martes, 7 de abril de 2026

Visita académica al ISIT: reflexión sobre el discurso político actual

 

Isit París
(M. Regalado)

Invitada por el Departamento de Lenguas Modernas, la profesora Pilar Úcar participó la semana pasada en una destacada actividad académica en ISIT París Panthéon-Assas.

Durante su estancia, impartió dos conferencias dirigidas a estudiantes de Relaciones Internacionales bajo el título “El discurso político y los oradores en la actualidad. Técnicas de expresión oral”.

En ellas, la Profesora Úcar trató aspectos fundamentales de la comunicación política actual, tales como las tácticas que los líderes políticos utilizan en sus discursos para atraer la atención y crear audiencias cada vez más amplias y más diversas.

Las sesiones finalizaron con un fructífero debate que giró en torno a la ética del discurso político y su poder de persuasión.

La Profesora Úcar y la Responsable deLenguas Modernas del Isit
También se analizaron los retos y peligros de que los discursos se estén convirtiendo en verdaderos espectáculos masivos en los que la forma y la emoción parecen tener más peso que el contenido.

Esta visita no solo fortaleció los vínculos académicos entre instituciones (tal como apunta el Departamento de Comunicación de Comillas), sino que también ofreció a los estudiantes la oportunidad de profundizar en el análisis crítico de la comunicación política actual.


(En la imagen, la Profesora Úcar y la Responsable del área de Lenguas Modernas, Profesora María José Hernández.)

lunes, 6 de abril de 2026

Puentes, pantanos y mucho más

     

Ingeniero

Ponga un ingeniero en su vida


Tópicas y típicas resultan las imágenes con las que esperábamos la película en aquellas salas de cine de antaño. En blanco y negro, minutos antes de la proyección por la que habíamos pagado, asistíamos a momentos de propaganda del régimen: su excelencia el generalísimo inaugura un pantano en…, una auténtica obra de ingeniería.

Yo no aprecio la diferencia entre una presa y un pantano, entre un pantano y un embalse y creo que en alguna ocasión me la han llegado a explicar: mi mente para estos asuntos se obstina y se muestra cerril y no tengo la capacidad abstracta ni memorística para atisbar que son construcciones de ingenieros, pero con sus propias características.

El “pántano” que más cerca me pilló siempre era el de Yesa: sí, “pántano” como decía y dice mi madre en un claro fenómeno de ultracorrección lingüística, y me lo explicaba convencida de mi error al intentar enmendarle la plana: si yo me empeñaba en pronunciar pájaro y ella siempre había dicho “pajaro” pues con pantano, al revés: “pántano”.

En fin, que esa gran obra de ingeniería se llevó por delante las huertas, los caminos, las fuentes y los árboles de muchas familias navarras y aragonesas en beneficio de otras, claro.

Luego conocí el embalse de Contreras, otra gran obra de ingeniería, durante mis múltiples viajes a la Comunidad Valenciana.

Y puentes: cuántos puentes en Extremadura, por ejemplo; cruzarlos y disfrutar de ellos en Mérida. También otra gran obra de ingeniería.

En las familias “bien” las madres querían un yerno ingeniero -preferiblemente industrial, de los de toda la vida-; era de buen tono y garantizaba a la joven maridada un pecunio sin mengua y un resplandor social también.

Si hasta la Academia de la Lengua lo aconseja, al definir esa ciencia como un conjunto de conocimientos orientados a la invención y utilización de técnicas para el aprovechamiento de los recursos naturales o la actividad industrial.

Y ya se habla de “ingeniería genética”; conmigo sí que se emplearon a fondo: un poco de manipulación, algo de técnica, calibrado de ciertas piezas, superada alguna que otra carencia y salvando varios defectos…¡¡Ça y est!! Una auténtica obra de ingeniería.

Algo de eso nos hace falta hoy en día: tender, crear, construir puentes y pantanos para que fluya la corriente y el buen sentir. Para compartir y vivir en comunidad apostando por el bien común, valga la redundancia. Convendría una proeza de ingeniería financiera para tiempos presentes y venideros ahora que dedicamos tanto afán a la ingeniería robótica y a la química.

Me malicio que es difícil estudiar y practicar la ingeniería social: eso sí que supondría un auténtico prodigio de urbanidad, de voluntad y altura de miras.

