Ponga un ingeniero en su vida
Yo no aprecio la diferencia
entre una presa y un pantano, entre un pantano y un embalse y creo que en
alguna ocasión me la han llegado a explicar: mi mente para estos asuntos se
obstina y se muestra cerril y no tengo la capacidad abstracta ni memorística
para atisbar que son construcciones de ingenieros, pero con sus propias
características.
El “pántano” que más cerca me
pilló siempre era el de Yesa: sí, “pántano” como decía y dice mi madre en un
claro fenómeno de ultracorrección lingüística, y me lo explicaba convencida de
mi error al intentar enmendarle la plana: si yo me empeñaba en pronunciar
pájaro y ella siempre había dicho “pajaro” pues con pantano, al revés:
“pántano”.
En fin, que esa gran obra de
ingeniería se llevó por delante las huertas, los caminos, las fuentes y los
árboles de muchas familias navarras y aragonesas en beneficio de otras, claro.
Luego conocí el embalse de Contreras, otra gran obra de ingeniería, durante mis múltiples viajes a la
Comunidad Valenciana.
Y puentes: cuántos puentes en
Extremadura, por ejemplo; cruzarlos y disfrutar de ellos en Mérida. También
otra gran obra de ingeniería.
En las familias “bien” las
madres querían un yerno ingeniero -preferiblemente industrial, de los de toda
la vida-; era de buen tono y garantizaba a la joven maridada un pecunio sin
mengua y un resplandor social también.
Si hasta la Academia de la
Lengua lo aconseja, al definir esa ciencia como un conjunto de conocimientos
orientados a la invención y utilización de técnicas para el aprovechamiento de
los recursos naturales o la actividad industrial.
Y ya se habla de “ingeniería genética”; conmigo sí que se emplearon a fondo: un poco de manipulación, algo
de técnica, calibrado de ciertas piezas, superada alguna que otra carencia y
salvando varios defectos…¡¡Ça y est!! Una auténtica obra de ingeniería.
Algo de eso nos hace falta hoy
en día: tender, crear, construir puentes y pantanos para que fluya la corriente
y el buen sentir. Para compartir y vivir en comunidad apostando por el bien
común, valga la redundancia. Convendría una proeza de ingeniería financiera
para tiempos presentes y venideros ahora que dedicamos tanto afán a la
ingeniería robótica y a la química.
Me malicio que es difícil
estudiar y practicar la ingeniería social: eso sí que supondría un auténtico
prodigio de urbanidad, de voluntad y altura de miras.
Desde las aulas de las
escuelas técnicas y superiores, desde los laboratorios de Metrología… Ojalá
volviera el NODO a nuestras pantallas y viéramos muchas inauguraciones de
puentes, pantalanes, naves, nuevas redes de transporte, espigones, muelles,
orillas unidas y extremos desvanecidos, innovadores proyectos y humanitarios
planes y sobre todo: pasarelas, muchas pasarelas. Transparentes para vernos
mejor y para comunicarnos más.
Lo dicho: un ingeniero en
nuestras vidas. Lo hizo hasta la Virgen María con san José, patrón de los ingenieros (industriales).
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