De clubes, federaciones y publicidad: más “unga ungas”: Todo por la pasta
Fácil sería empezar esta tercera entrega de mi serie dedicada a los “unga unga” en el fútbol recordando aquel 20 de agosto de 2023.
Página de la escritora Pilar Úcar
Los entrenadores, ataviados según modo y ocasión, van por la línea limítrofe del campo santiguándose, acordándose de la madre de los árbitros, mentando al santoral, dirigiendo el batiburrillo de sus jugadores, increpando, desgañitándose el gaznate en un ejemplo de exhibición gimnástica. Reverencia al míster.
Por
cierto… ¿y las periodistas de fútbol? Rubias, melenas leoninas, gloss y rímel.
Deberían sus homólogos masculinos decorarse.
Los futbolistas son esa suerte de seres trogloditas, iletrados, toscos, cavernarios, básicos, pleistocénicos, ágrafos, primitivos, misóginos y machirulos, gallitos, vulgares, zafios… Su encefalograma, plano; sus pulsaciones a flor de piel para vociferar animaladas, corear insensateces, balbucear a trompicones dos sílabas juntas, lanzar escupitajos a la hierba, tocarse a gusto las partes pudendas… Unos destalentados (Y me quedo corta, muy corta).
Los recién ascendidos de segunda a primera, por ejemplo, han abandonado el Seat León, y hasta el Cupra, -qué dos modelos tan canis- con los que mimetizaron en sus primeros pases. Lucen pelo cortado en modo seto o césped según decida el especialista la altura del cerebro, minúsculo, en cualquier caso.
Y da igual que una mire a la selección en su conjunto que a los provincianos venidos a más. Es tocar un balón con el pie y pierden el ídem y la cabeza, tan llena de aire como el cuero que patean.
PD: pienso en los futbolistas gays… que no se les ocurra el más mínimo aspaviento porque la bestia fiera los engulle (para otro día)
Sí, el dramaturgo francés
que ha firmado libros como Hermanas y La clausura del amor, entre
otros muchos títulos que escupe como si fueran chorizos para ser representados
en diferentes escenarios internacionales (es una estrategia de ahorro la de
crear obritas con dos personajes, seguro).
He acabado harta de estas
50 páginas. A punto de clausurarlo y de tirarlo contra la pared o lanzarlo por
la ventana.
Está claro, cuando a uno
se le acaban las ganas de seguir escribiendo porque tienen “guasaps” en el
móvil o se quiere levantar a la nevera a pillar una cerveza, le queman las
líneas que está inventando, perdón, transcribiendo conversaciones escuchadas
pegando la oreja, resumiendo artículos sobre experiencias de malos tratos
conyugales, recordando historias contadas por amigos… vamos, que el escritor ha
entrado en bucle y él mismo se aburre de repetir y alargar una historia de una
pareja que se lleva mal o no tan mal. El marido se recorre en coche la
distancia de Madrid a Helsinki para cantarle las cuarenta a su mujer, y esta,
que no se queda corta, lo larga con cajas destempladas…o no. Porque al final,
con la hija de nueve años presente en la habitación del hotel donde se aloja la
protagonista, todo queda en el aire.
El autor decidió que no
daba más de sí el tema y alargar la goma te puede dar en las narices o al
estirar el chicle de lo que podría haber sido un monólogo a dos voces y de 40
líneas, convierte a Finlandia en un fastidio durante el tiempo de su
lectura.
Ayer, miércoles 17, en la capilla de Icade y dentro del marco de la recién inaugurada Cátedra Arte y Transcendencia entre las universidades de Comillas y Deusto, asistimos a un concierto de música dirigido por el Maestro Ignacio Yepes.
En
estos momentos de ansiogénesis académica, en las postrimerías del curso universitario, un público atento y entusiasmado tuvo la oportunidad de escuchar al
Ensemble QNK Ópera interpretando Stabat Mater de Luigi Boccherini en su
primera versión de 1781.
Las
sopranos Alicia Sánchez y Carla Ortega junto con los violines de Ruth Olmedilla
y Sarai Pintado, la viola de Alfonso Moreira, el violoncello de Miriam
Olmedilla y el contrabajo de Elena Courín, encandilaron al auditorio. Voces e
instrumentos al unísono con la dirección de la batuta magistral de alguien tan
inteligente y generoso como el Maestro Yepes.
