lunes, 12 de octubre de 2026

El mar de Ana María Matute

 

El mar de Ana María Matute

(De mi libro "Cajondesastre")


En las narraciones de Ana María Matute que tratan del mar no aparece el artículo femenino para esa palabra: ‘mar’; la mar de Alberti no se asoma en esta novelista; y en muy pocas ocasiones se atisba este elemento líquido con cierta poesía y alguna suerte de lirismo. En el cuento de la académica titulado “El mar”, al acabar de leerlo, a cualquiera se le encoge el alma: Pero los de la orilla no entendían nada de nada. Encima, se ponían a llorar a gritos, y decían: ¡Qué desgracia! ¡Señor, qué gran desgracia! Son las últimas frases del final de un impresionante dramatismo. Tan breve y tan sencillo sin alambicamientos ni fórmulas retóricas, ni gestos grandilocuentes. Pero la imagen gráfica que reproduce en el lector supone un alarido desgarrador, una fractura emocional de tragedia ¿inexorable?

Ana María Matute enfermó a los cuatro años de edad y su familia y ella se trasladaron por cuestiones de salud de Barcelona a Mansilla de la Sierra en La Rioja; de su mar natal al interior peninsular. Todo el mundo empezó a hacer maletas y a hablar del mar. Tenían una prisa muy grande. Escuchamos el trajín de los preparativos para ese viaje; hay que cambiar de aires, hay que cambiar de localidad; lo importante, curarse.

Quizá algún lector pueda pensar que la escritora catalana es la protagonista del cuento: Pobre niño. Tenía las orejas muy grandes, y, cuando se ponía de espaldas a la ventana, se volvían encarnadas, pero al revés: en un efecto espejo, se convierte en niño al que hay que llevar inmediatamente al mar: ella que lo conocía tan bien en su Barcelona natal.

Y fue tan grave el estado de salud de ella, tan pequeña que Vino el hombre que curaba, detrás de sus gafas. “El mar -dijo-; el mar, el mar”.

Resulta curiosa la descripción que leemos del médico: es un varón en el que se confía dada su edad y su experiencia por sus lecturas que le obligan a usar lentes. De qué manera tan vívida recordamos la visita del médico cuando no podíamos acudir al colegio: había un silencio espeso en casa, esperábamos a un señor, taciturno y muy reservado, con un maletín que hacía “¡clic!” al abrirlo y que, sin sonreír, traía el remedio para abandonar la cama. Quizá así se sintió la narradora, quizá así se sentía el protagonista de este cuento: Pobre niño, estaba doblado, amarillo; parece una figurita con el cromatismo del arcoíris, igual que su destino acuífero salvador: Él, que creyó que el mar alto y verde, lo veía blanco, como el borde de la cerveza, cosquilleándole, frío, la punta de los pies. La autora desciende a las impresiones infantiles que pueden inspirar a un chiquillo la contemplación del mar; ella, precisamente, que tuvo que huir del litoral para fortalecerse.

No será difícil encontrar, sin bucear mucho, la empatía con la niñez que siente; como en más de una ocasión afirma, Matute tenía la certeza a flor de piel de que la guerra civil le había escamoteado la infancia, a ella y a tantos niños y niñas de ocho, diez, doce años; se perdieron un paraíso en medio de un paréntesis patético y cainita que nunca pudo conseguir recuperar.

El niño del cuento ansía conocer el mar, salir de su burbuja: se figuró que el mar era como estar dentro de una caracola grandísima, llena de rumores, cánticos, voces que gritaban muy lejos, con un largo eco. Creía que el mar era alto y verde. Más colores, más sonidos… actividad cinestésica incesante por llegar a la meta… El deseo de paladear una chuchería, la ilusión de compartir un juguete, las ganas de conocerlo todo: “Madre -dijo, porque sentía vergüenza-, quiero ver hasta dónde me llega el mar”.

A Ana María Matute, las leyes de su época le birlaron palpar el amor materno que sintió por su único hijo, Juan Pablo, cuya tutela recayó sobre el padre tras la separación del matrimonio en 1963. El dolor anímico se iba acrecentando en las entretelas de la escritora hasta acabar en una depresión que la acompañaría el resto de su vida. Imaginamos el sufrimiento de la madre del relato al comprobar el afán de su hijo enfermo: cuando llegó al mar se quedó parado y sin esperar más ante la inmensidad del bálsamo curativo no dudó en gritar entusiasmado: “¡Voy a ver hasta dónde me llega el mar!”. Decidido el niño y desconocedor del gigante sin límites observó su piel, ¡qué extraña era allí!: sin poder frenar la atracción tan desbordante que lo dominaba y olvidándose de todo y de todos, cavilaba: El mar, ¡qué cosa rara!, crecía, se volvía azul, violeta: colores, siempre colores; la sencillez pictórica de la escritora nos brinda matices sutiles, brillantes y aciagos porque el chico absorto en su más genuina sorpresa, placer inconmensurable: Y anduvo, anduvo, anduvo hasta que ese narrador omnisciente, ese demiurgo que todo lo sabe y todo lo ve sin necesidad de adivinar el futuro, con parsimonia vaticinadora del infortunio irremediable, plasmó la desventura: Le llegó a las rodillas. Luego, a la cintura, al pecho, a los labios, a los ojos. Fotogramas de una muerte anunciada, asíndeton desgraciado de lo que ya no tenía remedio: Entonces, le entró en las orejas el eco largo, tan solo se oían las voces que llaman lejos.

Ana María Matute no escribe para niños, o sí, pensarán algunos: el miedo al verbo de la muerte a compartir léxico fúnebre en nuestra cultura levanta ronchas de estupefacción que se han de evitar, a diferencia de otras culturas cuyos seres más jóvenes crecen con la existencia del deceso desde los primeros años de conciencia formando parte de la cotidianeidad. Ana María Matute escribe de niños y de su inocencia; la ingenuidad que domina este relato de El mar, perteneciente al libro Los niños tontos (1956), destapa unos mimbres de dolor y pena que estalla en el interior de una mujer que hizo de la literatura de la generación del 50, para algunos el neorrealismo del siglo XX heredero del decimonónico, su propia terapia salvífica.

Y en los ojos, todo el color. ¡Ah, sí, por fin, el mar era de verdad! Era una grande, inmensa caracola. El mar, verdaderamente, era alto y verde

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