viernes, 4 de septiembre de 2026

Hija de la venganza, de Michael McDowell

 

Hija de la venganza

Después del exitazo veraniego de hace dos años de la saga Blackwater, vuelve su autor con un folletín estival, en su línea: magia esotérica, crímenes salvajes, familias desvencijadas como las casas que las cobijan, amores y celos, viajes y encuentros, herencias y robos… lo que vendría siendo una novela bizantina del siglo áureo, pero sin gracia, ni estilo. Ni tan siquiera emula los seriales radiofónicos de la centuria anterior ni los dramones decimonónicos.

Casi 500 páginas, esta vez en un solo volumen. No hace falta ni sobrevolarlas. Detalles descriptivos, narración facilona, personajes extremos y final precipitado. Felicidad con perdices en la américa de los años 1863 hasta 1871, por ejemplo. 

Ganas de acabarlo para olvidarlo y a otra cosa, mariposa. 

Por un momento, me pareció volver a esos veranos del “boca oreja” como dicen mal los periodistas (todos sabemos que en español esa expresión gala corresponde al “boca a boca”) en que una amiga nos decía que estaba leyendo La casa de los espíritus y la había atrapado para seguir con los cuentos de Eva Luna y así todo el verano enganchada a Isabel Allende o los posteriores agostos con John Grisham: hábil y próspero autor con despacho y empleados capaces de enhebrar tramas judiciales que nos tenían a todos pendientes del desenlace.

No, con Michael McDowell, ni de lejos. Un rato de lectura, sin más. Aunque igual estoy pensando que de eso se trata.

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