(De mi libro "Cajondesastre")
Ana María Matute enfermó a los
cuatro años de edad y su familia y ella se trasladaron por cuestiones de salud
de Barcelona a Mansilla de la Sierra en La Rioja; de su mar natal al interior
peninsular. Todo el mundo empezó a hacer maletas y a hablar del mar. Tenían
una prisa muy grande. Escuchamos el trajín de los preparativos para ese
viaje; hay que cambiar de aires, hay que cambiar de localidad; lo importante,
curarse.
Quizá algún lector pueda pensar que la escritora catalana
es la protagonista del cuento: Pobre niño. Tenía las orejas muy grandes, y,
cuando se ponía de espaldas a la ventana, se volvían encarnadas, pero al
revés: en un efecto espejo, se convierte en niño al que hay que llevar
inmediatamente al mar: ella que lo conocía tan bien en su Barcelona natal.
Y fue tan grave el estado de salud de ella, tan pequeña que
Vino el hombre que curaba, detrás de sus gafas. “El mar -dijo-; el mar, el
mar”.
Resulta curiosa la descripción que leemos del médico: es un
varón en el que se confía dada su edad y su experiencia por sus lecturas que le
obligan a usar lentes. De qué manera tan vívida recordamos la visita del médico
cuando no podíamos acudir al colegio: había un silencio espeso en casa,
esperábamos a un señor, taciturno y muy reservado, con un maletín que hacía
“¡clic!” al abrirlo y que, sin sonreír, traía el remedio para abandonar la
cama. Quizá así se sintió la narradora, quizá así se sentía el protagonista de
este cuento: Pobre niño, estaba doblado, amarillo; parece una figurita
con el cromatismo del arcoíris, igual que su destino acuífero salvador: Él,
que creyó que el mar alto y verde, lo veía blanco, como el borde de la cerveza,
cosquilleándole, frío, la punta de los pies. La autora desciende a las
impresiones infantiles que pueden inspirar a un chiquillo la contemplación del
mar; ella, precisamente, que tuvo que huir del litoral para fortalecerse.
No será difícil encontrar, sin bucear mucho, la empatía con
la niñez que siente; como en más de una ocasión afirma, Matute tenía la certeza
a flor de piel de que la guerra civil le había escamoteado la infancia, a ella
y a tantos niños y niñas de ocho, diez, doce años; se perdieron un paraíso en
medio de un paréntesis patético y cainita que nunca pudo conseguir recuperar.
El niño del cuento ansía conocer el mar, salir de su
burbuja: se figuró que el mar era como estar dentro de una caracola
grandísima, llena de rumores, cánticos, voces que gritaban muy lejos, con un
largo eco. Creía que el mar era alto y verde. Más colores, más
sonidos… actividad cinestésica incesante por llegar a la meta… El deseo de
paladear una chuchería, la ilusión de compartir un juguete, las ganas de
conocerlo todo: “Madre -dijo, porque sentía vergüenza-, quiero ver hasta
dónde me llega el mar”.
A Ana María Matute, las leyes de su época le birlaron
palpar el amor materno que sintió por su único hijo, Juan Pablo, cuya tutela
recayó sobre el padre tras la separación del matrimonio en 1963. El dolor
anímico se iba acrecentando en las entretelas de la escritora hasta acabar en
una depresión que la acompañaría el resto de su vida. Imaginamos el sufrimiento
de la madre del relato al comprobar el afán de su hijo enfermo: cuando llegó
al mar se quedó parado y sin esperar más ante la inmensidad del bálsamo
curativo no dudó en gritar entusiasmado: “¡Voy a ver hasta dónde me llega el
mar!”. Decidido el niño y desconocedor del gigante sin límites observó su
piel, ¡qué extraña era allí!: sin poder frenar la atracción tan desbordante
que lo dominaba y olvidándose de todo y de todos, cavilaba: El mar, ¡qué
cosa rara!, crecía, se volvía azul, violeta: colores, siempre colores; la
sencillez pictórica de la escritora nos brinda matices sutiles, brillantes y
aciagos porque el chico absorto en su más genuina sorpresa, placer
inconmensurable: Y anduvo, anduvo, anduvo hasta que ese narrador
omnisciente, ese demiurgo que todo lo sabe y todo lo ve sin necesidad de
adivinar el futuro, con parsimonia vaticinadora del infortunio irremediable,
plasmó la desventura: Le llegó a las rodillas. Luego, a la cintura, al
pecho, a los labios, a los ojos. Fotogramas de una muerte anunciada,
asíndeton desgraciado de lo que ya no tenía remedio: Entonces, le entró en
las orejas el eco largo, tan solo se oían las voces que llaman lejos.
Ana María Matute no escribe para niños, o sí, pensarán
algunos: el miedo al verbo de la muerte a compartir léxico fúnebre en nuestra
cultura levanta ronchas de estupefacción que se han de evitar, a diferencia de
otras culturas cuyos seres más jóvenes crecen con la existencia del deceso
desde los primeros años de conciencia formando parte de la cotidianeidad. Ana
María Matute escribe de niños y de su inocencia; la ingenuidad que domina este
relato de El mar, perteneciente al libro Los niños tontos (1956), destapa
unos mimbres de dolor y pena que estalla en el interior de una mujer que hizo
de la literatura de la generación del 50, para algunos el neorrealismo del
siglo XX heredero del decimonónico, su propia terapia salvífica.

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