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lunes, 31 de agosto de 2026

"Madrid Colecciona" en CentroCentro

 

Madrid CentroCentro

Cincuenta colecciones de arte contemporáneo

Postrimerías del verano que pronto darán paso a las grandes exposiciones del otoño.

Mientras esperamos eventos culturales rutilantes, asisto a la exposición Madrid Colecciona en el palacio de Cibeles, el icónico edificio de Correos.

Cada vez que entro, aparecen como fogonazos imágenes del trasiego en aquel hall, hace décadas, llenas de trajín: carteros dejando sacas, rodillos metálicos que subían y bajaban paquetes, ventanillas de funcionarios, grises, muy grises y colas interminables para certificar, recoger, sellar…

Nada de eso queda hoy. Silencio y espacios dedicados a la cultura en sus distintas plantas, lugares destinados al coworking, bistrós y cafés, sofás de colores para descansar.

CentroCentro

¡Ah! Y alguna que otra exposición. 

A la que acudo este sábado 29 me decepciona. Se trata de colecciones privadas que han cedido particulares. Una amalgama heterogénea en la que caben Juan Uslé, Pérez Villalta, Eva Lootz, Lara Padilla… No despiertan en mí ningún interés, más allá de reconocer algunas obras ya vistas en otros momentos y otras salas con más sentido que el criterio elegido en esta ocasión. Difícil de adivinarlo, por cierto.

Somos cuatro gatos (literal y metafórico) los que deambulamos entre pinturas y esculturas.

Hemos bajado al centro de Madrid a un CentroCentro que ha vivido mejores momentos, no solo por la añoranza de Correos sino por el acierto de encuentros culturales más afortunados que el presente.

¡Que venga el otoño, ya!


viernes, 7 de agosto de 2026

La Odisea

  de Homero a Nolan, la historia de siempre, la película del verano


La Odisea

Hace unos días, acudí al estreno de la cinta anunciada a bombo y platillo. Horas en la butaca sacudiéndome de encima testosterona a cascoporro, bíceps, flechas, gritos, mugre, playas y cuerpos despedazados, transformaciones mágicas y rostros incólumes, pericia con el arco, sabiduría femenina, astucia en el palo mayor de la nave, sirenas, bestias, música dulce, paz y sospecha, celos y miedo, venganza, lucha y poder, triunfo del bien, recuperación de la honra y del trono.

El relato clásico hecho fotogramas. Narración ¿ficticia? ¿Hay alguna intención de realidad? Todo preparado para mover los sentidos se asista a un pase con efectos directos sobre el propio asiento o no.

Sin descanso, sin ganas de interrumpir las tres horas de duración y agotamiento final. Bien, recomendable. A mí me recordó a la inefable El coloso en llamas (no sé muy bien por qué).

Se pusieron de acuerdo escritor y director y dieron importancia a casi todos por igual: de los principales a los comparsa, destacaría la siempre enigmática Circe, viscosa y sanguinaria. ¿Feminista? Más bien superviviente. Penélope, impertérrita y satisfecha y Odiseo, ganador.

Me impresionó Polifemo, personaje tan traído y tan llevado en la lírica renacentista y barroca. ¡¡Cómo traiciona la imaginación!! Qué escurridiza es la lectura de ese gigante cruel y enternecedor.

Película para ver en casa. Libro para retomar siempre.

sábado, 1 de agosto de 2026

Carmen Laffón en el Thyssen

                                                             pintura y sesgo de género


Exposición en el Thyssen


La exposición estrella de este verano en el museo Thyssen la ocupa la artista Carmen Laffón, conocida de estas salas y de otras tantas nacionales e internacionales. 

Pasear entre sus cuadros resulta evocador, entendido el adjetivo como reconocido, pretérito, imaginado en el presente y observado en el instante, real desde la sugerencia. 

Reaparecen Sorolla, Hammershoi, Zorn y Antonio López: del Mediterráneo al Báltico, de Sanlúcar a Madrid. 

