de Alice Rivaz
Aunque la protagonista parezca de una abnegación
insoslayable y magnánima, desde el principio es crispante, incapaz de decidir,
solo callar, débil, sometida a los convencionalismos sociales, dubitativa y de
una ceguera palmaria. Se trata de una historia de obligaciones de hija única a
quien le ha dado todo, supuestamente. Porque la vejez se lo está cobrando con
creces: gritos, tiranía hacia una obediencia cerril, remordimientos y
recriminaciones, recuerdos de un padre tiránico.
En definitiva, una vida burguesa atormentada y estéril.
Inefables son las páginas -más de cuatro- dedicadas a los
intentos de Christine para que su madre se ponga la toquilla; a punto de dejar
el libro en la página 90, porque en suma, contemplamos una historia pretérita
en el tiempo, pero actual y presente: cuántos casos conocemos de hijas -a los
varones no se les exige esta pleitesía- que mueren en vida cuidando a sus
madres, sin posibilidad de vivir su propia existencia, de asistir a afectos malogrados,
de cancelar expectativas y de abortar esperanzas.
Algunos han comparado la redacción de su autora a la de
Annie Ernaux; tal vez, solo que la francesa en menos páginas expresaba más, y
la suiza se explaya en el dolor anímico, innecesario, desde mi punto de vista: breves
pinceladas serían suficientes.
Libro recomendable para leerlo con tiempo y ganas.
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