lunes, 6 de abril de 2026

“Clôture de l’amour”:

 

La clausura del amor

un nuevo escupitajo dramático de Pascal Rambert


Leo en francés el título de Pascal Rambert "La clausura del amor", traducción que no me gusta mucho; quizá fuera mejor “se nos rompió el amor” tan melódica, tan cantable en karaokes.

Lo malo de conocer algún título de un autor es la expectativa: volver a un escritor que nos gustó en su tiempo (remito a la reseña de Hermanas) crea ciertas esperanzas e ilusiones en su lectura. Es lo que ocurre con Clôture de l’amour: una pareja Stan y Audrey, solos, enfrentan su ruptura, por partes: primero el monólogo de él y a continuación a modo de réplica ella.

Él aturullado, a trompicones, repetitivo en bucle, abusador, violento… un pobre diablo, sinvergüenza, acomplejado (hoy diríamos tóxico) escupe su ignorancia interior, su descontento, su falta de acomodo en el mundo, en su mundo y en el de su pareja; para mí un auténtico lerdo, un paleto a pesar de salpicar su intervención de citas clásicas, igual que ella; aparecen nombres de artistas clásicos, figuras mitológicas…

Vamos, que, si el dramaturgo pretendía dotar de verosimilitud a la separación de la pareja protagonista, erró el tiro: muy poco realista la historia a la que asistimos con tensión muscular; se trata más bien de la excusa, del subterfugio literario de un hombre y una mujer para enhebrar temas sobre la vida, el amor, el trabajo, el tiempo, la dignidad, la entrega, la abnegación… y mucho más, un texto con pretensiones filósoficas, algo tostón, del que se deriva una sensación de “déjà vu” pero en mejor: Arthur Miller, Unamuno, Carmen Laforet…

Siguiendo los patrones estilísticos del autor, muy escenográfico, aludiendo siempre a quienes pudieran asistir, mudos e impávidos a los monólogos imprecatorios de uno y otra.

Aspavientos verbales, logorrea inusitada, agotamiento léxico, vomitera desde las tripas; parecemos estar en un frontón en cuya pared rebota una y otra vez la pelota de la culpa, el insulto, la pérdida del sentido humano, en un claro ejemplo de demostrar el valor de la palabra: si no se pronuncia no existe la realidad, aseguran. Lo dudo, añadiría yo.

Un libro, muy breve, pero intenso donde la destrucción absoluta campa a sus anchas.


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