Objetos domésticos, puertas y ventanas, armarios y mesillas, bodegones, paisajes infinitos, horizontes abstractos: Mark Rothko descuella entre la intensidad del rojo marronoso y del azul grisáceo. Sal marina, cal y yeso para iluminar paredes, casas y patios. 

 No puedo evitarlo: ¿hay algo propio y distintivo de esta pintora? Siento la punzada de creer que todo es copiado, remedado de otros, poco original y casi nada singular. 

 Caigo en un error de bulto, quizá ignorancia de visitante que espera mucho y desconoce que Carmen Laffón pertenece a la generación del realismo pictórico del siglo XX. Por lo tanto, hay un aire de grupo de artistas -hombres y mujeres- que poseen las mismas características: temas, técnica… entre ellos. 

 Pero me inquieta que no haya pensado en que sus colegas, algo mayores que ella, cierto, copiaran o se inspiraran en otros (en ningún caso en otras), es decir, que soy capaz de conceder poca personalidad a los cuadros de la fémina sevillana y considerarlos remedos, evocaciones -variaciones se titula esta muestra- y no a los de pintores también realistas. Un sesgo de género lamentable. Ellos son los pintores y ellas copian. 

 Mea culpa. La exposición brillante, en sí misma. Carmen Laffón, sin duda, es un modelo hoy, para la historia del arte presente y futura. Y punto.

lunes, 13 de julio de 2026

Sábado por la tarde en la ópera: Il trovatore

Il trovatore en el Teatro Real

En alguna ocasión ya he confesado que a mí de la ópera me gusta el postureo: copa va, copa viene, saluditos en algún salón alfombrado, sonrisa a ciertos conocidos del mundo celebrity y poco más.

Pero ocurre que voy mucho al Teatro Real y de tanto acudir con buenas y malas entradas, algo se le queda a una, bueno, y que no soy tan neófita de la cosa, como para no entender qué está bien y qué es un dislate.

El sábado 4 de junio, Il trovatore. Magistral. Sin paliativos. Me ardían las manos de aplaudir y aunque al principio casi cierro los ojos para sestear, no llegué a hacerlo porque irrumpió la mezzosoprano Teresa Romano que me hizo recordar la dificultad de “alumbrar” esa tesitura vocal con tanto tino como el que demostró la artista.

Brilló en todos sus momentos, interpretando a Azucena, -la auténtica protagonista- brilló y, por supuesto, irradió brillo al resto del elenco: tenor, barítono, y a Saioa Hernández, soprano en el papel de Leonora.

Brava una y brava la otra. Me quedo con la dulzura envolvente y amaderada de la primera, con los agudos y los graves sin fisuras de la hija vengadora que cumple el designio de su madre. El público quería más. El coro, monumental. El espectáculo me atrapó, me quedé enganchada en el escenario. Suspendida de una escenografía escueta, esencial y adecuada. Luces, orquesta, sonido y al final… Una tarde brillante (el orgullo con todo su orgullo lucía cerca) para un sábado inolvidable en el Real.


domingo, 5 de julio de 2026

Ewa Juszkiewicz en el Thyssen

                                 ¿dónde están los rostros?


Exposición Thyssen

Me atrae el cartel, que anuncia la exposición de esta pintora polaca, titulado Gloriosa. 
Luce una flor colorida, turgente, explosiva. Me recuerda a Georgia O’Keeffe, pero va a ser que no. La imaginación es muy traicionera. 

Subimos a la primera planta y lo primero que vemos son cuadros con mucho color, con figuras femeninas cuyas cabezas están cubiertas de ropajes, telas suntuosas, peinados imposibles. Ni rastro de facciones, ni asomo de gestos faciales. Nada. Cabezas escultóricas encima de cuerpos más o menos naturales. Alarde de fulares, velos tupidos, algunos coronados por un incipiente tallo de flor que emerge entre tantos pliegues. Quien me acompaña, no lo duda: “parece hecho con inteligencia artificial”.