Desde las aulas de las escuelas técnicas y superiores, desde los laboratorios de Metrología… Ojalá volviera el NODO a nuestras pantallas y viéramos muchas inauguraciones de puentes, pantalanes, naves, nuevas redes de transporte, espigones, muelles, orillas unidas y extremos desvanecidos, innovadores proyectos y humanitarios planes y sobre todo: pasarelas, muchas pasarelas. Transparentes para vernos mejor y para comunicarnos más.

Lo dicho: un ingeniero en nuestras vidas. Lo hizo hasta la Virgen María con san José, patrón de los ingenieros (industriales).

(Artículo que publiqué en 2021 en "El Obrero)

domingo, 29 de marzo de 2026

"La pedrada"

 

La caída - Ramon Alvarez

Grupo escultórico: "La caída" 
Autor: Ramón Álvarez 

Ubicación: Museo de Semana Santa de Zamora

Peso 1050 kg 
Cargadores 36
Peso por cargador  29,17 kg.

(Imagen: Archivo personal)
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-M. Regalado-

Mi primer contacto lector con la poesía, y también el origen de este posterior gusto mío por leerla y escribirla, se remonta allá a mis siete, ocho años. Cuando íbamos a visitar a mi abuela, uno de los libros que había en su casa en aquel pueblecito del campo charro salmantino, era el titulado  “Poesías completas” de Gabriel y Galán (salmantino también)

Yo lo leía y me atraía especialmente porque, más allá de aquella entonación cantarina que mentalmente yo le daba a los versos, no la percibía como poesía, sino como algo muy cercano al relato: eran pequeñas historias, había personajes, acciones, situaciones que yo podía reconocer. Podía seguir aquellos poemas casi como si estuviera leyendo un cuento. Terminé recitando de memoria unos cuantos. Aún los recuerdo…

Es verdad que palabras tales como “sayón”, “precoz”, “sublimó”… ni las conocía ni sabía aún deducirlas por su contexto, así que con ellas acudía yo a mi abuela en busca de ayuda.

Porque es oportuna en estas fechas, dejo aquí este fragmento de “La pedrada” que, junto con “Mi vaquerillo”, eran las que más impactaban mi imaginación infantil.


La procesión se movía
con honda calma doliente,
¡Qué triste el sol se ponía!
¡Cómo lloraba la gente!
¡Cómo Jesús se afligía...!

¡Qué voces tan plañideras
el Miserere cantaban! 
¡Qué luces, que no alumbraban,
tras de las verdes vidrieras
de los faroles brillaban!

Y aquél sayón inhumano
que al dulce Jesús seguía
con el látigo en la mano,
¡qué feroz cara tenía!
¡qué corazón tan villano!

¡La escena a un tigre ablandara!
Iba a caer el Cordero,
y aquel negro monstruo fiero
iba a cruzarle la cara
con un látigo de acero...

Mas un travieso aldeano,
una precoz criatura
de corazón noble y sano
y alma tan grande y tan pura
como el cielo castellano,

rapazuelo generoso
que al mirarla, silencioso,
sintió la trágica escena,
que le dejó el alma llena
de hondo rencor doloroso,

se sublimó de repente,
se separó de la gente,
cogió un guijarro redondo,
miróle al sayón de frente
con ojos de odio muy hondo,

paróse ante la escultura,
apretó la dentadura,
aseguróse en los pies,
midió con tino la altura,
tendió el brazo de través,

zumbó el proyectil terrible,
sonó un golpe indefinible,
y del infame sayón
cayó botando la horrible
cabezota de cartón.

Los fieles, alborotados
por el terrible suceso,
cercaron al niño airados,
preguntándole admirados:
-¿Por qué, por qué has hecho eso?...

Y él contestaba, agresivo,
con voz de aquellas que llegan
de un alma justa a lo vivo:
-«¡Porque sí; porque le pegan
sin hacer ningún motivo!»

miércoles, 25 de marzo de 2026

"El lugar de la herida" de Laura Baeza …

                                                                  ¡Qué pendejada!

El lugar de la herida

Así con todas las letras y toda la vehemencia ante un libro que me ha provocado enfado.

