(M. Regalado)
Todo florece, todo se abre. Como escribe Antonio Machado: “Abril florecía frente a mi ventana…”. O como
lo hacía Juan Ramón Jiménez en ese su tono sereno: “¡Qué paz, abril!”.
Luz, calma, comienzo…
Pero no siempre es así. Hay también un abril incómodo,
incluso inquietante. Como lo siente T. S. Eliot:
“Abril es el mes
más cruel: engendra
lilas de la tierra muerta, mezcla
recuerdos y anhelos, despierta
inertes raíces con lluvias primaverales.…”.
Parece decirnos que renacer no siempre consuela, sino que a veces despierta lo que estaba dormido. Y entonces, Abril, no es solo belleza, también es memoria. Amarga. Memoria amarga.
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| Imagen: Jardín vertical - Parque Santander - Archivo personal |
Entre esos extremos se mueve el sentir de los poetas sobre
abril. Puede ser el aire tibio y vivo que describe Federico García Lorca:
“Salen los niños
alegres
de la escuela,
poniendo en el aire tibio
del abril canciones tiernas.”
o puede ser una
emoción difícil de nombrar. Quizá por eso abril vuelve una y otra vez a los poetas
y a sus poemas: porque este mes no se explica del todo, más bien se siente. Y una
sensación así siempre acaba buscando palabras.


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