martes, 16 de diciembre de 2025

Escribir poesía en tiempos de Ozempic

 

Foto de Angèle Kamp en Unsplash

Escribir para comunicar, para sanar, para compartir, para uno mismo y para los demás; para pasar a la historia, y quién sabe si a la eternidad, o para guardar todo en un usb que la posteridad, más cercana y familiar, descubrirá.

Escribir porque hay algo que contar, porque hay que sentir con los demás o porque conviene no refrenar el impulso de reconocerse.

Escribir poesía en la madurez vital con trazos de adolescencia prolongada; sin rubor ni temor de Dios: escribir poesía, aunque para algunos solo lo hacen las abuelas, a modo de pasatiempo cultureta, más femenino que varonil, es el Ozempic que se inyectan las estrellas.

Poesía desde Homero a Manrique, de Quevedo a Bécquer, de Florencia Pinar a Gloria Fuertes, De Idea Vilariño a Delmira Agustini.

Escribieron poesía con el auxilio de las musas, con la inspiración del momento y del sentir personal. Se concitaron Melpómene, Erato y Clio, Talía y Euterpe en un contubernio de risas satíricas y lamentos fúnebres, de elocuencia cómica y ritmos bucólicos.

Sin Ozempic.

En estos momentos de escualidez física y mental, triunfan frases más o menos poéticas, de rango solemne y atisbo sentencioso: Vive la vida a tope, Disfruta la vida, o A vivir que son dos días.


La escritura lírica no engaña y sí engancha, no niega y siempre afirma, es decir, acepta y consiente con una mirada complacida de quien lee sin tapujos, a corazón abierto.

La autora que suscribe estas páginas es más del siguiente imperativo: “Deja a la vida en paz”, que no sé si provoca una mueca de disgusto o falsea la realidad propia y ajena, con el deseo de firmar un pacto por la inmortalidad y la eterna juventud, incluso aunque los únicos firmantes de ese pacto sean líderes lamentables y perniciosos para perpetuar años de longevidad.

No así la poesía: hay quien afirma que los avatares históricos, las gestas heroicas (valga el pleonasmo) se olvidan antes que muchos versos de antaño, embriones de belleza, auténticos amantes benefactores en una promiscuidad literaria que no facilita la farmacopea por muy celebrada que sea.

Escribir poesía durante los años púberes o en la soledad senil de la que hablaba Góngora, permite cambiar y transformarse en cuerpo y alma y no por inoculación del pinchazo prometedor, sino para recordar qué es la lealtad, el desamor y la ilusión. La escritura lírica no engaña y sí engancha, no niega y siempre afirma, es decir, acepta y consiente con una mirada complacida de quien lee sin tapujos, a corazón abierto.

Quien escribe poesía realiza una ofrenda generosa, visible en el ara de rituales sociales sin imposición y sin dirigir voluntades ni esperar aplauso, ni resultados milagrosos. Tal vez mejore los niveles de azúcar en la sangre y pueda reducir el riesgo de eventos cardiovasculares serios; quizá puede ayudar a las personas, lectoras, a perder peso, a hacer su travesía cotidiana más liviana.

Rimar en asonante descoloca, imita una prosa en líneas cortas y cortadas, abruptas, de un lado al otro de la página; hacerlo en consonante ubica y posiciona, parece que da mayor y mejor sentido al poema de la vida.

Ni de viejas ni de jovenas (así, llana gráficamente esta palabra, como la pronunciaba mi abuela), escribir poesía consiste en jugar con las palabras, marearlas hasta hacerlas caer en una casilla incorrecta para que tomen aire y vuelen, con ganas y decisión, con elegancia. De eso se trata escribir poesía: elegir o escoger lo selecto y lo distinguido en la apariencia y en el comportamiento. Las palabras de la escritura poética refieren al aspecto, a la forma y la estructura y, por supuesto, al contenido, al meollo.

Algunas se evaporan y enmudecen, otras, más valiosas lo llenan todo de un poder inmisericorde que atrapan y entrampan, atosigan y sosiegan.

Escribir poesía supone frotar la lámpara maravillosa y que aparezca el genio o la “genia” para llevar al lector a un mundo imaginado, no necesariamente imaginario, un universo anhelado pleno de esperanza humana, sin riesgo de ataque cerebral, ni saciedad estomacal.

Escribir poesía, ahora y siempre. Inyección literaria sin efectos adversos.

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