Como
si fuera una guía de viaje, recorremos caminos, laderas, visitamos playas y
localidades cercanas a Sandrigham durante las vacaciones de navidad de la
familia real.
Sin
citar nombres, aparecen el presidente de Estados Unidos, la primera ministra
británica, una cohorte variopinta de lores, sires, damas, cazadores, criados,
funcionarios… paisaje y paisanaje muy del gusto de un público amante de
aventuras por aquellos lares.
De
la capital al campo y de las granjas a los apartamentos, el lector se imagina
dentro de un cuadro, más o menos real, donde se ha producido un crimen… amable,
diría yo. Hasta el detalle más escabroso que supone la aparición de una mano
cercenada de su brazo correspondiente, resulta poco repulsivo y mucho menos
cuando se va desbrozando la historia del dueño de tal apéndice.
Todo
es suave, incluso la escena del final que parece hacer peligrar la vida de la
monarca: todo es fluido como los espirituosos que toman de aperitivo,
edulcorado como el té.
Una
lectura fácil, divertida, que entretiene y atrapa, sin otro propósito que pasar
un rato ameno con cierto lío de apellidos de ringorrango y final feliz, en
especial para la soberana a la que le gusta el orden y la armonía.
La
escritora, muy monárquica, aporta una imagen de Isabel, enternecedora, abuela
tranquila, mujer curiosa y justiciera.
Una
fantasía de cuento de suspense, recomendable en la que no faltan retazos de
nuevos aires: veganismo, crítica a la caza, defensa de la ecología, cambio de
referentes heteropatriarcales, apoyo al matrimonio gay… flecos que constituyen
todo un mantón de los cambios que se aprecian -más bien, se desean- en Reino
Unido.
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