domingo, 12 de abril de 2026

Los poetas y abril

 (M. Regalado)

Glicinias en abril
Imagen: Glicinias - Parque Santander - Archivo personal

Abril tiene algo que desarma, a mí me lo parece. 

No llega de golpe, va llegando poco a poco: va despacito vistiendo al árbol de verde, va cambiando la luz,  va suavizando el aire… y, casi sin darte cuenta, cambia y suaviza también el ánimo. 

Quizá por eso ha fascinado tanto a los poetas: porque no es solo un mes más, es toda una sensación.

Todo florece, todo se abre. Como escribe Antonio Machado:  “Abril florecía frente a mi ventana…”. O como lo hacía Juan Ramón Jiménez en ese su tono sereno:  “¡Qué paz, abril!”.

Luz, calma, comienzo…

Pero no siempre es así. Hay también un abril incómodo, incluso inquietante. Como lo siente  T. S. Eliot:

“Abril es el mes más cruel: engendra
lilas de la tierra muerta, mezcla
recuerdos y anhelos, despierta
inertes raíces con lluvias primaverales.…”.

Parece decirnos que renacer no siempre consuela, sino que a veces despierta lo que estaba dormido. Y entonces, Abril,  no es solo belleza, también es memoria. Amarga. Memoria amarga.

Abril
Imagen:  Jardín vertical - Parque Santander - Archivo personal

Entre esos extremos se mueve el sentir de los poetas sobre abril. Puede ser el aire tibio y vivo que describe Federico García Lorca:

 

“Salen los niños alegres
de la escuela,
poniendo en el aire tibio
del abril canciones tiernas.”

 

 o puede ser una emoción difícil de nombrar. Quizá por eso abril vuelve una y otra vez a los poetas y a sus poemas: porque este mes no se explica del todo, más bien se siente. Y una sensación así siempre acaba buscando palabras.

jueves, 9 de abril de 2026

Houston, tenemos un “marrón”

 

El próximo gran paso en la Luna

“El inodoro del Artemis II tenía un problema”, informaba The New York Times en su edición digital.

 

Hay algo muy revelador —y a mi parecer un poco humillante, la verdad— en el hecho de que una misión destinada a conquistar la Luna pueda tambalearse por culpa de un retrete.

Durante varias décadas hemos estado perfeccionando motores capaces de desafiar a la gravedad terrestre, algoritmos que calculan trayectorias interplanetarias, y materiales que resisten al vacío, a la radiación y a temperaturas imposibles… pero seguimos siendo vulnerables a una tubería caprichosa.

Y es que sí, es verdad: aspiramos a colonizar otros mundos, pero no somos capaces de superar lo más básico. La biología sigue teniendo la última palabra. El cuerpo humano, con toda su fragilidad, nos recuerda que antes de ser exploradores del cosmos somos organismos sujetos a...  Los organismos, por muy heroicos que se crean, están sujetos a cosas muy poco heroicas.

Da igual si eres ingeniero aeroespacial con tres doctorados, mecánico de mantenimiento o astronauta a punto de hacer historia.

Yo encuentro en ello algo casi poético. Imagina la escena: un cohete de miles de millones de dólares, ingenieros en salas de control con numerosas y enormes pantallas, cálculos perfectos… y, en algún punto del sistema, un problema relacionado con algo tan poco glamuroso como evacuar.

Puede que nuestro verdadero límite en la exploración del espacio no sea la velocidad de la luz, ni la distancia de las galaxias, sino la apabullante realidad de que seguimos siendo criaturas con necesidades básicas. No importa cuántos kilómetros recorramos hacia arriba: seguimos atados a lo que ocurre hacia abajo.

Así que la próxima vez que mires al cielo y pienses en la grandeza que supone la exploración espacial, recuerda que: podemos rozar las estrellas, sí… pero siempre habrá un momento en el que alguien tenga que preguntar, con toda seriedad científica:

“¿Funciona el baño?”

(M. Regalado)

martes, 7 de abril de 2026

Visita académica al ISIT: reflexión sobre el discurso político actual

 

Isit París
(M. Regalado)

Invitada por el Departamento de Lenguas Modernas, la profesora Pilar Úcar participó la semana pasada en una destacada actividad académica en ISIT París Panthéon-Assas.

Durante su estancia, impartió dos conferencias dirigidas a estudiantes de Relaciones Internacionales bajo el título “El discurso político y los oradores en la actualidad. Técnicas de expresión oral”.

En ellas, la Profesora Úcar trató aspectos fundamentales de la comunicación política actual, tales como las tácticas que los líderes políticos utilizan en sus discursos para atraer la atención y crear audiencias cada vez más amplias y más diversas.

Las sesiones finalizaron con un fructífero debate que giró en torno a la ética del discurso político y su poder de persuasión.