Con
él tuve la ocasión de charlar un rato antes de su intervención y coincidimos en
la “inutilidad del arte” en el “para qué”… Arte es un poema, un edificio, una
pieza musical, una fotografía… ¿sirven de algo? Sin duda. Están para su
contemplación, para observar con nuestra mirada, para nutrir el espíritu.
El
concierto de ayer nos transportó a recovecos personales, nos inspiró
pensamientos humanistas, proyectó esperanza. Fue PAZ. Un lujo, un regalo.
Las 112
páginas que ocupan este título son un “dos por uno”.
Y creo que
se trata más bien de un estudio seudocientífico, de esos ensayos de alto
impacto que tanto nos obsesionan en la Academia. Al final, el autor hace un
refrito recopilatorio de estudios sobre la política cultural en Portugal:
cifras, resultados, estadísticas, gastos destinados por habitante a la cultura
de su país.
Y llego a
pensar que eso fue en su origen el libro y que las páginas restantes, es decir,
las 90 anteriores, son un estudio de caso, ficcionado, distópico… fantasioso, en
definitiva, para defender el papel de la cultura, su necesidad y en especial el
valor y la valía de la poesía y de los poetas; porque una familia (sin nombre
cada uno de sus miembros) decide comprar un poeta y llevarlo a su casa; resulta
que de todo el artisteo posible, son los que menos manchan, de ahí la facilidad
en darle acomodo entre ellos; eso sí, con diferente resultado según se
relacionan con él.
Asistimos
a la convivencia rutinaria de un matrimonio con un hijo y una hija adolescentes.
Lo más
interesante de esta lectura, que fluye rápida y sin tropiezos, es el estallido
del ama de casa. Lo mejor. El resto, un “sin más” le daremos.
Conforme
lo leía me recordaba el tan manido tema de “¿para qué sirve la poesía?” No hay
certamen literario, presentación de poemario en el que no se oiga: “¿y esto qué
significa? ¿Qué querías decir?” NADA. Me dan ganas de gritar. ¡¡NA-DA!!”
Un buen
amigo mío -te recordaré siempre, querido José Luis- dijo hace algunos años que
vivíamos épocas groseras, marcadas por una zafiedad en el lenguaje y que pocos
descubrían la actividad de leer poesía y de escribirla; se refería, sin duda, a
la dialéctica del
materialismo utilitario del arte.
Citaré: "Con frecuencia -escribe
Ovidio- mi padre me decía: ¿A qué inutilidad te dedicas? Ni siquiera Homero
dejó riqueza alguna". Con toda seguridad habríamos perdido mucha
riqueza, incontables bienes, si espíritus como Homero o como Ovidio,
contrariando su naturaleza artística, se hubieran dejado llevar por el
materialismo y el interés contable, empujados por personas incapaces de pensar
con mentes un poco 'inútiles'.
Ciertamente, no podemos evitar que la
naturaleza alumbre a gentes a quienes no les guste leer y gentes a quienes sí
les gusta leer, y escribir, incluso apasionada y artísticamente. Han nacido
predispuestas, han nacido inclinadas a la Poesía. ¿Estamos entonces ante una
disyuntiva fatalista y genética? Gusta de leer el que ha leído. Pero por qué ha
leído. Acaso por predisposición. Y, ¿cómo podemos romper el espacio vacío del
que no ha leído y no le gusta? Atravesando el camino de la disciplina
espiritual, el de la educación de la inteligencia y de los sentimientos.
Educar en la cultura -y en la poesía,
especialmente- es compartirla y dar razón de por qué la apreciamos y de cómo
hemos llegado a apreciarla. Y esta 'didáctica' guarda mucha relación con la
utilidad de la Poesía. Precisamente su utilidad reside ahí, en ese proceso de
participación mediante el cual podemos despertar la nota dormida, desarrollar
nuestros elementos innatos, nuestra personalidad natural al ponernos en
contacto con otros seres; reside en la aventura de gozar y vivir otras vidas
que hacen más rica y deleitable la nuestra; reside en ir más allá de nuestra
aldea.
Sancho Panza tiene unas palabras que
pueden servirnos de ilustración sobre el ensanche de nuestros límites con la
literatura, con la Poesía. No las pronuncia en relación con la lectura, sino
con la vida vivida más allá de las lindes de nuestra ordinaria vida aldeana. Se
las oímos cuando su vida se ha empezado a hacer literatura, literatura viva.
