Palabradas blog
Página de la escritora Pilar Úcar.
martes, 6 de enero de 2026
viernes, 2 de enero de 2026
Comenzar el año con pronombres
Como lo comenzaba allá por enero de 2021 publicando en El Obrero vivencias y reflexiones sobre el tema. Y que hoy actualizo y comparto.
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Cuestión de pronombres. Cuestión de silencios. De Pedro Salinas a Dinamarca.
Me cuentan que en algunos lares el lenguaje periodístico es muy acotado, tan acotado que si no se sabe o no existe una palabra se la inventan sin drama alguno, convirtiéndola en palabro, por ejemplo “cricicismo” para hacer referencia al estado continuo, normal y sempiterno de ese país (se dice el pecado pero no el pecador). Cuestión de usos culturales. Me aseguran también que en el discurso político de ese mismo país se dan un festín con el uso alternativo de los pronombres personales “yo” y “nosotros”. El yo se usa para marcar el principio que se debe seguir y el nosotros para demostrar que todos estamos convencidos de ese principio. Cuestión de gramática.
En alguna ocasión me han preguntado cómo abordar la enseñanza de los pronombres en nuestro idioma para los extranjeros interesados en estudiarlo y practicarlo (y para nuestros nativos también, diría), y yo, sin vacilar, he respondido: con los poemas de Pedro Salinas (1891-1951), el poeta de los pronombres: “Tú vives siempre en tus actos... Tú nunca puedes dudar” (La voz a ti debida), “La noche donde yo estoy ahora, donde tú estás junto a mí” (Luz de la noche).
A mí me funciona en el aula su poemario tanto desde el punto de vista de la estructura como del contenido. Y en esas estoy, en la presencia y ausencia de lo pronominal.
En español los pronombres personales no son preceptivos salvo para marcar contraste, distancia, preminencia, énfasis, explicitar el sexo del referente, por cortesía o deshacer posibles ambigüedades cuando existen coincidencias de desinencias verbales.No sé qué pensar. Cada vez hay “menos nueces” en cuestión de pronombres.
¿Será por el influjo de otros idiomas en los que su presencia es de obligado cumplimiento?
Escuchamos
y leemos muy a menudo más personalismo, un más acentuado individualismo, un
mayor alejamiento entre el yo y el tú, el yo y el nosotros. Por supuesto el
“ellos” lo vislumbramos en la lontananza.
El lingüista Teun A. van Dijk (1943-) propone la
no elusión del pronombre personal siempre que sea necesario y más en estos
tiempos que no andamos para lucir corpiño calado, es decir, que el “ruido”
pronominal resulta aconsejable y consentido no como mera fórmula sino como
sistema, medio e instrumento de acercamiento y de inclusión al otro a él y al
ellos.
Con alteridad sincera. Incluyendo.
¡Qué alegría más alta:
vivir en los pronombres! (P. Salinas)
De
la misma manera que el poeta se dirigía a su amada desde su yo incluyéndola en
el nosotros. Silenciar, pues, ciertos pronombres aparta y divide.
Y
una cosa trae la otra.
Mi
primera visita a Dinamarca, fue a una universidad de Copenhague, invitada como
charlista (aquí conferenciante) y llevé los usos de mi país: interactuar con el
auditorio, pedir respuestas a preguntas nada retóricas, vamos, participación
activa e implicación consciente del público.
Esto
es como el que no sabe: que va a ciegas con una venda de yeso difícil de
rascar.
Impartía
una conferencia sobre cultura mediterránea (usos de pronombres, expresiones
enfáticas, imperativos…) ante unas 100 personas: estudiantes de grado y
posgrado y profesores.
Mi
tono cambiaba según iba discurriendo la charla. Marcaba pausas –la importancia
del silencio- para ver la reacción. Impasible el ademán. Seguía intercalando
ejemplos y preguntas. Silencio. Atentos sí que estaban o simulaban estarlo. Sin
ruido y sin que nadie abandonara la sala, a mí me estaba abandonando el ánimo.