La Profesora Úcar y la Responsable deLenguas Modernas del Isit
También se analizaron los retos y peligros de que los discursos se estén convirtiendo en verdaderos espectáculos masivos en los que la forma y la emoción parecen tener más peso que el contenido.

Esta visita no solo fortaleció los vínculos académicos entre instituciones (tal como apunta el Departamento de Comunicación de Comillas), sino que también ofreció a los estudiantes la oportunidad de profundizar en el análisis crítico de la comunicación política actual.


(En la imagen, la Profesora Úcar y la Responsable del área de Lenguas Modernas, Profesora María José Hernández.)

lunes, 6 de abril de 2026

“Clôture de l’amour”:

 

La clausura del amor

un nuevo escupitajo dramático de Pascal Rambert


Leo en francés el título de Pascal Rambert "La clausura del amor", traducción que no me gusta mucho; quizá fuera mejor “se nos rompió el amor” tan melódica, tan cantable en karaokes.

Lo malo de conocer algún título de un autor es la expectativa: volver a un escritor que nos gustó en su tiempo (remito a la reseña de Hermanas) crea ciertas esperanzas e ilusiones en su lectura. Es lo que ocurre con Clôture de l’amour: una pareja Stan y Audrey, solos, enfrentan su ruptura, por partes: primero el monólogo de él y a continuación a modo de réplica ella.

Él aturullado, a trompicones, repetitivo en bucle, abusador, violento… un pobre diablo, sinvergüenza, acomplejado (hoy diríamos tóxico) escupe su ignorancia interior, su descontento, su falta de acomodo en el mundo, en su mundo y en el de su pareja; para mí un auténtico lerdo, un paleto a pesar de salpicar su intervención de citas clásicas, igual que ella; aparecen nombres de artistas clásicos, figuras mitológicas…

Vamos, que, si el dramaturgo pretendía dotar de verosimilitud a la separación de la pareja protagonista, erró el tiro: muy poco realista la historia a la que asistimos con tensión muscular; se trata más bien de la excusa, del subterfugio literario de un hombre y una mujer para enhebrar temas sobre la vida, el amor, el trabajo, el tiempo, la dignidad, la entrega, la abnegación… y mucho más, un texto con pretensiones filósoficas, algo tostón, del que se deriva una sensación de “déjà vu” pero en mejor: Arthur Miller, Unamuno, Carmen Laforet…

Siguiendo los patrones estilísticos del autor, muy escenográfico, aludiendo siempre a quienes pudieran asistir, mudos e impávidos a los monólogos imprecatorios de uno y otra.

Aspavientos verbales, logorrea inusitada, agotamiento léxico, vomitera desde las tripas; parecemos estar en un frontón en cuya pared rebota una y otra vez la pelota de la culpa, el insulto, la pérdida del sentido humano, en un claro ejemplo de demostrar el valor de la palabra: si no se pronuncia no existe la realidad, aseguran. Lo dudo, añadiría yo.

Un libro, muy breve, pero intenso donde la destrucción absoluta campa a sus anchas.


Puentes, pantanos y mucho más

     

Ingeniero

Ponga un ingeniero en su vida


Tópicas y típicas resultan las imágenes con las que esperábamos la película en aquellas salas de cine de antaño. En blanco y negro, minutos antes de la proyección por la que habíamos pagado, asistíamos a momentos de propaganda del régimen: su excelencia el generalísimo inaugura un pantano en…, una auténtica obra de ingeniería.

Yo no aprecio la diferencia entre una presa y un pantano, entre un pantano y un embalse y creo que en alguna ocasión me la han llegado a explicar: mi mente para estos asuntos se obstina y se muestra cerril y no tengo la capacidad abstracta ni memorística para atisbar que son construcciones de ingenieros, pero con sus propias características.

El “pántano” que más cerca me pilló siempre era el de Yesa: sí, “pántano” como decía y dice mi madre en un claro fenómeno de ultracorrección lingüística, y me lo explicaba convencida de mi error al intentar enmendarle la plana: si yo me empeñaba en pronunciar pájaro y ella siempre había dicho “pajaro” pues con pantano, al revés: “pántano”.

En fin, que esa gran obra de ingeniería se llevó por delante las huertas, los caminos, las fuentes y los árboles de muchas familias navarras y aragonesas en beneficio de otras, claro.

Luego conocí el embalse de Contreras, otra gran obra de ingeniería, durante mis múltiples viajes a la Comunidad Valenciana.

Y puentes: cuántos puentes en Extremadura, por ejemplo; cruzarlos y disfrutar de ellos en Mérida. También otra gran obra de ingeniería.

En las familias “bien” las madres querían un yerno ingeniero -preferiblemente industrial, de los de toda la vida-; era de buen tono y garantizaba a la joven maridada un pecunio sin mengua y un resplandor social también.

