Parece que, allá en el
siglo XIX, el médico francés Guillaume Duchenne se interesó por la sonrisa humana y su relación con determinados
procesos neurológicos. Sus estudios le permitieron llegar a la conclusión de que
hay cierto tipo de sonrisa, la genuina y sincera, capaz de activar los
procesos intelectuales que se producen en la zona del córtex, generar
endorfinas y conducir al individuo a un estado de mayor felicidad.
martes, 23 de diciembre de 2025
La sonrisa
sábado, 20 de diciembre de 2025
Trascendencia
martes, 16 de diciembre de 2025
Escribir poesía en tiempos de Ozempic
![]() |
| Foto de Angèle Kamp en Unsplash |
Escribir
porque hay algo que contar, porque hay que sentir con los demás o porque
conviene no refrenar el impulso de reconocerse.
Escribir
poesía en la madurez vital con trazos de adolescencia prolongada; sin rubor ni
temor de Dios: escribir poesía, aunque para algunos solo lo hacen las abuelas,
a modo de pasatiempo cultureta, más femenino que varonil, es el Ozempic que
se inyectan las estrellas.
Poesía
desde Homero a Manrique, de Quevedo a Bécquer, de Florencia Pinar a Gloria
Fuertes, De Idea Vilariño a Delmira Agustini.
Escribieron
poesía con el auxilio de las musas, con la inspiración del momento y del sentir
personal. Se concitaron Melpómene, Erato y Clio, Talía y Euterpe en un
contubernio de risas satíricas y lamentos fúnebres, de elocuencia cómica y
ritmos bucólicos.
Sin Ozempic.
En
estos momentos de escualidez física y mental, triunfan frases más o menos poéticas,
de rango solemne y atisbo sentencioso: Vive la vida a tope, Disfruta la
vida, o A vivir que son dos días.
La escritura lírica no engaña y sí engancha, no niega y siempre afirma, es decir, acepta y consiente con una mirada complacida de quien lee sin tapujos, a corazón abierto.
La
autora que suscribe estas páginas es más del siguiente imperativo: “Deja a la
vida en paz”, que no sé si provoca una mueca de disgusto o falsea la realidad
propia y ajena, con el deseo de firmar un pacto por la inmortalidad y la eterna
juventud, incluso aunque los únicos firmantes de ese pacto sean líderes
lamentables y perniciosos para perpetuar años de longevidad.
No así
la poesía: hay quien afirma que los avatares históricos, las gestas heroicas
(valga el pleonasmo) se olvidan antes que muchos versos de antaño, embriones de
belleza, auténticos amantes benefactores en una promiscuidad literaria que no facilita
la farmacopea por muy celebrada que sea.
Escribir
poesía durante los años púberes o en la soledad senil de la que hablaba Góngora,
permite cambiar y transformarse en cuerpo y alma y no por inoculación del
pinchazo prometedor, sino para recordar qué es la lealtad, el desamor y la
ilusión. La escritura lírica no engaña y sí engancha, no niega y siempre
afirma, es decir, acepta y consiente con una mirada complacida de quien lee sin
tapujos, a corazón abierto.
Quien
escribe poesía realiza una ofrenda generosa, visible en el ara de rituales
sociales sin imposición y sin dirigir voluntades ni esperar aplauso, ni
resultados milagrosos. Tal vez mejore los
niveles de azúcar en la sangre y pueda reducir el riesgo de eventos
cardiovasculares serios; quizá puede ayudar a las personas, lectoras, a perder
peso, a hacer su travesía cotidiana más liviana.
Rimar
en asonante descoloca, imita una prosa en líneas cortas y cortadas, abruptas,
de un lado al otro de la página; hacerlo en consonante ubica y posiciona,
parece que da mayor y mejor sentido al poema de la vida.
Ni de
viejas ni de jovenas (así, llana gráficamente esta palabra, como la pronunciaba
mi abuela), escribir poesía consiste en jugar con las palabras, marearlas hasta
hacerlas caer en una casilla incorrecta para que tomen aire y vuelen, con ganas
y decisión, con elegancia. De eso se trata escribir poesía: elegir o escoger lo
selecto y lo distinguido en la apariencia y en el comportamiento. Las palabras
de la escritura poética refieren al aspecto, a la forma y la estructura y, por
supuesto, al contenido, al meollo.
Algunas
se evaporan y enmudecen, otras, más valiosas lo llenan todo de un poder inmisericorde
que atrapan y entrampan, atosigan y sosiegan.