Esto
en España no me pasa, pensaba yo. Cuando lanzas una pregunta siempre hay
alguien que está dispuesto a armarla, para pulsarte, para provocar al resto…con
intención –buena o no- de dar vidilla a tu intervención.
Pasaban
los minutos: modulaba la voz, me movía por el estrado y… parálisis general.
Acabó
mi conferencia y aplausos. Protocolarios, pensé yo. Se abrió el turno de
preguntas y solo tímidamente una profesora formuló una.
Y
punto, fin del espectáculo.
La
colega que me invitó a visitar su universidad quedó encantada; pensé que su
deber de amiga la obligaba a ser condescendiente conmigo. Pues no. Fue sincera
y me aseguró que yo podía estar más que contenta porque no se había salido
ninguno (de madre, pensé). Nadie dejó la sala, y si hay algo que no les gusta,
lo hacen saber. En silencio. Cuestión de culturas.
A
partir de aquella ocasión, he tenido la oportunidad de acudir unas cuantas
veces más a la capital del país nórdico y ya me advirtieron, entre otros
parámetros culturales que iba cumpliendo a rajatabla, que si algún danés no
tiene nada que decir, nada dice. Punto en boca. De nuevo el silencio.
No
tengo tan claro si “muchas nueces”.
También
me enseñaron algo muy útil allí, nada práctico en otras latitudes.
Y
es que al realizar una pregunta he de fijarme en el leve movimiento de ceja de
los participantes; tal gesto significa advertencia, discretísima desde luego
(ante todo, no destacar) de que quiere decir algo y yo, atenta, me dirijo a esa
persona y le doy la palabra. Si deseo continuar con nuevas preguntas, cuento 10 segundos, y si no hay
reacción, a otra cosa, mariposa. Así va el tema por si se ven en una parecida.
Escribo
estas líneas y sonrío sin poder evitarlo.
En
España, cuando un ponente inquiere algo ante un auditorio, en una sala,
seminario, aula…no hace falta ni levantar la ceja ni contar 10 segundos. Es
más, aquí no levantan ni la mano (salvo los acodados en la barra del bar para
ingerir el líquido elemento, en los tiempos en que la ausencia de restricciones
lo permitía).
Lo
que yo digo, cuanto más descendemos de norte a sur, nuestros tímpanos se
acostumbran a sonidos difusos, deformes muchas veces: al ruido. Del silencio al
ruido en una breve transición.
Se
cumple eso de much ado about nothing.
Convendría acompasar el ruido y las nueces en nuestro trato y tratamiento.
domingo, 28 de diciembre de 2025
Un paréntesis y mucha resaca
Artículo que publiqué en 27 de diciembre de 2021 en El Obrero. No caduca. Hoy lo traigo a Palabradas-blog.
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Pasado el primer tramo festivo, con los estómagos llenos y la mente abotargada, iniciamos una nueva semana. La última de este mes de diciembre, la última de este año 2021.
Noticias, las justas, comentarios ajustados.
La pularda, el gorrín, algún marisco, dulces navideños,
entrantes y postres, brindis, corchos por los aires, celebraciones,
villancicos, regalos y detalles… tanto batiburrillo propio de las fechas nos
tiene algo amordazados, comedidos, más o menos.
El discurso, la misa del gallo, felicitaciones, antígenos
agotados, -test, quiero decir-, alka seltzer para las resacas, positivo en
covid, día de la familia, colas en los hospitales, shows televisivos,
reportajes, muchas selfis (por si las moscas)…para cuánto dan la noche del 24 y
el 25 (sin rima, por favor).
Importante la precaución, claro que sí: no solo respecto de
la orografía palmera sino de la salud personal y colectiva, también.
