martes, 27 de enero de 2026

Milan Kundera, "La inmortalidad"

                                            mortal de necesidad

La inmortalidad, de Milan Kundera

Cuando hace décadas leímos La insoportable levedad del ser, corrían los ’80 y nos creíamos modernos, alternativos, intelectuales y de una altura conceptual insondable.

Habíamos descubierto a un autor que escribía seguido, sin pausas mentales, profundo y hasta difícil. La opinión de la crítica, unánime: de lo mejor que se había publicado. 

El éxito arrollador, lo llevó a la pantalla.

Conforme pasa el tiempo, hay títulos que vuelven y nos topamos con La inmortalidad, del autor checo que tanto nos impresionó a los boomers.

La generación Z lo ha redescubierto y ahí van los bookinstagramers soltando la chapa con lo excelso de sus argumentos y de su estilo. INFUMABLE, no los jóvenes, sino Kundera con su escritura y su caldo límbico que le hirvió durante el siglo XX y le sirvió para hacer terapia en títulos seudofilosóficos, con cierta cobertura novelesca; siempre se vende mejor lo abstracto si viene precedido de relato.

Me recuerda su vida a la de otros muchos más allá del telón de acero que cruzaron a este lado de Europa (salvando los términos tan extemporáneos) y se hicieron con un nombre, premios y fama más allá de la mortalidad.

Empiezo La inmortalidad y le concedo 100 páginas. Ya he perdido mi tiempo con tanta cuchufleta revenida, piezas sueltas de uno y otro escritor, personajes ficticios y pensamientos que nada tienen de atractivo. Me planteo algo: ¿me acuerdo de la levedad y de su ser? Nop. Pues eso. Que no es que flaquee mi memoria, es que dejó cero huella en mi cerebro. Alguien me dice: “si te aburre, es un tostón”.

Mortal. Me voy a otra lectura como la mariposa a otra cosa.

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