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Llueve.
Ya llueve.
Aún llueve.
Llevo llave.
Abre.
Abro
Orbe.
Mi orbe.
Arriba.
Arribo.
Una taza de té.
(Colaboración de M. Regalado)
¡un viejo Planeta para un libro viejo!
Casi nunca incurro en el
despilfarro económico con el premio Planeta (ni en tapa dura ni en
formato de bolsillo); de ahí la importancia del casi, porque en esta ocasión,
de bruces me he dado con un título poco prometedor pero muy atractivo el
señuelo -por eso se llama cebo- del argumento: dos mujeres que intentan encontrarse
a sí mismas, cada una con su pasado y su presente, vidas anodinas, planas, sin
destellos de interés ni gracia. No son ni tan siquiera normales: una exmodelo
extranjera, sosa, casada con un hombre mayor desvaído, y una maestra de pueblo,
soltera y cabreada, con modorra vital.
Viven en una localidad cercana a la
capital de Palma. La lectura, tediosa; la escritura "viejuna". No hay tema que
destaque: descripciones de la taberna y sus lugareños, los incendios
veraniegos, el oleaje playero, callejeo turístico… piezas desdibujadas.
Y como todo Planeta, que se
precie, la cosa se resuelve con un poquito de sexo (muy matizado y más
imaginado que expresivo) y el trío que no falte: amante malote, que somete a la
“modeli” insatisfecha, y maestro paternalista que deja plantada a su homóloga
por otra mujer, pueblerina, para más señas.
Un rollo, por previsible y
tostonazo.
El vendaval de pasiones impedía
el camino,
pero los meandros de su memoria
allanaron la travesía.
Dormida, esperando,
ahogada en sueños, llegó la sed que calmó
con la luz.
La piel le quemaba el grito
mudo
que irrumpió de las entrañas,
insaciable
y sin quiebros.
El destino,
salvaje y turbulento,
explotó
voraz.
Se rompieron laderas y curvas,
dibujaron figuras
indescriptibles,
dolor
y aroma,
violencia
y emociones.
Estallido inaudible
que inundó la naturaleza.
Todo fuego,
todo lava.
La nada, sepultada.
(Colaboración de M. Regalado)
Bofetada de calor nada más
aterrizar a mi destino: Maroua. Ruidos, bocina y motos, carreteras si asfaltar.
Chilabas blancas y celestes, trajes occidentales. Y yo. Parece que en ese
momento soy la única europea en la ciudad.
Hace algunos años… mi viaje a
la Universidad de Maroua en Camerún a finales de septiembre y principios de
octubre.
Más motos. Muchas y veloces.
Propias y ajenas a modo de taxi y medio de locomoción, como si fueran minibuses
porque encima de ellas se encaraman hasta cinco personas…y tan a gusto y tan
cómodos. ¡Qué pericia!
Y los baches y el polvo. Gente
y más gente por la calle principal y por las aledañas.
Voy con las ventanillas del
coche de mi anfitrión, abiertas, y a paso de tortuga en pleno atasco de más
motos, bicis y gente andando… saco el brazo para que me dé el aire. Los niños
caminan a nuestro lado y me saludan “¡¡Madame, madame!!” Soy la gota de leche
en medio de esta población risueña, bulliciosa, feliz y festiva.
No hay carriles ni separación
en la vía transitada por una masa colorida que se dirige con calma, una no sabe
bien hacia dónde. Se escucha música atronadora que escupen transistores de
puestos ambulantes, con voces chillonas que mercadean yuca, plátanos…
Cosmogonía temporal. A mí me
da la impresión de que los minutos se espesan, que las horas se han paralizado.
El tiempo no pasa, se deja pasar, está y existe pero no tiene medida.
Me invitan a tomar la cerveza
más típica, la 33. Sentados y sin prisa, una tras otra. Pasa la
tarde calurosa. Algunos piden refrescos, depende de la confesión religiosa de
los parroquianos que hoy me agasajan con un rato de ocio después de mis clases.
¿Un rato?
Anochece y la lamparilla de
nuestra mesa nos ilumina levemente, me cuesta ver sus caras, adivino sus ojos.
Continuamos al aire libre, sin tiempo.
Calor, mucho calor aquel final
de septiembre y principios de octubre.
Charlas y parloteo, la palabra
proferida, debajo o no del baobab, de tan larga tradición africana: hablar y
hablar… Paciencia, “el destino manda”, me aseguran, “si la vida no depende de
uno, ¿para qué preocuparse?” Filosofía pura en el corazón africano tan lejos de
mi tierra.
