Vaya convulsión anímica y corporal. Ver esa película difícilmente deja frío e impasible a alguien, más bien, hiela los vasos sanguíneos. Unos capilares que tiene atrofiados Ainara, la protagonista de 17 años a punto de entrar en la universidad y abducida por una mística extemporánea.
Hay escenas en las que la joven mira con arrobo a la cámara, al resto de su familia, amigos y al público que asiste atónito a sus delirios religiosos. Parece que le da el sol en los ojos y es incapaz de apartar la molestia que provoca esa luz natural frente a lo artificioso que nace de su decisión: meterse monja de clausura.
La tía Maite, lúcida y realista, comedida pero resuelta, tensa e intensa, su padre melifluo, blando y egoísta, inane, comodón y acomodado, el Padre Chema, viscoso y escurridizo y la madre priora, turbia y turbulenta, imbuida de un poder dominante; controladora de ánimas adolescentes que empiezan a despertar a la vida, carnal y deseosa de pasiones, frente a la entrega divina que proponen sus ojos, puñales de resquemor ante un mundo al que se conecta con un móvil racionado: solo ella lo usa y punto.
Una película que provoca lágrimas de pena y furia por el error que va a cometer Ainara; una cinta cuyo argumentario anima a la lucha contra el abuso de quienes no tienen nada que perder: una congregación religiosa como tantas otras que extiende sus tentáculos para contaminar a cierta juventud cuya visión espiritual está muy distorsionada de la realidad auténtica.
Quien lo conoció, lo sabe.
Hay un tufo a rancio en todo el film que resulta insoportable, irrespirable como los muros del convento que se cierran a un presente auténtico y genuino.

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