En
alguna ocasión ya he confesado que a mí de la ópera me gusta el postureo: copa
va, copa viene, saluditos en algún salón alfombrado, sonrisa a ciertos
conocidos del mundo celebrity y poco más.
Pero
ocurre que voy mucho al Teatro Real y de tanto acudir con buenas y malas
entradas, algo se le queda a una, bueno, y que no soy tan neófita de la cosa, como
para no entender qué está bien y qué es un dislate.
El
sábado 4 de junio, Il trovatore. Magistral. Sin paliativos. Me ardían
las manos de aplaudir y aunque al principio casi cierro los ojos para sestear,
no llegué a hacerlo porque irrumpió la mezzosoprano Teresa Romano que me hizo
recordar la dificultad de “alumbrar” esa tesitura vocal con tanto tino como el
que demostró la artista.
Brilló
en todos sus momentos, interpretando a Azucena, -la auténtica
protagonista- brilló y, por supuesto, irradió brillo al resto del elenco:
tenor, barítono, y a Saioa Hernández, soprano en el papel de Leonora.
Brava
una y brava la otra. Me quedo con la dulzura envolvente y amaderada de la
primera, con los agudos y los graves sin fisuras de la hija vengadora que
cumple el designio de su madre. El público quería más. El coro, monumental. El
espectáculo me atrapó, me quedé enganchada en el escenario. Suspendida de una
escenografía escueta, esencial y adecuada. Luces, orquesta, sonido y al final…
Una tarde brillante (el orgullo con todo su orgullo lucía cerca) para un sábado
inolvidable en el Real.

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