Escribir
poesía supone frotar la lámpara maravillosa y que aparezca el genio o la
“genia” para llevar al lector a un mundo imaginado, no necesariamente
imaginario, un universo anhelado pleno de esperanza humana, sin riesgo de
ataque cerebral, ni saciedad estomacal.
Escribir
poesía, ahora y siempre. Inyección literaria sin efectos adversos.
sábado, 13 de diciembre de 2025
Thamar y Amnon
miércoles, 10 de diciembre de 2025
Llueve (Fruslerías)
martes, 9 de diciembre de 2025
"Las hogueras" de Concha Alós...
¡un viejo Planeta para un libro viejo!
He vuelto a caer… fiarse de las solapas y de la sinopsis en la contraportada, me está conduciendo a una pérdida de tiempo irremisible y a un enfado gradual. Un completo desatino el último libro que he leído.
Casi nunca incurro en el
despilfarro económico con el premio Planeta (ni en tapa dura ni en
formato de bolsillo); de ahí la importancia del casi, porque en esta ocasión,
de bruces me he dado con un título poco prometedor pero muy atractivo el
señuelo -por eso se llama cebo- del argumento: dos mujeres que intentan encontrarse
a sí mismas, cada una con su pasado y su presente, vidas anodinas, planas, sin
destellos de interés ni gracia. No son ni tan siquiera normales: una exmodelo
extranjera, sosa, casada con un hombre mayor desvaído, y una maestra de pueblo,
soltera y cabreada, con modorra vital.
Viven en una localidad cercana a la
capital de Palma. La lectura, tediosa; la escritura "viejuna". No hay tema que
destaque: descripciones de la taberna y sus lugareños, los incendios
veraniegos, el oleaje playero, callejeo turístico… piezas desdibujadas.
Y como todo Planeta, que se
precie, la cosa se resuelve con un poquito de sexo (muy matizado y más
imaginado que expresivo) y el trío que no falte: amante malote, que somete a la
“modeli” insatisfecha, y maestro paternalista que deja plantada a su homóloga
por otra mujer, pueblerina, para más señas.
Un rollo, por previsible y
tostonazo.
jueves, 4 de diciembre de 2025
Theodor Kallifatides
Una mujer a quien amar… (Me falta esa mujer)
He de reconocer que compré el libro, no por la trayectoria del longevo autor, sino por la sinopsis que aparecía en la contraportada. Muy sagaz quien redactara la misma, porque caí en la trampa.
Un libro espeso que se digiere con esfuerzo, con sensación pétrea que tal vez se deba al aire de la traducción o a la inercia paralítica de lo que acontece, que es poco y sin interés.
Esperaba que Olga, la supuesta protagonista se izara sobre los datos biográficos del escritor: una amalgama inconexa que da rienda suelta a su calentura mental desde Suecia hasta su añorada Grecia; un libro en el que su creador se justifica constantemente: por qué abandonó su país, por qué abandonó su lengua, por qué se quedó en el norte de Europa. Al final nos hace creer que encuentra un sentido a su vida, a su existencia: Olga, muerta, la mujer a quien amar, a la que no puede dejar sola en esas tierras.
El lector quizá espere más contenido del encuentro entre ella y él, más momentos vividos, hablados y compartidos entre una y otro.
Pero no hay tal ilusión.
Tira del hilo del recuerdo para hablar del vínculo con su madre, -hay algunos párrafos salvables en este sentido-, para describir a sus hermanos -pintura tediosa de ellos-, para sobrevolar su matrimonio… páginas desaprovechadas de un título que prometía y que se reduce a pensamientos deshilvanados de aquí y de allá.
Por eso, yo sigo preguntándome: ¿Dónde está Olga?
domingo, 30 de noviembre de 2025
El volcán
(de mi poemario "Deja a la vida en paz")
Costó entrar.
El vendaval de pasiones impedía
el camino,
pero los meandros de su memoria
allanaron la travesía.
Dormida, esperando,
ahogada en sueños, llegó la sed que calmó
con la luz.
La piel le quemaba el grito
mudo
que irrumpió de las entrañas,
insaciable
y sin quiebros.
El destino,
salvaje y turbulento,
explotó
voraz.
Se rompieron laderas y curvas,
dibujaron figuras
indescriptibles,
dolor
y aroma,
violencia
y emociones.
Estallido inaudible
que inundó la naturaleza.
Todo fuego,
todo lava.
