A menudo el silencio
se torna en vendaval entre mis labios
y me obliga a romperlo.
Y es un tsunami la palabra.
Es éste un lugar para las
palabras y… se trata quizá de la más costosa disciplina: domeñar la palabra,
que se vuelve insumisa a nuestros propósitos de silencio.
En su libro "Cuentos para que pien-zen", cuenta Norberto Tucci esta historia a propósito del silencio:
Cuatro monjes estaban reunidos para llevar a cabo un retiro en silencio de tres días de duración. Durante la primera noche, llegada la madrugada, la vela que los iluminaba empezó a fallar, hasta que se apagó. Entonces, uno de los monjes dijo:
"La vela se ha
apagado"
Otro le respondió:
"Eso no importa,
teníamos que mantener el silencio y tú lo has roto con tu comentario"
El tercero repuso:
"Los dos habéis roto el
silencio"
Y el cuarto comentó:
"El único que no ha
hablado he sido yo"
Más allá de la sonrisa que la inocente anécdota pueda provocar, de forma sencilla y humorística este cuento zen nos hace caer en la cuenta de que, a veces, no dudamos en corregir a los demás mientras nosotros mismos incurrimos en la propia falta que criticamos, pero... ¿cómo sustraerse a la tentación?
- M. Regalado

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