de Alfonso Cruz
No sé muy bien qué es este libro, pero tampoco importa mucho. Siempre andamos buscamos sentido a todo.
Las 112
páginas que ocupan este título son un “dos por uno”.
Y creo que
se trata más bien de un estudio seudocientífico, de esos ensayos de alto
impacto que tanto nos obsesionan en la Academia. Al final, el autor hace un
refrito recopilatorio de estudios sobre la política cultural en Portugal:
cifras, resultados, estadísticas, gastos destinados por habitante a la cultura
de su país.
Y llego a
pensar que eso fue en su origen el libro y que las páginas restantes, es decir,
las 90 anteriores, son un estudio de caso, ficcionado, distópico… fantasioso, en
definitiva, para defender el papel de la cultura, su necesidad y en especial el
valor y la valía de la poesía y de los poetas; porque una familia (sin nombre
cada uno de sus miembros) decide comprar un poeta y llevarlo a su casa; resulta
que de todo el artisteo posible, son los que menos manchan, de ahí la facilidad
en darle acomodo entre ellos; eso sí, con diferente resultado según se
relacionan con él.
Asistimos
a la convivencia rutinaria de un matrimonio con un hijo y una hija adolescentes.
Lo más
interesante de esta lectura, que fluye rápida y sin tropiezos, es el estallido
del ama de casa. Lo mejor. El resto, un “sin más” le daremos.
Conforme
lo leía me recordaba el tan manido tema de “¿para qué sirve la poesía?” No hay
certamen literario, presentación de poemario en el que no se oiga: “¿y esto qué
significa? ¿Qué querías decir?” NADA. Me dan ganas de gritar. ¡¡NA-DA!!”
Un buen
amigo mío -te recordaré siempre, querido José Luis- dijo hace algunos años que
vivíamos épocas groseras, marcadas por una zafiedad en el lenguaje y que pocos
descubrían la actividad de leer poesía y de escribirla; se refería, sin duda, a
la dialéctica del
materialismo utilitario del arte.
Citaré: "Con frecuencia -escribe
Ovidio- mi padre me decía: ¿A qué inutilidad te dedicas? Ni siquiera Homero
dejó riqueza alguna". Con toda seguridad habríamos perdido mucha
riqueza, incontables bienes, si espíritus como Homero o como Ovidio,
contrariando su naturaleza artística, se hubieran dejado llevar por el
materialismo y el interés contable, empujados por personas incapaces de pensar
con mentes un poco 'inútiles'.
Ciertamente, no podemos evitar que la
naturaleza alumbre a gentes a quienes no les guste leer y gentes a quienes sí
les gusta leer, y escribir, incluso apasionada y artísticamente. Han nacido
predispuestas, han nacido inclinadas a la Poesía. ¿Estamos entonces ante una
disyuntiva fatalista y genética? Gusta de leer el que ha leído. Pero por qué ha
leído. Acaso por predisposición. Y, ¿cómo podemos romper el espacio vacío del
que no ha leído y no le gusta? Atravesando el camino de la disciplina
espiritual, el de la educación de la inteligencia y de los sentimientos.
Educar en la cultura -y en la poesía,
especialmente- es compartirla y dar razón de por qué la apreciamos y de cómo
hemos llegado a apreciarla. Y esta 'didáctica' guarda mucha relación con la
utilidad de la Poesía. Precisamente su utilidad reside ahí, en ese proceso de
participación mediante el cual podemos despertar la nota dormida, desarrollar
nuestros elementos innatos, nuestra personalidad natural al ponernos en
contacto con otros seres; reside en la aventura de gozar y vivir otras vidas
que hacen más rica y deleitable la nuestra; reside en ir más allá de nuestra
aldea.
Sancho Panza tiene unas palabras que
pueden servirnos de ilustración sobre el ensanche de nuestros límites con la
literatura, con la Poesía. No las pronuncia en relación con la lectura, sino
con la vida vivida más allá de las lindes de nuestra ordinaria vida aldeana. Se
las oímos cuando su vida se ha empezado a hacer literatura, literatura viva.
Recordémosle en el momento en que ha regresado a la aldea y su mujer Juana
Panza le pregunta con gran sentido humano y realista qué bien ha sacado de sus
escuderías, qué saboyana le ha traído a ella y qué zapatos para sus hijos (I,
52). Sancho no ha traído nada de esos bienes materiales, pero sí el sueño de
ser conde o el de gobernar una ínsula "no de las de por ahí, sino la mejor
que pueda hallarse". Y más adelante dice a su mujer, quien no comprende
nada de esas quimeras ya tan quijotescas, otras palabras para aplicar a la
lectura y a la creación poéticas, y a su 'inutilidad' práctica: " [...] no
hay cosa más gustosa en el mundo que ser escudero de un caballero andante
buscador de aventuras. [...] es linda cosa esperar los sucesos atravesando
montes, escudriñando selvas, pisando peñas, visitando castillos, alojando en
ventas a toda discreción, sin pagar ofrecido sea al diablo el maravedí".
Sancho ya ha aprendido a soñar y a vivir otras vidas, poco útiles pero deleitables. Esto, sin duda, lo procura también la cultura, la Poesía. Pero acaso la postura de Sancho con ser en cierto modo ejemplar no lo es de manera absoluta. No nos imaginamos satisfecha a Juana Panza con tales respuestas. (Tampoco lo está el auditorio que acude a eventos poéticos, ante las respuestas que reciben). En definitiva, he aquí otra vez, entre Sancho y su mujer, el conflicto que se planteaba al principio con Ovidio y su padre: el conflicto deleite-provecho, cultura poética y vida material.
No es baladí esta digresión, ilustra
de manera muy explícita y gráfica, el meollo del libro Vamos a comprar un poeta.
Pero no les anticipo el final… su
lectura resulta aconsejable.