La nada, sepultada.
miércoles, 26 de noviembre de 2025
Mirar atrás
(Colaboración de M. Regalado)
Al principio,
temí ser castigada cual la mujer de Lot
y sostuve al frente mi mirada.
Supe después
que mirar hacia atrás se llamaba «experiencia»
Hoy sé
que nada ocurre,
que mi piel
seguirá siendo piel y no salina,
si un día me detengo y, terca mi memoria,
me devuelve a otros tiempos,
a otras horas,
sábado, 22 de noviembre de 2025
Viaje al centro de África:
paseando por Maroua, donde el tiempo pierde su medida
Bofetada de calor nada más
aterrizar a mi destino: Maroua. Ruidos, bocina y motos, carreteras si asfaltar.
Chilabas blancas y celestes, trajes occidentales. Y yo. Parece que en ese
momento soy la única europea en la ciudad.
Hace algunos años… mi viaje a
la Universidad de Maroua en Camerún a finales de septiembre y principios de
octubre.
Más motos. Muchas y veloces.
Propias y ajenas a modo de taxi y medio de locomoción, como si fueran minibuses
porque encima de ellas se encaraman hasta cinco personas…y tan a gusto y tan
cómodos. ¡Qué pericia!
Y los baches y el polvo. Gente
y más gente por la calle principal y por las aledañas.
Voy con las ventanillas del
coche de mi anfitrión, abiertas, y a paso de tortuga en pleno atasco de más
motos, bicis y gente andando… saco el brazo para que me dé el aire. Los niños
caminan a nuestro lado y me saludan “¡¡Madame, madame!!” Soy la gota de leche
en medio de esta población risueña, bulliciosa, feliz y festiva.
No hay carriles ni separación
en la vía transitada por una masa colorida que se dirige con calma, una no sabe
bien hacia dónde. Se escucha música atronadora que escupen transistores de
puestos ambulantes, con voces chillonas que mercadean yuca, plátanos…
Cosmogonía temporal. A mí me
da la impresión de que los minutos se espesan, que las horas se han paralizado.
El tiempo no pasa, se deja pasar, está y existe pero no tiene medida.
Me invitan a tomar la cerveza
más típica, la 33. Sentados y sin prisa, una tras otra. Pasa la
tarde calurosa. Algunos piden refrescos, depende de la confesión religiosa de
los parroquianos que hoy me agasajan con un rato de ocio después de mis clases.
¿Un rato?
Anochece y la lamparilla de
nuestra mesa nos ilumina levemente, me cuesta ver sus caras, adivino sus ojos.
Continuamos al aire libre, sin tiempo.
Calor, mucho calor aquel final
de septiembre y principios de octubre.
Charlas y parloteo, la palabra
proferida, debajo o no del baobab, de tan larga tradición africana: hablar y
hablar… Paciencia, “el destino manda”, me aseguran, “si la vida no depende de
uno, ¿para qué preocuparse?” Filosofía pura en el corazón africano tan lejos de
mi tierra.
Maroua me parece un desierto,
muy próximo a Nigeria, limítrofe con este país tan convulso y peligroso. Se
mezclan en sus parajes, planos y yermos, los colores amarillo dorado y verde
pálido. Arbolitos escuálidos en las márgenes de la carretera, poca sombra
prometen a escasas cabras raquíticas.
Amabilidad a raudales,
cercanía, apretujones en el mercado, me aturullo con tanto hableteo, tanta
cháchara: todos se deshacen en sonrisas, mezcla de olores y aromas
indescifrables para el olfato occidental; cerca la mezquita y la fiesta del
sacrificio del cordero. Me cubro la cabeza y me ubican en la explanada separada
del lugar asignado para los varones que ocupan espacios delanteros. Sí, la
única europea en un país al que nuestros misioneros y monjas iban a catequizar…
Conforme pasan los días ya no percibo la coloración epidérmica. Han conseguido que me sienta una más, la profesora que va a impartir unas lecciones de español.
Los días comienzan con
temperaturas apacibles y viento suave hasta que al mediodía se arranca un
tormentón tropical que bambolea peligrosamente las ramas de los árboles. El
tiempo sigue dilatándose…
Se va la luz. Sistema
eléctrico, out of service. “No pasa nada”, me dicen, “comme
d’habitude”. Esperamos y dentro de un rato vuelve la luz y con ella la energía
artificial porque la solar pega de lo lindo. La arena de las calles ha sorbido
con fruición la lluvia torrencial de hace unos minutos.