Recordémosle en el momento en que ha regresado a la aldea y su mujer Juana
Panza le pregunta con gran sentido humano y realista qué bien ha sacado de sus
escuderías, qué saboyana le ha traído a ella y qué zapatos para sus hijos (I,
52). Sancho no ha traído nada de esos bienes materiales, pero sí el sueño de
ser conde o el de gobernar una ínsula "no de las de por ahí, sino la mejor
que pueda hallarse". Y más adelante dice a su mujer, quien no comprende
nada de esas quimeras ya tan quijotescas, otras palabras para aplicar a la
lectura y a la creación poéticas, y a su 'inutilidad' práctica: " [...] no
hay cosa más gustosa en el mundo que ser escudero de un caballero andante
buscador de aventuras. [...] es linda cosa esperar los sucesos atravesando
montes, escudriñando selvas, pisando peñas, visitando castillos, alojando en
ventas a toda discreción, sin pagar ofrecido sea al diablo el maravedí".
Sancho ya ha aprendido a soñar y a vivir otras vidas, poco útiles pero deleitables. Esto, sin duda, lo procura también la cultura, la Poesía. Pero acaso la postura de Sancho con ser en cierto modo ejemplar no lo es de manera absoluta. No nos imaginamos satisfecha a Juana Panza con tales respuestas. (Tampoco lo está el auditorio que acude a eventos poéticos, ante las respuestas que reciben). En definitiva, he aquí otra vez, entre Sancho y su mujer, el conflicto que se planteaba al principio con Ovidio y su padre: el conflicto deleite-provecho, cultura poética y vida material.
No es baladí esta digresión, ilustra
de manera muy explícita y gráfica, el meollo del libro Vamos a comprar un poeta.
Pero no les anticipo el final… su
lectura resulta aconsejable.
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Es
lo que ocurre con el autor de este bodrio infumable: Arca; lo diré
facilito: si las parejas de animales hubieran conocido lo que les esperaba en
su habitáculo bíblico de la mano de este ¿escritor? habrían salido por patas al
agua, aunque les arrastrara el diluvio y la humanidad faunesca se hubiera
extinguido.
Es
lo que he hecho yo. Verán…
La
biografía de Menéndez Salmón es imposible leerla: una llega exhausta al final
de tanta ristra de premios, certámenes, ensayos, pruebas de acceso, actividades
variadas, un mosaico variopinto -lo mismo ha sido la editorial, decidida a
rellenar el vacío de una pretendida autoridad- que deja al descubierto el
volumen infumable, indigesto y estomagante de sus 466 páginas.
Un
timo descabellado, y eso que me habían advertido del bluf que iba a ser este
título tras Horda.
Parece
que ha contratado un pull de becarios y becarias y, siguiendo la moda
estadounidense de los grandes superventas, les ha dado una línea, un tema, un
hilo narrativo que seguir y luego él… ya pondrá argamasa. La exhibición,
agotadora e innecesaria, que hace de paréntesis, explicaciones, exordios,
digresiones, paráfrasis… propia de alguien obsesionado por el diccionario de
sinónimos y antónimos. Un horror. Desde el principio y viendo la que se me
venía encima, decidí afrontar el libro sobrevolándolo, ni tan siquiera en
diagonal: solo he leído las conversaciones, mínimas, guiada por los guiones, y
así se sucedían páginas y más páginas farragosas, sin separación en párrafos.
De
qué trata esta piedra libresca: un tipo con un don, o con cierta clarividencia,
es contratado para descubrir un crimen ocurrido en un palacio veneciano, y de
ahí saltamos al norte de Europa y vuelta al sur, a un sanatorio, con una
doctora muy estimulante, y de ahí a Madrid y vuelta a descubrir, en esas
habitaciones que se mueven y albergan mariposas, paredes livianas, espectros,
personajes del pasado y pinturas que miran… el fin de la vida, el sentido de la
muerte, la presencia de robots, el mundo perdido… un quilombo escrito como el periprocto.
¡perdón! Gnomeo y Piruleta en el circo
Mira que prometí cerrar temporada
teatral con el despropósito de El escondido y la tapada de Calderón; pues no,
no hay manera de clausurar mi visita a este viejo corral de comedias y ahí
estoy, un domingo 17 de mayo a las 20.00 ante la puerta de entrada con un público
mayoritariamente femenino (pego la oreja entre la multitud y oigo a un varón que
le dice a otro: “¿ves? Esto es cosa de mujeres” no sé si con paternalismo, displicencia
o desprecio se referían al público o al título de la comedia del Fénix).
