Después
del exitazo veraniego de hace dos años de la saga Blackwater, vuelve su
autor con un folletín estival, en su línea: magia esotérica, crímenes salvajes,
familias desvencijadas como las casas que las cobijan, amores y celos, viajes y
encuentros, herencias y robos… lo que vendría siendo una novela bizantina del
siglo áureo, pero sin gracia, ni estilo. Ni tan siquiera emula los seriales
radiofónicos de la centuria anterior ni los dramones decimonónicos.
Casi
500 páginas, esta vez en un solo volumen. No hace falta ni sobrevolarlas.
Detalles descriptivos, narración facilona, personajes extremos y final
precipitado.
Felicidad
con perdices en la américa de los años 1863 hasta 1871, por ejemplo.
Ganas
de acabarlo para olvidarlo y a otra cosa, mariposa.
Por
un momento, me pareció volver a esos veranos del “boca oreja” como dicen mal
los periodistas (todos sabemos que en español esa expresión gala corresponde al
“boca a boca”) en que una amiga nos decía que estaba leyendo La casa de los
espíritus y la había atrapado para seguir con los cuentos de Eva Luna
y así todo el verano enganchada a Isabel Allende o los posteriores agostos con
John Grisham: hábil y próspero autor con despacho y empleados capaces de
enhebrar tramas judiciales que nos tenían a todos pendientes del desenlace.

No hay comentarios:
Publicar un comentario