Sé
que la historiografía y la archivística cumplen su cometido de testificar y
autentificar lo pretérito, que aportan pruebas documentales de identidad y
reconocimiento.
¿Es ese el jardín de Melibea? ¿Existió realmente la celosía de Los ojos verdes de Bécquer? ¿Ahí entregó Boabdil las llaves de la ciudad?
Sonrío cuando insisten en ¿por qué?, ¿quién lo dice?, ¿estaba allí?
Hace
unos días viajé a Granada. Conocía la ciudad de otras visitas anteriores, pero en
esta ocasión, me pareció renovada, distinta, como yo misma.
Me
acerqué a Villarrubio: en la calle Iglesia, 20 está la casa museo Federico García
Lorca donde el poeta pasó los veranos de su juventud. No pude evitar un
pensamiento muy urbano: con razón, llegó a Madrid, encantado de “living la vida
loca”.
Llegué
a la Alhambra: recuerdos de otras visitas: más fotos, gente, no aparecían las
gitanas ofreciendo romero y la buenaventura. Todo muy ordenado. Miradores y el
Albaicín. Altura y cármenes hoy discotecas y lugares de celebración nupciales.
Toda
explicación de este colosal monumento, sobra. Mi exégesis poco aportaría a
quien ya lo conoce. Paseos, fuentes, jardines, escaleras, paredes y muros
llenos de decoración, techos que provocan tripofobia (miren hacia arriba, y
verán), arcos, ventanales, luz y calor.
Historias
reales o no, episodios bélicos, narraciones nocturnas en el gineceo, charlas
soterradas, planes desbaratados, secretos y conspiraciones, califas y reyes.
Historia, mucha historia.
En
cualquier caso, volver a Granada, siempre.




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