¿El ojo que escucha?
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| Rayos de sol o sol. Motas de polvo bailando en los rayos de sol. |
Página de la escritora Pilar Úcar
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| Rayos de sol o sol. Motas de polvo bailando en los rayos de sol. |
Aunque es un libro que tiene ciertas fallas: redacción regulera por la repetición de términos, construcciones sintácticas forzadas, alguna errata y ciertos declives en la narrativa, sobre todo al final: se precipitan las páginas últimas como si quisiera terminar rápidamente la historia que le quema, el libro merece la pena por lo inquietante y realista de un argumento cierto y certero.
El autor atina con el protagonista, un niño de 12 años enrabietado por el abandono del que se supone un amigo suyo, una conquista personal en la figura de un donjuán que seduce a la madre del joven.
Más allá de la anécdota de infidelidad, lo interesante es la evolución de Edgar, ese hijo enfadado, que se enroca en diseñar una venganza contra los adultos. Y es que el deseo de pertenecer a ese mundo choca con su edad en la que descubre secretos, inexplicables para él, alimenta sueños, crea fantasías en un deseo compulsivo y lleno de obsesiones por participar de un tiempo que todavía no le corresponde a él, pero que no le es ajeno del todo.
Lectura intensa en su brevedad, relato conmovedor y apasionado, lleno de silencios y gritos ahogados, violencia verbal y física, matizadas.
Las descripciones del entorno que envuelve a los personajes, sublimes: pictóricas y animadas, valga la contradicción, todo un personaje que se suma al trío de protagonistas.
Creo que Edgar y Antoinette, de 14 años, hija de los Kampf en El baile de Irène Némirovsky, se habrían llevado muy bien.
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| Anders Zorn - Medianoche, 1891 © Zornmuseet, Mora |
Esta tarde sabatina, 7 de marzo, se celebra la Gran final del Melodifestivalen 2026, o sea, una especie de Benidorm Fest pero en el país que más sabe de triunfos eurovisivos.
Recorro algunas de las melodías que van a actuar en el Strawberry Arena de Estocolmo y los 12 finalistas entonan canciones clásicas al modo de ABBA, otras divertidas y asincopadas, algunas folclóricas: toda la sociedad de ese país tan septentrional aparece representada.
Y permítanme el salto cualitativo, pero se trata de algo parecido a lo que realizó Zorn en el siglo XIX y durante las dos primeras décadas de la siguiente centuria.
Se acaba de inaugurar una nueva exposición dedicada a este pintor sueco en la Fundación Mapfre de Madrid.
Digo nueva, porque hace 34 años, asistimos en el Museo Sorolla a un maravilloso diálogo entre Anders Zorn y su amigo el artista valenciano.
La recuerdo con asombro y placidez: comparar luces, motivos y figuras, temas marítimos, retratos. Ambos a su manera, con su pincel y su ojo terruñero, del norte de Europa al levante. Había un aire de cierta similitud, pero eran más las diferencias que les aproximaban. Hoy por las salas en las que luce, solo Zorn, atiborradas de visitantes, se oía: “es como Sorolla”.
No. No es como… ni como Velázquez o Rembrandt, ni como Degas.
Más allá de alguna leve concomitancia, el sueco pinta a su estilo. Con cierto resabio de niño rural y humilde, bien casado y capitalino después, premiado y cosmopolita con el tiempo. Viajero por Francia, España… su retina guarda atisbos de ciertos pintores decimonónicos, pero él es muy genuino y auténtico; dicen que olvidado y ahora rescatado. A mí me gusta su luz opaca, plana y blanca. Cuerpos blandos, paisajes intrincados, difuminados y mar abierto, infinito.
A Anders le falta la “traca” de Joaquín, el impulso valenciano y la vitalidad mediterránea.
Zorn, solo, sin el diálogo con Sorolla y el sonido del agua, parece adormecido…
Seguro que lo despiertan los cantantes que optan a representar a Suecia en Eurovisión 2026.
Publica libros: sobre el cáncer, sobre la pandemia y la muerte, y este último: Como hojas en otoño, es un regalo.
Atrapa desde el principio hasta el fin. Yo en dos días me lo bebí y lo acabé esperando la cita que tenía en el Centro de Salud. Se lo comenté a mi médica y me dijo: “Pilar, aquí no se queda nadie”.
