lunes, 15 de junio de 2026

Vamos a comprar un poeta

                                                  de Alfonso Cruz

Libro de Alfonso Cruz. Vamos a comprar un poeta

No sé muy bien qué es este libro, pero tampoco importa mucho. Siempre andamos buscamos sentido a todo.

Las 112 páginas que ocupan este título son un “dos por uno”.

Y creo que se trata más bien de un estudio seudocientífico, de esos ensayos de alto impacto que tanto nos obsesionan en la Academia. Al final, el autor hace un refrito recopilatorio de estudios sobre la política cultural en Portugal: cifras, resultados, estadísticas, gastos destinados por habitante a la cultura de su país.

Y llego a pensar que eso fue en su origen el libro y que las páginas restantes, es decir, las 90 anteriores, son un estudio de caso, ficcionado, distópico… fantasioso, en definitiva, para defender el papel de la cultura, su necesidad y en especial el valor y la valía de la poesía y de los poetas; porque una familia (sin nombre cada uno de sus miembros) decide comprar un poeta y llevarlo a su casa; resulta que de todo el artisteo posible, son los que menos manchan, de ahí la facilidad en darle acomodo entre ellos; eso sí, con diferente resultado según se relacionan con él.

Asistimos a la convivencia rutinaria de un matrimonio con un hijo y una hija adolescentes.

Lo más interesante de esta lectura, que fluye rápida y sin tropiezos, es el estallido del ama de casa. Lo mejor. El resto, un “sin más” le daremos.

Conforme lo leía me recordaba el tan manido tema de “¿para qué sirve la poesía?” No hay certamen literario, presentación de poemario en el que no se oiga: “¿y esto qué significa? ¿Qué querías decir?” NADA. Me dan ganas de gritar. ¡¡NA-DA!!”

Un buen amigo mío -te recordaré siempre, querido José Luis- dijo hace algunos años que vivíamos épocas groseras, marcadas por una zafiedad en el lenguaje y que pocos descubrían la actividad de leer poesía y de escribirla; se refería, sin duda, a la dialéctica del materialismo utilitario del arte.

Citaré: "Con frecuencia -escribe Ovidio- mi padre me decía: ¿A qué inutilidad te dedicas? Ni siquiera Homero dejó riqueza alguna". Con toda seguridad habríamos perdido mucha riqueza, incontables bienes, si espíritus como Homero o como Ovidio, contrariando su naturaleza artística, se hubieran dejado llevar por el materialismo y el interés contable, empujados por personas incapaces de pensar con mentes un poco 'inútiles'.

Ciertamente, no podemos evitar que la naturaleza alumbre a gentes a quienes no les guste leer y gentes a quienes sí les gusta leer, y escribir, incluso apasionada y artísticamente. Han nacido predispuestas, han nacido inclinadas a la Poesía. ¿Estamos entonces ante una disyuntiva fatalista y genética? Gusta de leer el que ha leído. Pero por qué ha leído. Acaso por predisposición. Y, ¿cómo podemos romper el espacio vacío del que no ha leído y no le gusta? Atravesando el camino de la disciplina espiritual, el de la educación de la inteligencia y de los sentimientos. 

Educar en la cultura -y en la poesía, especialmente- es compartirla y dar razón de por qué la apreciamos y de cómo hemos llegado a apreciarla. Y esta 'didáctica' guarda mucha relación con la utilidad de la Poesía. Precisamente su utilidad reside ahí, en ese proceso de participación mediante el cual podemos despertar la nota dormida, desarrollar nuestros elementos innatos, nuestra personalidad natural al ponernos en contacto con otros seres; reside en la aventura de gozar y vivir otras vidas que hacen más rica y deleitable la nuestra; reside en ir más allá de nuestra aldea.

Sancho Panza tiene unas palabras que pueden servirnos de ilustración sobre el ensanche de nuestros límites con la literatura, con la Poesía. No las pronuncia en relación con la lectura, sino con la vida vivida más allá de las lindes de nuestra ordinaria vida aldeana. Se las oímos cuando su vida se ha empezado a hacer literatura, literatura viva. Recordémosle en el momento en que ha regresado a la aldea y su mujer Juana Panza le pregunta con gran sentido humano y realista qué bien ha sacado de sus escuderías, qué saboyana le ha traído a ella y qué zapatos para sus hijos (I, 52). Sancho no ha traído nada de esos bienes materiales, pero sí el sueño de ser conde o el de gobernar una ínsula "no de las de por ahí, sino la mejor que pueda hallarse". Y más adelante dice a su mujer, quien no comprende nada de esas quimeras ya tan quijotescas, otras palabras para aplicar a la lectura y a la creación poéticas, y a su 'inutilidad' práctica: " [...] no hay cosa más gustosa en el mundo que ser escudero de un caballero andante buscador de aventuras. [...] es linda cosa esperar los sucesos atravesando montes, escudriñando selvas, pisando peñas, visitando castillos, alojando en ventas a toda discreción, sin pagar ofrecido sea al diablo el maravedí".

Sancho ya ha aprendido a soñar y a vivir otras vidas, poco útiles pero deleitables. Esto, sin duda, lo procura también la cultura, la Poesía. Pero acaso la postura de Sancho con ser en cierto modo ejemplar no lo es de manera absoluta. No nos imaginamos satisfecha a Juana Panza con tales respuestas. (Tampoco lo está el auditorio que acude a eventos poéticos, ante las respuestas que reciben). En definitiva, he aquí otra vez, entre Sancho y su mujer, el conflicto que se planteaba al principio con Ovidio y su padre: el conflicto deleite-provecho, cultura poética y vida material.

No es baladí esta digresión, ilustra de manera muy explícita y gráfica, el meollo del libro Vamos a comprar un poeta.

Pero no les anticipo el final… su lectura resulta aconsejable.

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