Leo con interés la última novela de la escritora mexicana premiada con anterioridad y ya no me quedan ganas, ni pocas ni muchas, para indagar en sus anteriores títulos sean de extensión escueta o de gran longitud como las 225 páginas que ocupan el título publicado por Alfaguara en 2024.

Hasta la página 80 de El lugar de la herida bien, funciona con acierto; el resto, á la poubelle, sin paliativos. Las 145 páginas restantes se pueden sobrevolar, ni tan siquiera leyéndolas en diagonal se pierde ápice de un argumento archisabido sin trazas de mérito estilístico.

La autora ha puesto a centrifugar la lavadora y consigue marear al lector con tanta repetición descriptiva y más de un error narrativo en la secuenciación de las escenas.

El tema de la trata es sangrante, delictivo y denunciable, sin duda… ese es el único resquicio que puede salvar la justificación de esta novela, por otro lado, prescindible.

Personajes como Lucero o Dolores, a ratos mantienen cierto interés, pero Beto, Nancy, El Negro, Isra… desdibujados y átonos.

Y de postre, concesión a la galería, un final, infumable.

(Si hay algo que no soporto es perder tiempo o que me lo hagan perder)

sábado, 21 de marzo de 2026

Día mundial de la Poesía

 

Poemarios de Pilar Úcar

-M. Regalado-


Tambien la Poesía -¡claro!- tiene su día mundial. Y lo celebramos hoy.

Como también es para celebrar -hoy y cualquiera de los días del año- que existan voces como las de Pilar Úcar que cree en ella como para escribirla así como lo hace.

Porque sus poemarios no son únicamente publicaciones: son etapas vitales, y son preguntas abiertas, y fragmentos de vida que el lector puede reconocer como propios.

Leer la poesía de Pilar es acompañarla, pero también es encontrarse uno mismo en ella.

Porque al final, todo es un poco Relaverso.

Quién me lo iba a decir que Éramos esto.

Inténtalo, Mira al suelo, que hoy están secas  y...

Deja a la vida en paz. 


jueves, 19 de marzo de 2026

Vuelvo a Copenhague con Hammershoi (1864-1916)

                                            ¿El ojo que escucha?

Hommershoi
Rayos de sol o sol.
Motas de polvo bailando en los rayos de sol.


Y me pregunto… ¿dónde estarían Marie Kroyer y Anna Ancher, esas dos amigas danesas coetáneas del pintor nacido en Copenhague?

Visito el Thyssen: me traslado a ese país nórdico, tan silencioso. Sí, se escucha un silencio, un mutismo que golpea la vista cuando se observan las pinturas de Vilhelm Hammershoi.

Conozco la arquitectura de algunos países del norte de Europa: parece fácil perderse en estancias de losa pulida, techos altos, inhóspitos, difíciles de alcanzar y ventanas
cuadriculadas, perfiladas milimétricamente. El sol tibio y blanco se cuela por cristales y refleja su luminosidad matizada en el mantel de una mesa, en la partitura que reposa sobre el piano.

Y salgo a pasear por bosques cercanos a la capital, mientras las vías férreas me muestran granjas planas, quietas y calladas.

Puedo imaginar a esas dos pintoras, ¿amigas? ¿conocidas? del artista que plasma lo que siente y lo que ve en unos cuadros reposados e inquietantes a la vez: vacíos o a medio llenar. Casi inane su pincel choca con la actividad cómplice de Marie Kroyer y Anna Ancher. Ellas prefieren sus sonrisas cómplices, ataviadas de un blanco evanescente, gestos comedidos, quietud vital…

Pero ¿compartieron cenáculos, academias y talleres con Hammershoi? Artistas él y ellas artistas, también, que no parecen encontrarse, más allá de ser compatriotas.

El museo madrileño proporciona un transitar por salas llenas de curiosos, expertos y neófitos mientras se exponen cuadros de un pintor al que se le rinde homenaje en la actualidad. El siglo XIX y su paso a la nueva centuria fue pródigo en figuras e historias pictóricas que con el tiempo se van renovando ante nuevas generaciones, nuevos ojos.

