Sí, el dramaturgo francés
que ha firmado libros como Hermanas y La clausura del amor, entre
otros muchos títulos que escupe como si fueran chorizos para ser representados
en diferentes escenarios internacionales (es una estrategia de ahorro la de
crear obritas con dos personajes, seguro).
He acabado harta de estas
50 páginas. A punto de clausurarlo y de tirarlo contra la pared o lanzarlo por
la ventana.
Está claro, cuando a uno
se le acaban las ganas de seguir escribiendo porque tienen “guasaps” en el
móvil o se quiere levantar a la nevera a pillar una cerveza, le queman las
líneas que está inventando, perdón, transcribiendo conversaciones escuchadas
pegando la oreja, resumiendo artículos sobre experiencias de malos tratos
conyugales, recordando historias contadas por amigos… vamos, que el escritor ha
entrado en bucle y él mismo se aburre de repetir y alargar una historia de una
pareja que se lleva mal o no tan mal. El marido se recorre en coche la
distancia de Madrid a Helsinki para cantarle las cuarenta a su mujer, y esta,
que no se queda corta, lo larga con cajas destempladas…o no. Porque al final,
con la hija de nueve años presente en la habitación del hotel donde se aloja la
protagonista, todo queda en el aire.
El autor decidió que no
daba más de sí el tema y alargar la goma te puede dar en las narices o al
estirar el chicle de lo que podría haber sido un monólogo a dos voces y de 40
líneas, convierte a Finlandia en un fastidio durante el tiempo de su
lectura.

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