De eso tratan estas hojas de otoño y de verano… da igual que sea estacional o estructural: la muerte nos iguala. Pero el duelo nos hace diferentes. A mí, con los años, me interesa mucho este tema y cada vez observo que ocupa más tiempo en mi mente y en mi corazón, no sé si llega a ser obsesivo.
Un lugar común es la tan cacareada idea de que, en ciertas culturas, la nuestra, por ejemplo, caucásicos blancos norteños, no se nos enseña a vivir con la muerte, sino a darle la espalda en una suerte de desafío divino a nuestra inmortalidad.
Cuando visité Camerún, aprendí que allí en Maroua, la muerte está entre los habitantes de una ciudad caótica, y me llamó la atención la sorpresa que desprendían los niños ante una “Madame blanca”, que creían enferma por su palidez.
Carlos Hernández, nos planta un espejo frente a nuestra imagen: recorre con cariño y sabiduría qué es el dolor, el sufrimiento espiritual y físico, el camino hacia la muerte. Ese tránsito que cada uno va a navegar a través de la fe, la laguna Estigia, el universo, o la nada. Se suceden los capítulos dedicados a distintos tipos de muerte, diferentes formas de afrontar el duelo y de seguir viviendo.
Sin resquicio de sospecha ni de reticencia, con una objetividad brutal, llena de experiencia científica y personal, las hojas de otoño vuelan sin parar, llenando minutos vitales, los del lector que asume la finitud de la vida, los límites de nuestro devenir.
La lectura es muy amena: sabemos que, si un tema no agrada, a otra cosa, mariposa: es la inmediatez de lo que disgusta y no interesa. Un libro para leerlo seguido a trozos, para volver y re-volver una vez y otra más.
En un mundo de celofán y “brilli brilli”, a la muerte con su guadaña literaria y medieval, la dejamos para Halloween. Por eso, con este libro, su autor nos toca el alma, nos llega al corazón y a la propia vida, la nuestra.
Acompañan al libro las imágenes de Eva Gonzalo Núñez, amiga del escritor.
Letras y figuras, vida y muerte, ilustraciones escritas y escritura ilustrada que hacen de "Como hojas en otoño", un privilegio.
Gracias, querido Carlos.
Michela Murgia, cuenta en su primera novela, La acabadora (Narrativa Salamandra, Barcelona 2011) con una prosa apretada, tejida a conciencia… como los trajes de su protagonista, modista de hechuras humanas.
Una historia de conmoción hipnótica que no permite un respiro ni un alto en su lectura: desde Soreni a Turín, la pequeña María nos conduce por un seísmo sentimental del que nos recuperamos al acompañar a su “maestra” en su último estertor.
Magistral caracterización de personajes como el adolescente Piergiorgio, sin distracciones adjetivales; narración sustantiva llena de quieta acción ante la que el lector siente deseos de poner orden, de gritar y zarandear a seres a veces amarionetados, con alma, pero escondida bajo muchas capas, con intensas tragedias… y tal vez con esperanza.
(Reseña que publiqué en 2012 en la página "Tique con Q")
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| Foto de Ricardo IV Tamayo en Unsplash |
En apenas dos meses hará un año de aquel 28 de abril de 2025 que nos dejó sin luz, sin internet y, lo más desconcertante, sin saber qué hacer cuando el móvil ya no servía ni para mirar la hora, y me ha parecido buen momento para recuperar este artículo que publiqué en 2021 en El Obrero.
Releerlo hoy produce una especie de sorpresa. Por eso lo republico, porque pareciera que cambia ¡y mucho! leído ahora, después de lo ocurrido.
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Habrá que estar preparado: una nueva premonición ¿certera?, provocadora de susto y pasmo colectivo.
Ni “Filomena”, ni pandemia, ni volcanes; ahora llega The Blackout. Y no me refiero al cortometraje de mi amigo Mikel Navarro (habrá ocasión para dedicarle toda una columna). Se trata del apagón que se va a producir en Europa: eso sí, nos garantizan que no será mundial: las coordenadas se han fijado ya y presentan límites muy definidos.
Es buen momento para cambiar de paralelos y decidir mudarse a África, por ejemplo, o a Oceanía. América está muy visto y no nos inspira mucha confianza en este sentido.
Oigo las noticias de ese posible, perdón, real y casi inminente “cortocircuito”, que nos va a caer.
Y los chistes no dejan de aflorar, los planes ad futurum también, programas y titulares, noticias y comentarios: ¡¡a toda vela!! Eso… más velas por si las moscas.
