¿dónde están los rostros?
Me atrae el cartel, que anuncia la exposición de esta pintora polaca, titulado Gloriosa. Luce una flor colorida, turgente, explosiva. Me recuerda a Georgia O’Keeffe, pero va a ser que no. La imaginación es muy traicionera.
Subimos a la primera planta y lo primero que vemos son cuadros con mucho color,
con figuras femeninas cuyas cabezas están cubiertas de ropajes, telas
suntuosas, peinados imposibles. Ni rastro de facciones, ni asomo de gestos
faciales. Nada. Cabezas escultóricas encima de cuerpos más o menos naturales.
Alarde de fulares, velos tupidos, algunos coronados por un incipiente tallo de flor
que emerge entre tantos pliegues. Quien me acompaña, no lo duda: “parece hecho con
inteligencia artificial”.
A mí los lienzos me decepcionan, no me dicen mucho y en
todo caso, encuentro lo consabido: no es muy original tapar cabezas a modelos
bien en pintura o en la pasarela. Ya lo hizo David Delfín en Cibeles en 2002
con capuchas que simulaban burkas, según afirmó.
En el caso de la artista que nos ocupa, me cuesta rellenar
de literatura unas pinturas exentas de interés, ni de proyección; al final, he
realizado un experimento: en tres fotos que añado a esta reseña, aparezco con
un fular sobre los hombros, quitándomelo en pleno movimiento y…voilá, queda
sujeto en mi mano. Salgo pensando cómo habría sido la tercera foto con mi chal
enrollado en la cabeza: un despropósito.
Exposición prescindible. Quizá con los años, la autora,
milenial, evolucione o no, hacia algo distinto. Aunque soy consciente de que
“para gustos, los colores”.

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