Maroua me parece un desierto,
muy próximo a Nigeria, limítrofe con este país tan convulso y peligroso. Se
mezclan en sus parajes, planos y yermos, los colores amarillo dorado y verde
pálido. Arbolitos escuálidos en las márgenes de la carretera, poca sombra
prometen a escasas cabras raquíticas.
Amabilidad a raudales,
cercanía, apretujones en el mercado, me aturullo con tanto hableteo, tanta
cháchara: todos se deshacen en sonrisas, mezcla de olores y aromas
indescifrables para el olfato occidental; cerca la mezquita y la fiesta del
sacrificio del cordero. Me cubro la cabeza y me ubican en la explanada separada
del lugar asignado para los varones que ocupan espacios delanteros. Sí, la
única europea en un país al que nuestros misioneros y monjas iban a catequizar…
Conforme pasan los días ya no percibo la coloración epidérmica. Han conseguido que me sienta una más, la profesora que va a impartir unas lecciones de español.
Los días comienzan con
temperaturas apacibles y viento suave hasta que al mediodía se arranca un
tormentón tropical que bambolea peligrosamente las ramas de los árboles. El
tiempo sigue dilatándose…
Se va la luz. Sistema
eléctrico, out of service. “No pasa nada”, me dicen, “comme
d’habitude”. Esperamos y dentro de un rato vuelve la luz y con ella la energía
artificial porque la solar pega de lo lindo. La arena de las calles ha sorbido
con fruición la lluvia torrencial de hace unos minutos.
Abanico, gafas y fular,
sombrero… no hay duda, no soy de Maroua, muy foránea.
Lo que siempre hemos visto en
imágenes y en visitas tridimensionales tras la pantalla, ahora lo perciben mis
sentidos. Estoy ahí en medio de ese mapa tranquilo y quieto a pesar del
movimiento urbano. No advierto prisa. De nuevo el tiempo se ensancha tanto que
llega a desaparecer. Para mí es un mundo inhóspito, exótico por lo diferente y
desconocido.
Pruebo la “soya” y aprendo a
comer con la mano ese plato típico envuelto en papel. Me cuesta, pero me fijo
en cómo lo hacen quienes me rodean. Y siempre la 33. Toque de queda
a las 8 para las motos y a las 9 para los coches. Ni entrar ni salir de la
ciudad. Se oye a lo lejos rezar, la voz que llama a la oración… Silencio en la
ciudad. A mí me pilla un día en un bar, otro en el hotel, siempre vigilada por
policías apostados a la entrada, no son tiempos para andarse con tonterías:
Boko Haram, al acecho.
Son entusiastas, agradecidos,
tienen la ilusión de salir de su ciudad, de su país y viajar a España que les
atrae como los cantos de las sirenas. Tertulieo y más descanso. Compartir sus
ansias de futuro, sus conversaciones más personales: siempre con la mirada
puesta en el continente europeo.
Y más calor, polvo y gente.
Mucha animación.
Resulta que en mi burbuja
“intelectual” soy la única autoridad, indiscutible para ellos. Mantienen una
actitud de casi servilismo y sumisión. Un respeto acendrado que me impresiona y
una distancia en el aula que me asombra.
Poseen unos profundos y
sólidos conocimientos de lengua y literatura. Yo he ido para sacudirles un poco
el estilo libresco en sus conversaciones, relajar el idioma que están
aprendiendo y hacerlo más familiar, sin ir pegado a lo literario.
Delgadísimos y muy oscuros. Me
han enseñado las distintas tonalidades del negro con una naturalidad
apabullante, como no podía ser de otra manera. Otros mundos otros parámetros.
Otra cultura. Ya no siento el paso del tiempo. Me ha atrapado y ahí estoy.
- M. Regalado
Amante, —caro—, dulce esposo mío,
festivo y —pronto— tus felices años
alegre —canta— sólo mi cariño,
dichoso —porque— puede celebrarlos.
Ofrendas —finas— a tu obsequio sean
amantes —señas— de fino holocausto,
al pecho —rica— mi corazón, joya,
al cuello —dulces— cadenas mis brazos.
Te enlacen —firmes,— pues mi amor no ignora,
ufano —siempre,— que son a tu agrado
voluntad —y ojos— las mejores joyas,
aceptas —solas,— las de mis halagos.
No altivas —sirvan,— no, en demostraciones
de ilustres —fiestas,— de altos aparatos,
lucidas —danzas,— célebres festines,
costosas —galas— de regios saraos.
Las cortas —muestras de— el cariño acepta,
víctimas —puras de— el afecto casto
de mi amor, —puesto— que te ofrezco, esposa
dichosa, —la que,— dueño, te consagro.
Y suple, —porque— si mi obsequio humilde
para ti, —visto,— pareciere acaso,
pido que, —cuerdo,— no aprecies la ofrenda
escasa y —corta,— sino mi cuidado.
