fruslería dominical de Rosa Montero
A mí Rosa Montero me gusta a ratos, la leo de manera intermitente; creo que no recuerdo ninguno de sus títulos, y me consta que conozco su obra. Hay algo en su literatura que me hace abandonarla y a los años la retomo.
Acabo
de leer su última publicación y no sé si es un cuento largo, una novela corta, una historieta de acción o un relato de personaje.
Con
el formato Alfaguara (un timo tipográfico, a veces pienso que para lectores
vagos), sus 137 páginas ocupan menos de dos horas.
En
esta ocasión, no es la autora “canónica”; y tampoco ha desvariado, pero sí se
ha apartado de lo esperable. Lo advierte ella misma al final del libro: dedica
tres páginas a agradecer y a justificarse.
Mala
cosa. Cuando alguien tiene que explicar (se) es que no está convencido de su
producto ni del resultado. Y anima al lector a que no destripemos el final… tan
previsible que se adivina desde la página 70, pero ha querido jugar con ese
subterfugio tan manido que pretende cubrirse las espaldas según vengan dadas:
que no es lo que parece el libro, que al principio tenía otra intención y luego
la propia protagonista casi le gritó salir y ser y estar…
Ahora
bien, con lo que nos cuenta Clarita, no da para tanto, la verdad, pero a mí me
intriga lo que no cuenta, los años antes de este personaje enredado en un
episodio fílmico de acción, es decir, cómo era esa mujer de 65 años a punto de
jubilarse, en su infancia, en su adolescencia, qué le pasaba por la cabeza y
con quién se relacionaba, cómo la trataron y qué esconde en su interior.
Yo
espero que la autora se decida, si no la tiene ya contratada, a escribir la
precuela.
Por
cierto, hay momentos en que no sé si leo a Eduardo Mendoza con sus personajes
grotescos o a Juan José Millás con sus contenidos banales (los tres colegas de
edición).

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