¡Qué pendejada!
Así con todas las letras y toda la vehemencia ante un libro que me ha provocado enfado.
Leo con interés la última novela de la escritora mexicana premiada con anterioridad y ya no me quedan ganas, ni pocas ni muchas, para indagar en sus anteriores títulos sean de extensión escueta o de gran longitud como las 225 páginas que ocupan el título publicado por Alfaguara en 2024.
Hasta la página 80 de El lugar de la herida bien, funciona con acierto; el resto, á la poubelle, sin paliativos. Las 145 páginas restantes se pueden sobrevolar, ni tan siquiera leyéndolas en diagonal se pierde ápice de un argumento archisabido sin trazas de mérito estilístico.
La autora ha puesto a centrifugar la lavadora y consigue marear al lector con tanta repetición descriptiva y más de un error narrativo en la secuenciación de las escenas.
El tema de la trata es sangrante, delictivo y denunciable, sin duda… ese es el único resquicio que puede salvar la justificación de esta novela, por otro lado, prescindible.
Personajes como Lucero o Dolores, a ratos mantienen cierto interés, pero Beto, Nancy, El Negro, Isra… desdibujados y átonos.
Y de postre, concesión a la galería, un final, infumable.
(Si hay algo que no soporto es perder tiempo o que me lo hagan perder)

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