No diré yo que sea una de esas fake news que tanto se llevan, o un pasatiempo de ociosos que quieren darle vidilla a la suya mofándose de las ajenas o un funesto augurio de agoreros de medio pelo, pero de hacer una encuesta de las famosas de campo, con alcachofa y cámara en ristre que tanto lucen los reporteros por la rúa, seguro que encontraríamos respuestas más que jugosas. Y las hay de todo tipo: desde la risa al espanto, desde la incredulidad contenida a la prevención prudente.
Seguro que muchos pensarían que se trata de una tregua orquestada por el “big eye” contra el recibo de la luz, y mira tú por dónde, unos días sin corriente eléctrica igual atemperaban el presupuesto doméstico.
Si me preguntan a mí, confesaré que he sucumbido a la trampa del “me he rayado” de tanta línea y marca que me he imaginado en mi mente o también “me he rallado” como el queso, del esfuerzo en desmenuzar el sentido de tal aviso; pero solo me duró la “ralladura” ácida como el limón, unos minutos. Y ya.
Rápidamente pensé en las posibles situaciones tan curiosas, inconvenientes, divertidas, tensas… en que nos puede sorprender el apagón y deseché imágenes de mi propia y personal colección.
Ya tengo bastante con mi individual e intransferible micro universo como para andar aparejando nuevas filomenas ahora “a fosques”. Sin luz. Pues habrá que pertrecharse de velas y cirios, de los que alumbraban iglesias pascueras en nuestros años infantiles, rebuscar en el desván o en el altillo viejos candelabros o candiles, y recargar mechas que nos den lumbre a puro golpe de chasquido digital (de apéndice manual quiero decir).
Y poco más, o nada, mejor.
Se trata de geoestrategia me responden los más avezados en este tipo de noticias: acuerdos, reuniones, convenios y pactos, muchas conversaciones, viajes, tratados… de nuestros políticos (del ramo sostenible y energético) a los países que poseen la llave para abrir y cerrar la grifería del preciado elemento, sustancia o producto… mientras engrasan el mecanismo y sonríen, tranquilos que no tranquilizados, en la pantalla, la población tiene que seguir viviendo con lo que llevamos encima o bien decidir en qué cueva y en qué barril cual Diógenes nos vamos a encerrar.
¡¡Vivir para ver!! Lo mismo ni vemos, con tal apagón.
Metálico el
sonido
de mi copa
brindando con la tuya.
En la mía un
Burdeos
y el
Riesling que acostumbras, en la tuya.
Y ¿cómo
describir
a quien no
lo ha probado
el sedoso,
afrutado, o amaderado vino?
Hay que
saborearlo,
emborracharse
incluso y aun así,
no lo conocerá,
por más que expliques.
Ha de
experimentarlo.
Ha de
embriagarse cada vez
y comprender
sin preguntar su nombre.
(M. Regalado)
Como
si fuera una guía de viaje, recorremos caminos, laderas, visitamos playas y
localidades cercanas a Sandrigham durante las vacaciones de navidad de la
familia real.
Sin
citar nombres, aparecen el presidente de Estados Unidos, la primera ministra
británica, una cohorte variopinta de lores, sires, damas, cazadores, criados,
funcionarios… paisaje y paisanaje muy del gusto de un público amante de
aventuras por aquellos lares.
De
la capital al campo y de las granjas a los apartamentos, el lector se imagina
dentro de un cuadro, más o menos real, donde se ha producido un crimen… amable,
diría yo. Hasta el detalle más escabroso que supone la aparición de una mano
cercenada de su brazo correspondiente, resulta poco repulsivo y mucho menos
cuando se va desbrozando la historia del dueño de tal apéndice.
Todo
es suave, incluso la escena del final que parece hacer peligrar la vida de la
monarca: todo es fluido como los espirituosos que toman de aperitivo,
edulcorado como el té.
Una
lectura fácil, divertida, que entretiene y atrapa, sin otro propósito que pasar
un rato ameno con cierto lío de apellidos de ringorrango y final feliz, en
especial para la soberana a la que le gusta el orden y la armonía.
La
escritora, muy monárquica, aporta una imagen de Isabel, enternecedora, abuela
tranquila, mujer curiosa y justiciera.
Una
fantasía de cuento de suspense, recomendable en la que no faltan retazos de
nuevos aires: veganismo, crítica a la caza, defensa de la ecología, cambio de
referentes heteropatriarcales, apoyo al matrimonio gay… flecos que constituyen
todo un mantón de los cambios que se aprecian -más bien, se desean- en Reino
Unido.