sábado, 3 de octubre de 2026

De agitadores y polemistas en la literatura: siempre provocando

 

        (De mi libro "Cajondesastre")    

 



De azuzar el avispero sabe mucho la literatura. Ha habido polemistas de todo pelo y pelaje, razas y condición, sin temor ni rubor.

Y no se trata de los tiempos actuales solamente, ya existía el deseo congénito o adquirido, y no pocos escarceos que se pierden en la noche de los tiempos: la provocación está en la misma raíz humana. Hay quien la usa para manipular voluntades o quizá para enseñar buenas costumbres y hasta modales…

A mí don Juan Manuel, el autor de ese Conde Lucanor, siempre me pareció turbio, resabiado y malhumorado.

A buen recaudo, bajo el subterfugio de la didáctica y del adoctrinamiento, dejó una compilación de cuentos, que lejos de ser ejemplares, hoy hacen temblar los cimientos sociales e ideológicos de una sociedad que asiste espantada a sus consejos (o consejas en terminología de su época). Entre animales andaba el juego, padres mal avenidos con sus hijos, maridos que amenazan a sus esposas con molerlas a palos, muchedumbres iletradas… se pueden oír las risotadas que seguramente le provocaban los cuentos que escribía, a los que añadía la sabia moraleja, por si el lector del momento no se había enterado de la enjundia.

Un auténtico polemista. Habría que revisar la validez y la vigencia de su obra desde el punto de vista conceptual y estilístico y hoy desde luego, tal vez aparecieran en la pira de la plaza mayor ardiendo.

En tanto que de rosa y azucena, soneto archiconocido del ínclito renacentista Garcilaso de la Vega, un bigardo digno de admiración, que tanto guerreaba entre las sábanas cortesanas como en el campo de batalla, sin casco, nos pone frente a la delicadeza implícita, que tiene el poeta para escribirle una carta de amor, ¿solapado? a Isabel Freire, por la que bebía los vientos y cuyo romance era motivo de dimes y diretes. Agitada debía de andar la nobleza por su indiscreción, matrimoniado como él estaba.

Su muerte de una pedrada ante el asalto del castillo Le Muy, causaría a las implicadas conmoción y descanso, a partes iguales. Pero ya se sabe que por aquel entonces: carpe diem, que el tiempo vuela y a lo hecho, pecho.

Hablando de sacramentos, Fray Luis de León rindió un homenaje al del matrimonio: una alianza indisoluble, lo que ha unido Dios que no lo separe el hombre (en genérico, claro) y con su manual de La Perfecta casada, asistimos de nuevo a los consejos sacerdotales y bíblicos del comportamiento recto esperable de la buena y perfecta esposa.

Resulta fácil imaginar las ronchas epidérmicas y mentales que levantó este catecismo dirigido al buen proceder de uno de los dos contrayentes; del otro, en la sombra, mejor no hablar; se trataba de que la mujer no se desmadrara, ni le diera por escribir, por ejemplo, ni tan siquiera por pensar, y mucho menos por expresar de forma solemne o comedida lo que le pasaba por el magín. Pero mandaba el andamiaje del Siglo de Oro, con poco dorado (ni tan siquiera el mítico allende los mares) y sí mucho oropel, la apariencia (vanitas vanitatis) se erigía en batuta de actitud y la mujer del césar no solo tenía que ser honrada sino también parecerlo.

Con su hábito de agustino, él si podía hablar, muy del gusto de entonces, de los astros, del sol y de la luna, de pájaros y flores y de mujeres, casadas católicamente. El espíritu de la Contrarreforma extendía sus alas.

Entre cuentos medievales, versos y doctrinas, se abre paso un jesuita - ¿la vestimenta clerical hace al monje?- Baltasar Gracián, con un libro de “autoayuda” que puso nervioso a más de uno, El criticón que no dejaba títere con cabeza envuelto en el subterfugio de una creación “ficcionada”, de una novela rara, de robinsones en una isla… Aprovecha que el Pisuerga pasa por Valladolid y a modo de repaso en busca de la felicidad terrenal atiza mandobles a diestro y siniestro a las cortes europeas hasta que llega a la suya, a la nuestra, a ese imperio donde no hay sol que se oponga, ni nadie que levante la voz a unos reyes sin átomo de autocrítica y a una patulea de aduladores que sueltan sirope por miedo a desmerecer prebendas. Hablar de mudez y ceguera en las páginas de ese prospecto literario y luego contemplarse en el espejo de la realidad, supuso a los prebostes del momento un pellizco en el estómago que obviaron, porque nada cambió, más allá de que alguien, el autor, resguardado por favores religiosos, pudiera polemizar sin que la sangre llegara al río.

El benedictino Benito Feijoo (sin tilde nos advierte la Academia) con su poligrafía ensayística, se encargó de poner pies y patas a una población -asilvestrada, ágrafa e inculta- que él despreciaba desde su altura afrancesada, y de ahí que provocara con sus discursos, al modo de las hojas parroquiales, o con su título más reconocible Teatro crítico universal discusiones y debates, que tanto se llevaban en los salones aristocráticos del neoclasicismo. Inquietaba conciencias y perturbaba el sueño de quienes vivían adormecidos, o sin más, dejaban a la vida pasar; ya sabemos que, en el siglo de las luces, la razón domina y los sentimientos se disimulan, mucho equilibrio y gran contención. Pero la polémica estaba servida: había que desterrar de un plumazo la gazmoñería mezclada con las supersticiones que invadía el panorama social y cultural de España. Solo se cree lo que ven nuestros propios ojos; verdades demostrables con rigor empírico y nada de improvisaciones ni imaginación. Consiguió éxito desigual, fama relativa y aplauso de algunos poderes fácticos, aunque hoy se discute su completo valor literario.

Y con él llegó el escándalo. No podía ser de otro modo. Muchos son quienes visitan el Museo del Romanticismo de Madrid para ver la pistola -algunos creen que fue un pistolón de gran “voltaje”- de bolsillo con la que Mariano José de Larra se suicidó.

Antes de este final, se quedó tranquilo sermoneando, enseñando, vituperando, atacando los vicios y defectos que él consideraba venían de serie en la propia esencia de los españoles: la pereza y la desidia, el analfabetismo, el desinterés, la molicie, la picaresca… afrancesado de manual, viajero por la Europa “civilizada” no duda en consignar por escrito sus vivencias, experimentadas en sus propias carnes, gracias a la perspectiva que le concede el género epistolar en sus Cartas marruecas, o en los artículos -hoy sería un tertuliano televisivo, duro y acerado, chulesco y presuntuoso- periodísticos por los que cobraba sus buenos reales.

Inefable aquel “Vuelva usted mañana” que dejaba boquiabiertos a propios y extraños con una sonrisa mal dibujada en la faz, viniendo de un español que se consideraba extranjero hasta su último hálito.

El desprecio de Dolores Armijo, amante del escritor, lo dejó exangüe. Y se acabó la provocación.




1 comentario:

  1. Excelente entrada. La literatura contemporánea española e internacional especialmente ha generado una poderosa legión de especialistas del escarnio y maldecir como aquellos romances medievales de la literatura galaico portuguesa.
    Aquí ell caso de Umbral, de Caballero Bonald o de Trapiello pueden ser ejemplos

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