A mí los lienzos me decepcionan, no me dicen mucho y en todo caso, encuentro lo consabido: no es muy original tapar cabezas a modelos bien en pintura o en la pasarela. Ya lo hizo David Delfín en Cibeles en 2002 con capuchas que simulaban burkas, según afirmó.

En el caso de la artista que nos ocupa, me cuesta rellenar de literatura unas pinturas exentas de interés, ni de proyección; al final, he realizado un experimento: en tres fotos que añado a esta reseña, aparezco con un fular sobre los hombros, quitándomelo en pleno movimiento y…voilá, queda sujeto en mi mano. Salgo pensando cómo habría sido la tercera foto con mi chal enrollado en la cabeza: un despropósito.

Trío de fotos

Exposición prescindible. Quizá con los años, la autora, milenial, evolucione o no, hacia algo distinto. Aunque soy consciente de que “para gustos, los colores”.

jueves, 18 de junio de 2026

Alimento para el espíritu

                                 bálsamo para el cuerpo



Concierto Icade

Ayer, miércoles 17, en la capilla de Icade y dentro del marco de la recién inaugurada Cátedra Arte y Transcendencia entre las universidades de Comillas y Deusto, asistimos a un concierto de música dirigido por el Maestro Ignacio Yepes.

En estos momentos de ansiogénesis académica, en las postrimerías del curso universitario, un público atento y entusiasmado tuvo la oportunidad de escuchar al Ensemble QNK Ópera interpretando Stabat Mater de Luigi Boccherini en su primera versión de 1781.

Las sopranos Alicia Sánchez y Carla Ortega junto con los violines de Ruth Olmedilla y Sarai Pintado, la viola de Alfonso Moreira, el violoncello de Miriam Olmedilla y el contrabajo de Elena Courín, encandilaron al auditorio. Voces e instrumentos al unísono con la dirección de la batuta magistral de alguien tan inteligente y generoso como el Maestro Yepes.

Con él tuve la ocasión de charlar un rato antes de su intervención y coincidimos en la “inutilidad del arte” en el “para qué”… Arte es un poema, un edificio, una pieza musical, una fotografía… ¿sirven de algo? Sin duda. Están para su contemplación, para observar con nuestra mirada, para nutrir el espíritu.

El concierto de ayer nos transportó a recovecos personales, nos inspiró pensamientos humanistas, proyectó esperanza. Fue PAZ. Un lujo, un regalo.

viernes, 5 de junio de 2026

Romeo y Julieta en el Teatro Real…

                                                         ¡perdón! Gnomeo y Piruleta en el circo

Romeo y Julieta - Teatro Real de Madrid
¿Recuerdan cuando los críticos de ópera, supuestamente entendidos, denostaban a las sopranos por su físico? Por gordas, sí, sin paliativos ni eufemismos, orondas y desbordantes de carnes… resultaba inverosímil que una protagonista muriera de tuberculosis si lucía rolliza.

En la actualidad, la mayoría de las intérpretes de ópera parecen juncos cimbreantes, sílfides y ninfas. Unos cuerpos, poco realistas para muchos de sus papeles, pero a ojos del público muy estéticos y agradables de ver, más allá del papel que interpreten.

¿Y ellos? ¿Los tenores?

Nadie les va a decir nada: chaparros, barriletes, cuadrados y tapones, escuetos, de pierna corta y barriga cervecera: calificativos que no tienen que ver con el personaje que representan, son así de natural y así aparecen en el escenario.

En las últimas funciones operísticas a las que he asistido en el Real, me han invadido las ganas de salir corriendo por no gritarle al varón, que se pusiera alzas, una escalera o se subiera al andamio para alcanzar mínimamente a su partenaire femenina; pero todavía no he leído nada al respecto. A ellos se les perdona ese físico de cuñado o de vecino del  cuarto.

