de Amélie Nothomb
Quizá también te interese: La Nostalgie heureuse
Página de la escritora Pilar Úcar
Quizá también te interese: La Nostalgie heureuse
Es
lo que ocurre con el autor de este bodrio infumable: Arca; lo diré
facilito: si las parejas de animales hubieran conocido lo que les esperaba en
su habitáculo bíblico de la mano de este ¿escritor? habrían salido por patas al
agua, aunque les arrastrara el diluvio y la humanidad faunesca se hubiera
extinguido.
Es
lo que he hecho yo. Verán…
La
biografía de Menéndez Salmón es imposible leerla: una llega exhausta al final
de tanta ristra de premios, certámenes, ensayos, pruebas de acceso, actividades
variadas, un mosaico variopinto -lo mismo ha sido la editorial, decidida a
rellenar el vacío de una pretendida autoridad- que deja al descubierto el
volumen infumable, indigesto y estomagante de sus 466 páginas.
Un
timo descabellado, y eso que me habían advertido del bluf que iba a ser este
título tras Horda.
Parece
que ha contratado un pull de becarios y becarias y, siguiendo la moda
estadounidense de los grandes superventas, les ha dado una línea, un tema, un
hilo narrativo que seguir y luego él… ya pondrá argamasa. La exhibición,
agotadora e innecesaria, que hace de paréntesis, explicaciones, exordios,
digresiones, paráfrasis… propia de alguien obsesionado por el diccionario de
sinónimos y antónimos. Un horror. Desde el principio y viendo la que se me
venía encima, decidí afrontar el libro sobrevolándolo, ni tan siquiera en
diagonal: solo he leído las conversaciones, mínimas, guiada por los guiones, y
así se sucedían páginas y más páginas farragosas, sin separación en párrafos.
De
qué trata esta piedra libresca: un tipo con un don, o con cierta clarividencia,
es contratado para descubrir un crimen ocurrido en un palacio veneciano, y de
ahí saltamos al norte de Europa y vuelta al sur, a un sanatorio, con una
doctora muy estimulante, y de ahí a Madrid y vuelta a descubrir, en esas
habitaciones que se mueven y albergan mariposas, paredes livianas, espectros,
personajes del pasado y pinturas que miran… el fin de la vida, el sentido de la
muerte, la presencia de robots, el mundo perdido… un quilombo escrito como el periprocto.
¡perdón! Gnomeo y Piruleta en el circo
Mira que prometí cerrar temporada
teatral con el despropósito de El escondido y la tapada de Calderón; pues no,
no hay manera de clausurar mi visita a este viejo corral de comedias y ahí
estoy, un domingo 17 de mayo a las 20.00 ante la puerta de entrada con un público
mayoritariamente femenino (pego la oreja entre la multitud y oigo a un varón que
le dice a otro: “¿ves? Esto es cosa de mujeres” no sé si con paternalismo, displicencia
o desprecio se referían al público o al título de la comedia del Fénix).
Cuando era estudiante de
Filología, aprendí que este Monstruo de la naturaleza escribía a diario pliegos
y pliegos en una actividad desenfrenada, y que firmaba obras y obras de su puño
y letra que hacían gracia, mucha, a sus coetáneos.
Siempre sospeché que ni escribía
tanto, ni firmaba tanto… el día tiene 24 horas y a él se le iban volando entre
pendencias, destierros, abandono del lecho conyugal, arrepentimiento conventual
y batallas militares… esta obra de sesgo feminista, dice el programa y la
crítica, ni es feminista ni nada que se le parezca. ¿Lope de Vega feminista?
Para partirse de risa.
¿Empoderamiento de la mujer? No
se lo cree ni Laura, la protagonista, una petarda muy pesada y aburrida, cuya
actriz lee mal el texto y lo interpreta peor, ni las dos sirvientas de
ringorrango, ni el secretario (un Secun de la Rosa en su línea de gran actor)
ni el público, que se troncha, y yo no.
Me parece una chabacanada la
puesta en escena, el parchís viviente que lucen con el vestuario paupérrimo los
actores, la mariposa del final que parece hecha con retales de parvulario para
el día de la madre, o del padre, que no vamos a hacer distingos.
