PRÓLOGO DE MARCELINA REGALADO PARA MI POEMARIO "QUIÉN ME LO IBA A DECIR"
El cariño tiene estas cosas: por su parte, la generosidad de
invitarme a hacerlo y, por la mía, no saber negarme aún siendo consciente de
que un libro suyo merece el prólogo de alguien a su altura.
Y es que,
La amistad son corcheas
que saltan juntas
dice Pilar
en “La raíz”, uno de los poemas de este libro.
Fue hace ya algunos años... La joven Profesora Úcar tenía
entonces la valentía de ponerse en un aula frente a veinte o veinticinco abuelescentes
a los que una tarde a la semana transmitía su entusiasmo por la literatura.
¡Y vaya si lo conseguía! Y no sólo eso, sino que se hizo merecedora de la
simpatía y del afecto de todo su provecto alumnado.
Para mí concretamente, pasado no demasiado tiempo, dejó de
ser la Profesora Úcar para ser Pilar: mi amiga Pilar. Aún me pregunto cómo pudo
ocurrir: ella, una mente brillante, una personalidad atractiva y arrolladora, congeniando
con una simple (aunque devota, eso sí) aficionada a los temas en los que de
forma tan atractiva ella nos instruía.
Tampoco puedo olvidar que fueron su sugerencia y su
insistencia las que me impulsaron a participar en aquel certamen literario de
la Universidad, que me proporcionó el feliz momento de conseguir algunos de sus
premios. Su confianza en mis posibilidades obró el milagro de mi propia fe en
ello.
Y todo ello nos trae hasta aquí. Hasta esta osadía que
comentaba al principio.
Después de un paréntesis en nuestra comunicación habitual, al
reencontrarnos me sorprendió muy gratamente descubrir en ella una nueva faceta:
la poética, y verla plasmada ya en algunas publicaciones que leí con sumo
placer.
Esta introducción, pues, no tiene más autoridad que la que me
otorga mi afición a “devorar” poesía y mi profundo respeto y cariño por la
autora.
Y con el firme aunque difícil propósito de dejar a un lado el
sentimiento, que podría inclinar la balanza hacia la apreciación subjetiva, no
puedo sino evidenciar cómo entre los versos de Pilar halla su hogar y se cobija
la palabra exacta, esa para la que no cabe sinónimo alguno porque, como ella
misma nos recuerda a menudo: “la sinonimia absoluta no existe”.
Sí, en la poesía de Pilar la palabra es exacta. Y a veces
corta como navaja y otras acaricia como rayo de sol en invierno. Nunca es
ociosa, ni mero ornamento poético aunque, desde luego, es todo un goce estético
advertir su dominio, su maestría y la naturalidad con que utiliza cualquier
figura retórica.
Lo admitido y lo prohibido, el tedio y la ilusión, lo sereno
y lo exaltado, la dureza y la suavidad y hasta la rigidez y la ternura, son
contrapuestos habituales en la poesía de Pilar. Como lo es esa mixtura entre
vulnerabilidad e íntimo desgarro que de tan hermosa forma su poesía nos
confiesa.
El banco me
conoce.
Sabe de mi
tristeza,
conoce mi
nostalgia.
Pronto
pasará.
Como todo.
Si bien…
Algún día
más allá del
último aliento,
quizá,
tropezaremos
con algo nuevo.
Y puede, también, manifestar una dureza implacable ¿coraza
protectora quizá? Lean, si no, su poema “Confesión” y ese verso final,
inapelable, sin paliativos.
En fin, la indiferencia no cabe en el lector, una vez ha sido
atrapado por la emoción de su verso, por la pureza de su forma, por la
intensidad de cuanto nos comunica. Y para entonces, sin otra opción, ya no
puede sino dejarse llevar por la avidez lectora.
En “Quién me lo iba a decir” hallará el lector la belleza del
íntimo lenguaje, ese que no se aprende y que en Pilar es innato y consustancial
y fecundo. Sólo el verdadero poeta es capaz de convertir su poema en espejo en
el que el lector se reconoce. Y cuando esa hermosa simbiosis se produce, el YO
poético, que camina hacia el TU, culmina en el alborozo de un NOSOTROS.
Escribe, Doctora Úcar, para gozo de todos.

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