El ámbito doméstico del matrimonio Hammershoi aporta un valor inusitado: la esposa en habitaciones familiares: el pintor, demiurgo de su propio devenir. Ella, de espaldas, ellas, las amigas confidentes, también… como si ocultaran una emoción soterrada que han de disimular: Anna Ancher (1859 – 1935) y Marie Kroyer (1867 - 1940) sobreviven al artista que estos días luce en Madrid. En aquel momento, sociedad de varones, hoy, también, aunque sigo constatando que la cultura con C mayúscula es cosa de mujeres: son muchas más las féminas que caminan con paso lento y atento por el Thyssen.

Merece la pena el paseíto por Copenhague y alrededores a través de las pinturas de Hammersoi, pero echo de menos “conversaciones” de sus colegas, mujeres pintoras, que vieron con otros ojos el país nórdico. Del silencio imaginativo a la recreación personal, faltan palabras, domina la ausencia de un diálogo que el ojo no termina de escuchar.

domingo, 15 de marzo de 2026

Los domingos, de Alauda Ruiz de Azúa

 

Película ganadora de los Goya 2026
Vaya convulsión anímica y corporal. Ver esa película difícilmente deja frío e impasible a alguien, más bien, hiela los vasos sanguíneos. Unos capilares que tiene atrofiados Ainara, la protagonista de 17 años a punto de entrar en la universidad y abducida por una mística extemporánea.

Hay escenas en las que la joven mira con arrobo a la cámara, al resto de su familia, amigos y al público que asiste atónito a sus delirios religiosos. Parece que le da el sol en los ojos y es incapaz de apartar la molestia que provoca esa luz natural frente a lo artificioso que nace de su decisión: meterse monja de clausura.

La tía Maite, lúcida y realista, comedida pero resuelta, tensa e intensa, su padre melifluo, blando y egoísta, inane, comodón y acomodado, el Padre Chema, viscoso y escurridizo y la madre priora, turbia y turbulenta, imbuida de un poder dominante; controladora de ánimas adolescentes que empiezan a despertar a la vida, carnal y deseosa de pasiones, frente a la entrega divina que proponen sus ojos, puñales de resquemor ante un mundo al que se conecta con un móvil racionado: solo ella lo usa y punto.

Una película que provoca lágrimas de pena y furia por el error que va a cometer Ainara; una cinta cuyo argumentario anima a la lucha contra el abuso de quienes no tienen nada que perder: una congregación religiosa como tantas otras que extiende sus tentáculos para contaminar a cierta juventud cuya visión espiritual está muy distorsionada de la realidad auténtica.

Quien lo conoció, lo sabe.

Hay un tufo a rancio en todo el film que resulta insoportable, irrespirable como los muros del convento que se cierran a un presente auténtico y genuino.

miércoles, 11 de marzo de 2026

Ardiente secreto, de Stefan Zweig

 

Ardiente secreto, de Stefan Zweig

Aunque es un libro que tiene ciertas fallas: redacción regulera por la repetición de términos, construcciones sintácticas forzadas, alguna errata y ciertos declives en la narrativa, sobre todo al final: se precipitan las páginas últimas como si quisiera terminar rápidamente la historia que le quema, el libro merece la pena por lo inquietante y realista de un argumento cierto y certero.

El autor atina con el protagonista, un niño de 12 años enrabietado por el abandono del que se supone un amigo suyo, una conquista personal en la figura de un donjuán que seduce a la madre del joven.

Más allá de la anécdota de infidelidad, lo interesante es la evolución de Edgar, ese hijo enfadado, que se enroca en diseñar una venganza contra los adultos. Y es que el deseo de pertenecer a ese mundo choca con su edad en la que descubre secretos, inexplicables para él, alimenta sueños, crea fantasías en un deseo compulsivo y lleno de obsesiones por participar de un tiempo que todavía no le corresponde a él, pero que no le es ajeno del todo.

Lectura intensa en su brevedad, relato conmovedor y apasionado, lleno de silencios y gritos ahogados, violencia verbal y física, matizadas.

Las descripciones del entorno que envuelve a los personajes, sublimes: pictóricas y animadas, valga la contradicción, todo un personaje que se suma al trío de protagonistas.

Creo que Edgar y Antoinette, de 14 años, hija de los Kampf en El baile de Irène Némirovsky, se habrían llevado muy bien.

sábado, 7 de marzo de 2026

De paseo por Suecia:

         música y pintura en vísperas del 8 M.

