(De mi poemario "Deja a la vida en paz")
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| Foto de Miguel Alcântara en Unsplash |
Trapo, serrín
y cuerdas.
Uñas de color clorofila
y olor a granate.
Ese guiñapo baila al son de la partitura
de un maestro
que golpea latidos.
Sus ojos dibujados con hilvanes miran
impávidos,
las bocas que gritan su nombre:
Rosalinda.
Conmovida busca al príncipe
mientras la falda descolorida gira y gira
¡¡Que no llueva!!
Una gruta en el escenario,
pintada a brochazos
y un bosque oscuro
amenazante.
¿Dónde estará?
Huyó por amor.
Silenciosa se refugia a esperar
y solo el eco suena en miradas inquietas
que no la acompañan.
Cae el telón
y Rosalinda sueña con aquel a quien siempre amará.
Hasta la próxima función.

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