Cada
vez se oye y se lee más la expresión “cesta de la compra” o “canasta básica”,
según otros hablantes de nuestro idioma, en clara referencia al conjunto de
productos y servicios considerados esenciales para la subsistencia y bienestar
de los miembros de una familia.
Si
hacemos historia iconográfica, el cine guarda perlas de aquellas cestas
inefables, las que usaban nuestros abuelos cuando venían a la ciudad o nuestras
abuelas para llevar la ropa que lavaban en el río. No sé si guardan mucha
relación en el imaginario colectivo aquellos mimbres trenzados de una o dos
asas con lo que hoy economistas, más o menos agoreros, inundan las noticias de
presagios funestos: la tan traída y llevada cesta
de la compra. Lo digo porque en estos lares la hemos sustituido por bolsas
reciclables, poco plástico y mucho papel. De aquellas viejas cestas solo quedan
remedos en bicis alternativas y urbanitas que acogen algunos productos y poco
más, pues su espacio no es elástico.
Vemos
rodar carritos de la compra, sujetar bolsos de tela desplegables, símiles o
émulos de la famosa cesta. Se trata de una expresión comodín, un cajón de
sastre para evitar enumerar una ristra de productos, elementos de consumo
diario con la intención comunicativa de acercarse al ama de casa, sí, sexista,
pero así es. Difícil visualizar a varones con dicha cesta colgando de su brazo.
Esta
expresión tan reiterada en la actualidad se integra en la familia léxica de la
economía doméstica al lado de aquella de hace décadas, siguiendo con el
lenguaje financiero de “¿con tarjeta o con dinero?” (en cash los más avezados políglotos), ahora dinero plástico, las
monedas pasaron a tarros de cristal cual recuerdo añejo igual, que la grafía
del ticket, hoy preferible tique.
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