de Jhon Boyne
Hará ya unos veinte años, muchos
lectores llegamos a John Boyne a través de El niño con el pijama de rayas: una obra breve y aparentemente sencilla que, a través de la mirada de un niño, abordaba
uno de los horrores más difíciles de la historia relativamente reciente.
Enfrentarse a
su obra Una escalera hacia el cielo es algo bien distinto. Aquí no hay
inocencia, ni ternura. Pareciera que, a diferencia de la primera, ésta no busca
conmover al lector, sino incomodarlo: en la primera filtraba el mal, mientras
que en ésta lo expone con absoluta frialdad.
Leer Una
escalera hacia el cielo ha sido para mí, casi desde sus primeras páginas, una
experiencia incómoda pero adictiva. Acompañar en sus andanzas a Maurice Swift,
su protagonista, un personaje seductor y físicamente atractivo pero moralmente
repulsivo; un ser ambicioso y manipulador
en el que, desde el primer encuentro, ya intuimos que su ambición no conoce
límites.
Así, uno de los aspectos
más perturbadores del libro es su reflexión sobre la ambición de éxito y la
ausencia de límites éticos para tratar de alcanzarlo.
No queda mejor
parado el mundo editorial. El que aparece en la novela no es abiertamente
corrupto, pero sí es pasivamente cómplice. Nadie pregunta demasiado. Nadie
quiere saber de dónde vienen ciertas historias si el libro funciona.
Me sigo preguntando la razón por la que, la
historia de un ser tan abyecto como nuestro protagonista, a la vez te repele y
te atrapa. Quizá ahí resida la singularidad de esta obra de Boyne:
conseguir que repulsión y atracción convivan en el lector a lo largo de su
lectura.

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