la inquietud de la calma nórdica
Pronto hará cinco años, publiqué en El Obrero estas reflexiones, casi un "pensar en alto", que hoy traigo a Palabradas blog.
El libro de Andersen sí, y las adaptaciones filmográficas también, en animación o con humanos de carne y hueso. Y no me producen placidez, hay algo desasosegante en esas imágenes, en esas líneas.
Y creo que ya lo he descubierto. Es la ciudad, la capital de Dinamarca.
Me advirtieron que poco accesorio en mi indumentaria y colores neutros, sin estridencias. Aquí todo el mundo es muy igual e igualitario, que no se noten distingos ni que uno destaque más que otro.
La visité por primera vez hace 18 años y a partir de entonces habré repetido viaje en ocho o en nueve ocasiones más. Por trabajo, de negocio que dirían los ejecutivos, a conferenciar preferimos los académicos.
Mercados al aire libre, calles peatonales, torres, tejados, plazas, flores y restaurantes, biblioteca, ópera, canales, anticuarios, Tiger, tranvía. Frío y viento. Calor, poco, y solo a ratos: tímidos rayos de sol que se cuelan por Copenhague.
Y bicis… riadas de bicis. No se necesita mucha atención por parte del turista al movimiento ondulante de la “serpiente monocolor” que se maneja con una gran pericia por la ciudad; sin titubeos para esquivar al peatón extranjero poco avezado en las reglas del carril ad hoc tan protegido en esos lares… ¡¡cuánto tiempo hace ya!!
El Tívoli y… Legoland muy cerca: hay que desplazarse para llegar hasta allí y montarse en las piezas gigantes de esas construcciones plastificadas que nos recuerdan nuestra infancia.
La Gliptoteca Ny Carslberg: mi edificio favorito, no me canso de recorrerlo. Llego pronto por la mañana y me siento en medio de la rotonda cubierta por una claraboya impresionante: según como luzca el día, el juego de colores más o menos matizados es un espectáculo.
Me animo a pasear por sus salas: historia y más historia; antigüedad y clasicismo hasta el presente. No suele haber mucha gente: a veces, grupos de párvulos, algunos señores mayores y yo, la guiri. Los vigilantes, siguen impertérritos nuestros pasos.
Es una preciosidad todo lo que alberga este museo.
Los daneses son altos, más altos que los mediterráneos y de ojos azules...Hay algo de tristeza en ellos.
Se ven muchos cochecitos de bebés empujados por padres: padre y padre. Niños y más niños por las aceras… Silencio. Se ríen bajito. Parques y jardines. Fuentes. Pura naturaleza urbanita. Patos y bancos.
Escuelas y colegios llenos de policromía en las paredes, móviles y figuritas infantiles, huertos y plantas, todo al tamaño reducido de sus moradores.
Campus universitario original con aularios de muros brillantes, cristaleras y cortinas de macramé (hand made); la sensación del chill out presente… algo de jipismo permanece.
Estación de tren antigua y organizada: ir y venir de gentes pero en orden, sin mucho estruendo; la atracción más llamativa: muchas lámparas que cuelgan del techo e iluminan el ladrillo y el acero de dicho enclave.

Y yo sin ver la sirenita: que si la estaban restaurando, que si la habían movido de lugar, que si habían derramado pintura sobre ella o la habían decapitado… es el símbolo del país y el ejemplo de los avatares sociales y políticos: como si de una pantalla se tratara, refleja ideas e ideologías más o menos vigentes.
Me aseguran que es más pequeña de lo que nuestra imaginación le concede: suele pasar con muchas esculturas del pelo y la sorpresa por el tamaño (menguado) está garantizada.
En los buses hay mucho espacio; suben y bajan con lentitud personas mayores. Bolsas destinadas a periódicos que se leen durante el trayecto: en danés, ¡ni torta! Jóvenes madres acceden por una rampa con sus bebés en unos carritos muy anchos y amplios. Se lleva eso de “my space please”.
Todo está ordenado, reglamentado. En una de mis visitas, el acontecimiento que conmocionó la capital fue que un grupo de jóvenes habían ocupado una casa dedicada a actividades culturales y la policía no sabía qué hacer ni con el edificio asaltado ni con los usurpadores. Rodeaban el local mañana, tarde y noche: movimiento, ninguno.
Todo tiene sus consignas y si algo se sale del excel o de la cuadrícula, susto mayúsculo.
Tanto orden y concierto garantizan ciertos derechos, pero yo me sentí muy alejada de un pueblo frío (y es verdad porque hasta en verano, lo hace) y sin expresividad.
A pesar de esa suerte de turbación personal, siempre me gusta volver a Copenhague tan “abarcable” y tan a mano. En invierno te cubres las piernas en las terrazas con mantas y sientes algo de calorcito con estufas que rodean las mesas a la intemperie. Un ratito para tomar el café y ya atosigan con un si vas a tomar algo más: “el negoci es el negoci”.
Comercios pequeños en bajos dedicados a artesanía, puestos callejeros de frutas, golosinas… Iglesias y credos protestantes, cánticos.
Negro y gris. A mí me gusta el diseño nórdico: más para verlo en otros que para lucirlo sobre mi anatomía.
Nada ha cambiado y me dicen que a los daneses les gusta ese aire de perdurabilidad, de inmovilismo, no sea que la metamorfosis por leve que parezca les trastoque sus parámetros mentales, sus comportamientos tan bien delineados y por supuesto, aprendidos. Inquietante…

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