Cuando era estudiante de
Filología, aprendí que este Monstruo de la naturaleza escribía a diario pliegos
y pliegos en una actividad desenfrenada, y que firmaba obras y obras de su puño
y letra que hacían gracia, mucha, a sus coetáneos.
Siempre sospeché que ni escribía
tanto, ni firmaba tanto… el día tiene 24 horas y a él se le iban volando entre
pendencias, destierros, abandono del lecho conyugal, arrepentimiento conventual
y batallas militares… esta obra de sesgo feminista, dice el programa y la
crítica, ni es feminista ni nada que se le parezca. ¿Lope de Vega feminista?
Para partirse de risa.
¿Empoderamiento de la mujer? No
se lo cree ni Laura, la protagonista, una petarda muy pesada y aburrida, cuya
actriz lee mal el texto y lo interpreta peor, ni las dos sirvientas de
ringorrango, ni el secretario (un Secun de la Rosa en su línea de gran actor)
ni el público, que se troncha, y yo no.
Me parece una chabacanada la
puesta en escena, el parchís viviente que lucen con el vestuario paupérrimo los
actores, la mariposa del final que parece hecha con retales de parvulario para
el día de la madre, o del padre, que no vamos a hacer distingos.
La acústica mejorable, los
movimientos en el escenario, torpes, los gags al compás de la música, de una
simplicidad ramplona…
Y a pesar de todos esos peros, el
teatro hasta la bandera, la gente se lo pasó muy bien y yo me fui, agotada y
decepcionada.
¿Será por mi edad? ¿Porque ya he
visto mucho teatro?
No es un gran descubrimiento esta
obra de Lope, que lo mismo la escribió alguien de su escuela, un “negro”
anónimo, al que pagaba o no.
Quien no vaya a verla, no se va a perder nada. Mejor una serie de televisión, una cerveza 0.0 en la terraza o un libro a la sombra, por los calores que se nos vienen ya, como cada mes de mayo, por cierto.
Aunque la protagonista parezca de una abnegación
insoslayable y magnánima, desde el principio es crispante, incapaz de decidir,
solo callar, débil, sometida a los convencionalismos sociales, dubitativa y de
una ceguera palmaria. Se trata de una historia de obligaciones de hija única a
quien le ha dado todo, supuestamente. Porque la vejez se lo está cobrando con
creces: gritos, tiranía hacia una obediencia cerril, remordimientos y
recriminaciones, recuerdos de un padre tiránico.
En definitiva, una vida burguesa atormentada y estéril.
Inefables son las páginas -más de cuatro- dedicadas a los
intentos de Christine para que su madre se ponga la toquilla; a punto de dejar
el libro en la página 90, porque en suma, contemplamos una historia pretérita
en el tiempo, pero actual y presente: cuántos casos conocemos de hijas -a los
varones no se les exige esta pleitesía- que mueren en vida cuidando a sus
madres, sin posibilidad de vivir su propia existencia, de asistir a afectos malogrados,
de cancelar expectativas y de abortar esperanzas.
Algunos han comparado la redacción de su autora a la de
Annie Ernaux; tal vez, solo que la francesa en menos páginas expresaba más, y
la suiza se explaya en el dolor anímico, innecesario, desde mi punto de vista: breves
pinceladas serían suficientes.
Libro recomendable para leerlo con tiempo y ganas.
En lugar de esa máquina con
ruedas fantástica y supersónica, la escritora se ha inventado un subterfugio
tedioso y muy manido: Belaundia Fu, la amiga invisible que acompañará a lo
largo de su vida a Marta en un desdoble de autora/intérprete que aburre y hace pesadísima
la lectura.
A modo de voz del más allá en el
más acá, el lector acude al pasar de los años de una joven con sus idas y
venidas, rabietas, juegos iniciáticos, ilusiones y fracasos de cualquiera.
Anodina. Común y corriente.
Todo suena a viejo y a
apolillado, a escenas de cine de verano: no es un descubrimiento ni acierto
literario ese tejemaneje de hacer que el dúo de las “amigas” hablen sin hablar,
de pensar en voz baja o en pretender que los adultos crean que Marta tiene un
amigo invisible, en este caso no es un perro, sino la propia autora que nos
cuenta su vida sin ficción ni autoficción.
Sin interés. Libro más que prescindible.