Ellos sí pueden exhibir su escuetez o sus mollas, ellas, no.


Ridículo y sexista. En Romeo y Julieta, fue un escándalo, -además de la mascarada circense que nos tragamos, la ceguera que produjo entre el público un foco mal puesto-, la estética de lo asimétrico: Javier Camarena no alcanzaba al cuello de Nadine Sierra, que se retiraba hacia atrás con una pierna flexionada y así parecer a la altura del tenor, o con manoletinas y sandalias de tacón sensato, o en un escalón más abajo para besarse.

Romeo no calculó la altura de la barca, ni del catafalco…imposible. Julieta, sí.

Fue un estreno de llorar y no de emoción. A mí me pareció estar en un circo con un “ñomeo” que pretendía acercarse a la “piruleta”.

martes, 2 de junio de 2026

La vengadora de las mujeres de Lope de Vega

                                 en el Teatro de la Comedia de Madrid


Teatro La vengadora de las mujeres de Lope de Vega

Mira que prometí cerrar temporada teatral con el despropósito de El escondido y la tapada de Calderón; pues no, no hay manera de clausurar mi visita a este viejo corral de comedias y ahí estoy, un domingo 17 de mayo a las 20.00 ante la puerta de entrada con un público mayoritariamente femenino (pego la oreja entre la multitud y oigo a un varón que le dice a otro: “¿ves? Esto es cosa de mujeres” no sé si con paternalismo, displicencia o desprecio se referían al público o al título de la comedia del Fénix).

Cuando era estudiante de Filología, aprendí que este Monstruo de la naturaleza escribía a diario pliegos y pliegos en una actividad desenfrenada, y que firmaba obras y obras de su puño y letra que hacían gracia, mucha, a sus coetáneos.

Siempre sospeché que ni escribía tanto, ni firmaba tanto… el día tiene 24 horas y a él se le iban volando entre pendencias, destierros, abandono del lecho conyugal, arrepentimiento conventual y batallas militares… esta obra de sesgo feminista, dice el programa y la crítica, ni es feminista ni nada que se le parezca. ¿Lope de Vega feminista? Para partirse de risa.

¿Empoderamiento de la mujer? No se lo cree ni Laura, la protagonista, una petarda muy pesada y aburrida, cuya actriz lee mal el texto y lo interpreta peor, ni las dos sirvientas de ringorrango, ni el secretario (un Secun de la Rosa en su línea de gran actor) ni el público, que se troncha, y yo no.

Me parece una chabacanada la puesta en escena, el parchís viviente que lucen con el vestuario paupérrimo los actores, la mariposa del final que parece hecha con retales de parvulario para el día de la madre, o del padre, que no vamos a hacer distingos.

La acústica mejorable, los movimientos en el escenario, torpes, los gags al compás de la música, de una simplicidad ramplona…

Y a pesar de todos esos peros, el teatro hasta la bandera, la gente se lo pasó muy bien y yo me fui, agotada y decepcionada.

¿Será por mi edad? ¿Porque ya he visto mucho teatro?

No es un gran descubrimiento esta obra de Lope, que lo mismo la escribió alguien de su escuela, un “negro” anónimo, al que pagaba o no.

Quien no vaya a verla, no se va a perder nada. Mejor una serie de televisión, una cerveza 0.0 en la terraza o un libro a la sombra, por los calores que se nos vienen ya, como cada mes de mayo, por cierto.

sábado, 9 de mayo de 2026

El escondido y la tapada

                                     Un desacierto de texto y representación

El escondido y la tapada

A diferencia de lo que dice el programa, sostengo lo contrario: esta obra del octogenario áureo debería haber quedado escondida y tapada bajo muchas capas freáticas.

La joven compañía nacional de teatro clásico representa una comedia de enredo con bastante poca fortuna, mala dicción de verso, algún que otro trastabilleo fonético y escasa tensión. Escueto interés el argumentario de unos personajes-tipo de los que construye don Pedro para tener sus momentos terapéuticos y aliviar su conciencia o escupir rencores familiares.