Zorn
Anders Zorn - Medianoche, 1891
© Zornmuseet, Mora

Esta tarde sabatina, 7 de marzo, se celebra la Gran final del Melodifestivalen 2026, o sea, una especie de Benidorm Fest pero en el país que más sabe de triunfos eurovisivos.

Recorro algunas de las melodías que van a actuar en el Strawberry Arena de Estocolmo y los 12 finalistas entonan canciones clásicas al modo de ABBA, otras divertidas y asincopadas, algunas folclóricas: toda la sociedad de ese país tan septentrional aparece representada.

Y permítanme el salto cualitativo, pero se trata de algo parecido a lo que realizó Zorn en el siglo XIX y durante las dos primeras décadas de la siguiente centuria.

Se acaba de inaugurar una nueva exposición dedicada a este pintor sueco en la Fundación Mapfre de Madrid.

Digo nueva, porque hace 34 años, asistimos en el Museo Sorolla a un maravilloso diálogo entre Anders Zorn y su amigo el artista valenciano.

La recuerdo con asombro y placidez: comparar luces, motivos y figuras, temas marítimos, retratos. Ambos a su manera, con su pincel y su ojo terruñero, del norte de Europa al levante. Había un aire de cierta similitud, pero eran más las diferencias que les aproximaban. Hoy por las salas en las que luce, solo Zorn, atiborradas de visitantes, se oía: “es como Sorolla”.

No. No es como… ni como Velázquez o Rembrandt, ni como Degas.

Más allá de alguna leve concomitancia, el sueco pinta a su estilo. Con cierto resabio de niño rural y humilde, bien casado y capitalino después, premiado y cosmopolita con el tiempo. Viajero por Francia, España… su retina guarda atisbos de ciertos pintores decimonónicos, pero él es muy genuino y auténtico; dicen que olvidado y ahora rescatado. A mí me gusta su luz opaca, plana y blanca. Cuerpos blandos, paisajes intrincados, difuminados y mar abierto, infinito.

A Anders le falta la “traca” de Joaquín, el impulso valenciano y la vitalidad mediterránea.

Zorn, solo, sin el diálogo con Sorolla y el sonido del agua, parece adormecido…

Seguro que lo despiertan los cantantes que optan a representar a Suecia en Eurovisión 2026.

miércoles, 4 de marzo de 2026

La muy catastrófica visita al zoo

 


Joël Dicker estaba cansado y quería tomarse unos días de asueto en su quehacer literario.
La fama de sus “bestsellers” debe de abrumar y decidió mirar y ¿releer? algún cuento o novela corta de piscina veraniega que tenía en su biblioteca o en su cabeza: y dio en el clavo al encontrar Caperucita en Manhattan de Carmen Martín Gaite y Sin noticias de Gurb de Eduardo Mendoza.
En La muy catastrófica visita al zoo, ha diseñado una historieta en la línea de Los cinco de Enid Blyton, inefables e intrépidos jóvenes con los que crecimos muchos “boomers” de hoy o los afamados Hollister de Andrew Svenson que tantas costumbres norteamericanas nos enseñaron, y le ha salido una composición de 6 colegiales diferentes, o sea, con discapacidades diversas y variopintas, unos “rarunos” como les llaman los escolares “normales” que van a resolver un misterio urbano con la ayuda de la abuela de uno de ellos en modo Agatha Christie.
Y el resultado es una… una… a ver qué término se ajusta más a lo que acabo de leer: pongamos que se trata de una narración y ya. No da para más.
Fácil de leer, entretenida, sin pretensiones, innecesaria la presencia del epílogo y la nota del autor que añade al final: poco o nada tienen de justificación ante lo que encuentra el lector.
Me consta que “el color del cristal con que se lee” es algo muy subjetivo: conozco a quien le ha aburrido este libro, quien lo ha dejado antes de la mitad por tostonazo; yo me lo pasé bien, aunque no terminó de convencerme por simplón -hay voces que adivinan crítica social, reivindicaciones actuales e implicación moral (desde mi punto de vista, ni de lejos)- y, desde luego, no pasará a los anales de mis recuerdos, salvo como un ejercicio de redacción del propio autor de escribir un cuento. Sin gracia.
Insisto: Joël Dicker tuvo un día de flojera mental y física, cayó en sus manos algún relato que escuchó por ahí y lo plasmó en unas páginas que vuelan sin dejar la más mínima huella en la retina de quien las pasa.

sábado, 28 de febrero de 2026

“Aquí no se queda nadie:”

  Como hojas en otoño. Guía práctica para comprender la muerte y el duelo.

