.

Escribe, Doctora Úcar, para gozo de todos. 

martes, 27 de enero de 2026

Milan Kundera, "La inmortalidad"

                                            mortal de necesidad

La inmortalidad, de Milan Kundera

Cuando hace décadas leímos La insoportable levedad del ser, corrían los ’80 y nos creíamos modernos, alternativos, intelectuales y de una altura conceptual insondable.

Habíamos descubierto a un autor que escribía seguido, sin pausas mentales, profundo y hasta difícil. La opinión de la crítica, unánime: de lo mejor que se había publicado. 

El éxito arrollador, lo llevó a la pantalla.

Conforme pasa el tiempo, hay títulos que vuelven y nos topamos con La inmortalidad, del autor checo que tanto nos impresionó a los boomers.

La generación Z lo ha redescubierto y ahí van los bookinstagramers soltando la chapa con lo excelso de sus argumentos y de su estilo. INFUMABLE, no los jóvenes, sino Kundera con su escritura y su caldo límbico que le hirvió durante el siglo XX y le sirvió para hacer terapia en títulos seudofilosóficos, con cierta cobertura novelesca; siempre se vende mejor lo abstracto si viene precedido de relato.

Me recuerda su vida a la de otros muchos más allá del telón de acero que cruzaron a este lado de Europa (salvando los términos tan extemporáneos) y se hicieron con un nombre, premios y fama más allá de la mortalidad.

Empiezo La inmortalidad y le concedo 100 páginas. Ya he perdido mi tiempo con tanta cuchufleta revenida, piezas sueltas de uno y otro escritor, personajes ficticios y pensamientos que nada tienen de atractivo. Me planteo algo: ¿me acuerdo de la levedad y de su ser? Nop. Pues eso. Que no es que flaquee mi memoria, es que dejó cero huella en mi cerebro. Alguien me dice: “si te aburre, es un tostón”.

Mortal. Me voy a otra lectura como la mariposa a otra cosa.

sábado, 24 de enero de 2026

LA MARIONETA

    (De mi poemario "Deja a la vida en paz")

Marionetas
Foto de Miguel Alcântara en Unsplash

Trapo, serrín

y cuerdas.

Uñas de color clorofila

y olor a granate.

Ese guiñapo baila al son de la partitura

de un maestro

que golpea latidos.

Sus ojos dibujados con hilvanes miran

impávidos,

las bocas que gritan su nombre:

Rosalinda.

Conmovida busca al príncipe

mientras la falda descolorida gira y gira

¡¡Que no llueva!!

Una gruta en el escenario,

pintada a brochazos

y un bosque oscuro

amenazante.

¿Dónde estará?

Huyó por amor.

Silenciosa se refugia a esperar

y solo el eco suena en miradas inquietas

que no la acompañan.

Cae el telón

y Rosalinda sueña con aquel a quien siempre amará.

Hasta la próxima función.


miércoles, 21 de enero de 2026

El difícil silencio

 

la dificultad de mantenerse en silencio

A menudo el silencio

se torna en vendaval entre mis labios

y me obliga a romperlo.

 Y es un tsunami la palabra.

  

Es éste un lugar para las palabras y… se trata quizá de la más costosa disciplina: domeñar la palabra, que se vuelve insumisa a nuestros propósitos de silencio.

En su libro "Cuentos para que pien-zen", cuenta Norberto Tucci esta historia a propósito del silencio:

Cuatro monjes estaban reunidos para llevar a cabo un retiro en silencio de tres días de duración. Durante la primera noche, llegada la madrugada, la vela que los iluminaba empezó a fallar, hasta que se apagó. Entonces, uno de los monjes dijo:

"La vela se ha apagado"

Otro le respondió:

"Eso no importa, teníamos que mantener el silencio y tú lo has roto con tu comentario"

El tercero repuso:

"Los dos habéis roto el silencio"

Y el cuarto comentó:

"El único que no ha hablado he sido yo"


Más allá de la sonrisa que la inocente anécdota pueda provocar, de forma sencilla y humorística este cuento zen nos hace caer en la cuenta de que, a veces, no dudamos en corregir a los demás mientras nosotros mismos incurrimos en la propia falta que criticamos, pero... ¿cómo sustraerse a la tentación? 

- M. Regalado 

viernes, 16 de enero de 2026

Gijón

Gijón - Asturias - España
Foto de JOE Planas en Unsplash

... una visita y otra visita



Año 2021. Visita a Gijón, que me dicta las reflexiones que siguen y que en su momento publiqué en El Obrero.
Las recupero aquí en modo recuerdo.

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Arriba del cerro, atenta en su fortaleza out of service desde siempre, Santa Catalina domina el “horizonte”, tan “elogiado” por esa escultura que casi peina los vientos según diría su escultor.

Fotos y fotos de la lontananza que se pierde y se mezcla, cielo y mar, en un sábado apaciguado por las temperaturas cálidas del norte.

Gijón desde la altura, quietud que empieza a despertarse, poco a poco, sin prisa y con la calma de esas horas de fiesta y ocio. Alcanzar la “cima de la villa” a través de sus cuestas, levemente empinadas: la orografía del enclave, manda…

Empedrado, comercios locales y mercadillo, bares y cafetines. Momento de descanso para conversaciones. Y silencios que llenan la vista de instantes placenteros. Así, como estamos, la ciudad nos recibe acogedora y nos invita a caminarla y a quedarnos. A vivirla.

Una y otra visita más que no es una más: son muchas y diferentes. Algo tiene que atrapa y sorprende; quizá sea el recuerdo de aquellas lecciones de geografía que estudiábamos y que la imaginación, tan tramposa siempre, evocaba escenas de industria pesada, altos hornos, humaredas y chimeneas ennegrecidas que emborronaban esos cielos de hace décadas… la conversión industrial. La economía de una centuria no tan lejana.

Mientras paramos en la plaza del Ayuntamiento rodeada de soportales y con puestos callejeros, comercios de proximidad, escuchamos la melodía del himno asturiano.

Puerto deportivo y algunos veleros, que han madrugado, vuelven a su recinto de amarre.

Los bañistas despliegan toallas y todo el aparataje playero. Hay que aprovechar el clima de bonanza que promete este sábado. Del mar a la mesa, publicitaban años atrás: ahí está el edificio de la antigua pescadería, mudo testigo, hoy clausurado, de ese anuncio: tan certero.

Y muy cerca las termas, aprovechando el recodo del espacio y la salubridad de aguas saladas. San Pedro en su iglesia bendice bodas y bautizos: invitados engalanados acuden puntuales a su cita sacramental.

Los yeyés de los setenta dieron paso a los modernos de la movida de Gijón, famosos bajistas y músicos cuya impronta rememoran hoy con nostalgia los del lugar.

Mezclarse con la población autóctona por calles señoriales, nuevos edificios, tiendas en pleno auge, ciudad próspera, más que habitable… No hay prisa y algunas sombras moderan el incipiente calor del día.

Buenos ratos debió pasar antaño Melchor Gaspar de Jovellanos (algún día habrá que hablar de su hermana Josefa), inspirándose para su obra entre rejas, con los sonidos del mar norteño, rival del Mediterráneo.

Pasear y mirar, mirar y pasear: tanto monta, en los bancos de reposo, los chillout y las terrazas que recorren las principales avenidas.

Festivales, certámenes, cine, novela de detectives y policías… una semana muy “negra”, unos días muy fílmicos, horas musicales.

Todo eso y mucho más: un mosaico auténtico y genuino. Una visita… más.