Entre Lisarda, a la que no se entiende prácticamente nada y Mosquito, el bufón asustadizo con cierta gracia, hay un elenco de actores y actrices todavía por cocer.

Cuestión de práctica, ensayos y tiempo.

Cuando alguien se siente incómodo en su asiento, algo no está funcionando: y en esta ocasión, después de una hora (confieso que hubo momentos en los que cabeceé) no pasa nada: todo es plúmbeo, ni los cánticos del coro de tapados, ni el mamotreto de escenario en módulos “lego” y sofá de Ikea que van y vienen con pesadez según ocurra la escena. Todo pequeño, todo muy pegado, todo muy pesado.

Un completo aburrimiento para la tarde de un domingo veraniego, cuya temperatura en el exterior invita a pasar más rato fuera que congelados en el teatro por el aire acondicionado.

Un error del autor, de la dirección y de la versión.


jueves, 19 de marzo de 2026

Vuelvo a Copenhague

                                          con Hammershoi (1864-1916)  

¿El ojo que escucha?

Hommershoi
Rayos de sol o sol.
Motas de polvo bailando en los rayos de sol.


Y me pregunto… ¿dónde estarían Marie Kroyer y Anna Ancher, esas dos amigas danesas coetáneas del pintor nacido en Copenhague?

Visito el Thyssen: me traslado a ese país nórdico, tan silencioso. Sí, se escucha un silencio, un mutismo que golpea la vista cuando se observan las pinturas de Vilhelm Hammershoi.

Conozco la arquitectura de algunos países del norte de Europa: parece fácil perderse en estancias de losa pulida, techos altos, inhóspitos, difíciles de alcanzar y ventanas
cuadriculadas, perfiladas milimétricamente. El sol tibio y blanco se cuela por cristales y refleja su luminosidad matizada en el mantel de una mesa, en la partitura que reposa sobre el piano.

Y salgo a pasear por bosques cercanos a la capital, mientras las vías férreas me muestran granjas planas, quietas y calladas.

Puedo imaginar a esas dos pintoras, ¿amigas? ¿conocidas? del artista que plasma lo que siente y lo que ve en unos cuadros reposados e inquietantes a la vez: vacíos o a medio llenar. Casi inane su pincel choca con la actividad cómplice de Marie Kroyer y Anna Ancher. Ellas prefieren sus sonrisas cómplices, ataviadas de un blanco evanescente, gestos comedidos, quietud vital…

Pero ¿compartieron cenáculos, academias y talleres con Hammershoi? Artistas él y ellas artistas, también, que no parecen encontrarse, más allá de ser compatriotas.

El museo madrileño proporciona un transitar por salas llenas de curiosos, expertos y neófitos mientras se exponen cuadros de un pintor al que se le rinde homenaje en la actualidad. El siglo XIX y su paso a la nueva centuria fue pródigo en figuras e historias pictóricas que con el tiempo se van renovando ante nuevas generaciones, nuevos ojos.

El ámbito doméstico del matrimonio Hammershoi aporta un valor inusitado: la esposa en habitaciones familiares: el pintor, demiurgo de su propio devenir. Ella, de espaldas, ellas, las amigas confidentes, también… como si ocultaran una emoción soterrada que han de disimular: Anna Ancher (1859 – 1935) y Marie Kroyer (1867 - 1940) sobreviven al artista que estos días luce en Madrid. En aquel momento, sociedad de varones, hoy, también, aunque sigo constatando que la cultura con C mayúscula es cosa de mujeres: son muchas más las féminas que caminan con paso lento y atento por el Thyssen.