Convendría menos mensajes globales y abstractos, menos
palabras grandilocuentes y una mayor concreción, más contenido y enjundia de
compromiso. Implicación consciente: conceptos vagos y melifluos llenan el aire
y se evaporan.
Advierto tono cansado, agotado, casi al borde de la
extenuación; a pesar del “repetitio mater studiorum”, tengo la sensación de
salmodia exhausta.
Parece que cuesta percibir la chicha de lo verdadero y de lo
auténtico y no es que lo esencial se vea con los ojos del corazón, ocurre que
ni atisbamos el meollo de lo que nos rodea.
Nos hemos calzado las gafas opacas y así resulta difícil
avanzar; algunos hasta se han encajado atornilladas sus orejeras y ¡oye! “a lo
mío, que ya tengo bastante!!
Desde las autoridades políticas hasta el último peón del
tablero, todos debemos recuperarnos de esa resaca posfestiva y acentuar la
intención (y la obra) de mirar y observar, atender y tender la mano. Crear una
cadena día a día de solidaridad.
Minimizar daños colaterales, evitar riesgos innecesarios,
enfatizar el sentido común…
Pocas declaraciones de líderes, reducidas intervenciones
gubernamentales: estamos en un impasse de relativo descanso, en modo pausa por
el momento; hay que retomar fuerzas y así emprender el siguiente tramo festivo
y prepararnos para la próxima explosión y no me refiero a estridentes sonidos
de matasuegras, campanadas más o menos discordantes ni atragantones de bayas.
Mientras tanto, casi asistimos a un clima adormecido,
cruzamos los dedos (“virgencita, virgencita que me quede como estoy”) durante
estos días –postreros- que nos conducen a ese ansiado 2022.
Por cierto, en un canal televisivo, de cuyo nombre no quiero
acordarme, cierto tertuliano pontifica descalzo: sus zapatos reposan debajo de
la mesa; igual se le han hinchado los pies…mucha resaca.
sábado, 27 de diciembre de 2025
Tiempo sin tiempo
que otros dejan abandonado
porque les sobra o ya no saben
que hacer con él
tiempo
en blanco
en rojo
en verde
hasta en castaño oscuro
no me importa el color
cándido tiempo
que yo no puedo abrir
y cerrar
como una puerta
tiempo para mirar un árbol un farol
para andar por el filo del descanso
para pensar qué bien hoy es invierno
para morir un poco
y nacer enseguida
y para darme cuenta
y para darme cuerda
preciso tiempo el necesario para
chapotear unas horas en la vida
y para investigar por qué estoy triste
y acostumbrarme a mi esqueleto antiguo
tiempo para esconderme
en el canto de un gallo
y para reaparecer
en un relincho
y para estar al día
para estar a la noche
tiempo sin recato y sin reloj
vale decir preciso
o sea necesito
digamos me hace falta
tiempo sin tiempo.
martes, 23 de diciembre de 2025
La sonrisa
Parece que, allá en el
siglo XIX, el médico francés Guillaume Duchenne se interesó por la sonrisa humana y su relación con determinados
procesos neurológicos. Sus estudios le permitieron llegar a la conclusión de que
hay cierto tipo de sonrisa, la genuina y sincera, capaz de activar los
procesos intelectuales que se producen en la zona del córtex, generar
endorfinas y conducir al individuo a un estado de mayor felicidad.
sábado, 20 de diciembre de 2025
Trascendencia
martes, 16 de diciembre de 2025
Escribir poesía en tiempos de Ozempic
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| Foto de Angèle Kamp en Unsplash |
Escribir
porque hay algo que contar, porque hay que sentir con los demás o porque
conviene no refrenar el impulso de reconocerse.
Escribir
poesía en la madurez vital con trazos de adolescencia prolongada; sin rubor ni
temor de Dios: escribir poesía, aunque para algunos solo lo hacen las abuelas,
a modo de pasatiempo cultureta, más femenino que varonil, es el Ozempic que
se inyectan las estrellas.
