miércoles, 13 de mayo de 2026

“Clôture de l’amour”:

 

La clausura del amor

un nuevo escupitajo dramático de Pascal Rambert


Leo en francés el título de Pascal Rambert "La clausura del amor", traducción que no me gusta mucho; quizá fuera mejor “se nos rompió el amor” tan melódica, tan cantable en karaokes.

Lo malo de conocer algún título de un autor es la expectativa: volver a un escritor que nos gustó en su tiempo (remito a la reseña de Hermanas) crea ciertas esperanzas e ilusiones en su lectura. Es lo que ocurre con Clôture de l’amour: una pareja Stan y Audrey, solos, enfrentan su ruptura, por partes: primero el monólogo de él y a continuación a modo de réplica ella.

Él aturullado, a trompicones, repetitivo en bucle, abusador, violento… un pobre diablo, sinvergüenza, acomplejado (hoy diríamos tóxico) escupe su ignorancia interior, su descontento, su falta de acomodo en el mundo, en su mundo y en el de su pareja; para mí un auténtico lerdo, un paleto a pesar de salpicar su intervención de citas clásicas, igual que ella; aparecen nombres de artistas clásicos, figuras mitológicas…

Vamos, que, si el dramaturgo pretendía dotar de verosimilitud a la separación de la pareja protagonista, erró el tiro: muy poco realista la historia a la que asistimos con tensión muscular; se trata más bien de la excusa, del subterfugio literario de un hombre y una mujer para enhebrar temas sobre la vida, el amor, el trabajo, el tiempo, la dignidad, la entrega, la abnegación… y mucho más, un texto con pretensiones filósoficas, algo tostón, del que se deriva una sensación de “déjà vu” pero en mejor: Arthur Miller, Unamuno, Carmen Laforet…

Siguiendo los patrones estilísticos del autor, muy escenográfico, aludiendo siempre a quienes pudieran asistir, mudos e impávidos a los monólogos imprecatorios de uno y otra.

Aspavientos verbales, logorrea inusitada, agotamiento léxico, vomitera desde las tripas; parecemos estar en un frontón en cuya pared rebota una y otra vez la pelota de la culpa, el insulto, la pérdida del sentido humano, en un claro ejemplo de demostrar el valor de la palabra: si no se pronuncia no existe la realidad, aseguran. Lo dudo, añadiría yo.

Un libro, muy breve, pero intenso donde la destrucción absoluta campa a sus anchas.

sábado, 9 de mayo de 2026

El escondido y la tapada de Calderón de la Barca

                                     Un desacierto de texto y representación

El escondido y la tapada

A diferencia de lo que dice el programa, sostengo lo contrario: esta obra del octogenario áureo debería haber quedado escondida y tapada bajo muchas capas freáticas.

La joven compañía nacional de teatro clásico representa una comedia de enredo con bastante poca fortuna, mala dicción de verso, algún que otro trastabilleo fonético y escasa tensión. Escueto interés el argumentario de unos personajes-tipo de los que construye don Pedro para tener sus momentos terapéuticos y aliviar su conciencia o escupir rencores familiares.

Entre Lisarda, a la que no se entiende prácticamente nada y Mosquito, el bufón asustadizo con cierta gracia, hay un elenco de actores y actrices todavía por cocer.

Cuestión de práctica, ensayos y tiempo.

Cuando alguien se siente incómodo en su asiento, algo no está funcionando: y en esta ocasión, después de una hora (confieso que hubo momentos en los que cabeceé) no pasa nada: todo es plúmbeo, ni los cánticos del coro de tapados, ni el mamotreto de escenario en módulos “lego” y sofá de Ikea que van y vienen con pesadez según ocurra la escena. Todo pequeño, todo muy pegado, todo muy pesado.

Un completo aburrimiento para la tarde de un domingo veraniego, cuya temperatura en el exterior invita a pasar más rato fuera que congelados en el teatro por el aire acondicionado.

Un error del autor, de la dirección y de la versión.


martes, 5 de mayo de 2026

Pequeños azules

 

Pequeños azules. De Jimena Bravo.

Nuestra joven pintora invitada siempre en este espacio, Jimena Bravo, lo ha vuelto a hacer. Después de cautivarnos con su "Danza Koi", hoy vuelve a deleitarnos con una nueva obra: "Pequeños azules". Se trata de una pintura luminosa, fresca y muy atractiva.

En esta ocasión, Jimena toma algo tan aparentemente sencillo como  unos arándanos y consigue que llamen vivamente nuestra atención. No es sólo "pintar fruta": hay cuidado en cómo están colocados, en el papel que los envuelve y en los pequeños detalles como las hojas. Todo ello hace que la imagen se sienta cálida, natural y muy agradable de mirar.

Los azules destacan y están muy bien resueltos, sin que todo se vea igual. De hecho, hay algo que no es tan fácil como parece: conseguir que cada arándano se diferencie sin que todo acabe siendo una mancha azul. Jimena ha dado a cada pieza su espacio con pequeños cambios de tono, luces y sombras que hacen que cada uno de ellos tenga su relieve y se diferencie de sus contiguos. La intensidad de los azules, en contraste con el fondo claro, hacen que la mirada vaya directamente a la fruta.

Hay frescura, ganas y una forma muy natural de hacer las cosas.

Enhorabuena a la autora por este nuevo trabajo y gracias por compartirlo.