¡perdón! Gnomeo y Piruleta en el circo
¿Recuerdan cuando los críticos de ópera, supuestamente entendidos, denostaban a las sopranos por su físico? Por gordas, sí, sin paliativos ni eufemismos, orondas y
desbordantes de carnes… resultaba inverosímil que una protagonista muriera de
tuberculosis si lucía rolliza.
En la actualidad, la mayoría de las intérpretes de ópera parecen juncos cimbreantes, sílfides y ninfas. Unos cuerpos, poco realistas para muchos de sus papeles, pero a ojos del público muy estéticos y agradables de ver, más allá del papel que interpreten.
¿Y ellos? ¿Los tenores?
Nadie les va a decir nada: chaparros, barriletes, cuadrados y tapones, escuetos, de pierna corta y barriga cervecera: calificativos que no tienen que ver con el personaje que representan, son así de natural y así aparecen en el escenario.
En las últimas funciones operísticas a las que he asistido en el Real, me han invadido las ganas de salir corriendo por no gritarle al varón, que se pusiera alzas, una escalera o se subiera al andamio para alcanzar mínimamente a su partenaire femenina; pero todavía no he leído nada al respecto. A ellos se les perdona ese físico de cuñado o de vecino de cuarto.
Ellos sí pueden exhibir su escuetez o sus mollas, ellas, no.
Ridículo y sexista. En Romeo y Julieta, fue un escándalo, -además de la mascarada circense que nos tragamos, la ceguera que produjo entre el público un foco mal puesto-, la estética de lo asimétrico: Javier Camarena no alcanzaba al cuello de Nadine Sierra, que se retiraba hacia atrás con una pierna flexionada y así parecer a la altura del tenor, o con manoletinas y sandalias de tacón sensato, o en un escalón más abajo para besarse.
Romeo no calculó la altura de la barca, ni del catafalco…imposible. Julieta, sí.
Fue
un estreno de llorar y no de emoción. A mí me pareció estar en un circo con un
“ñomeo” que pretendía acercarse a la “piruleta”.

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