Poesía
desde Homero a Manrique, de Quevedo a Bécquer, de Florencia Pinar a Gloria
Fuertes, De Idea Vilariño a Delmira Agustini.
Escribieron
poesía con el auxilio de las musas, con la inspiración del momento y del sentir
personal. Se concitaron Melpómene, Erato y Clio, Talía y Euterpe en un
contubernio de risas satíricas y lamentos fúnebres, de elocuencia cómica y
ritmos bucólicos.
Sin Ozempic.
En
estos momentos de escualidez física y mental, triunfan frases más o menos poéticas,
de rango solemne y atisbo sentencioso: Vive la vida a tope, Disfruta la
vida, o A vivir que son dos días.
La escritura lírica no engaña y sí engancha, no niega y siempre afirma, es decir, acepta y consiente con una mirada complacida de quien lee sin tapujos, a corazón abierto.
La
autora que suscribe estas páginas es más del siguiente imperativo: “Deja a la
vida en paz”, que no sé si provoca una mueca de disgusto o falsea la realidad
propia y ajena, con el deseo de firmar un pacto por la inmortalidad y la eterna
juventud, incluso aunque los únicos firmantes de ese pacto sean líderes
lamentables y perniciosos para perpetuar años de longevidad.
No así
la poesía: hay quien afirma que los avatares históricos, las gestas heroicas
(valga el pleonasmo) se olvidan antes que muchos versos de antaño, embriones de
belleza, auténticos amantes benefactores en una promiscuidad literaria que no facilita
la farmacopea por muy celebrada que sea.
Escribir
poesía durante los años púberes o en la soledad senil de la que hablaba Góngora,
permite cambiar y transformarse en cuerpo y alma y no por inoculación del
pinchazo prometedor, sino para recordar qué es la lealtad, el desamor y la
ilusión. La escritura lírica no engaña y sí engancha, no niega y siempre
afirma, es decir, acepta y consiente con una mirada complacida de quien lee sin
tapujos, a corazón abierto.
Quien
escribe poesía realiza una ofrenda generosa, visible en el ara de rituales
sociales sin imposición y sin dirigir voluntades ni esperar aplauso, ni
resultados milagrosos. Tal vez mejore los
niveles de azúcar en la sangre y pueda reducir el riesgo de eventos
cardiovasculares serios; quizá puede ayudar a las personas, lectoras, a perder
peso, a hacer su travesía cotidiana más liviana.
Rimar
en asonante descoloca, imita una prosa en líneas cortas y cortadas, abruptas,
de un lado al otro de la página; hacerlo en consonante ubica y posiciona,
parece que da mayor y mejor sentido al poema de la vida.
Ni de
viejas ni de jovenas (así, llana gráficamente esta palabra, como la pronunciaba
mi abuela), escribir poesía consiste en jugar con las palabras, marearlas hasta
hacerlas caer en una casilla incorrecta para que tomen aire y vuelen, con ganas
y decisión, con elegancia. De eso se trata escribir poesía: elegir o escoger lo
selecto y lo distinguido en la apariencia y en el comportamiento. Las palabras
de la escritura poética refieren al aspecto, a la forma y la estructura y, por
supuesto, al contenido, al meollo.
Algunas
se evaporan y enmudecen, otras, más valiosas lo llenan todo de un poder inmisericorde
que atrapan y entrampan, atosigan y sosiegan.
Escribir
poesía supone frotar la lámpara maravillosa y que aparezca el genio o la
“genia” para llevar al lector a un mundo imaginado, no necesariamente
imaginario, un universo anhelado pleno de esperanza humana, sin riesgo de
ataque cerebral, ni saciedad estomacal.
Escribir
poesía, ahora y siempre. Inyección literaria sin efectos adversos.
sábado, 13 de diciembre de 2025
Thamar y Amnon
miércoles, 10 de diciembre de 2025
Llueve (Fruslerías)
martes, 9 de diciembre de 2025
"Las hogueras" de Concha Alós...
