Acontecimiento otoñal en el Thyssen.
El
museo hasta arriba de visitantes para ver a Dalí. A mí me satura, puede más el
personaje y su figura aparente y oculta que su obra. Exuberante, escultural,
afrodisíaca, cansina por repetitiva, mitológica, somnífera… pura hartazón.
Recorro
las salas tres veces de principio a fin y vuelta a empezar, viendo sus cuadros
desde la distancia, sin acercarme porque me aburre. Contemplar los detalles se
lo dejo a quien quiere observar el pincel y la línea, el rasgo mínimo y el
color plano. El silencio y el ruido que provocan sus pinturas llenas de huecos
y cavidades por donde se escapa la tramontana y soplan sus sueños.
Páramos
surrealistas, cuerpos abiertos en canal, vísceras al aire y ojos que no ven o
que solo intuyen. Acuden Freud, Stefan Zweig… y Lorca y Buñuel. Vaya contubernio
en la residencia de Estudiantes; la “chupipandi” de amigos y de relaciones a
dos y a tres bandas, a ratos y a golpe de ánimo personal.
Yo
advierto multitud caótica en un cerebro límbico atormentado, enloquecido,
errático.
El
sofá-boca que se exhibe en una de las salas bien podría ser el diván donde
psicoanalizarse el artista, provocador, inagotable y para mí… cansino.
Una
de esas exposiciones inevitables, pero si no se visita, tampoco vamos a padecer
FOMO.

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