(De mi libro "Cajondesastre")
Sí, pues que sueño fue: que te gozaba.
¿Y quién, sino un amante que soñaba,
juntara tanto infierno a tanto cielo?
(Quevedo)
Más
allá de los dos rombos, las tres X y la letra C, no deja de resultar curiosa la
expresión: “cine para adultos” -¿circunloquio real o eufemismo disfrazado?- y
en ella parece adivinarse una actitud políticamente correcta, un deseo de no
ofender, incluso de disimular toda la artillería que el imaginario popular
descarga cuando se habla de pornografía y pornográfico a cuyos términos la RAE
atribuye sinónimos como: obscenidad*, indecencia, deshonestidad, impudicia,
inmoralidad, desvergüenza, procacidad y desfachatez.
No
está en mi ánimo, ni lo pretendo con este artículo, analizar la industria
-gigantesca y exitosa- del cine porno, tan solo me gustaría sobrevolar
lingüísticamente la expresividad de su relato. Porque no cabe duda de que
existe un guion, muy controlado, minutado y con una escaleta en la que poco o
nada deja a la improvisación de los actores.
Lo
único espontáneo, en apariencia, y ni tan siquiera eso, es el lenguaje, que
funciona a modo de estribillo de una melodía: a fuerza de repetirlo, se fija en
la mente.
Los
guionistas conocen a su público, y, la trama de la narración exige un andamiaje
con requisitos estudiados que luego se verán en el escenario -cinematográfico-
como si de una obra de teatro se tratara.
Me
gustaría recordar una anécdota personal: cuando estudiaba Filología, uno de mis
profesores que adivinaba mi inclinación a la docencia, se sinceró conmigo:
“mire, señorita Úcar, si usted se va a dedicar a dar clases de lengua, le
recuerdo que el tabú no existe” (sic) y, profesora, de edad provecta, he
comprobado cómo y cuánto me crispan los eufemismos; soy más dada a ir directa
al grano sin torcedura ni quiebros en la comunicación. (Para qué hablar si con
enseñar el saco basta, aseguraba Esparta a Atenas).
Pues
bien, los artífices del cine para adultos siguen al pie de la letra esta
consigna: todo muy explícito, sin florituras idiomáticas, al meollo y a la
esencia del tema (¡que te quemas! dirán los cómicos en lenguaje coloquial).
Somos
de la opinión que existe expresividad en el lenguaje empleado en las películas
porno; dicho efecto lingüístico se consigue con un escueto elenco léxico, en el
que dominan dos o tres vocablos referidos a la familia de la anatomía genital,
con sinónimos más o menos chuscos y “vulgarotes”, proclives a los dobles
sentidos y la paronomasia.
Sin escatimar escondrijo ni
alusión, todo se muestra muy gráfico y lleno de plasticidad visual y rotunda
sonoridad. La gramática no se complica con parataxis ni hipotaxis; los nexos
brillan por su ausencia y no se aprecian conectores en todo el tracamundeo
acrobático, ni en el trasiego coreográfico de ejercicios gimnásticos entre los
protagonistas.
Si
nos detenemos a escucharlos, sobre todo a ellas -la fémina adquiere un papel
primordial en estas lides- detectamos algún que otro verbo en modo imperativo,
que se repite machaconamente, salpicado de recursos fónicos como la
aliteración, las onomatopeyas enfáticas, susurros, gemidos y jadeos. En todo
ese contubernio escénico, se advierten exclamaciones hiperbólicas, casi ninguna
descripción y muy sucintas comparaciones; el guion avanza de manera constante
sin mucha más variedad: el lenguaje es la muletilla que acompaña acomodada a la
imagen sin distracción posible; resulta difícil rescatar del contenido, la
estructura profunda, ni adivinar la “intralectura” más allá de lo que vemos:
todo está expuesto, es obvio, claro y cristalino, sin envoltorios, metáforas o
simbolismos.
En
medio del revoltijo -algo “caotizado”, en ocasiones- es fundamental la labor de
un buen montaje para que domine el lenguaje no verbal en consonancia con el
verbal como marcan los cánones del contexto.
Creemos que existe una historia,
incipiente, sin duda, incluso llegamos a atisbar la intención de darle cordura
y solvencia al hilo del relato con subterfugios propios de obras literarias: se
puede dar inicio a la narración in media res o bien a
través del narrador omnisciente, en la mayoría de los casos, narradora que
coincide con su papel de protagonista: soñando, imaginando, recordando momentos
pasados (flashback), recibiendo un mensaje, una foto en su móvil, (textos que
aparecen en la pantalla a modo de bocadillos como en los cómic), abriendo la
puerta al mensajero que trae un paquete, en su lugar de trabajo, charlando con
su pareja… ese es el inicio de la narración y a partir de ahí los diálogos en
vivo y en directo van a constituir la urdimbre de la estructura lineal que
culminará con el éxtasis final.
Los guiones lingüísticos se
enmarcan en distintos contextos como ya hemos mencionado y van desde el ámbito
doméstico al profesional, al de ocio… todos ellos tienen en común que el
lenguaje y su expresividad son iguales, es decir, no hay variación de registro
idiomático, por ejemplo, ni mucha preocupación en cuanto a la coherencia
semántica o la cohesión sintáctica. Se parte, por lo tanto, de premisas muy
sencillas y comunes, que con el desarrollo de las sucesivas escenas se
abandonan para ceder importancia a la imagen. Hay que atrapar al espectador (y
espectadora, por supuesto) con recursos desplegados para la captatio
benevolentiae, de forma que las palabras sean un sonsonete, el runrún de
fondo que acompaña sin molestar. Redundancia y repetición son las claves de los
diálogos, casi convertidos en monólogos de féminas que formulan una y otra vez
monosílabos, adverbios modales de manera continua, imparable. Sin tiempo ni
espacio para las descripciones: sobran. La línea in crescendo culmina con el
silencio satisfactorio. Únicamente imagen. Pura visualización. No hay
interacción dialógica entre los personajes, solo física. Objetivo conseguido. Si
transcribiéramos la supuesta conversación, obtendríamos un soliloquio en verso.
Quevedo
y Villon, auténticos maestros en el rimar.
Ya vendrá el día en que se encuentre seca,
mustia y
ajada vuestra flor fragante.
Y aunque mi
risa ahí parezca mueca,
mi risa en
la vejez será triunfante.
Viejo seré,
vos fea y con arrugas.
¡Bebed
ahora que el arroyo es blando!
Ya se
helará, y no pueden las verrugas
a un pobre
socorrer que están matando.
(Villon)
*Nota: obscenidad veo yo en otras imágenes
ante las que una gran parte del mundo queda impávido.

No hay comentarios:
Publicar un comentario