Merece la pena el paseíto por Copenhague y alrededores a través de las pinturas de Hammersoi, pero echo de menos “conversaciones” de sus colegas, mujeres pintoras, que vieron con otros ojos el país nórdico. Del silencio imaginativo a la recreación personal, faltan palabras, domina la ausencia de un diálogo que el ojo no termina de escuchar.

domingo, 15 de marzo de 2026

Los domingos, de Alauda Ruiz de Azúa

 

Película ganadora de los Goya 2026
Vaya convulsión anímica y corporal. Ver esa película difícilmente deja frío e impasible a alguien, más bien, hiela los vasos sanguíneos. Unos capilares que tiene atrofiados Ainara, la protagonista de 17 años a punto de entrar en la universidad y abducida por una mística extemporánea.

Hay escenas en las que la joven mira con arrobo a la cámara, al resto de su familia, amigos y al público que asiste atónito a sus delirios religiosos. Parece que le da el sol en los ojos y es incapaz de apartar la molestia que provoca esa luz natural frente a lo artificioso que nace de su decisión: meterse monja de clausura.

La tía Maite, lúcida y realista, comedida pero resuelta, tensa e intensa, su padre melifluo, blando y egoísta, inane, comodón y acomodado, el Padre Chema, viscoso y escurridizo y la madre priora, turbia y turbulenta, imbuida de un poder dominante; controladora de ánimas adolescentes que empiezan a despertar a la vida, carnal y deseosa de pasiones, frente a la entrega divina que proponen sus ojos, puñales de resquemor ante un mundo al que se conecta con un móvil racionado: solo ella lo usa y punto.

Una película que provoca lágrimas de pena y furia por el error que va a cometer Ainara; una cinta cuyo argumentario anima a la lucha contra el abuso de quienes no tienen nada que perder: una congregación religiosa como tantas otras que extiende sus tentáculos para contaminar a cierta juventud cuya visión espiritual está muy distorsionada de la realidad auténtica.

Quien lo conoció, lo sabe.

Hay un tufo a rancio en todo el film que resulta insoportable, irrespirable como los muros del convento que se cierran a un presente auténtico y genuino.

sábado, 7 de marzo de 2026

De paseo por Suecia:

         música y pintura en vísperas del 8 M.

Zorn
Anders Zorn - Medianoche, 1891
© Zornmuseet, Mora

Esta tarde sabatina, 7 de marzo, se celebra la Gran final del Melodifestivalen 2026, o sea, una especie de Benidorm Fest pero en el país que más sabe de triunfos eurovisivos.

Recorro algunas de las melodías que van a actuar en el Strawberry Arena de Estocolmo y los 12 finalistas entonan canciones clásicas al modo de ABBA, otras divertidas y asincopadas, algunas folclóricas: toda la sociedad de ese país tan septentrional aparece representada.

Y permítanme el salto cualitativo, pero se trata de algo parecido a lo que realizó Zorn en el siglo XIX y durante las dos primeras décadas de la siguiente centuria.

Se acaba de inaugurar una nueva exposición dedicada a este pintor sueco en la Fundación Mapfre de Madrid.

Digo nueva, porque hace 34 años, asistimos en el Museo Sorolla a un maravilloso diálogo entre Anders Zorn y su amigo el artista valenciano.

La recuerdo con asombro y placidez: comparar luces, motivos y figuras, temas marítimos, retratos. Ambos a su manera, con su pincel y su ojo terruñero, del norte de Europa al levante. Había un aire de cierta similitud, pero eran más las diferencias que les aproximaban. Hoy por las salas en las que luce, solo Zorn, atiborradas de visitantes, se oía: “es como Sorolla”.

No. No es como… ni como Velázquez o Rembrandt, ni como Degas.

Más allá de alguna leve concomitancia, el sueco pinta a su estilo. Con cierto resabio de niño rural y humilde, bien casado y capitalino después, premiado y cosmopolita con el tiempo. Viajero por Francia, España… su retina guarda atisbos de ciertos pintores decimonónicos, pero él es muy genuino y auténtico; dicen que olvidado y ahora rescatado. A mí me gusta su luz opaca, plana y blanca. Cuerpos blandos, paisajes intrincados, difuminados y mar abierto, infinito.