La acústica mejorable, los
movimientos en el escenario, torpes, los gags al compás de la música, de una
simplicidad ramplona…
Y a pesar de todos esos peros, el
teatro hasta la bandera, la gente se lo pasó muy bien y yo me fui, agotada y
decepcionada.
¿Será por mi edad? ¿Porque ya he
visto mucho teatro?
No es un gran descubrimiento esta
obra de Lope, que lo mismo la escribió alguien de su escuela, un “negro”
anónimo, al que pagaba o no.
Quien no vaya a verla, no se va a perder nada. Mejor una serie de televisión, una cerveza 0.0 en la terraza o un libro a la sombra, por los calores que se nos vienen ya, como cada mes de mayo, por cierto.
Aunque la protagonista parezca de una abnegación
insoslayable y magnánima, desde el principio es crispante, incapaz de decidir,
solo callar, débil, sometida a los convencionalismos sociales, dubitativa y de
una ceguera palmaria. Se trata de una historia de obligaciones de hija única a
quien le ha dado todo, supuestamente. Porque la vejez se lo está cobrando con
creces: gritos, tiranía hacia una obediencia cerril, remordimientos y
recriminaciones, recuerdos de un padre tiránico.
En definitiva, una vida burguesa atormentada y estéril.
Inefables son las páginas -más de cuatro- dedicadas a los
intentos de Christine para que su madre se ponga la toquilla; a punto de dejar
el libro en la página 90, porque en suma, contemplamos una historia pretérita
en el tiempo, pero actual y presente: cuántos casos conocemos de hijas -a los
varones no se les exige esta pleitesía- que mueren en vida cuidando a sus
madres, sin posibilidad de vivir su propia existencia, de asistir a afectos malogrados,
de cancelar expectativas y de abortar esperanzas.
Algunos han comparado la redacción de su autora a la de
Annie Ernaux; tal vez, solo que la francesa en menos páginas expresaba más, y
la suiza se explaya en el dolor anímico, innecesario, desde mi punto de vista: breves
pinceladas serían suficientes.
Libro recomendable para leerlo con tiempo y ganas.
En lugar de esa máquina con
ruedas fantástica y supersónica, la escritora se ha inventado un subterfugio
tedioso y muy manido: Belaundia Fu, la amiga invisible que acompañará a lo
largo de su vida a Marta en un desdoble de autora/intérprete que aburre y hace pesadísima
la lectura.
A modo de voz del más allá en el
más acá, el lector acude al pasar de los años de una joven con sus idas y
venidas, rabietas, juegos iniciáticos, ilusiones y fracasos de cualquiera.
Anodina. Común y corriente.
Todo suena a viejo y a
apolillado, a escenas de cine de verano: no es un descubrimiento ni acierto
literario ese tejemaneje de hacer que el dúo de las “amigas” hablen sin hablar,
de pensar en voz baja o en pretender que los adultos crean que Marta tiene un
amigo invisible, en este caso no es un perro, sino la propia autora que nos
cuenta su vida sin ficción ni autoficción.
Sin interés. Libro más que prescindible.
“Nunca los he prestado, me gustaba poseerlos. Los libros son tímidos, pensaba, quieren estar solo con quien los ha elegido, no les gustan las manos extrañas"
"Antes de que los signos se volviesen para mí descifrables, eran sonidos, y eran los mayores quienes poseían la capacidad de traducir los signos en palabras y con las palabras construir un cuento… De modo que leía escuchando. Y oliendo."
Quienes disfrutaron con 84, Charing Cross Road (tengo debilidad por los libros que hablan de libros, lo admito; supongo que hay vicios peores), probablemente encontrarán aquí una sensibilidad parecida, aunque sea menos brillante y más dispersa.
Bajo mi punto de vista, hay un pequeño bache hacia la mitad del libro, con alguna acumulación de "recuerdos-circunloquio" que provocan cierta impresión de que la lectura flojea. A ratos el libro parece asumir que, cualquier recuerdo relacionado con la lectura, resultará atractivo por el simple hecho de hablar de libros. Pero rápidamente recupera el interés. No sé si "malpienso", sospechando que eran necesarios algunos rodeos para cumplir un mínimo número de páginas que completaran un libro publicable: apenas cien, que podrían quedarse en apenas noventa si alguien eliminase algunos "meandros".
