lunes, 12 de enero de 2026

Copenhague:

                                la inquietud de la calma nórdica

                     

Copenhague
Pronto hará cinco años, publiqué en El Obrero estas reflexiones, casi un "pensar en alto", que hoy traigo a Palabradas blog.

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No conozco la sirenita. La figura de bronce reposando en una roca… viéndolas venir. Ahí y así la dejaron.

El libro de Andersen sí, y las adaptaciones filmográficas también, en animación o con humanos de carne y hueso. Y no me producen placidez, hay algo desasosegante en esas imágenes, en esas líneas.

Y creo que ya lo he descubierto. Es la ciudad, la capital de Dinamarca.

Me advirtieron que poco accesorio en mi indumentaria y colores neutros, sin estridencias. Aquí todo el mundo es muy igual e igualitario, que no se noten distingos ni que uno destaque más que otro.

La visité por primera vez hace 18 años y a partir de entonces habré repetido viaje en ocho o en nueve ocasiones más. Por trabajo, de negocio que dirían los ejecutivos, a conferenciar preferimos los académicos.

Mercados al aire libre, calles peatonales, torres, tejados, plazas, flores y restaurantes, biblioteca, ópera, canales, anticuarios, Tiger, tranvía. Frío y viento. Calor, poco, y solo a ratos: tímidos rayos de sol que se cuelan por Copenhague.

Y bicis… riadas de bicis. No se necesita mucha atención por parte del turista al movimiento ondulante de la “serpiente monocolor” que se maneja con una gran pericia por la ciudad; sin titubeos para esquivar al peatón extranjero poco avezado en las reglas del carril ad hoc tan protegido en esos lares… ¡¡cuánto tiempo hace ya!!

El Tívoli y… Legoland muy cerca: hay que desplazarse para llegar hasta allí y montarse en las piezas gigantes de esas construcciones plastificadas que nos recuerdan nuestra infancia.

La Gliptoteca Ny Carslberg: mi edificio favorito, no me canso de recorrerlo. Llego pronto por la mañana y me siento en medio de la rotonda cubierta por una claraboya impresionante: según como luzca el día, el juego de colores más o menos matizados es un espectáculo.

Me animo a pasear por sus salas: historia y más historia; antigüedad y clasicismo hasta el presente. No suele haber mucha gente: a veces, grupos de párvulos, algunos señores mayores y yo, la guiri. Los vigilantes, siguen impertérritos nuestros pasos.

Es una preciosidad todo lo que alberga este museo.

Los daneses son altos, más altos que los mediterráneos y de ojos azules...Hay algo de tristeza en ellos.

Se ven muchos cochecitos de bebés empujados por padres: padre y padre. Niños y más niños por las aceras… Silencio. Se ríen bajito. Parques y jardines. Fuentes. Pura naturaleza urbanita. Patos y bancos.

Escuelas y colegios llenos de policromía en las paredes, móviles y figuritas infantiles, huertos y plantas, todo al tamaño reducido de sus moradores.

Campus universitario original con aularios de muros brillantes, cristaleras y cortinas de macramé (hand made); la sensación del chill out presente… algo de jipismo permanece.

Estación de tren antigua y organizada: ir y venir de gentes pero en orden, sin mucho estruendo; la atracción más llamativa: muchas lámparas que cuelgan del techo e iluminan el ladrillo y el acero de dicho enclave.

Y yo sin ver la sirenita: que si la estaban restaurando, que si la habían movido de lugar, que si habían derramado pintura sobre ella o la habían decapitado… es el símbolo del país y el ejemplo de los avatares sociales y políticos: como si de una pantalla se tratara, refleja ideas e ideologías más o menos vigentes.

Me aseguran que es más pequeña de lo que nuestra imaginación le concede: suele pasar con muchas esculturas del pelo y la sorpresa por el tamaño (menguado) está garantizada.

En los buses hay mucho espacio; suben y bajan con lentitud personas mayores. Bolsas destinadas a periódicos que se leen durante el trayecto: en danés, ¡ni torta! Jóvenes madres acceden por una rampa con sus bebés en unos carritos muy anchos y amplios. Se lleva eso de “my space please”.