Si hasta la Academia de la Lengua lo aconseja, al definir esa ciencia como un conjunto de conocimientos orientados a la invención y utilización de técnicas para el aprovechamiento de los recursos naturales o la actividad industrial.

Y ya se habla de “ingeniería genética”; conmigo sí que se emplearon a fondo: un poco de manipulación, algo de técnica, calibrado de ciertas piezas, superada alguna que otra carencia y salvando varios defectos…¡¡Ça y est!! Una auténtica obra de ingeniería.

Algo de eso nos hace falta hoy en día: tender, crear, construir puentes y pantanos para que fluya la corriente y el buen sentir. Para compartir y vivir en comunidad apostando por el bien común, valga la redundancia. Convendría una proeza de ingeniería financiera para tiempos presentes y venideros ahora que dedicamos tanto afán a la ingeniería robótica y a la química.

Me malicio que es difícil estudiar y practicar la ingeniería social: eso sí que supondría un auténtico prodigio de urbanidad, de voluntad y altura de miras.

Desde las aulas de las escuelas técnicas y superiores, desde los laboratorios de Metrología… Ojalá volviera el NODO a nuestras pantallas y viéramos muchas inauguraciones de puentes, pantalanes, naves, nuevas redes de transporte, espigones, muelles, orillas unidas y extremos desvanecidos, innovadores proyectos y humanitarios planes y sobre todo: pasarelas, muchas pasarelas. Transparentes para vernos mejor y para comunicarnos más.

Lo dicho: un ingeniero en nuestras vidas. Lo hizo hasta la Virgen María con san José, patrón de los ingenieros (industriales).

(Artículo que publiqué en 2021 en "El Obrero)

domingo, 29 de marzo de 2026

"La pedrada"

 

La caída - Ramon Alvarez

Grupo escultórico: "La caída" 
Autor: Ramón Álvarez 

Ubicación: Museo de Semana Santa de Zamora

Peso 1050 kg 
Cargadores 36
Peso por cargador  29,17 kg.

(Imagen: Archivo personal)
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-M. Regalado-

Mi primer contacto lector con la poesía, y también el origen de este posterior gusto mío por leerla y escribirla, se remonta allá a mis siete, ocho años. Cuando íbamos a visitar a mi abuela, uno de los libros que había en su casa en aquel pueblecito del campo charro salmantino, era el titulado  “Poesías completas” de Gabriel y Galán (salmantino también)

Yo lo leía y me atraía especialmente porque, más allá de aquella entonación cantarina que mentalmente yo le daba a los versos, no la percibía como poesía, sino como algo muy cercano al relato: eran pequeñas historias, había personajes, acciones, situaciones que yo podía reconocer. Podía seguir aquellos poemas casi como si estuviera leyendo un cuento. Terminé recitando de memoria unos cuantos. Aún los recuerdo…

Es verdad que palabras tales como “sayón”, “precoz”, “sublimó”… ni las conocía ni sabía aún deducirlas por su contexto, así que con ellas acudía yo a mi abuela en busca de ayuda.

Porque es oportuna en estas fechas, dejo aquí este fragmento de “La pedrada” que, junto con “Mi vaquerillo”, eran las que más impactaban mi imaginación infantil.


La procesión se movía
con honda calma doliente,
¡Qué triste el sol se ponía!
¡Cómo lloraba la gente!
¡Cómo Jesús se afligía...!

¡Qué voces tan plañideras
el Miserere cantaban! 
¡Qué luces, que no alumbraban,
tras de las verdes vidrieras
de los faroles brillaban!

Y aquél sayón inhumano
que al dulce Jesús seguía
con el látigo en la mano,
¡qué feroz cara tenía!
¡qué corazón tan villano!

¡La escena a un tigre ablandara!
Iba a caer el Cordero,
y aquel negro monstruo fiero
iba a cruzarle la cara
con un látigo de acero...

Mas un travieso aldeano,
una precoz criatura
de corazón noble y sano
y alma tan grande y tan pura
como el cielo castellano,

rapazuelo generoso
que al mirarla, silencioso,
sintió la trágica escena,
que le dejó el alma llena
de hondo rencor doloroso,

se sublimó de repente,
se separó de la gente,
cogió un guijarro redondo,
miróle al sayón de frente
con ojos de odio muy hondo,

paróse ante la escultura,
apretó la dentadura,
aseguróse en los pies,
midió con tino la altura,
tendió el brazo de través,

zumbó el proyectil terrible,
sonó un golpe indefinible,
y del infame sayón
cayó botando la horrible
cabezota de cartón.

Los fieles, alborotados
por el terrible suceso,
cercaron al niño airados,
preguntándole admirados:
-¿Por qué, por qué has hecho eso?...

Y él contestaba, agresivo,
con voz de aquellas que llegan
de un alma justa a lo vivo:
-«¡Porque sí; porque le pegan
sin hacer ningún motivo!»