Ansioso —quiere— con mi propia vida
fino mi —amor— acrecentar tus años
felices, —y yo— quiero; pero es una,
unida, —sola,— la que anima a entrambos.
Eterno —vive:— vive, y yo en ti viva
eterna, —para que— identificados,
parados —calmen— el amor y el tiempo
suspensos —de que— nos miren milagros.
La variada producción literaria de Clarice Lispector la convierten en una de las mejores escritoras del siglo XX.
Viajes, dolores
físicos y mentales, traumas afectivos, amistad, hijos y filosofía: contenido
matérico de sus novelas, cuentos y poemas
Nacida Chaya Pinjasovna en Ucrania (1920) y de origen judío, tras pasar por Moldavia y Rumania de muy niña, llegó con su familia a Brasil: allí aportuguesará su nombre y será conocida por Clarice Lispector. Afincada en Río de Janeiro, se aficiona a lecturas de Eça de Queirós, Jorge Amado y Dostoievski. Colabora en periódicos y revistas y publica Cerca del corazón salvaje, por la que recibió el premio Graça Aranha.
Vida de mudanzas y trashumante siguiendo a su esposo diplomático por el que abandonará amigos y familia y del que al final acabará separándose, conoció Nápoles, Inglaterra, París, Berna...viajes y publicaciones, cartas y novelas. Añora su ciudad brasileña a la que regresa para retomar su actividad periodística bajo el seudónimo de Tereza Quadros.
Madre de dos hijos y traductora de su propia obra a diferentes lenguas. Mujer decidida a vivir independiente, colaboró con diferentes medios para conseguir dinero suficiente y forjarse su propia subsistencia.
Sufrió un
contratiempo que la marcará de por vida: un cigarrillo encendido mientras
dormía provocó un incendio en su habitación y le ocasionó importantes
quemaduras por una gran parte de su cuerpo; meses de ingreso en el hospital y
su mano derecha casi inmóvil para siempre. A partir de este episodio, su estado
de ánimo reflejará las marcas tanto físicas como psíquicas: comienza una rueda
de continuas y profundas depresiones.
Gracias al dominio del
portugués, inglés, francés y español, así como a la fluidez del yidis y hebreo
y conocimientos del ruso, realizará numerosas traducciones y adaptaciones de
obras extranjeras, muy reconocidas internacionalmente. Consiguió atesorar una
gran biblioteca personal.
Algunos de sus títulos
destacados: Lazos de familia, La manzana en la oscuridad, La pasión según G.H.y La hora de la estrella, entre otros. Murió
de un cáncer a los 56 años.
Al leer sus páginas,
no sabemos si son memorias, desvaríos, ensoñaciones, escupitajos del alma, reflexiones
de duermevela, prosa o poesía.
Se vacía intensamente para
compartir intimidades, sufrimientos, anhelos, realidad lacerante y
complejidades particulares. Describe emociones hasta fingirlas y creérselas con
una lengua muy aguda y reflexiva. Y no sabemos a qué “tú” van dirigidos sus
párrafos, sus secuencias, frases y expresiones de distinta extensión y variado
contenido.
El juego de espejos
entre ella misma y ese alguien que quizá reciba estas epístolas, o no.
La obsesión por el
instante, por su nacer hasta comerse la placenta y por la muerte que desea
recibirla con alegría en un reto al ser Supremo.
Caos espiritual, mente
errática que salta de lo concreto al concepto más abstracto, de los objetos
cotidianos a la filosofía más profunda. Una maraña de entresijos difíciles de
disolver y mucho menos resolver. El lector acude impávido y sorprendido sin
posibilidad de reaccionar ante la sucesión de fotogramas que desfilan agudamente
y pinchando la conciencia.
Dan ganas de abandonar
la lectura y de retomarla en mejor ocasión.
Podemos o no decidir
cómo leer esa prosa lírica o esos versos prosaicos.
Ha conseguido que nos
impliquemos y que seamos capaces de esquivar los dardos que asaetean.
Descubrimos destellos
clásicos y modernos, muchas lecturas y muchas referencias tejidas a su medida.
A veces intensa, a
veces plomiza, reiterativa y escueta, prolija y sintética: un caleidoscopio
difícil de desenhebrar.
Mucho yo, y mucho
nosotros, alteridad ignota que solo quizá ella conozca. Pronombres, fauna y
flora, fenomenología y religión, cuerpo y espectro.
Feminista, inagotable,
laberíntica, atorbellinada y extrema; lineal y circular. Nos deja al borde de
un precipicio inquietante: su propio abismo interior, tan perturbador.
Sin estilo, sin
estructura, con intención e intencionalidad.
No sé si recomendarla.