Todo está ordenado, reglamentado. En una de mis visitas, el acontecimiento que conmocionó la capital fue que un grupo de jóvenes habían ocupado una casa dedicada a actividades culturales y la policía no sabía qué hacer ni con el edificio asaltado ni con los usurpadores. Rodeaban el local mañana, tarde y noche: movimiento, ninguno.

Todo tiene sus consignas y si algo se sale del excel o de la cuadrícula, susto mayúsculo.

Tanto orden y concierto garantizan ciertos derechos, pero yo me sentí muy alejada de un pueblo frío (y es verdad porque hasta en verano, lo hace) y sin expresividad.

A pesar de esa suerte de turbación personal, siempre me gusta volver a Copenhague tan “abarcable” y tan a mano. En invierno te cubres las piernas en las terrazas con mantas y sientes algo de calorcito con estufas que rodean las mesas a la intemperie. Un ratito para tomar el café y ya atosigan con un si vas a tomar algo más: “el negoci es el negoci”.

Comercios pequeños en bajos dedicados a artesanía, puestos callejeros de frutas, golosinas… Iglesias y credos protestantes, cánticos.

Negro y gris. A mí me gusta el diseño nórdico: más para verlo en otros que para lucirlo sobre mi anatomía.

Nada ha cambiado y me dicen que a los daneses les gusta ese aire de perdurabilidad, de inmovilismo, no sea que la metamorfosis por leve que parezca les trastoque sus parámetros mentales, sus comportamientos tan bien delineados y por supuesto, aprendidos. Inquietante…

jueves, 8 de enero de 2026

Carmen Conde

 

Placa conmemorativa

Hoy, trigésimo aniversario de la muerte de Carmen Conde: poeta, prosista, dramaturga, ensayista y, además, primera mujer académica de número de la Real Academia Española desde febrero de 1978. (Aquí su discurso de ingreso)

El número 67 de la calle Ferraz de Madrid, nos la recuerda con una placa en su fachada.

En su memoria un poema de su "Derramen su sangre las sombras" de 1933.


CAMINAMOS AL UNÍSONO

Caminamos al unísono.
Por vez primera otro corazón
se mueve con el mío.
A la vez: latido por latido.
Juntos, hacia encontrarnos.
Juntos, hasta desprendernos.

martes, 6 de enero de 2026

viernes, 2 de enero de 2026

Comenzar el año con pronombres

Como lo comenzaba allá por enero de 2021 publicando en El Obrero vivencias y  reflexiones sobre el tema. Y que hoy actualizo y comparto.

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Pronombres

Cuestión de pronombres. Cuestión de silencios. De Pedro Salinas a Dinamarca.

Me cuentan que en algunos lares el lenguaje periodístico es muy acotado, tan acotado que si no se sabe o no existe una palabra se la inventan sin drama alguno, convirtiéndola en palabro, por ejemplo “cricicismo” para hacer referencia al estado continuo, normal y sempiterno de ese país (se dice el pecado pero no el pecador). Cuestión de usos culturales. Me aseguran también que en el discurso político de ese mismo país se dan un festín con el uso alternativo de los pronombres personales “yo” y “nosotros”. El yo se usa para marcar el principio que se debe seguir y el nosotros para demostrar que todos estamos convencidos de ese principio. Cuestión de gramática.

En alguna ocasión me han preguntado cómo abordar la enseñanza de los pronombres en nuestro idioma para los extranjeros interesados en estudiarlo y practicarlo (y para nuestros nativos también, diría), y yo, sin vacilar, he respondido: con los poemas de Pedro Salinas (1891-1951), el poeta de los pronombres: “Tú vives siempre en tus actos... Tú nunca puedes dudar” (La voz a ti debida), “La noche donde yo estoy ahora, donde tú estás junto a mí”  (Luz de la noche).

A mí me funciona en el aula su poemario tanto desde el punto de vista de la estructura como del contenido. Y en esas estoy, en la presencia y ausencia de lo pronominal.

En español los pronombres personales no son preceptivos salvo para marcar contraste, distancia, preminencia, énfasis, explicitar el sexo del referente, por cortesía o deshacer posibles ambigüedades cuando existen coincidencias de desinencias verbales.No sé qué pensar. Cada vez hay “menos nueces” en cuestión de pronombres.

