mortal de necesidad
Habíamos descubierto a un autor que escribía seguido, sin pausas mentales, profundo y hasta difícil. La opinión de la crítica, unánime: de lo mejor que se había publicado.
El éxito arrollador, lo llevó a la pantalla.
Conforme pasa
el tiempo, hay títulos que vuelven y nos topamos con La inmortalidad, del autor checo que tanto nos impresionó a los boomers.
La generación Z
lo ha redescubierto y ahí van los bookinstagramers soltando la chapa con lo
excelso de sus argumentos y de su estilo. INFUMABLE, no los jóvenes, sino Kundera
con su escritura y su caldo límbico que le hirvió durante el siglo XX y le
sirvió para hacer terapia en títulos seudofilosóficos, con cierta cobertura
novelesca; siempre se vende mejor lo abstracto si viene precedido de relato.
Me recuerda su
vida a la de otros muchos más allá del telón de acero que cruzaron a este lado
de Europa (salvando los términos tan extemporáneos) y se hicieron con un
nombre, premios y fama más allá de la mortalidad.
Empiezo La
inmortalidad y le concedo 100 páginas. Ya he perdido mi tiempo con tanta cuchufleta
revenida, piezas sueltas de uno y otro escritor, personajes ficticios y pensamientos
que nada tienen de atractivo. Me planteo algo: ¿me acuerdo de la levedad y de
su ser? Nop. Pues eso. Que no es que flaquee mi memoria, es que dejó cero
huella en mi cerebro. Alguien me dice: “si te aburre, es un tostón”.
Mortal. Me voy
a otra lectura como la mariposa a otra cosa.

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