Libro Como hojas en otoño

Carlos Hernández es doctor en ciencias sociales, periodista y profesor. Pero sobre todo es un amigo que me acompaña; desde hace años, hasta ahora está presente en mi vida: en los malos momentos y en el jolgorio; en los pasillos de la universidad y en las presentaciones de mis poemarios.

Publica libros: sobre el cáncer, sobre la pandemia y la muerte, y este último: Como hojas en otoño, es un regalo. 

Atrapa desde el principio hasta el fin. Yo en dos días me lo bebí y lo acabé esperando la cita que tenía en el Centro de Salud. Se lo comenté a mi médica y me dijo: “Pilar, aquí no se queda nadie”.

De eso tratan estas hojas de otoño y de verano… da igual que sea estacional o estructural: la muerte nos iguala. Pero el duelo nos hace diferentes. A mí, con los años, me interesa mucho este tema y cada vez observo que ocupa más tiempo en mi mente y en mi corazón, no sé si llega a ser obsesivo.

Un lugar común es la tan cacareada idea de que, en ciertas culturas, la nuestra, por ejemplo, caucásicos blancos norteños, no se nos enseña a vivir con la muerte, sino a darle la espalda en una suerte de desafío divino a nuestra inmortalidad.

Cuando visité Camerún, aprendí que allí en Maroua, la muerte está entre los habitantes de una ciudad caótica, y me llamó la atención la sorpresa que desprendían los niños ante una “Madame blanca”, que creían enferma por su palidez.

Carlos Hernández, nos planta un espejo frente a nuestra imagen: recorre con cariño y sabiduría qué es el dolor, el sufrimiento espiritual y físico, el camino hacia la muerte. Ese tránsito que cada uno va a navegar a través de la fe, la laguna Estigia, el universo, o la nada. Se suceden los capítulos dedicados a distintos tipos de muerte, diferentes formas de afrontar el duelo y de seguir viviendo.

Sin resquicio de sospecha ni de reticencia, con una objetividad brutal, llena de experiencia científica y personal, las hojas de otoño vuelan sin parar, llenando minutos vitales, los del lector que asume la finitud de la vida, los límites de nuestro devenir.

La lectura es muy amena: sabemos que, si un tema no agrada, a otra cosa, mariposa: es la inmediatez de lo que disgusta y no interesa. Un libro para leerlo seguido a trozos, para volver y re-volver una vez y otra más.

En un mundo de celofán y “brilli brilli”, a la muerte con su guadaña literaria y medieval, la dejamos para Halloween. Por eso, con este libro, su autor nos toca el alma, nos llega al corazón y a la propia vida, la nuestra.

Acompañan al libro las imágenes de Eva Gonzalo Núñez, amiga del escritor.

Letras y figuras, vida y muerte, ilustraciones escritas y escritura ilustrada que hacen de "Como hojas en otoño", un privilegio.

Gracias, querido Carlos.

lunes, 23 de febrero de 2026

"La acabadora" de Michela Murgia

La acabadora, libro de Michela Murgia

Magnífico: desde la primera línea hasta el punto y final. 

Michela Murgia, cuenta en su primera novela, La acabadora (Narrativa Salamandra, Barcelona 2011) con una prosa apretada, tejida a conciencia… como los trajes de su protagonista, modista de hechuras humanas.

 Una historia de conmoción hipnótica que no permite un respiro ni un alto en su lectura: desde Soreni a Turín, la pequeña María nos conduce por un seísmo sentimental del que nos recuperamos al acompañar a su “maestra” en su último estertor.  

Magistral caracterización de personajes como el adolescente Piergiorgio, sin distracciones adjetivales; narración sustantiva llena de quieta acción ante la que el lector siente deseos de poner orden, de gritar y zarandear a seres a veces amarionetados, con alma, pero escondida bajo muchas capas, con intensas tragedias… y tal vez con esperanza.

(Reseña que publiqué en 2012 en la página "Tique con Q")