¿Será por el influjo de otros idiomas en los que su presencia es de obligado cumplimiento?

Escuchamos y leemos muy a menudo más personalismo, un más acentuado individualismo, un mayor alejamiento entre el yo y el tú, el yo y el nosotros. Por supuesto el “ellos” lo vislumbramos en la lontananza.

El  lingüista Teun A. van Dijk (1943-) propone la no elusión del pronombre personal siempre que sea necesario y más en estos tiempos que no andamos para lucir corpiño calado, es decir, que el “ruido” pronominal resulta aconsejable y consentido no como mera fórmula sino como sistema, medio e instrumento de acercamiento y de inclusión al otro a él y al ellos.

Con alteridad sincera. Incluyendo.

¡Qué alegría más alta:
vivir en los pronombres!  (P. Salinas)

De la misma manera que el poeta se dirigía a su amada desde su yo incluyéndola en el nosotros. Silenciar, pues, ciertos pronombres aparta y divide.

Y una cosa trae la otra.

Mi primera visita a Dinamarca, fue a una universidad de Copenhague, invitada como charlista (aquí conferenciante) y llevé los usos de mi país: interactuar con el auditorio, pedir respuestas a preguntas nada retóricas, vamos, participación activa e implicación consciente del público.

Esto es como el que no sabe: que va a ciegas con una venda de yeso difícil de rascar.

Impartía una conferencia sobre cultura mediterránea (usos de pronombres, expresiones enfáticas, imperativos…) ante unas 100 personas: estudiantes de grado y posgrado y profesores.

Mi tono cambiaba según iba discurriendo la charla. Marcaba pausas –la importancia del silencio- para ver la reacción. Impasible el ademán. Seguía intercalando ejemplos y preguntas. Silencio. Atentos sí que estaban o simulaban estarlo. Sin ruido y sin que nadie abandonara la sala, a mí me estaba abandonando el ánimo.

Esto en España no me pasa, pensaba yo. Cuando lanzas una pregunta siempre hay alguien que está dispuesto a armarla, para pulsarte, para provocar al resto…con intención –buena o no- de dar vidilla a tu intervención.

Pasaban los minutos: modulaba la voz, me movía por el estrado y… parálisis general.

Acabó mi conferencia y aplausos. Protocolarios, pensé yo. Se abrió el turno de preguntas y solo tímidamente una profesora formuló una.

Y punto, fin del espectáculo.

La colega que me invitó a visitar su universidad quedó encantada; pensé que su deber de amiga la obligaba a ser condescendiente conmigo. Pues no. Fue sincera y me aseguró que yo podía estar más que contenta porque no se había salido ninguno (de madre, pensé). Nadie dejó la sala, y si hay algo que no les gusta, lo hacen saber. En silencio. Cuestión de culturas.

A partir de aquella ocasión, he tenido la oportunidad de acudir unas cuantas veces más a la capital del país nórdico y ya me advirtieron, entre otros parámetros culturales que iba cumpliendo a rajatabla, que si algún danés no tiene nada que decir, nada dice. Punto en boca. De nuevo el silencio.

No tengo tan claro si “muchas nueces”.

También me enseñaron algo muy útil allí, nada práctico en otras latitudes.

Y es que al realizar una pregunta he de fijarme en el leve movimiento de ceja de los participantes; tal gesto significa advertencia, discretísima desde luego (ante todo, no destacar) de que quiere decir algo y yo, atenta, me dirijo a esa persona y le doy la palabra. Si deseo continuar con nuevas preguntas, cuento 10 segundos, y si no hay reacción, a otra cosa, mariposa. Así va el tema por si se ven en una parecida.

Escribo estas líneas y sonrío sin poder evitarlo.

En España, cuando un ponente inquiere algo ante un auditorio, en una sala, seminario, aula…no hace falta ni levantar la ceja ni contar 10 segundos. Es más, aquí no levantan ni la mano (salvo los acodados en la barra del bar para ingerir el líquido elemento, en los tiempos en que la ausencia de restricciones lo permitía).