¡un viejo Planeta para un libro viejo!
He vuelto a caer… fiarse de las solapas y de la sinopsis en la contraportada, me está conduciendo a una pérdida de tiempo irremisible y a un enfado gradual. Un completo desatino el último libro que he leído.
Casi nunca incurro en el
despilfarro económico con el premio Planeta (ni en tapa dura ni en
formato de bolsillo); de ahí la importancia del casi, porque en esta ocasión,
de bruces me he dado con un título poco prometedor pero muy atractivo el
señuelo -por eso se llama cebo- del argumento: dos mujeres que intentan encontrarse
a sí mismas, cada una con su pasado y su presente, vidas anodinas, planas, sin
destellos de interés ni gracia. No son ni tan siquiera normales: una exmodelo
extranjera, sosa, casada con un hombre mayor desvaído, y una maestra de pueblo,
soltera y cabreada, con modorra vital.
Viven en una localidad cercana a la
capital de Palma. La lectura, tediosa; la escritura "viejuna". No hay tema que
destaque: descripciones de la taberna y sus lugareños, los incendios
veraniegos, el oleaje playero, callejeo turístico… piezas desdibujadas.
Y como todo Planeta, que se
precie, la cosa se resuelve con un poquito de sexo (muy matizado y más
imaginado que expresivo) y el trío que no falte: amante malote, que somete a la
“modeli” insatisfecha, y maestro paternalista que deja plantada a su homóloga
por otra mujer, pueblerina, para más señas.
Un rollo, por previsible y
tostonazo.
jueves, 4 de diciembre de 2025
Theodor Kallifatides
Una mujer a quien amar… (Me falta esa mujer)
He de reconocer que compré el libro, no por la trayectoria del longevo autor, sino por la sinopsis que aparecía en la contraportada. Muy sagaz quien redactara la misma, porque caí en la trampa.
Un libro espeso que se digiere con esfuerzo, con sensación pétrea que tal vez se deba al aire de la traducción o a la inercia paralítica de lo que acontece, que es poco y sin interés.
Esperaba que Olga, la supuesta protagonista se izara sobre los datos biográficos del escritor: una amalgama inconexa que da rienda suelta a su calentura mental desde Suecia hasta su añorada Grecia; un libro en el que su creador se justifica constantemente: por qué abandonó su país, por qué abandonó su lengua, por qué se quedó en el norte de Europa. Al final nos hace creer que encuentra un sentido a su vida, a su existencia: Olga, muerta, la mujer a quien amar, a la que no puede dejar sola en esas tierras.
El lector quizá espere más contenido del encuentro entre ella y él, más momentos vividos, hablados y compartidos entre una y otro.
Pero no hay tal ilusión.
Tira del hilo del recuerdo para hablar del vínculo con su madre, -hay algunos párrafos salvables en este sentido-, para describir a sus hermanos -pintura tediosa de ellos-, para sobrevolar su matrimonio… páginas desaprovechadas de un título que prometía y que se reduce a pensamientos deshilvanados de aquí y de allá.
Por eso, yo sigo preguntándome: ¿Dónde está Olga?
domingo, 30 de noviembre de 2025
El volcán
(de mi poemario "Deja a la vida en paz")
Costó entrar.
El vendaval de pasiones impedía
el camino,
pero los meandros de su memoria
allanaron la travesía.
Dormida, esperando,
ahogada en sueños, llegó la sed que calmó
con la luz.
La piel le quemaba el grito
mudo
que irrumpió de las entrañas,
insaciable
y sin quiebros.
El destino,
salvaje y turbulento,
explotó
voraz.
Se rompieron laderas y curvas,
dibujaron figuras
indescriptibles,
dolor
y aroma,
violencia
y emociones.
Estallido inaudible
que inundó la naturaleza.
Todo fuego,
todo lava.
La nada, sepultada.









