de Ricardo Menéndez Salmón
Cuando alguien, presunto autor de campanillas, se anuncia en la solapa de su libro remontándose a la nota media que sacó en el bachiller, ¡a temblar!
Es
lo que ocurre con el autor de este bodrio infumable: Arca; lo diré
facilito: si las parejas de animales hubieran conocido lo que les esperaba en
su habitáculo bíblico de la mano de este ¿escritor? habrían salido por patas al
agua, aunque les arrastrara el diluvio y la humanidad faunesca se hubiera
extinguido.
Es
lo que he hecho yo. Verán…
La
biografía de Menéndez Salmón es imposible leerla: una llega exhausta al final
de tanta ristra de premios, certámenes, ensayos, pruebas de acceso, actividades
variadas, un mosaico variopinto -lo mismo ha sido la editorial, decidida a
rellenar el vacío de una pretendida autoridad- que deja al descubierto el
volumen infumable, indigesto y estomagante de sus 466 páginas.
Un
timo, descabellado, y eso que me habían advertido del bluf que iba a ser este
título, tras Horda.
Parece
que ha contratado un pull de becarios y becarias y, siguiendo la moda
estadounidense de los grandes superventas, les ha dado una línea, un tema, un
hilo narrativo que seguir y luego él… ya pondrá argamasa. La exhibición,
agotadora e innecesaria, que hace de paréntesis, explicaciones, exordios,
digresiones, paráfrasis… propia de alguien obsesionado por el diccionario de
sinónimos y antónimos. Un horror. Desde el principio y viendo la que se me
venía encima, decidí afrontar el libro sobrevolándolo, ni tan siquiera en
diagonal: solo he leído las conversaciones, mínimas, guiada por los guiones, y
así se sucedían páginas y más páginas farragosas, sin separación en párrafos.
De
qué trata esta piedra libresca: un tipo con un don, o con cierta clarividencia,
es contratado para descubrir un crimen ocurrido en un palacio veneciano, y de
ahí saltamos al norte de Europa y vuelta al sur, a un sanatorio, con una
doctora muy estimulante, y de ahí a Madrid y vuelta a descubrir, en esas
habitaciones que se mueven y albergan mariposas, paredes livianas, espectros,
personajes del pasado y pinturas que miran… el fin de la vida, el sentido de la
muerte, la presencia de robots, el mundo perdido… un quilombo escrito como el periprocto.
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