Lo que yo digo, cuanto más descendemos de norte a sur, nuestros tímpanos se acostumbran a sonidos difusos, deformes muchas veces: al ruido. Del silencio al ruido en una breve transición.

Se cumple eso de much ado about nothing. Convendría acompasar el ruido y las nueces en nuestro trato y tratamiento.

domingo, 28 de diciembre de 2025

Un paréntesis y mucha resaca

Artículo que publiqué en 27 de diciembre de 2021 en El Obrero.  No caduca.  Hoy lo traigo a Palabradas-blog.

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Resaca tras la fiesta

Pasado el primer tramo festivo, con los estómagos llenos y la mente abotargada, iniciamos una nueva semana. La última de este mes de diciembre, la última de este año 2021.

Noticias, las justas, comentarios ajustados.

La pularda, el gorrín, algún marisco, dulces navideños, entrantes y postres, brindis, corchos por los aires, celebraciones, villancicos, regalos y detalles… tanto batiburrillo propio de las fechas nos tiene algo amordazados, comedidos, más o menos.

El discurso, la misa del gallo, felicitaciones, antígenos agotados, -test, quiero decir-, alka seltzer para las resacas, positivo en covid, día de la familia, colas en los hospitales, shows televisivos, reportajes, muchas selfis (por si las moscas)…para cuánto dan la noche del 24 y el 25 (sin rima, por favor).

Importante la precaución, claro que sí: no solo respecto de la orografía palmera sino de la salud personal y colectiva, también.

Convendría menos mensajes globales y abstractos, menos palabras grandilocuentes y una mayor concreción, más contenido y enjundia de compromiso. Implicación consciente: conceptos vagos y melifluos llenan el aire y se evaporan.

Advierto tono cansado, agotado, casi al borde de la extenuación; a pesar del “repetitio mater studiorum”, tengo la sensación de salmodia exhausta.

Parece que cuesta percibir la chicha de lo verdadero y de lo auténtico y no es que lo esencial se vea con los ojos del corazón, ocurre que ni atisbamos el meollo de lo que nos rodea.

Nos hemos calzado las gafas opacas y así resulta difícil avanzar; algunos hasta se han encajado atornilladas sus orejeras y ¡oye! “a lo mío, que ya tengo bastante!!

Desde las autoridades políticas hasta el último peón del tablero, todos debemos recuperarnos de esa resaca posfestiva y acentuar la intención (y la obra) de mirar y observar, atender y tender la mano. Crear una cadena día a día de solidaridad.

Minimizar daños colaterales, evitar riesgos innecesarios, enfatizar el sentido común…

Pocas declaraciones de líderes, reducidas intervenciones gubernamentales: estamos en un impasse de relativo descanso, en modo pausa por el momento; hay que retomar fuerzas y así emprender el siguiente tramo festivo y prepararnos para la próxima explosión y no me refiero a estridentes sonidos de matasuegras, campanadas más o menos discordantes ni atragantones de bayas.

Mientras tanto, casi asistimos a un clima adormecido, cruzamos los dedos (“virgencita, virgencita que me quede como estoy”) durante estos días –postreros- que nos conducen a ese ansiado 2022.

Por cierto, en un canal televisivo, de cuyo nombre no quiero acordarme, cierto tertuliano pontifica descalzo: sus zapatos reposan debajo de la mesa; igual se le han hinchado los pies…mucha resaca.

sábado, 27 de diciembre de 2025

Tiempo sin tiempo

 

No tengo tiempo


Tareas, compromisos, estímulos que a lo largo de cada día se superponen sin pausa. Tiempo convertido en carrera constante, sensación de "no llegar", de estar siempre corriendo detrás de algo.

Seguramente el poema de Mario Benedetti describe eso que todo ello nos hace sentir.