La verdad es que durante toda la lectura tuve la impresión -grata- de que Alberico estaba relatando mi propia experiencia lectora infantil y juvenil. En aquellas tardes de absorta lectura, sumergida en la sensación casi física de entrar en otro mundo al abrir un libro. Todo eso que yo evocaba EN ESTA ENTRADA de julio pasado.
Y me reconozco, incluso, cuando habla de cierta precocidad en la lectura de algunos títulos que descolocan a una mente juvenil (en mi recuerdo cada uno de los que me ocasionaron alguna inquietud o desasosiego ante temas para los que aún no contaba con la suficiente madurez emocional).
¿Mi recomendación? pueden abstenerse lectores que busquen misterio, tensión, giros del argumento, o los que necesiten que cada capítulo termine al borde del infarto. Aquí no hay acción ni suspense. Esta obra de Giulia Alberico decepcionará a quien espere una novela tradicional con planteamiento, nudo y desenlace; o un ensayo bibliográfico, o un sesudo análisis de la historia del libro. Su atractivo es otro.
Leo en francés el título de Pascal Rambert "La clausura del amor", traducción que no me gusta mucho; quizá fuera mejor “se nos rompió el amor” tan melódica, tan cantable en karaokes.
Lo malo de conocer algún título de un autor es la expectativa: volver a un escritor que nos gustó en su tiempo (remito a la reseña de Hermanas) crea ciertas esperanzas e ilusiones en su lectura. Es lo que ocurre con Clôture de l’amour: una pareja Stan y Audrey, solos, enfrentan su ruptura, por partes: primero el monólogo de él y a continuación a modo de réplica ella.
Él aturullado, a trompicones, repetitivo en bucle, abusador, violento… un pobre diablo, sinvergüenza, acomplejado (hoy diríamos tóxico) escupe su ignorancia interior, su descontento, su falta de acomodo en el mundo, en su mundo y en el de su pareja; para mí un auténtico lerdo, un paleto a pesar de salpicar su intervención de citas clásicas, igual que ella; aparecen nombres de artistas clásicos, figuras mitológicas…
Vamos, que, si el dramaturgo pretendía dotar de verosimilitud a la separación de la pareja protagonista, erró el tiro: muy poco realista la historia a la que asistimos con tensión muscular; se trata más bien de la excusa, del subterfugio literario de un hombre y una mujer para enhebrar temas sobre la vida, el amor, el trabajo, el tiempo, la dignidad, la entrega, la abnegación… y mucho más, un texto con pretensiones filósoficas, algo tostón, del que se deriva una sensación de “déjà vu” pero en mejor: Arthur Miller, Unamuno, Carmen Laforet…
Siguiendo los patrones estilísticos del autor, muy escenográfico, aludiendo siempre a quienes pudieran asistir, mudos e impávidos a los monólogos imprecatorios de uno y otra.
Aspavientos verbales, logorrea inusitada, agotamiento léxico, vomitera desde las tripas; parecemos estar en un frontón en cuya pared rebota una y otra vez la pelota de la culpa, el insulto, la pérdida del sentido humano, en un claro ejemplo de demostrar el valor de la palabra: si no se pronuncia no existe la realidad, aseguran. Lo dudo, añadiría yo.
Un libro, muy breve, pero intenso donde la destrucción absoluta campa a sus anchas.
En esta ocasión, Jimena toma algo tan aparentemente sencillo como unos arándanos y consigue que llamen vivamente nuestra atención. No es sólo "pintar fruta": hay cuidado en cómo están colocados, en el papel que los envuelve y en los pequeños detalles como las hojas. Todo ello hace que la imagen se sienta cálida, natural y muy agradable de mirar.
Los azules destacan y están muy bien resueltos, sin que todo se vea igual. De hecho, hay algo que no es tan fácil como parece: conseguir que cada arándano se diferencie sin que todo acabe siendo una mancha azul. Jimena ha dado a cada pieza su espacio con pequeños cambios de tono, luces y sombras que hacen que cada uno de ellos tenga su relieve y se diferencie de sus contiguos. La intensidad de los azules, en contraste con el fondo claro, hacen que la mirada vaya directamente a la fruta.
Hay frescura, ganas y una forma muy natural de hacer las cosas.
Enhorabuena a la autora por este nuevo trabajo y gracias por compartirlo.