pintura y sesgo de género
La
exposición estrella de este verano en el museo Thyssen la ocupa la artista
Carmen Laffón, conocida de estas salas y de otras tantas nacionales e
internacionales.
Pasear
entre sus cuadros resulta evocador, entendido el adjetivo como reconocido,
pretérito, imaginado en el presente y observado en el instante, real desde la
sugerencia.
Reaparecen
Sorolla, Hammershoi, Zorn y Antonio López: del Mediterráneo al Báltico, de
Sanlúcar a Madrid.
Objetos
domésticos, puertas y ventanas, armarios y mesillas, bodegones, paisajes
infinitos, horizontes abstractos: Mark Rothko descuellas entre la intensidad
del rojo marronoso y del azul grisáceo. Sal marina, cal y yeso para iluminar
paredes, casas y patios.
No
puedo evitarlo: ¿hay algo propio y distintivo de esta pintora? Siento la
punzada de creer que todo es copiado, remedado de otros, poco original y casi
nada singular.
Caigo
en un error de bulto, quizá ignorancia de visitante que espera mucho y
desconoce que Carmen Laffón pertenece a la generación del realismo pictórico
del siglo XX. Por lo tanto, hay un aire de grupo de artistas -hombres y
mujeres- que poseen las mismas características: temas, técnica… entre ellos.
Pero
me inquieta que no haya pensado en que sus colegas, algo mayores que ella,
cierto, copiaran o se inspiraran en otros (en ningún caso en otras), es decir,
que soy capaz de conceder poca personalidad a los cuadros de la fémina
sevillana y considerarlos remedos, evocaciones -variaciones se titula
esta muestra- y no a los de pintores también realistas. Un sesgo de género
lamentable. Ellos son los pintores y ellas copian.
Mea
culpa. La exposición brillante, en sí misma. Carmen Laffón, sin duda, es un modelo
hoy, para la historia del arte presente y futura. Y punto.


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