Tiempo sin tiempo

Preciso tiempo necesito ese tiempo

que otros dejan abandonado
porque les sobra o ya no saben
que hacer con él
tiempo
en blanco
en rojo
en verde
hasta en castaño oscuro
no me importa el color
cándido tiempo
que yo no puedo abrir
y cerrar
como una puerta

tiempo para mirar un árbol un farol
para andar por el filo del descanso
para pensar qué bien hoy es invierno
para morir un poco
y nacer enseguida
y para darme cuenta
y para darme cuerda
preciso tiempo el necesario para
chapotear unas horas en la vida
y para investigar por qué estoy triste
y acostumbrarme a mi esqueleto antiguo

tiempo para esconderme
en el canto de un gallo
y para reaparecer
en un relincho
y para estar al día
para estar a la noche
tiempo sin recato y sin reloj

vale decir preciso
o sea necesito
digamos me hace falta
tiempo sin tiempo.

Decido tener tiempo


martes, 23 de diciembre de 2025

La sonrisa

sonreir es bueno para la salud
(Colaboración de M. Regalado)

Escucho en la radio un programa de divulgación. Están hablando de “la sonrisa”. De la necesidad  -incluso vital- de sonreír.

Parece que, allá en el siglo XIX, el médico francés Guillaume Duchenne se interesó por la sonrisa humana y su  relación con determinados procesos neurológicos. Sus estudios le permitieron llegar a la conclusión de que hay cierto tipo de sonrisa, la genuina y sincera, capaz de activar los procesos intelectuales que se producen en la zona del córtex, generar endorfinas y conducir al individuo a un estado de mayor felicidad.

Y escucho que un niño sonríe unas 90 veces al día, que un adolescente lo hace del orden de 20 veces diarias y un adulto ¡ay, un adulto!, no llega a esa cifra y, además, sus sonrisas no siempre están originadas por una emoción grata, por una sensación placentera y satisfactoria.

Y, aunque sabido, me sorprende como si acabara de descubrirlo: en los comienzos de su vida el bebé no puede ver y en cambio sonríe. ¡Sonríe! Y es que la sonrisa es generada por una emoción, viene de dentro, no precisa de estímulos externos. No es tal que la risa o la carcajada, que precisan de un detonante externo que las provoque.

La sonrisa abre, abre siempre, nunca cierra puertas. Una sonrisa es bien recibida siempre, en cualquier situación. Siempre, si es una sonrisa sincera.

Expresamos con una sonrisa emociones muy diversas: encontramos la sonrisa tímida, la irónica, la sonrisa abierta, la sonrisa forzada, la complacida, la sarcástica, la sonrisa social, la sonrisa ¡sí! la que muestra afecto, y emoción, y amor…
una sonrisa no cuesta nada, pero crea mucho

Rompe hielos, abre puertas, crea confianza, destruye barreras. Sin necesidad de siquiera  una palabra.

Recordé aquel poema que leía en mi adolescencia (¿de quién era?): “Una sonrisa no cuesta nada pero crea mucho, enriquece a quien la recibe sin empobrecer a quien la da (...) si alguna vez encuentras en tu camino a alguien que no sabe sonreír, regálale la tuya. Porque nadie está tan necesitado de ellas como aquél que no sabe darlas”.

Pero además -escucho- la sonrisa pone en funcionamiento entre 12 y 17 músculos de la cara ¡todo un fitness facial! ¿Qué crea arrugas? Sí, claro, sí, sí. Pero... quizá en este caso sea verdad aquello de que “la arruga es bella”.

¡Sonríe ahora! ¡inicia hoy tu plan de fitness facial!

sábado, 20 de diciembre de 2025

Trascendencia

 

Soltar, de jar ir, trascender
(De mi poemario "Quién me lo iba a decir")

La interrogación
busca el acento,
diferenciar la importancia ajena
de la identidad personal.
¿Ser? ¿Existir? ¿Buscar?
Y hallar un movimiento
de lo accesorio a lo esencial,
para impulsar
la compasión y aliviar
el dolor.
No hay remedio
en la compañía, sin amor
más allá de la constancia.
Trascender del control
para el equilibrio
y la confianza.
                Dejando ir,
                                     dejando.

martes, 16 de diciembre de 2025

Escribir poesía en tiempos de Ozempic

 

Foto de Angèle Kamp en Unsplash

Escribir para comunicar, para sanar, para compartir, para uno mismo y para los demás; para pasar a la historia, y quién sabe si a la eternidad, o para guardar todo en un usb que la posteridad, más cercana y familiar, descubrirá.

