“El inodoro del Artemis II tenía un problema”, informaba The New York Times en su edición digital.
Durante
varias décadas hemos estado perfeccionando motores capaces de desafiar a la
gravedad terrestre, algoritmos que calculan trayectorias interplanetarias, y
materiales que resisten al vacío, a la radiación y a temperaturas imposibles… pero
seguimos siendo vulnerables a una tubería caprichosa.
Y
es que sí, es verdad: aspiramos a colonizar otros mundos, pero no somos capaces
de superar lo más básico. La biología sigue teniendo la última palabra. El
cuerpo humano, con toda su fragilidad, nos recuerda que antes de ser
exploradores del cosmos somos organismos sujetos a... Y los organismos, por muy heroicos que se
crean, están sujetos a cosas muy poco heroicas.
Da
igual si eres ingeniero aeroespacial con tres doctorados, mecánico de
mantenimiento o astronauta a punto de hacer historia.
Yo
encuentro en ello algo casi poético. Imagina la escena: un cohete de miles de
millones de dólares, ingenieros en salas de control con numerosas y enormes pantallas,
cálculos perfectos… y, en algún punto del sistema, un problema relacionado con
algo tan poco glamuroso como evacuar.
Puede
que nuestro verdadero límite en la exploración del espacio no sea la velocidad
de la luz, ni la distancia de las galaxias, sino la apabullante realidad de que
seguimos siendo criaturas con necesidades básicas. No importa cuántos
kilómetros recorramos hacia arriba: seguimos atados a lo que ocurre hacia
abajo.
Así
que la próxima vez que mires al cielo y pienses en la grandeza que supone la
exploración espacial, recuerda que: podemos rozar las estrellas, sí… pero
siempre habrá un momento en el que alguien tenga que preguntar, con toda
seriedad científica:
“¿Funciona
el baño?”
(M. Regalado)

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