domingo, 29 de marzo de 2026

"La pedrada"

 

La caída - Ramon Alvarez

Grupo escultórico: "La caída" 
Autor: Ramón Álvarez 

Ubicación: Museo de Semana Santa de Zamora

Peso 1050 kg 
Cargadores 36
Peso por cargador  29,17 kg.

(Imagen: Archivo personal)
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-M. Regalado-

Mi primer contacto lector con la poesía, y también el origen de este posterior gusto mío por leerla y escribirla, se remonta allá a mis siete, ocho años. Cuando íbamos a visitar a mi abuela, uno de los libros que había en su casa en aquel pueblo del campo charro salmantino, era el titulado  “Poesías completas” de Gabriel y Galán (salmantino también)

Yo lo leía y me atraía especialmente porque, más allá de aquella entonación cantarina que mentalmente yo le daba a los versos, no la percibía como poesía, sino como algo muy cercano al relato: eran pequeñas historias, había personajes, acciones, situaciones que yo podía reconocer. Podía seguir aquellos poemas casi como si estuviera leyendo un cuento. Terminé recitando de memoria unos cuantos. Aún los recuerdo…

Es verdad que palabras tales como “sayón”, “precoz”, “sublimó”… ni las conocía ni sabía aún deducirlas por su contexto, así que con ellas acudía yo a mi abuela en busca de ayuda.

Porque es oportuna en estas fechas, dejo aquí este fragmento de “La pedrada” que, junto con “Mi vaquerillo”, eran las que más impactaban mi imaginación infantil.


La procesión se movía
con honda calma doliente,
¡Qué triste el sol se ponía!
¡Cómo lloraba la gente!
¡Cómo Jesús se afligía...!

¡Qué voces tan plañideras
el Miserere cantaban! 
¡Qué luces, que no alumbraban,
tras de las verdes vidrieras
de los faroles brillaban!

Y aquél sayón inhumano
que al dulce Jesús seguía
con el látigo en la mano,
¡qué feroz cara tenía!
¡qué corazón tan villano!

¡La escena a un tigre ablandara!
Iba a caer el Cordero,
y aquel negro monstruo fiero
iba a cruzarle la cara
con un látigo de acero...

Mas un travieso aldeano,
una precoz criatura
de corazón noble y sano
y alma tan grande y tan pura
como el cielo castellano,

rapazuelo generoso
que al mirarla, silencioso,
sintió la trágica escena,
que le dejó el alma llena
de hondo rencor doloroso,

se sublimó de repente,
se separó de la gente,
cogió un guijarro redondo,
miróle al sayón de frente
con ojos de odio muy hondo,

paróse ante la escultura,
apretó la dentadura,
aseguróse en los pies,
midió con tino la altura,
tendió el brazo de través,

zumbó el proyectil terrible,
sonó un golpe indefinible,
y del infame sayón
cayó botando la horrible
cabezota de cartón.

Los fieles, alborotados
por el terrible suceso,
cercaron al niño airados,
preguntándole admirados:
-¿Por qué, por qué has hecho eso?...

Y él contestaba, agresivo,
con voz de aquellas que llegan
de un alma justa a lo vivo:
-«¡Porque sí; porque le pegan
sin hacer ningún motivo!»

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