Escribir porque hay algo que contar, porque hay que sentir con los demás o porque conviene no refrenar el impulso de reconocerse.

Escribir poesía en la madurez vital con trazos de adolescencia prolongada; sin rubor ni temor de Dios: escribir poesía, aunque para algunos solo lo hacen las abuelas, a modo de pasatiempo cultureta, más femenino que varonil, es el Ozempic que se inyectan las estrellas.

Poesía desde Homero a Manrique, de Quevedo a Bécquer, de Florencia Pinar a Gloria Fuertes, De Idea Vilariño a Delmira Agustini.

Escribieron poesía con el auxilio de las musas, con la inspiración del momento y del sentir personal. Se concitaron Melpómene, Erato y Clio, Talía y Euterpe en un contubernio de risas satíricas y lamentos fúnebres, de elocuencia cómica y ritmos bucólicos.

Sin Ozempic.

En estos momentos de escualidez física y mental, triunfan frases más o menos poéticas, de rango solemne y atisbo sentencioso: Vive la vida a tope, Disfruta la vida, o A vivir que son dos días.


La escritura lírica no engaña y sí engancha, no niega y siempre afirma, es decir, acepta y consiente con una mirada complacida de quien lee sin tapujos, a corazón abierto.

La autora que suscribe estas páginas es más del siguiente imperativo: “Deja a la vida en paz”, que no sé si provoca una mueca de disgusto o falsea la realidad propia y ajena, con el deseo de firmar un pacto por la inmortalidad y la eterna juventud, incluso aunque los únicos firmantes de ese pacto sean líderes lamentables y perniciosos para perpetuar años de longevidad.

No así la poesía: hay quien afirma que los avatares históricos, las gestas heroicas (valga el pleonasmo) se olvidan antes que muchos versos de antaño, embriones de belleza, auténticos amantes benefactores en una promiscuidad literaria que no facilita la farmacopea por muy celebrada que sea.

Escribir poesía durante los años púberes o en la soledad senil de la que hablaba Góngora, permite cambiar y transformarse en cuerpo y alma y no por inoculación del pinchazo prometedor, sino para recordar qué es la lealtad, el desamor y la ilusión. La escritura lírica no engaña y sí engancha, no niega y siempre afirma, es decir, acepta y consiente con una mirada complacida de quien lee sin tapujos, a corazón abierto.

Quien escribe poesía realiza una ofrenda generosa, visible en el ara de rituales sociales sin imposición y sin dirigir voluntades ni esperar aplauso, ni resultados milagrosos. Tal vez mejore los niveles de azúcar en la sangre y pueda reducir el riesgo de eventos cardiovasculares serios; quizá puede ayudar a las personas, lectoras, a perder peso, a hacer su travesía cotidiana más liviana.

Rimar en asonante descoloca, imita una prosa en líneas cortas y cortadas, abruptas, de un lado al otro de la página; hacerlo en consonante ubica y posiciona, parece que da mayor y mejor sentido al poema de la vida.

Ni de viejas ni de jovenas (así, llana gráficamente esta palabra, como la pronunciaba mi abuela), escribir poesía consiste en jugar con las palabras, marearlas hasta hacerlas caer en una casilla incorrecta para que tomen aire y vuelen, con ganas y decisión, con elegancia. De eso se trata escribir poesía: elegir o escoger lo selecto y lo distinguido en la apariencia y en el comportamiento. Las palabras de la escritura poética refieren al aspecto, a la forma y la estructura y, por supuesto, al contenido, al meollo.

Algunas se evaporan y enmudecen, otras, más valiosas lo llenan todo de un poder inmisericorde que atrapan y entrampan, atosigan y sosiegan.

Escribir poesía supone frotar la lámpara maravillosa y que aparezca el genio o la “genia” para llevar al lector a un mundo imaginado, no necesariamente imaginario, un universo anhelado pleno de esperanza humana, sin riesgo de ataque cerebral, ni saciedad estomacal.