Abanico, gafas y fular,
sombrero… no hay duda, no soy de Maroua, muy foránea.
Lo que siempre hemos visto en
imágenes y en visitas tridimensionales tras la pantalla, ahora lo perciben mis
sentidos. Estoy ahí en medio de ese mapa tranquilo y quieto a pesar del
movimiento urbano. No advierto prisa. De nuevo el tiempo se ensancha tanto que
llega a desaparecer. Para mí es un mundo inhóspito, exótico por lo diferente y
desconocido.
Pruebo la “soya” y aprendo a
comer con la mano ese plato típico envuelto en papel. Me cuesta, pero me fijo
en cómo lo hacen quienes me rodean. Y siempre la 33. Toque de queda
a las 8 para las motos y a las 9 para los coches. Ni entrar ni salir de la
ciudad. Se oye a lo lejos rezar, la voz que llama a la oración… Silencio en la
ciudad. A mí me pilla un día en un bar, otro en el hotel, siempre vigilada por
policías apostados a la entrada, no son tiempos para andarse con tonterías:
Boko Haram, al acecho.
Son entusiastas, agradecidos,
tienen la ilusión de salir de su ciudad, de su país y viajar a España que les
atrae como los cantos de las sirenas. Tertulieo y más descanso. Compartir sus
ansias de futuro, sus conversaciones más personales: siempre con la mirada
puesta en el continente europeo.
Y más calor, polvo y gente.
Mucha animación.
Resulta que en mi burbuja
“intelectual” soy la única autoridad, indiscutible para ellos. Mantienen una
actitud de casi servilismo y sumisión. Un respeto acendrado que me impresiona y
una distancia en el aula que me asombra.
Poseen unos profundos y
sólidos conocimientos de lengua y literatura. Yo he ido para sacudirles un poco
el estilo libresco en sus conversaciones, relajar el idioma que están
aprendiendo y hacerlo más familiar, sin ir pegado a lo literario.
Delgadísimos y muy oscuros. Me
han enseñado las distintas tonalidades del negro con una naturalidad
apabullante, como no podía ser de otra manera. Otros mundos otros parámetros.
Otra cultura. Ya no siento el paso del tiempo. Me ha atrapado y ahí estoy.
martes, 18 de noviembre de 2025
Laberinto endecasílabo
- M. Regalado
Mi gusto por la poesía y por jugar con las palabras, hace que este "laberinto endecasílabo" de Sor Juana Inés de la Cruz me produzca verdadera admiración y verdadera envidia.
Laberinto endecasílabo
para dar los años la excelentísima señora condesa de Galve al excelentísimo señor conde, su esposo. (Léese tres veces, empezando la lección desde el principio o desde cualesquiera de las dos órdenes de rayas.)Amante, —caro—, dulce esposo mío,
festivo y —pronto— tus felices años
alegre —canta— sólo mi cariño,
dichoso —porque— puede celebrarlos.
Ofrendas —finas— a tu obsequio sean
amantes —señas— de fino holocausto,
al pecho —rica— mi corazón, joya,
al cuello —dulces— cadenas mis brazos.
Te enlacen —firmes,— pues mi amor no ignora,
ufano —siempre,— que son a tu agrado
voluntad —y ojos— las mejores joyas,
aceptas —solas,— las de mis halagos.
No altivas —sirvan,— no, en demostraciones
de ilustres —fiestas,— de altos aparatos,
lucidas —danzas,— célebres festines,
costosas —galas— de regios saraos.
Las cortas —muestras de— el cariño acepta,
víctimas —puras de— el afecto casto
de mi amor, —puesto— que te ofrezco, esposa
dichosa, —la que,— dueño, te consagro.
Y suple, —porque— si mi obsequio humilde
para ti, —visto,— pareciere acaso,
pido que, —cuerdo,— no aprecies la ofrenda
escasa y —corta,— sino mi cuidado.
Ansioso —quiere— con mi propia vida
fino mi —amor— acrecentar tus años
felices, —y yo— quiero; pero es una,
unida, —sola,— la que anima a entrambos.
Eterno —vive:— vive, y yo en ti viva
eterna, —para que— identificados,
parados —calmen— el amor y el tiempo
suspensos —de que— nos miren milagros.
viernes, 14 de noviembre de 2025
Agua Viva
La ausencia de estilo en una escritora de intensas sensaciones:
Clarice Lispector
La variada producción literaria de Clarice Lispector la convierten en una de las mejores escritoras del siglo XX.
