jueves, 22 de octubre de 2026

La expresividad lingüística en el cine para adultos

(De mi libro "Cajondesastre")



Expresividad linguistica en el cine para adultos


 ¡Ay, Floralba! Soñé que te ... ¿Dirélo?

Sí, pues que sueño fue: que te gozaba.

¿Y quién, sino un amante que soñaba,

juntara tanto infierno a tanto cielo?

(Quevedo)


Más allá de los dos rombos, las tres X y la letra C, no deja de resultar curiosa la expresión: “cine para adultos” -¿circunloquio real o eufemismo disfrazado?- y en ella parece adivinarse una actitud políticamente correcta, un deseo de no ofender, incluso de disimular toda la artillería que el imaginario popular descarga cuando se habla de pornografía y pornográfico a cuyos términos la RAE atribuye sinónimos como: obscenidad*, indecencia, deshonestidad, impudicia, inmoralidad, desvergüenza, procacidad y desfachatez.

No está en mi ánimo, ni lo pretendo con este artículo, analizar la industria -gigantesca y exitosa- del cine porno, tan solo me gustaría sobrevolar lingüísticamente la expresividad de su relato. Porque no cabe duda de que existe un guion, muy controlado, minutado y con una escaleta en la que poco o nada deja a la improvisación de los actores.

Lo único espontáneo, en apariencia, y ni tan siquiera eso, es el lenguaje, que funciona a modo de estribillo de una melodía: a fuerza de repetirlo, se fija en la mente.

Los guionistas conocen a su público, y, la trama de la narración exige un andamiaje con requisitos estudiados que luego se verán en el escenario -cinematográfico- como si de una obra de teatro se tratara.

Me gustaría recordar una anécdota personal: cuando estudiaba Filología, uno de mis profesores que adivinaba mi inclinación a la docencia, se sinceró conmigo: “mire, señorita Úcar, si usted se va a dedicar a dar clases de lengua, le recuerdo que el tabú no existe” (sic) y, profesora, de edad provecta, he comprobado cómo y cuánto me crispan los eufemismos; soy más dada a ir directa al grano sin torcedura ni quiebros en la comunicación. (Para qué hablar si con enseñar el saco basta, aseguraba Esparta a Atenas).

Pues bien, los artífices del cine para adultos siguen al pie de la letra esta consigna: todo muy explícito, sin florituras idiomáticas, al meollo y a la esencia del tema (¡que te quemas! dirán los cómicos en lenguaje coloquial).

Somos de la opinión que existe expresividad en el lenguaje empleado en las películas porno; dicho efecto lingüístico se consigue con un escueto elenco léxico, en el que dominan dos o tres vocablos referidos a la familia de la anatomía genital, con sinónimos más o menos chuscos y “vulgarotes”, proclives a los dobles sentidos y la paronomasia.

Sin escatimar escondrijo ni alusión, todo se muestra muy gráfico y lleno de plasticidad visual y rotunda sonoridad. La gramática no se complica con parataxis ni hipotaxis; los nexos brillan por su ausencia y no se aprecian conectores en todo el tracamundeo acrobático, ni en el trasiego coreográfico de ejercicios gimnásticos entre los protagonistas.

Si nos detenemos a escucharlos, sobre todo a ellas -la fémina adquiere un papel primordial en estas lides- detectamos algún que otro verbo en modo imperativo, que se repite machaconamente, salpicado de recursos fónicos como la aliteración, las onomatopeyas enfáticas, susurros, gemidos y jadeos. En todo ese contubernio escénico, se advierten exclamaciones hiperbólicas, casi ninguna descripción y muy sucintas comparaciones; el guion avanza de manera constante sin mucha más variedad: el lenguaje es la muletilla que acompaña acomodada a la imagen sin distracción posible; resulta difícil rescatar del contenido, la estructura profunda, ni adivinar la “intralectura” más allá de lo que vemos: todo está expuesto, es obvio, claro y cristalino, sin envoltorios, metáforas o simbolismos.

En medio del revoltijo -algo “caotizado”, en ocasiones- es fundamental la labor de un buen montaje para que domine el lenguaje no verbal en consonancia con el verbal como marcan los cánones del contexto.

Creemos que existe una historia, incipiente, sin duda, incluso llegamos a atisbar la intención de darle cordura y solvencia al hilo del relato con subterfugios propios de obras literarias: se puede dar inicio a la narración in media res o bien a través del narrador omnisciente, en la mayoría de los casos, narradora que coincide con su papel de protagonista: soñando, imaginando, recordando momentos pasados (flashback), recibiendo un mensaje, una foto en su móvil, (textos que aparecen en la pantalla a modo de bocadillos como en los cómic), abriendo la puerta al mensajero que trae un paquete, en su lugar de trabajo, charlando con su pareja… ese es el inicio de la narración y a partir de ahí los diálogos en vivo y en directo van a constituir la urdimbre de la estructura lineal que culminará con el éxtasis final.

Los guiones lingüísticos se enmarcan en distintos contextos como ya hemos mencionado y van desde el ámbito doméstico al profesional, al de ocio… todos ellos tienen en común que el lenguaje y su expresividad son iguales, es decir, no hay variación de registro idiomático, por ejemplo, ni mucha preocupación en cuanto a la coherencia semántica o la cohesión sintáctica. Se parte, por lo tanto, de premisas muy sencillas y comunes, que con el desarrollo de las sucesivas escenas se abandonan para ceder importancia a la imagen. Hay que atrapar al espectador (y espectadora, por supuesto) con recursos desplegados para la captatio benevolentiae, de forma que las palabras sean un sonsonete, el runrún de fondo que acompaña sin molestar. Redundancia y repetición son las claves de los diálogos, casi convertidos en monólogos de féminas que formulan una y otra vez monosílabos, adverbios modales de manera continua, imparable. Sin tiempo ni espacio para las descripciones: sobran. La línea in crescendo culmina con el silencio satisfactorio. Únicamente imagen. Pura visualización. No hay interacción dialógica entre los personajes, solo física. Objetivo conseguido. Si transcribiéramos la supuesta conversación, obtendríamos un soliloquio en verso.

Quevedo y Villon, auténticos maestros en el rimar.

Ya vendrá el día en que se encuentre seca,
mustia y ajada vuestra flor fragante.
Y aunque mi risa ahí parezca mueca,
mi risa en la vejez será triunfante.
Viejo seré, vos fea y con arrugas.
¡Bebed ahora que el arroyo es blando!
Ya se helará, y no pueden las verrugas
a un pobre socorrer que están matando.

(Villon)

 

*Nota: obscenidad veo yo en otras imágenes ante las que una gran parte del mundo queda impávido.

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