Escribir poesía, ahora y siempre. Inyección literaria sin efectos adversos.

sábado, 13 de diciembre de 2025

Thamar y Amnon

Portada del primer Romancero Gitano de Lorca

Basado en el texto del Antiguo Testamento (2-Samuel/13), y en romance tradicional muy difundido, Federico García Lorca cierra su “Romancero Gitano” con este romance “gitano-bíblico”.
Nadie sino él podría conjugar ambas connotaciones en un solo poema. Nadie sino él podría reflejar a la vez lo popular y lo culto -y la fatalidad que recorre todo su romancero- de esta forma cargada de simbolismos en que el poema avanza, volviéndose más y más insoportable cada vez. Deseo, violencia, destrucción.


Thamar y Amnon (fragmentos)

(…)Thamar estaba cantando
desnuda por la terraza.
Alrededor de sus pies,
cinco palomas heladas.
Amnón, delgado y concreto,
en la torre la miraba,
llenas las ingles de espuma
y oscilaciones la barba.
Su desnudo iluminado
se tendía en la terraza,
con un rumor entre dientes
de flecha recién clavada.
Amnón estaba mirando
la luna redonda y baja,
y vio en la luna los pechos
durísimos de su hermana(…)

(…)Thamar, bórrame los ojos
con tu fija madrugada.
Mis hilos de sangre tejen
volantes sobre tu falda.
Déjame tranquila, hermano.
Son tus besos en mi espalda
avispas y vientecillos
en doble enjambre de flautas(…)

(…)Ya la coge del cabello,
ya la camisa le rasga.
Corales tibios dibujan
arroyos en rubio mapa.

¡Oh, qué gritos se sentían
por encima de las casas!
Qué espesura de puñales
y túnicas desgarradas.
Por las escaleras tristes
esclavos suben y bajan.
Émbolos y muslos juegan
bajo las nubes paradas.
Alrededor de Thamar
gritan vírgenes gitanas
y otras recogen las gotas
de su flor martirizada.
Paños blancos enrojecen
en las alcobas cerradas.
Rumores de tibia aurora
pámpanos y peces cambian.

Violador enfurecido,
Amnón huye con su jaca.
Negros le dirigen flechas
en los muros y atalayas.
Y cuando los cuatro cascos
eran cuatro resonancias,
David con unas tijeras cortó
las cuerdas del arpa.

(Lee AQUÍ el poema completo)

miércoles, 10 de diciembre de 2025

Llueve (Fruslerías)

 

Llueve - fotografía de un día lluvioso
Foto de roman ten en Unsplash

Llueve.

Ya llueve.

Aún llueve.

Llevo llave.

Abre.

Abro

Orbe.

Mi orbe.

Arriba.

Arribo.

Una taza de té.


(Colaboración de M. Regalado)

martes, 9 de diciembre de 2025

"Las hogueras" de Concha Alós...

                                ¡un viejo Planeta para un libro viejo!


Las Hogueras, libro de Concha Alós

He vuelto a caer… fiarse de las solapas y de la sinopsis en la contraportada, me está conduciendo a una pérdida de tiempo irremisible y a un enfado gradual. Un completo desatino el último libro que he leído.

Casi nunca incurro en el despilfarro económico con el premio Planeta (ni en tapa dura ni en formato de bolsillo); de ahí la importancia del casi, porque en esta ocasión, de bruces me he dado con un título poco prometedor pero muy atractivo el señuelo -por eso se llama cebo- del argumento: dos mujeres que intentan encontrarse a sí mismas, cada una con su pasado y su presente, vidas anodinas, planas, sin destellos de interés ni gracia. No son ni tan siquiera normales: una exmodelo extranjera, sosa, casada con un hombre mayor desvaído, y una maestra de pueblo, soltera y cabreada, con modorra vital.

Viven en una localidad cercana a la capital de Palma. La lectura, tediosa; la escritura "viejuna". No hay tema que destaque: descripciones de la taberna y sus lugareños, los incendios veraniegos, el oleaje playero, callejeo turístico… piezas desdibujadas.

Y como todo Planeta, que se precie, la cosa se resuelve con un poquito de sexo (muy matizado y más imaginado que expresivo) y el trío que no falte: amante malote, que somete a la “modeli” insatisfecha, y maestro paternalista que deja plantada a su homóloga por otra mujer, pueblerina, para más señas.

Un rollo, por previsible y tostonazo.