Viajes, dolores
físicos y mentales, traumas afectivos, amistad, hijos y filosofía: contenido
matérico de sus novelas, cuentos y poemas
Nacida Chaya Pinjasovna en Ucrania (1920) y de origen judío, tras pasar por Moldavia y Rumania de muy niña, llegó con su familia a Brasil: allí aportuguesará su nombre y será conocida por Clarice Lispector. Afincada en Río de Janeiro, se aficiona a lecturas de Eça de Queirós, Jorge Amado y Dostoievski. Colabora en periódicos y revistas y publica Cerca del corazón salvaje, por la que recibió el premio Graça Aranha.
Vida de mudanzas y trashumante siguiendo a su esposo diplomático por el que abandonará amigos y familia y del que al final acabará separándose, conoció Nápoles, Inglaterra, París, Berna...viajes y publicaciones, cartas y novelas. Añora su ciudad brasileña a la que regresa para retomar su actividad periodística bajo el seudónimo de Tereza Quadros.
Madre de dos hijos y traductora de su propia obra a diferentes lenguas. Mujer decidida a vivir independiente, colaboró con diferentes medios para conseguir dinero suficiente y forjarse su propia subsistencia.
Sufrió un
contratiempo que la marcará de por vida: un cigarrillo encendido mientras
dormía provocó un incendio en su habitación y le ocasionó importantes
quemaduras por una gran parte de su cuerpo; meses de ingreso en el hospital y
su mano derecha casi inmóvil para siempre. A partir de este episodio, su estado
de ánimo reflejará las marcas tanto físicas como psíquicas: comienza una rueda
de continuas y profundas depresiones.
Gracias al dominio del
portugués, inglés, francés y español, así como a la fluidez del yidis y hebreo
y conocimientos del ruso, realizará numerosas traducciones y adaptaciones de
obras extranjeras, muy reconocidas internacionalmente. Consiguió atesorar una
gran biblioteca personal.
Algunos de sus títulos
destacados: Lazos de familia, La manzana en la oscuridad, La pasión según G.H.y La hora de la estrella, entre otros. Murió
de un cáncer a los 56 años.
Algo sobre su obra Agua Viva
Al leer sus páginas,
no sabemos si son memorias, desvaríos, ensoñaciones, escupitajos del alma, reflexiones
de duermevela, prosa o poesía.
Se vacía intensamente para
compartir intimidades, sufrimientos, anhelos, realidad lacerante y
complejidades particulares. Describe emociones hasta fingirlas y creérselas con
una lengua muy aguda y reflexiva. Y no sabemos a qué “tú” van dirigidos sus
párrafos, sus secuencias, frases y expresiones de distinta extensión y variado
contenido.
El juego de espejos
entre ella misma y ese alguien que quizá reciba estas epístolas, o no.
La obsesión por el
instante, por su nacer hasta comerse la placenta y por la muerte que desea
recibirla con alegría en un reto al ser Supremo.
Caos espiritual, mente
errática que salta de lo concreto al concepto más abstracto, de los objetos
cotidianos a la filosofía más profunda. Una maraña de entresijos difíciles de
disolver y mucho menos resolver. El lector acude impávido y sorprendido sin
posibilidad de reaccionar ante la sucesión de fotogramas que desfilan agudamente
y pinchando la conciencia.
Dan ganas de abandonar
la lectura y de retomarla en mejor ocasión.
Podemos o no decidir
cómo leer esa prosa lírica o esos versos prosaicos.
Ha conseguido que nos
impliquemos y que seamos capaces de esquivar los dardos que asaetean.
Descubrimos destellos
clásicos y modernos, muchas lecturas y muchas referencias tejidas a su medida.
A veces intensa, a
veces plomiza, reiterativa y escueta, prolija y sintética: un caleidoscopio
difícil de desenhebrar.
Mucho yo, y mucho
nosotros, alteridad ignota que solo quizá ella conozca. Pronombres, fauna y
flora, fenomenología y religión, cuerpo y espectro.
Feminista, inagotable,
laberíntica, atorbellinada y extrema; lineal y circular. Nos deja al borde de
un precipicio inquietante: su propio abismo interior, tan perturbador.
Sin estilo, sin
estructura, con intención e intencionalidad.
No sé si recomendarla.
A mí me ha aturdido y a pesar de su valía literaria, no me ha interesado mucho.
(También puede interesarte: "Les gratitudes" de Delphine de Vigan)