A mí me ha aturdido y a pesar de su valía literaria, no me ha interesado mucho.
(También puede interesarte: "Les gratitudes" de Delphine de Vigan)
Por eso, en este momento,
las palabras, sobran.
Querida Marce: ¡¡larga vida a Palabradas!! Siempre.
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| "Danza koi" de Jimena Bravo |
Jimena Bravo Regalado nos presenta esta su pintura al óleo de dos peces koi nadando en un fondo azul profundo que sugiere movimiento y armonía, remolinos y líneas fluidas que evocan corrientes de agua. Trazos llenos de dinamismo y energía casi espiritual (a mí me recuerda a la representación gráfica del yin y el yang).
Leo con ganas este libro de Juan Tallón después de revisar en diagonal la sinopsis (siempre
excesivas y desparramadas) de la contraportada. Anagrama es lo que tiene:
cuenta de manera exhaustiva qué va a encontrar el público lector.
Se
lleva lo coral, sea a voces de grupo musical o en forma de dúo como es el caso:
Travis y Anne, pareja moderna de profesionales y padres de un niño, comparten
en estas escasas 155 páginas el trajín de la víspera de sus vacaciones
veraniegas, y con ellos asistimos a una canícula urbanita atosigante (real y
metafórica).
Él
cuenta sus peripecias en forma de soliloquio agónico, de conversaciones con sus
colegas en la revista de la que es subdirector y ella le da al monólogo
salpicado de comentarios interrumpidos constantemente, propios de una mujer
multitask.
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| “Timeless Magic”, 2023. Artículos Raku negros de la era Taisho (1912-1926), laca urushi, oro de 24 quilates y resina. Foto de Naoko Fukumaru. |
Ortega y Gasset nos lo advirtió: la importancia de las circunstancias de uno mismo. Y yo añadiría: las verdades de uno mismo. “Yo soy yo y mis circunstancias”. Yo soy yo y mis verdades. Por eso, porque son mías.
Al modo de Corto Maltés que se grabó la línea de la fortuna con una navaja y la escondía por el mal trazado que dejó en la palma de su mano, hacemos gala de nuestras verdades a grito herido y luego las escondemos, por si las moscas. Todo un universo muy personal, muy relativo con pretensiones de convencer al prójimo, de traerlo a nuestro terreno. Los debates políticos, las tertulias televisivas, los coloquios intelectualoides constituyen claros ejemplos de imposición de verdades taxativas que pretenden soslayar una fanfarronería e inmadurez solemnes de sus protagonistas. Abogo por la tolerancia y la pluralidad frente a la uniformidad; por el buen talante, ahora y siempre.
La heterogeneidad de las minúsculas piezas quebradas de una terracota, el diverso origen de nuestros antepasados, la pluralidad de pareceres y opiniones configuran una forma de ser abierta, con amplitud de miras sin estrecheces ni apreturas sino esperanzada hacia nuevos horizontes. Despejemos la maraña mental que nos aturde, salgamos a “reunirnos” solidariamente con un pegamento flexible y dúctil. Compartir, sumar, acercar, comprender…vivir con (o ¿convivir?). Debemos creernos con las tripas la cantinela de aceptar sin arrogancia lo diferente, saludar y acoger al lejano, esperar y dar…pensar y hablar bien, respetar. Escuchar y sonreír, construir. Pero con verdades, no medias verdades.
Como el kintsugi o como el marinero, el ser humano es capaz de recomponer algo nuevo con sus circunstancias personales para armar una colectividad saludable, veraz, revitalizada, llena de verdades, insisto. Vivimos inmersos en los –ismos: escepticismo, pesimismo, relativismo, victimismo, edadismo…poco artísticos y nada vanguardistas de antaño. Quizá una buena receta para elaborar un menú digerible consistiría en calmar al quejoso, acallar esas alarmas disonantes que nos llegan desde posturas ideológicas extremas, aguijonear al indolente que se deja arrastrar por la masa amorfa, despreciar al maldiciente, nada conciliador y detractor del bien social, y de postre, ironía y sarcasmo al prepotente. Bajarlo de la nube a la realidad, a la verdad. Igual tenemos que emprender los viajes que realizó Corto Maltés para aprender a pegar los platos rotos, para contar nuestra verdad y esmaltarla con las otras verdades ajenas. Verdades completas y no medias verdades.
Inquiero: ¿han leído nuestras autoridades a Ortega y Gasset? ¿Saben recomponer las piezas desencajadas? Querer es poder…”Me parto de la risa” (sin paliativos hiperbólicos).
(Publicado en El Obrero en Enero de 2021)
Armamos nuestras verdades a trozos y descubrimos que la reparación no borra las grietas, solo las celebra. - Pilar Úcar.