martes, 9 de junio de 2026

Arca

                                         de Ricardo Menéndez Salmón

Arca, de Ricardo Menéndez Salmón

Cuando alguien, presunto autor de campanillas, se anuncia en la solapa de su libro remontándose a la nota media que sacó en el bachiller, ¡a temblar!

Es lo que ocurre con el autor de este bodrio infumable: Arca; lo diré facilito: si las parejas de animales hubieran conocido lo que les esperaba en su habitáculo bíblico de la mano de este ¿escritor? habrían salido por patas al agua, aunque les arrastrara el diluvio y la humanidad faunesca se hubiera extinguido.

Es lo que he hecho yo. Verán…

La biografía de Menéndez Salmón es imposible leerla: una llega exhausta al final de tanta ristra de premios, certámenes, ensayos, pruebas de acceso, actividades variadas, un mosaico variopinto -lo mismo ha sido la editorial, decidida a rellenar el vacío de una pretendida autoridad- que deja al descubierto el volumen infumable, indigesto y estomagante de sus 466 páginas.

Un timo, descabellado, y eso que me habían advertido del bluf que iba a ser este título, tras Horda.

Parece que ha contratado un pull de becarios y becarias y, siguiendo la moda estadounidense de los grandes superventas, les ha dado una línea, un tema, un hilo narrativo que seguir y luego él… ya pondrá argamasa. La exhibición, agotadora e innecesaria, que hace de paréntesis, explicaciones, exordios, digresiones, paráfrasis… propia de alguien obsesionado por el diccionario de sinónimos y antónimos. Un horror. Desde el principio y viendo la que se me venía encima, decidí afrontar el libro sobrevolándolo, ni tan siquiera en diagonal: solo he leído las conversaciones, mínimas, guiada por los guiones, y así se sucedían páginas y más páginas farragosas, sin separación en párrafos.

De qué trata esta piedra libresca: un tipo con un don, o con cierta clarividencia, es contratado para descubrir un crimen ocurrido en un palacio veneciano, y de ahí saltamos al norte de Europa y vuelta al sur, a un sanatorio, con una doctora muy estimulante, y de ahí a Madrid y vuelta a descubrir, en esas habitaciones que se mueven y albergan mariposas, paredes livianas, espectros, personajes del pasado y pinturas que miran… el fin de la vida, el sentido de la muerte, la presencia de robots, el mundo perdido… un quilombo escrito como el periprocto.

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