A Anders le falta la “traca” de Joaquín, el impulso valenciano y la vitalidad mediterránea.

Zorn, solo, sin el diálogo con Sorolla y el sonido del agua, parece adormecido…

Seguro que lo despiertan los cantantes que optan a representar a Suecia en Eurovisión 2026.

domingo, 14 de septiembre de 2025

Un dios salvaje… Un fracaso dominical


Cuando yo era estudiante universitaria (hace de esto ya unas cuantas décadas) estudiábamos en las aulas que asistir al teatro -en la capital matritense- los domingos por la tarde era una actividad burguesa. La connotación de este adjetivo suponía en aquel entonces, dedicar unas horas del descanso dominical al ocio selecto y selectivo de gentes de bien, es decir, de posibles económicos, personas que se atusaban el moño, y empingorotadas, aplaudían la función correspondiente del autor de moda: desde Buero Vallejo a Benavente o Muñoz Seca. Un amplio espectro dramatúrgico.

Hoy algo de todo eso ha cambiado. El público vespertino que acude al teatro los domingos es variado, variopinto, ruidoso, con el móvil en la mano mientras los actores se desgañitan… no hay outfits distintivos; lo mismo se ven zapatillas más propias del gym que tacones sensatos, botellas de agua, abanicos… mucho ruido. Las sillas crujen y no hay quien pare quieto.

Voy al teatro Alcázar: Un dios salvaje de Yasmina Reza. Durante una hora y 40 minutos, tengo que hacer esfuerzos por no dormirme, y casi me da un arranque de salir y no perder más mi tiempo: una no está para malgastarlo. Y sí, la función del domingo me salió cara, por lo que valía la entrada, el aparcamiento y el tiempo.

El fracaso viene del hecho de querer contarlo todo y a la vez: es lo que ocurre con el texto de la dramaturga y actriz francesa, también autora de Arte (un éxito, por cierto).

A los 10 minutos de arrancar los cuatro actores, convertidos en dos matrimonios, me aburro. Y pienso: “pero ¿qué hago aquí?” Paciencia…

A Luis Merlo, no puedo disociarlo de su papel en La que se avecina: vuelve a ser el “maestro don Bruno Quiroga”. Nada queda del papel magistral que interpretó hace muchos años en el teatro del Bellas Artes: su Calígula de Camus, fue irrepetible. El personaje de la famosa serie televisiva lo ha contaminado todo.

Natalia Millán, bien, muy bien diría yo. Clara Sanchís, meh y Juanma Lumbreras, borroso.

Tics y tocs, movimientos en un escenario rígido y estático; silencios sospechosos e incómodos (¿se les ha olvidado el diálogo?), entradas y salidas torponas, alguna gracieta de adultos, temática pasada, repetitiva, sin coherencia. Parece que todo vale para hablar de lo que la autora quiere.

La dirección del cotarro, lamentable.

Muy aburrido.

(Debería hacer más caso a la GenZ cuando nos grita a los boomers que uno debe saber su posición en el mundo y sus límites. Pues eso.)

lunes, 7 de julio de 2025

Aún quedan dinosaurios…

 


¡Qué tiempos aquellos los del tiranosaurio rex o del velociraptor! Más allá de sus rugidos, nos resultaban familiares porque defendían a su familia en un hábitat contaminado por la despiadada mano humana.

Ahora se han producido unas mutaciones, y en la última entrega de Michael Crichton, aparecen unos engendros mezcla de avatares, gremlins y godzilla

La ambición capitalista para comercializar un fármaco contra las cardiopatías irrumpe en un paraíso idílico. La venganza de los monstruos no se hace esperar: tragan a unos y despedazan a otros; sorpresa va y susto viene. 

Al final, se impone el orden en un “mundo” Jurásico donde se lucha por la salvación de la humanidad; un poco de populismo, gotas de moralina norteamericana, efectos especiales a cascoporro, diálogos con ciertas ínfulas de trascendencia, final feliz y todos a casa… tan contentos.

Aquel Tiburón que (nos) aterrorizaba en 1975, ha vuelto…animal y hombre por la supervivencia. Ha comenzado el verano: pistoletazo de salida para los estrenos estivales en las salas de cine refrigeradas.

Seguro que hay quien al leer esta breve reseña encuentra vestigios de la actualidad sociopolítica allá donde se encuentre vacacionando.

¡Prevenidos!

jueves, 2 de enero de 2025

De juerga con Donizetti…

María Stuarda - Donizetti

Pasamos una tarde en el Teatro Real. Se representa la ópera Maria Stuarda de Donizetti, basada en el texto homónimo de Schiller.

Entre Lisette Oropesa y Aigul Akhmetshina anda el juego: Maria e Isabel respectivamente, la escocesa y la inglesa a la greña en un escenario paralítico.
Un enredo de faldas, -bueno polisones, terciopelos, pelucones, perlongas, anillacos y pedrolos- con algún lío entre los gallos del corral: Leicester, Talbot…un sinvivir de tronío y tronos, herencia territorial, amalgama de poder, dolor, sangre y patíbulo: tajo y hacha para la testa de Maria que rueda entre llantos y venganzas. Fin. Aplausos y más aplausos.
La vida misma hecha historia por aquel tiempo histórico que tantas páginas han llenado
y de tantas consecuencias hasta ahora mismo. Somos hijos de nuestro pasado.
La música del italiano me recuerda a los pasacalles de fiestas populares, a las dianas que despiertan resacas y a rondallas de tunas que rondan. Dan ganas de moverse en la silla, de abrazar al de al lado y marcarse unos vaivenes al compás de la melodía marcada por un ritmo fácil y de percusión colosal. Y un coro, espectacular.
Vamos, una pura juerga, como en las sobremesas de los txokos, que en sincera
francachela se arrancan los varones haciendo varias voces. Igual que en escena: Maria
lamentándose, Isabel enrabietada, Maria piadosa, Isabel resolutiva…a pesar del
contenido trágico y del funesto destino de la protagonista, el compositor nos regala la
alegría de su música, dicharachera y optimista. Un puro juego.
Muy buen rato, como ya he dicho en alguna ocasión: fácil y rápido. Ópera corta y
amena. Sigo confiando en que del universo caiga un meteorito y descomponga por
completo el edifico -casposo y rancio- que alberga el canto (bel) capitalino; a ver si de
una vez se alza una nueva edificación al estilo de la ópera de Cracovia o la de
Copenhague con visibilidad per tutti.
Mientras tanto, yo me encierro con Donizetti en la jaula: sonido en directo e imagen en
pantalla gigante.

lunes, 30 de diciembre de 2024

Un trocito de París



París bajo la nieve
Hoy hemos caminado por pasajes que agrupaban patios de vecindad llenos de pequeños 
negocios familiares de estampación, chocolaterías centenarias, libros de viejo y juguetes antiguos, entre portales que suben a viviendas sin ascensor.
Laberintos angostos, y por encima de nuestras cabezas buhardillas enmarcadas en mansardas que perfilan el cielo gris plomizo de un París gélido. Es noviembre.
Cultura surrealista en el Pompidou: brillante la exposición.
Buena comida y compras por la tarde.
Al anochecer de la capital, en la ópera de La Bastille, La flauta mágica en un horror escenográfico. Aplaude el paisanaje que asiste al espectáculo: mucho esnob ataviado con ropajes imposibles, desgreñados…
Vuelta en el metro al hotel. Bullanga en las calles, cerveza y cigarrillos a tutiplén (no me
sorprende que ardiera la aguja de Notre Dame)
Y mañana, Louvre.